LA VECINA DEL QUINTO
PARTE 1
El universo está lleno de misterios insondables.
Agujeros negros que devoran galaxias enteras.
El origen de la vida en la Tierra.
El motivo por el que los cables de los auriculares se enredan solos en el bolsillo.
Pero hay un enigma superior a todos ellos.
Un misterio que desafía las leyes de la física, la cuántica y la privacidad.
La vecina del quinto.
Todos tenemos una.
O una vecina del tercero, o del bajo, el piso es lo de menos.
Lo importante es su función en el ecosistema urbano.
Son las centinelas del rellano.
Las guardianas del portal.
El Centro Nacional de Inteligencia con bata de boatiné.
Todos tenemos una vecina que sabe más de tu vida que tú mismo.
No necesitan satélites de espionaje.
Ni micrófonos ocultos.
Ni algoritmos de Silicon Valley.
Les basta con un vaso de cristal pegado a la pared.
O con el milimétrico espacio de la mirilla de la puerta.
Ese es su telescopio Hubble.
Desde ahí, observan el cosmos de la comunidad de vecinos.
Analizan los patrones de comportamiento.
Calculan las trayectorias de tus desgracias amorosas.
Y llevan un registro mental de tus deudas, tus dietas y tus fracasos.
Nuestro protagonista se llama Hugo.
Tiene veintiocho años.
Vive en el cuarto izquierda.
Justo debajo del radar de alerta temprana que es el quinto derecha.
Hoy es un día crucial para Hugo.
Se ha levantado a las siete de la mañana.
Un milagro en sí mismo, considerando que es sábado.
Se ha duchado con agua caliente.
Ha usado ese gel caro que guarda solo para las grandes ocasiones.
Ese que huele a madera de sándalo y a éxito financiero.
Luego se ha plantado frente al espejo del baño.
Ha ensayado tres sonrisas diferentes.
La de “chico misterioso pero accesible”.
La de “triunfador humilde”.
Y la de “por favor, hazme caso, estoy muy solo”.
Se ha quedado con la segunda.
Después, ha abierto el armario.
Y ahí estaba ella.
La camisa nueva.
Azul marino.
De algodón egipcio o algo parecido que ponía en la etiqueta.
Le costó sesenta pavos en las rebajas del Corte Inglés.
Sesenta eurazos que todavía le duelen en la cuenta del banco.
Pero la ocasión lo merecía.
Hugo se pone la camisa.
Se abrocha los botones de abajo hacia arriba.
Lentamente.
Como un torero antes de salir al ruedo.
Se mira en el espejo del pasillo.
No está mal.
El azul le resalta las ojeras, pero de una forma interesante.
O eso quiere creer él.
Coge las llaves.
Coge el móvil.
Se echa un último vistazo.
Respira hondo.
El aire de Madrid entra por la ventana del patio interior.
Huele ligeramente a cebolla frita y a suavizante Mimosín.
Es la hora.
Abre la puerta de su casa.
Con cuidado.
Intentando que las bisagras no chirríen.
Ha echado tres en uno la semana pasada, pero en este edificio nunca se sabe.
Sale al rellano.
El pasillo está en penumbra.
La luz fluorescente parpadea como en una película de terror de serie B.
Hugo cierra la puerta con la llave.
Dos vueltas.
Se da la vuelta hacia el ascensor.
Y entonces, el sonido.
El sonido que hiela la sangre de cualquier inquilino de este bloque.
El leve, levísimo crujido de la puerta del ascensor abriéndose.
Hugo se queda congelado.
Un sudor frío le recorre la nuca.
Reza a todos los santos conocidos.
“Que sea el del tercero”, piensa.
“Que sea el repartidor de Amazon”.
“Que sea un ladrón, me da igual, pero que no sea ella”.
Pero el universo tiene un sentido del humor muy negro.
Las puertas del ascensor se abren del todo.
Y ahí está.
Doña Asunción.
Asun para los amigos, si es que tiene alguno.
Setenta y dos años de pura sagacidad.
Pelo cardado y teñido de un tono caoba que desafía la naturaleza.
Gafas de ver de cerca colgadas de un cordón de perlas falsas.
Carro de la compra de cuadros escoceses agarrado con mano firme.
Y una mirada que podría escanear un código de barras a diez metros de distancia.
Hugo traga saliva.
Siente que la camisa de sesenta euros le empieza a apretar en el cuello.
Intenta retroceder hacia su puerta, pero es demasiado tarde.
El contacto visual se ha establecido.
El depredador ha fijado a su presa.
PARTE 2
“Buenos días, Hugo”, dice Asun.
Su voz es dulce.
Demasiado dulce.
Como el cianuro recubierto de caramelo.
“Buenos días, Doña Asunción”, responde él, forzando una sonrisa.
Hugo da un paso hacia el ascensor.
Asun no se aparta.
Bloquea la entrada con su carro de la compra como si fuera un tanque Panzer.
Está evaluando la situación.
Sus ojos suben y bajan por el cuerpo de Hugo.
Como un escáner de aeropuerto buscando contrabando.
Se detienen en los zapatos limpios.
Suben por los vaqueros planchados.
