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“ABUELA VIUDA JUSTICIERA” De Toluca: Paz Mora M4tó a 13 extorsionadores tras matar a su único hijo

Nadie en Toluca podía imaginar que la señora que organizaba rosarios y comidas comunitarias en su colonia terminaría siendo la responsable de 13 muertes. Nadie podía sospechar que esa mujer de 60 años, de manos arrugadas y sonrisa cansada, llevaría a cabo una venganza tan meticulosa que la policía tardaría meses en comprender lo que había ocurrido.

Pero cuando todo salió a la luz, cuando los cuerpos fueron encontrados y las piezas del rompecabezas encajaron, la ciudad entera se estremeció, porque Paz Mora no era quien todos creían  y lo que hizo cambió todo. Lo que nadie sabía es que cada platillo que Paz preparó durante esos meses llevaba consigo un propósito.

Cada invitación que envió escondía un plan y cada nombre que memorizó era el de un hombre que no vería el próximo año. Durante semanas, las muertes parecieron no tener relación entre sí. Un extorsionador apareció sin vida en su casa.  Otro murió días después en circunstancias distintas. Luego otro y otro más. No eran desconocidos.

Eran parte del mismo grupo criminal que operaba en la zona, los mismos que cobraban cuotas, los mismos que amenazaban comercios, los mismos que figuraban una y otra vez en denuncias que nunca avanzaron.  Cuando el número llegó a 13, ya no se trataba de coincidencias. Era una secuencia silenciosa, ordenada.

Y mientras la policía buscaba una explicación entre disputas internas y ajustes de cuentas, nadie miraba hacia la mujer que seguía sirviendo café después del rosario, ni hacia la casa donde siempre olía a comida recién hecha, porque nadie sospecha de una abuela que cocina para su comunidad. Nadie imagina que detrás de esa rutina tranquila se estaba ejecutando una de las venganzas más frías que Toluca había visto en años.

Paz Mora vivía en una casa humilde en las afueras de Toluca. Era una mujer conocida en su colonia por su devoción religiosa y su generosidad. Organizaba rosarios. Preparaba comida para las fiestas del pueblo. Ayudaba a quien lo necesitara. La gente la buscaba cuando necesitaban tamales para un bautizo o pozole para una boda.

Paz nunca cobraba mucho, solo lo justo para los ingredientes. Para ella, cocinar para otros era una forma de servir a su comunidad, de sentirse útil, de mantener viva una tradición que su madre le había enseñado. La vida de paz había sido dura desde siempre. Quedó viuda a los 40 cuando su  esposo murió en un accidente en la obra donde trabajaba.

Desde entonces, ella sola sacó adelante a su único hijo, Sebastián. Trabajó limpiando casas por las mañanas, hacía comida por encargo por las tardes. Cada peso que ganaba lo invertía en la educación de su hijo.  Sebastián era un muchacho noble, estudioso, de esos que hacen sentir orgullosa a una madre.

A sus 23 años trabajaba en una pequeña tienda de  abarrotes mientras estudiaba contabilidad en la universidad. Paz soñaba con verlo graduarse, con verlo prosperar, con que tuviera la vida que ella nunca tuvo. Pero ese sueño murió un martes de octubre. Sebastián cerró la tienda como siempre, pasadas las 9 de la noche.

Caminaba de regreso a casa cuando tres hombres lo interceptaron. Le exigieron dinero. Le dijeron que debía pagar derecho de piso si quería seguir trabajando en esa zona. Sebastián, joven e ingenuo,  les dijo que no tenía dinero para eso, que apenas ganaba para ayudar a su madre. Los hombres no escucharon razones, lo golpearon, lo arrastraron a un callejón y lo mataron a golpes.

Dejaron su cuerpo tirado entre la basura como si no valiera nada, como si no fuera el mundo entero para alguien. Cuando Paz identificó el cuerpo de su hijo en la morgue, algo dentro de ella se quebró de una forma que nunca podría repararse. En ese instante, supo que estaba dispuesta a cruzar límites que jamás había imaginado.

Porque lo que nació en su interior no pedía justicia ni consuelo, pedía muertes. Pedía cuerpos que pagaran por lo ocurrido. Era algo oscuro, despiadado, algo que ya no reconocía como parte de sí misma. La policía le dijo que harían todo lo posible por encontrar a los responsables, pero Paz sabía cómo funcionaban las cosas en Toluca.

Sabía que casos como el de Sebastián se archivaban y se olvidaban. Sabía que la justicia no llegaría. Los primeros días fueron un infierno de llanto y desesperación. No comía, no  dormía, solo miraba la foto de Sebastián en la sala y sentía un vacío tan profundo que le quitaba el aire. Sus vecinos la visitaban.

Le llevaban comida, le decían que fuera fuerte, pero paz no quería ser fuerte, quería morirse, quería dejar de sentir ese dolor insoportable que  le carcomía el pecho. Pasaron dos semanas. Una tarde, mientras Paz estaba sentada en su casa sin hacer nada, tocaron a la puerta.

Era don Rutilio, un señor mayor que tenía un puesto de periódico cerca de donde habían matado a Sebastián. Paz lo conocía de vista. Don Rutilio entró con la gorra en la mano,  nervioso, le dijo que tenía que contarle algo, que no había podido dormir desde aquella noche. Paz, lo miró sin entender. Don Rutilio respiró hondo y le dijo que había visto todo, que estaba cerrando su puesto cuando vio a tres hombres golpeando a un muchacho en el callejón que reconoció a Sebastián, que quiso ayudar, pero tuvo miedo, que los tres hombres eran conocidos en la zona,

extorsionadores, criminales. Paz sintió que el mundo se detenía. Le pidió a don Rutilio que le describiera a los hombres. El Señor lo hizo con detalle. Uno era pelirrojo, le decían el Canelo, otro era flaco y tenía un tatuaje de lagartija en el cuello. Le decían lagarto. El tercero era el más joven. Tenía la nariz chata.

Le decían, “Chato paz memorizó cada detalle, cada palabra.” Don Rutilio le dijo que lo sentía mucho, que no  había tenido el valor de ir a la policía. Paz le agradeció. Le dijo que entendía, que no se preocupara. Cuando don Rutilio se fue, Paz se quedó sentada en la sala durante horas, mirando la pared, procesando lo que acababa de escuchar.

En ese momento, Paz supo dos cosas. Primero, que conocía a los asesinos de su hijo. Segundo, que haría algo al respecto. No pensaba quedarse tranquila hasta verlos enterrados, incapaces de volver a respirar. Tres días después, Paz salió de su casa por primera vez en semanas. No fue lejos, solo al mercado de la esquina.

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