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Así Vive El Mochomo en la Cárcel: De Socio de El Chapo a Pudrirse con Él en el Hoyo

Hay un edificio en el desierto de Colorado donde tres hombres que definieron el narcotráfico mexicano durante décadas comparten el mismo suelo de hormigón sin verse jamás. El Chapo Guzmán, Alfredo Beltrán Leiva, el Mochomo y Genaro García Luna, el secretario de seguridad que supuestamente los perseguía mientras supuestamente recibía sus sobornos.

Tres hombres, tres celdas separadas por pasillos que ninguno de los tres puede transitar sin escolta. Tres destinos convergentes en el mismo infierno de hormigón que los exdirectores del sistema federal americano describen como el lugar donde se va a morir sin morir. ADX Florence, Colorado, la prisión más dura del sistema más duro del mundo.

El Mochomo llegó ahí en 2022, 14 años después de su captura en Culiacán en enero de 2008. La captura que partió al narcotráfico mexicano en dos y desató una de las guerras más sangrientas de la historia reciente del país. 14 años de proceso judicial, de traslados, de condena a cadena perpetua más multa de 529 millones de dólar que nunca va a poder pagar.

Y luego ADX Florence, donde la cadena perpetua ya no necesita número porque el tiempo deja de tener relevancia cuando no hay fecha de salida. Pasé semanas revisando documentos judiciales del distrito este de Nueva York, registros del Buró Federal de Prisiones, transcripciones del proceso federal contra Beltrán Leiva y reportes sobre las condiciones en ADX Florence para traerte este documental.

Lo que encontré es la historia de un hombre que fue tan poderoso que su captura cambió la historia del crimen organizado en México y que hoy vive en una celda de 2 m por 3,5 m con una ventana de 10 cm, 23 horas de aislamiento diario y una sola llamada telefónica al mes. Y lo que hace ese destino específicamente cruel, no en el sentido sentimental, sino en el sentido de la precisión histórica, es que el hombre que comparte ese destino a pocos metros de distancia en el mismo edificio, encerrado en condiciones idénticas, es el mismo hombre con quien el mochomo construyó todo lo que perdió.

El Chapo y el mochomo en el mismo hoyo juntos para siempre. ADX Florence no fue construido para castigar, fue construido para eliminar la posibilidad, la posibilidad de coordinar, de comunicarse con el exterior, de manera que esa comunicación pueda convertirse en instrucción u organización, de ejercer cualquier tipo de influencia sobre personas fuera de los muros, de ser alguien más que un número en un expediente y un cuerpo en una celda de 2 m por 3,5. Cuando el Bureau of Prisons

inauguró ADX Florence en 1994, el objetivo declarado era crear una instalación donde los presos federales de mayor riesgo pudieran ser contenidos sin peligro para el personal penitenciario, para otros reclusos y para la sociedad. La filosofía de diseño fue simple en su brutalidad. Si no hay contacto humano no autorizado, no hay posibilidad de organización.

Si no hay posibilidad de organización, no hay amenaza que se origine desde dentro de los muros. El resultado es lo que los exdirectores del sistema federal americano han descrito en entrevistas y en declaraciones ante el Congreso con una consistencia que hace difícil ignorar el consenso. ADX Florence es el lugar donde se va a morir sin morir, donde el sistema te mantiene biológicamente vivo mientras elimina metódicamente todo lo demás.

El exdirector del Bureau of Prisons, que más abiertamente habló sobre el impacto de ADX Florence, dijo que la instalación no fue diseñada para rehabilitar, fue diseñada para contener, y que contener a ese nivel tiene costos humanos que la institución no puede pretender que no existen.

La celda de Alfredo Beltrán Leiva mide 2 m de ancho por 3,5 de largo, 70 m² menos que el estudio más pequeño que el dinero del narco puede arrendar en cualquier Ciudad de México. Las paredes son de hormigón reforzado de 30 cm de espesor. No hay posibilidad de comunicación con las celdas adyacentes a través de los muros porque los muros fueron diseñados específicamente para no transmitir sonido.

El mobiliario es también de hormigón, una plataforma para dormir sin colchón separado, un escritorio, una repisa, todo integrado. Nada que pueda moverse, nada  que pueda ser desmontado ni convertido en herramienta. La ventana existe 10 cm de ancho, posicionada en el muro exterior con un ángulo que desde dentro de la celda solo permite ver un rectángulo de cielo sin ningún referente de paisaje, escala o nivel del horizonte.

Desde esa ventana no hay manera de saber si es invierno o verano, si está nublado porque hay tormenta o porque la luz es así a esa hora. Solo el cielo que el sistema autoriza, en el fragmento que el sistema autoriza. La comida entra por una ranura en la puerta a la altura de la cintura. No hay comedor, no hay mesa donde sentarse con otros seres humanos.

No hay el mínimo intercambio social que compartir un espacio de alimentación con otras personas produce de manera inevitable. La bandeja aparece en la ranura. La bandeja desaparece en la ranura. El ciclo de alimentación tres veces al día es el único ritual que da estructura al tiempo, que de otra manera no tendría estructura.

23 horas al día en esas condiciones. Una hora de ejercicio al aire libre, no en un patio colectivo, sino en una jaula individual, un espacio cercado que garantiza que el único tiempo fuera de la celda también esté aislado de cualquier contacto humano no autorizado y una llamada telefónica al mes, una sola llamada de duración controlada a una lista de personas previamente aprobada por el Bureau of Prisons.

Para alguien que estuvo acostumbrado a coordinar operaciones en tres estados desde múltiples canales de comunicación simultáneos, esa llamada mensual es la única línea disponible entre lo que fue y lo que es. Para entender por qué la historia del mochomo en ADX Florence tiene el peso específico que tiene, hay que entender quién era antes de que su hermano Héctor lo entregara o el gobierno lo encontrara, dependiendo de qué versión de los hechos, se considera más cercana a lo documentado.

Alfredo Beltrán Leiva nació en 1971 en Badirahuato, Sinaloa, el mismo municipio que produjo al Chapo, que produjo a el Mayo Zambada, que produjo a los Treviño Morales. El municipio que en el siglo XX se convirtió en el vivero del narcotráfico mexicano de alta escala, no por ninguna particularidad cultural misteriosa, sino por una combinación específica de geografía serrana que dificultaba la presencia estatal, economía de cultivos ilegales que venía de generaciones anteriores y ausencia histórica del tipo de alternativas económicas que en otras

regiones del país hacían que el narcotráfico fuera una opción entre varias en lugar de la opción visible. Los Beltrán Leiva Alfredo, Héctor, Mario, Carlos, Marcos Arturo eran una familia numerosa en el negocio del narco desde los años 80. Y en el narcotráfico, las familias numerosas en el negocio tienen una ventaja logística que las organizaciones construidas sobre lealtades puramente instrumentales no tienen.

La confianza que la sangre produce, que permite delegar con menor riesgo de traición inmediata y que construye una red de intereses alineados que el dinero solo no garantiza de la misma manera. El cártel de los Beltrán Leiva en su periodo de alianza con el cártel de Sinaloa, alianza que duró desde finales de los años 90 hasta enero de 2008, era el socio que completaba la cobertura geográfica que él Sinaloa no podía gestionar solo con eficiencia.

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