Y finalmente, hacen zoom en la pieza de resistencia.
La camisa.
Asun ladea la cabeza.
Una pequeña sonrisa asoma en la comisura de sus labios.
Es la sonrisa de Sherlock Holmes cuando descubre la mancha de barro en el zapato del sospechoso.
“¿Nueva camisa?”, dispara Asun.
La pregunta resuena en el rellano vacío.
Hugo siente un pinchazo en el estómago.
“Eh… sí, bueno, me la compré hace poco”, balbucea él.
Mentira.
Se la compró ayer por la tarde a última hora.
Sudando la gota gorda en el probador.
“Mmm”, murmura Asun.
Ese “Mmm” está cargado de significado.
Significa que sabe que está mintiendo.
Significa que sabe lo que costó.
Y probablemente sabe si usó tarjeta o efectivo.
Asun da un paso al frente, acorralando a Hugo contra la pared del pasillo.
“¿Y a qué se debe tanto arreglo, hijo mío?”, pregunta ella.
Hugo busca una salida.
No hay escapatoria.
La escalera de incendios está cerrada con candado desde 1998.
“A nada especial, Doña Asunción. Voy a dar una vuelta”.
Otra mentira patética.
Nadie se pone una camisa de algodón egipcio para “dar una vuelta” un sábado por la mañana.
Asun entrecierra los ojos.
Su cerebro cuántico procesa los datos a la velocidad de la luz.
Ajusta sus gafas de cordón.
Se acerca un poco más.
Hugo puede oler su perfume.
Una mezcla de laca Nelly y caramelos de violeta.
“Venga, confiesa”, dice Asun, bajando el tono de voz a un susurro conspiranoico.
“¿Entrevista de trabajo o cita?”.
Hugo se queda de piedra.
Literalmente petrificado.
¿Cómo lo sabe?
¿Cómo ha llegado a esa conclusión tan rápido?
Es imposible.
Hugo no le ha contado a nadie lo de hoy.
Ni siquiera a su madre.
Especialmente a su madre, que es amiga de Asun en Facebook.
“Yo… no sé de qué me habla”, intenta defenderse Hugo.
Su voz suena aguda, como la de un adolescente en plena pubertad.
Asun suelta una carcajada breve y seca.
“Ay, Hugo. Que nos conocemos desde que ibas en triciclo por el patio”.
Hugo siente que las paredes del pasillo se estrechan.
“En serio, Doña Asunción. Solo he quedado para tomar un café”.
“¿Un café?”, repite ella, paladeando la palabra.
“¿Un café con camisa nueva, zapatos lustrados y ese olor a colonia que marea desde el primer piso?”.
Hugo mira al techo, buscando ayuda divina.
El fluorescente sigue parpadeando, indiferente a su sufrimiento.
“¿Cómo lo sabe?”, pregunta finalmente Hugo.
La derrota es total.
Ha bajado los brazos.
Ha izado la bandera blanca.
Se rinde ante la superioridad táctica de la vecina del quinto.
“¿Cómo sabe que es una entrevista o una cita?”, insiste él.
Asun ensancha su sonrisa.
Ha ganado.
El trofeo es suyo.
Se apoya en el asa de su carro de la compra con aire triunfal.
Se toma su tiempo para responder.
Le gusta saborear estos momentos.
Son el premio a tantas horas de guardia en la mirilla.
“Es muy sencillo, querido”, empieza Asun.
Su tono ahora es el de un profesor universitario dando una clase magistral.
“La deducción lógica es una ciencia exacta si prestas atención a los detalles”.
Hugo la mira, fascinado y aterrorizado a partes iguales.
Siente que está ante un genio del mal incomprendido.
PARTE 3
“Porque ayer planchaste”, suelta Asun.
La frase cae como un yunque en medio del pasillo.
Pesada.
Contundente.
Inapelable.
Hugo parpadea, confuso.
“¿Cómo? ¿Qué dice?”.
Asun levanta un dedo índice, pidiendo silencio en la sala.
“Ayer por la tarde. Sobre las ocho y cuarto”.
Hugo hace memoria.
Efectivamente, ayer a las ocho y cuarto sacó la tabla de planchar.
“Escuché el chirrido de las patas de aluminio de tu tabla de planchar”.
Hugo abre los ojos como platos.
“Ese ruido espantoso que hace cuando la abres, Hugo. Deberías echarle aceite”.
“Pero… yo vivo en el cuarto y usted en el quinto”, balbucea él.
“El sonido viaja hacia arriba por el patio de luces, hijo. Es física básica”.
Hugo está sin palabras.
Pero Asun no ha terminado.
Apenas acaba de empezar su exhibición forense.
“Y luego”, continúa ella, “olvidaste cerrar la ventana del baño”.
Hugo traga saliva.
“Empezó a subir ese olor inconfundible”.
“¿Qué olor?”.
“Al spray de planchado. Esa marca barata que usas. Huele a lavanda química”.
Hugo se sonroja.
Es verdad, usa la marca blanca del supermercado Día.
“Y para rematar la ecuación”, dice Asun, acercándose a un palmo de la cara de Hugo.
“Tú solo planchas cuando estás desesperado”.
El silencio en el rellano es absoluto.
Se podría escuchar caer un alfiler.
Hugo siente como si le hubieran atravesado con una espada láser.
La humillación es profunda y muy precisa.
“Eso no es verdad…”, intenta articular él.
“¡Por favor, Hugo!”, le interrumpe Asun.
“Llevas cinco años viviendo solo en ese piso”.
“Te he visto bajar la basura en chándal manchado de tomate”.
“Te he visto tender camisetas arrugadas como si fueran pasas”.
“Tú no conoces el concepto de la plancha en tu día a día”.
Asun hace una pausa dramática.
“Tus camisas de ir a trabajar a la oficina no ven una plancha ni en fotografía”.
“Te las pones debajo del jersey para disimular. Que te he visto”.
Hugo se cubre la cara con una mano.
Su dignidad está hecha pedazos en el suelo de terrazo del pasillo.
“Así que”, concluye Asun, rematando la faena.
“Si sacas la tabla de planchar un viernes por la tarde…”
“…y usas spray químico para quitar las arrugas de una camisa que aún lleva la marca del doblez de la tienda…”
“…es que necesitas impresionar a alguien urgentemente”.
Hugo levanta la vista.
Mira a esa señora de setenta y dos años con su carro de cuadros escoceses.
Es brillante.
Si el FBI tuviera una oficina en este bloque, ella sería la directora.
“Y como hoy es sábado…”, añade Asun.
“Y los sábados no hay entrevistas de trabajo en recursos humanos…”
Asun levanta una ceja.
La conclusión es evidente.
“Es una cita”.
Hugo suspira.
Rendido.
“Sí, Doña Asunción. Es una cita”.
Asun asiente con la cabeza, satisfecha de su propia genialidad.
“Lo sabía. ¿Y con quién es? ¿Alguien de Tinder de esos?”.
“No, no es de Tinder”, dice Hugo rápidamente.
Demasiado rápidamente.
“Es… bueno, es alguien que ya conozco”.
La antena parabólica interna de Asun empieza a girar a toda velocidad.
Capta la vacilación en la voz de Hugo.
Capta el nerviosismo en sus manos.
“¿Alguien que ya conoces?”, repite ella, con tono peligroso.
El radar de Asun ha detectado una anomalía.
Una amenaza potencial en el espacio aéreo de la comunidad.
“Sí, una amiga. Vamos a tomar algo. Nada importante”.
Hugo intenta zafarse.
Da un paso hacia el ascensor, que sigue con las puertas abiertas.
“Bueno, me tengo que ir, que llego tarde. Un placer, Doña Asunción”.
Hugo se mete en la cabina del ascensor.
Pulsa el botón del bajo repetidamente.
Como un maniático.
“¡Cierra, cierra, cierra!”, suplica en voz baja a las puertas mecánicas.
Asun se queda en el rellano.
Le observa fijamente mientras las puertas empiezan a cerrarse.
Su mirada es analítica.
Está procesando la información de última hora.
“Alguien que ya conoce… nerviosismo… camisa planchada… sábado por la mañana…”.
Las puertas del ascensor se cierran por completo.
Hugo respira aliviado.
Se apoya contra el espejo del ascensor.
Cierra los ojos.
“Madre mía, qué mujer. Es Terminator con bata”.
El ascensor empieza a descender.
Cuarto.
Tercero.
Segundo.
Primero.
Bajo.
Hugo se ajusta el cuello de la camisa.
Intenta olvidar el interrogatorio de la Gestapo del rellano.
Tiene que concentrarse.
Tiene que mantener la calma.
Porque hoy no es un día cualquiera.
Hoy ha quedado con ella.
Con Laura.
Su exnovia.
PARTE 4
Las puertas del ascensor se abren en la planta baja.
El hall del edificio es amplio.
Suelo de mármol de los años setenta, un espejo gigante y plantas de plástico llenas de polvo.
Hugo sale del ascensor.
Le sudan un poco las manos.
Se las limpia disimuladamente en los vaqueros.
Mira a través de la puerta de cristal del portal.
Fuera, en la calle, el sol de Madrid brilla con fuerza.
Y ahí está ella.
Esperando en la acera.
Laura.
Lleva un vestido de flores y una chaqueta vaquera.
Está mirando su móvil.
Exactamente igual que la última vez que la vio.
Hace casi tres años.
El corazón de Hugo da un vuelco.
Una mezcla de nostalgia, pánico y mariposas mutantes en el estómago.
Se conocieron en 2019.
Se enamoraron perdidamente.
Sobrevivieron al encierro de 2020 jugando al Trivial y haciendo pan casero que sabía a yeso.
Pero no sobrevivieron a 2021.
El año de la “nueva normalidad”.
Esa normalidad donde ella descubrió que necesitaba “espacio”.
Ese espacio que resultó tener nombre y apellidos de un monitor de crossfit.
Fue una ruptura dolorosa.
Larga.
De las que dejan cicatriz y te hacen escuchar a Álex Ubago a las tres de la mañana.
Hugo lloró.
Mucho.
Y comió mucha pizza familiar para una sola persona.
Pero el tiempo pasó.
Las heridas cicatrizaron.
O eso creía él.
Hasta que el miércoles pasado recibió ese mensaje de WhatsApp.
“Hola Hugo. He pensado mucho en ti últimamente. ¿Tomamos un café?”
Y aquí está.
Con su camisa planchada por desesperación y su pulso acelerado.
Dispuesto a tropezar dos veces con la misma piedra.
O al menos a acercarse a la piedra para ver si sigue tan afilada.
Hugo empuja la pesada puerta de cristal del portal.
Sale a la calle.
El aire fresco le da en la cara.
Laura levanta la vista del móvil.
Le ve.
Sonríe.
Esa sonrisa que solía derretirle los plomos del cerebro.
“¡Hola, Hugo!”, dice ella.
Su voz sigue siendo igual de cristalina.
“Hola, Laura”, responde él.
Intenta sonar casual, relajado.
Como si cruzarse con su ex que le rompió el corazón fuera algo de todos los días.
Se acercan el uno al otro.
El momento incómodo del saludo.
¿Dos besos? ¿Un abrazo? ¿Un apretón de manos de colegas?
Optan por un abrazo tenso.
Un abrazo que dura un milisegundo más de lo estrictamente social.
“Estás muy bien”, dice Laura, separándose un poco.
“Me gusta la camisa. Te queda genial”.
Hugo siente que el ego se le infla un poquito.
El gasto de sesenta euros y el sufrimiento del planchado han valido la pena.
“Gracias, bueno, ya sabes, renovando el armario”, miente él por enésima vez hoy.
Laura le mira a los ojos.
Hay una chispa extraña en su mirada.
“Me alegra mucho verte, de verdad. Tenía muchas ganas de hablar contigo”.
Hugo siente que las piernas le tiemblan un poco.
Está cayendo de nuevo en la trampa.
Siente la gravedad de ese agujero negro llamado Laura atrayéndole irremediablemente.
Se imagina volviendo con ella.
Se imagina perdonando el pasado.
Se imagina siendo felices comiendo perdices y pan casero malo.
“Yo también tenía ganas…”, empieza a decir Hugo.
Está a punto de decir una frase profunda.
Una frase de película romántica.
Abre la boca para articular las palabras.
Y entonces.
El cielo se abre.
O más bien, el cielo grita.
Una voz atronadora rompe la tranquilidad de la calle.
Una voz amplificada por la acústica del cañón urbano de la calle madrileña.
Una voz que desciende desde las alturas como la trompeta del apocalipsis.
“¡HUUUUUUUUGOOO!”
Hugo da un respingo.
Laura pega un bote del susto.
Ambos miran hacia arriba simultáneamente.
Ahí está.
En el balcón del quinto derecha.
Apoyada sobre la barandilla adornada con macetas de geranios secos.
Doña Asunción.
La vecina de la mirilla.
El ojo que todo lo ve.
Medio cuerpo asomado por el balcón.
Con su bata de boatiné ondeando al viento como la capa de un superhéroe geriátrico.
“¡HUUUUUGOOOO!”, vuelve a gritar Asun, con la potencia pulmonar de un cantante de ópera.
Toda la calle se detiene.
La señora de la panadería sale a mirar.
El señor que pasea al perro se frena en seco.
El repartidor de Glovo frena su bicicleta.
Hugo siente que la sangre se le escapa del cuerpo.
Quiere que la tierra se abra y le trague.
Quiere teletransportarse a la luna.
“¿Qué hace esa señora?”, pregunta Laura, desconcertada, mirando hacia arriba.
Hugo no puede hablar.
Está paralizado por el terror.

Asun coge aire.
Llena sus pulmones de aire madrileño.
Apunta con su dedo índice huesudo hacia abajo.
Hacia la calle.
Hacia Laura.
Y con un tono que mezca la autoridad de una madre, la rabia de una amiga vengativa y el volumen de un megáfono de manifestación, suelta la bomba.
“¡NO VUELVAS CON ELLA!”
El grito reverbera en las fachadas de los edificios.
Los pájaros salen volando de los árboles.
“¡NO SE TE OCURRA, HUGO!”
Laura abre la boca, completamente en shock.
Mira a Hugo, luego arriba, luego a Hugo otra vez.
“Pero… ¿qué…?”, balbucea la chica.
Asun no ha terminado.
Su cruzada acaba de empezar.
No va a permitir que su vecino, ese chico al que ve bajar la basura en pijama, sufra de nuevo en sus narices.
“¡QUE TE HIZO LLORAR EN 2021!”
La revelación cae sobre la acera como una bomba nuclear.
Los vecinos de la calle empiezan a murmurar.
La señora de la panadería asiente con la cabeza en señal de apoyo.
El repartidor de Glovo se ríe por lo bajo.
Hugo cierra los ojos con fuerza.
Sus mejillas están del color de un tomate maduro.

“¡TE TIRASTE UN MES ESCUCHANDO A ÁLEX UBAGO Y COMIENDO PIZZAS BARATAS!”, sigue gritando la vecina.
“¡YO ESCUCHABA TUS SOLLOZOS POR EL PATIO DE LUCES!”
Laura ahora está roja de furia y de vergüenza.
“¿Tú le has contado a esa loca lo nuestro?”, le recrimina a Hugo, enfadada.
“¡Yo no le he contado nada!”, susurra Hugo, desesperado.
“¡Ella lo sabe todo! ¡Es la vecina del quinto!”
“¡ESA CHICA NO TE CONVIENE!”, retumba la voz de Asun desde las alturas.
“¡EL MONITOR DE CROSSFIT LA HA DEJADO Y AHORA VIENE A BUSCARTE A TI PORQUE ESTÁ SOLA!”
Laura se queda de piedra.
El color abandona su rostro.
¿Cómo sabe eso?
¿Cómo demonios sabe esa anciana lo del monitor de crossfit?
Hugo mira a Laura.
“¿Es verdad eso?”, le pregunta, sintiendo que la burbuja romántica acaba de estallar.
Laura mira al suelo, nerviosa.
“Yo… bueno… las cosas con Sergio no funcionaron y…”
“¡TE LO DIJE!”, interrumpe Asun desde el cielo.
“¡ES UNA OPORTUNISTA, HUGO!”
“¡SÚBETE A CASA AHORA MISMO, QUE TE ESTOY HACIENDO UNAS CROQUETAS!”
La calle entera se queda en silencio, esperando el desenlace del drama.
Hugo mira a Laura.
La magia se ha roto.
La realidad ha vuelto a golpear con la fuerza de un carro de la compra de cuadros escoceses.
Recuerda los lloros.
Recuerda las pizzas tristes.
Recuerda el dolor del 2021.
Mira hacia arriba.
Asun le mira fijamente, asintiendo con la cabeza, dándole valor.
Hugo respira hondo.
“Lo siento, Laura”, dice, con voz firme.

“Creo que este café es una mala idea”.
Laura abre la boca para replicar, pero se da cuenta de que ha perdido.
Contra la vecina del quinto no se puede luchar.
Se da la media vuelta y se marcha caminando deprisa por la acera, indignada.
Hugo se queda solo en la puerta del portal.
Mira hacia el balcón del quinto piso.
Asun le hace un gesto de aprobación con la mano, como un general felicitando a un soldado tras la batalla.
“¡Las croquetas son de jamón, sube antes de que se enfríen!”, grita ella, por última vez.
Y se mete para adentro, cerrando la puerta del balcón.
Hugo sonríe.
Por primera vez en todo el día, una sonrisa de verdad.
Se mete las manos en los bolsillos.
Se da la vuelta y vuelve a entrar en el edificio.
El ascensor sigue en la planta baja.
Entra y pulsa el botón del quinto piso.
Hoy no ha habido café con su ex, ni reconciliación, ni besos de película.
Pero tiene una vecina que vela por él.
Y unas croquetas de jamón gratis.
Y honestamente, en el Madrid actual, eso es mucho mejor que volver con tu ex de 2021.
Al fin y al cabo, todos necesitamos una vecina que sepa más de nuestra vida que nosotros mismos.
Para salvarnos de nosotros mismos cuando nos ponemos una camisa nueva por desesperación.
PARTE 5
El ascensor sube lentamente.
Aquejado de los achaques propios de una maquinaria instalada en los años ochenta.
Hugo escucha el chirrido de los cables de acero.
Siente una mezcla de alivio y terror absoluto.
Alivio por haberse librado de Laura.
Terror por lo que le espera en el quinto derecha.
¿Qué va a hacer ahora?
¿Sentarse a tomar el té con la anciana que lleva años espiándole?
El indicador de los pisos se ilumina con un pitido estridente.
Quinto piso.
Las puertas se abren con su habitual parsimonia.
El rellano del quinto es idéntico al del cuarto.
Mismo terrazo con manchas imposibles de quitar.
Misma luz fluorescente que pide la jubilación anticipada.
Pero hay una diferencia fundamental.
El olor.
En el cuarto piso huele a soledad, a comida a domicilio y a ambientador barato.
En el quinto piso huele a hogar.
Huele a aceite de oliva virgen extra.
Huele a bechamel casera.
Huele a la España de nuestras abuelas.
La puerta del quinto derecha está entreabierta.
Asun no necesita mirar por la mirilla ahora.
Sabe que Hugo está ahí.
Hugo empuja la puerta con timidez.
“¿Doña Asunción?”, pregunta en voz baja.
“Pasa, pasa, muchacho, que se escapa el calorcito”, responde la voz desde el fondo del pasillo.
Hugo entra en el santuario.
El cuartel general del espionaje vecinal.
Cierra la puerta tras de sí.
Se queda de pie en el pasillo, observando.
El pasillo es un museo de la historia decorativa española.
Papel pintado de rayas verticales.
Un paragüero de latón con forma de bota de montar.
Un espejo con el marco dorado y recargado.
Y fotos.
Decenas, cientos de fotos enmarcadas.
Niños haciendo la primera comunión vestidos de marinero.
Bodas con peinados de los ochenta.
Bebés regordetes en blanco y negro.
“¡En la cocina, Hugo!”, vuelve a gritar Asun.
Hugo avanza por el pasillo.
El suelo de parqué cruje bajo sus pies.
Llega a la cocina.
Y allí está ella.
Sin la bata de boatiné.
Lleva un delantal de flores sobre una blusa de punto.
Está frente a una sartén de hierro fundido.
El aceite burbujea alegremente.
Con una espumadera, saca croquetas doradas y perfectas.
Las va colocando sobre un plato con papel absorbente.
“Siéntate ahí”, le ordena Asun, señalando una silla de formica.
Hugo obedece.
La cocina es pequeña pero inmaculada.
Hay azulejos blancos con cenefas de frutas.
Un calendario de la carnicería del barrio colgado en la pared.
Y una radio pequeña sobre la nevera, sintonizada en una tertulia política ininteligible.
“A ver, que te vea bien la cara”, dice Asun.
Se gira, apoyando las manos en las caderas.
Le examina con mirada crítica.
“Madre mía, qué cara de panoli se te había quedado ahí abajo”.
Hugo sonríe a medias, sin saber qué decir.
“Es que me ha pillado por sorpresa”, se defiende él.
“Sorpresa la mía”, resopla Asun.
“Verte salir por el portal con esa actitud de corderito degollado”.
“Directo al matadero”.
Hugo suspira.
“Pensaba que igual… no sé, igual había cambiado”.
Asun suelta una carcajada sonora.
“¿Cambiado? La gente no cambia, Hugo”.
“La gente se adapta cuando se queda sin opciones”.
“Esa chica te rompió el corazón en mil pedazos”.
“Te pasaste semanas subiendo a casa arrastrando los pies”.
“Y escuchando canciones de llorica a todo volumen”.
“Que me tenías la cabeza loca con el Álex Ubago de las narices”.
Hugo se ruboriza.
“Siento lo de la música, Doña Asunción”.
“Llamame Asun, anda, que ya hemos cruzado la línea de la confianza”.
Asun coge el plato rebosante de croquetas.
Lo pone en el centro de la mesa.
“Venga, come. Que estás en los huesos”.
“Y el algodón egipcio de esa camisa necesita relleno para lucir bien”.
Hugo coge una croqueta.
Quema muchísimo.
Pero el sabor es indescriptible.
Crujiente por fuera.
Cremosa por dentro.
Jamón ibérico del bueno.
Cierra los ojos un segundo.
Es el mejor consuelo posible para un corazón casi roto por segunda vez.
“Están increíbles, Asun”, dice con la boca medio llena.
“Claro que lo están”, responde ella, sentándose frente a él.
“Cincuenta años perfeccionando la receta”.
“No como las bazofias congeladas que pides tú por las noches”.
Hugo asiente, aceptando la regañina culinaria.
Se hace el silencio en la cocina.
Solo se escucha la radio de fondo y el crujir de la fritura.
Hugo traga saliva.
Hay una pregunta que le quema por dentro.
Una duda existencial que necesita resolver.
“Asun…”, empieza Hugo, dudando.
“Dime, hijo”.
“¿Cómo sabía usted lo de Laura?”
Asun se recuesta en la silla.
Se cruza de brazos.
“¿A qué te refieres exactamente?”
“A lo del monitor de Crossfit”, aclara Hugo.
“A que la había dejado”.
“A que venía a buscarme porque estaba sola”.
“Usted no sale casi nunca a la calle”.
“Y Laura vive en la otra punta de Madrid”.
“Es imposible que lo supiera”.
Asun sonríe.
Es una sonrisa enigmática.
Misteriosa.
Como la de la Mona Lisa, pero con olor a fritura.
“Hugo, Hugo, Hugo”, murmura la anciana, negando con la cabeza.
“Subestimas el poder del aburrimiento y la fibra óptica”.
PARTE 6
Hugo deja la segunda croqueta a medio morder en el plato.
“¿La fibra óptica?”, repite, parpadeando.
Asun asiente majestuosamente.
Se levanta de la silla.
Se acerca a una pequeña mesita auxiliar junto a la ventana de la cocina.
Allí, camuflada entre un frutero de cerámica y un bote de Cola Cao, hay una tablet.
Una tablet de última generación.
Con funda de cuero sintético rojo.
Asun la coge con destreza.
Desbloquea la pantalla con el reconocimiento facial.
Hugo abre la boca de par en par.
“¿Usted tiene una tablet?”, pregunta, incrédulo.
“Tengo tablet, tengo wifi de alta velocidad, y tengo cuenta premium en Spotify para no escuchar los anuncios, no te fastidia”.
Vuelve a sentarse frente a Hugo.
“La gente joven pensáis que los mayores de setenta años vivimos en las cavernas”.
“Que nuestro mayor avance tecnológico es el mando a distancia de la tele”.
“Pues te equivocas”.
Asun da unos toquecitos en la pantalla con su dedo índice.
Maneja el dispositivo con la soltura de un hacker en una película ciberpunk.
“Vosotros dejáis un rastro digital inmenso, Hugo”.
“Sois como Hansel y Gretel, pero en vez de migas de pan, dejáis ‘likes’, etiquetas y ubicaciones”.
Hugo siente un escalofrío.
“¿Usted me espía por internet?”
Asun le lanza una mirada ofendida.
“Espiar es una palabra muy fea, muchacho”.
“Yo lo llamo… ‘monitoreo de bienestar vecinal’.”
Hugo no da crédito.
Su vecina, la señora del carro de la compra de cuadros, es la NSA del barrio de Chamberí.
“Mira”, dice Asun, girando la pantalla hacia Hugo.
En la pantalla está el perfil de Instagram de Laura.
“Pero… si el perfil de Laura es privado”, observa Hugo.
“Y me tiene bloqueado desde 2021”.
Asun sonríe con suficiencia.
“A ti sí”.
“Pero a ‘Amelia_Gatos_Chamberi_75’ no”.
Hugo lee el nombre de usuario en la parte superior de la pantalla.
“¿Amelia_Gatos_Chamberi_75?”, lee Hugo en voz alta.
“¿Esa es usted?”
“Una cuenta falsa, Hugo. Un perfil señuelo”.
“Subo fotos de gatitos adorables que descargo de Pinterest”.
“Comento con corazoncitos en las fotos de todo el mundo”.
“Soy la abuelita virtual inofensiva que todos quieren tener de seguidora”.
“Nadie sospecha de Amelia”.
Hugo se frota las sienes.
Siente que está dentro de un episodio surrealista de Black Mirror.
“¿Y así la seguía?”, pregunta, alucinando.
“Claro”, responde Asun, orgullosa de su obra.
“Laura aceptó mi solicitud de seguimiento hace dos años”.
“Seguramente pensó que era alguna tía lejana o una señora despistada”.
“Desde entonces, he estado analizando sus publicaciones”.
Asun empieza a hacer scroll por el perfil de Laura.
Va señalando fotos con el dedo.
“Mira, aquí empezó a salir con el musculitos ese de los batidos de proteínas”.
“Fotos en el gimnasio, fotos comiendo aguacate, hashtags ridículos como ‘#FitnessCouple’.”
“Todo iba viento en popa”.
“Hasta hace tres semanas”.
Asun se detiene en una publicación reciente.
“Fíjate en esta foto”.
Hugo mira.
Es una foto de Laura en una cafetería.
Una taza de té matcha.
Mirando por la ventana con expresión melancólica.
“¿Qué pasa con la foto?”, pregunta Hugo.
“El texto, Hugo, lee el texto”.
Hugo lee: “Nuevos comienzos. A veces hay que soltar para poder avanzar. #SelfLove #NuevasEtapas”.
“Es un clásico manual de ruptura”, sentencia Asun.
“A las veinticuatro horas, las fotos con el monitor de Crossfit desaparecieron de su feed”.
“Borradas. Pulverizadas.”
“Y él dejó de seguirla”.
“Confirmación visual de cese de hostilidades amorosas”.
Hugo está boquiabierto.
“Usted… usted es una psicópata de las redes sociales”.
“Soy una observadora empírica”, le corrige ella, dándole un golpecito en el brazo.
“Y la cosa no acaba ahí”.
Asun cierra Instagram.
Abre la aplicación de WhatsApp.
Se mete en un grupo con un icono de un moño.
El nombre del grupo es “LAS CHICAS DE ORO (Y PURI)”.
“¿Y esto?”, balbucea Hugo.
“Nuestra red de inteligencia local”.
“Puri, la de la panadería de abajo. Concha, la del segundo B. Y Marisa, que vive enfrente.”
“Compartimos información táctica en tiempo real”.
Asun le enseña los mensajes de esta misma mañana.
Puri (08:30): El del cuarto izquierda ha bajado a comprar el pan. Lleva camisa nueva. Huele a colonia fuerte.
Concha (08:35): Ha planchado ayer. Lo escuché por el patio interior.
Asun (08:40): Alerta naranja. Posible cita. Procedo a interrogatorio en rellano.
Hugo se tapa la cara con las manos.
Su privacidad es una ilusión.
Su vida es un reality show retransmitido en directo para cuatro jubiladas.
PARTE 7
“Estáis locas”, murmura Hugo detrás de sus manos.
“Estamos atentas”, corrige Asun, guardando la tablet.
“En esta ciudad uno está muy solo, Hugo”.
“La gente va corriendo a todas partes mirando el maldito teléfono”.
“No se dan los buenos días en el ascensor”.
“No saben si su vecino está enfermo o le ha tocado la lotería”.
Asun coge una croqueta.
Le da un mordisco delicado.
“Nosotras nos cuidamos las unas a las otras”.
“Y de paso, os cuidamos a vosotros, los jóvenes descerebrados”.
Hugo levanta la vista.
Mira a Asun.
Más allá del cotilleo salvaje.
Más allá de la invasión flagrante a la intimidad.
Hay un fondo de verdad en sus palabras.
Y hay un instinto protector innegable.
“Cuando te vi esta mañana…”, continúa Asun, bajando el tono de voz.
“Y me di cuenta de que te habías emperifollado para ver a esa chica…”
“Me hirvió la sangre”.
“Porque me acordé de cómo estabas hace tres años”.
“Tú eres un buen chico, Hugo”.
“Un poco desastre con la plancha, pero un buen chico”.
“Trabajas, eres educado, ayudas a Concha a subir la compra cuando se le estropea el carrito”.
“No te mereces ser el segundo plato de nadie”.
“Y menos de una niñata que vuelve pidiendo casito porque se ha quedado sola”.
Hugo siente un nudo en la garganta.
No es un nudo de ansiedad.
Es de emoción.
Su propia madre, que vive a 400 kilómetros, no podría haberlo defendido mejor.
Esa señora de setenta y dos años acababa de montarle un pollo en plena calle para salvarle de un error gigantesco.
Con megáfono pulmonar incluido.
“Asun…”, dice Hugo, con la voz un poco rota.
“Gracias”.
“De verdad”.
“Me iba a meter de cabeza en la misma trampa”.
“Iba a tomarme ese café, me iba a sonreír, y yo iba a volver a caer como un tonto”.
Asun le da unas palmaditas en la mano por encima de la mesa de formica.
“De nada, hijo”.
“Para eso estamos las vecinas del quinto”.
“Para vigilar la retaguardia”.
“Y ahora, cómete un par de croquetas más, que te estás quedando muy flaco con tanta dieta de tuppers recalentados”.
Hugo obedece con gusto.
El ambiente en la cocina se relaja.
La tensión cómica se disuelve en el reconfortante sabor del jamón frito.
“Oye, Asun”, pregunta Hugo, ya más animado.
“¿Y cómo supiste exactamente a qué hora bajaba Laura?”
Asun suelta una risita maliciosa.
“Oh, eso fue pura logística operativa”.
“Puri la vio bajar del autobús en la esquina”.
“Mandó un mensaje de voz al grupo avisando de que el objetivo se acercaba al portal”.
“Yo solo tuve que calcular el tiempo que tardaría caminando desde la parada hasta debajo de mi balcón”.
“Y abrir las puertas francesas en el momento justo”.
Hugo suelta una carcajada.
Una carcajada auténtica.
“Sois el MI6 de Madrid”.
“James Bond a vuestro lado es un aficionado”.
“Ya te digo”, ríe Asun.
“A Concha el mes pasado le destapamos una infidelidad en el tercero derecha solo contando los tickets del Mercadona en la basura”.
“Pero esa es otra historia”.
Hugo termina su cuarta croqueta.
Se limpia las manos con una servilleta de papel.
Siente que un peso enorme ha desaparecido de sus hombros.
El fantasma de Laura, que le había amargado los últimos días con su mensaje de WhatsApp, se ha esfumado por completo.
Acorralado por la inteligencia de una abuela con tablet.
“Bueno”, dice Hugo, levantándose de la silla.
“Mejor me voy bajando”.
“Tengo que… bueno, tengo que quitarme esta camisa”.
“Da demasiado calor”.
“Y pica un poco, la verdad”.
Asun se ríe.
“Quítatela, ponla a lavar en programa corto, y échale suavizante del bueno”.
“Y este fin de semana descansa”.
“Baja a dar un paseo, vete al Retiro”.
“Y si te apetece, mañana hago paella”.
“Puedes subir a comer”.
“Pero sin camisa de algodón egipcio. Ven en chándal, que me fío más”.
Hugo sonríe ampliamente.
“Mañana a las dos estoy aquí, Asun. En chándal”.
Se dirige hacia la puerta del pasillo.
Asun le acompaña.
“Oye, Hugo”, le dice ella antes de abrirle la puerta.
“Dime”.
“Si alguna vez quieres que investigue a alguna chica que te guste de verdad…”
“Solo pásame su nombre de Instagram”.
“Amelia Gatos Chamberí es muy discreta”.
Hugo se echa a reír de nuevo.
“Lo tendré en cuenta, Asun”.
“Lo tendré muy en cuenta”.
Hugo sale al rellano.
Asun cierra la puerta.
Esta vez, Hugo no espera al ascensor.
Baja las escaleras saltando los escalones de dos en dos.
Llega al cuarto piso.
Abre su puerta.
El piso sigue oliendo un poco a cerrado.
Pero ya no le importa.
Se quita la camisa nueva.
La tira sobre la cama.
Se pone una camiseta vieja de publicidad de una marca de cerveza.
Se sienta en el sofá.
Saca el móvil.
Abre WhatsApp.
Busca el chat de Laura.
El último mensaje es el de ella proponiendo el café.
Hugo pulsa sobre los tres puntitos de la esquina superior derecha.
Selecciona “Bloquear contacto”.
“¿Bloquear a Laura?”, pregunta la aplicación.
“Sí”, confirma Hugo en voz alta.
Y después, pulsa “Eliminar chat”.
El rastro de Laura desaparece de su teléfono para siempre.
Hugo sonríe, tira el móvil sobre el cojín del sofá y se estira.
Ha sobrevivido al sábado.
Ha sobrevivido a su ex.
Y lo más importante de todo.
Se ha ganado el favor de la fuerza más poderosa del universo.
La vecina del quinto.