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El Agónico Final de Lola Flores: El Secreto Oculto de La Faraona que Escondió a todos

La gente pagaba para verla y ella lo sabía. Fue en esos años de rodaje temprano cuando conoció a Manolo Caracol. Y aquí es donde la historia del Olaflores empieza a complicarse de una manera que muy pocas biografías se atreven a explorar con honestidad. Lo que pasó entre Lola y Caracol durante los años en que formaron pareja artística y sentimental es una de las grandes historias de amor y destrucción del espectáculo español y tiene mucho que ver con la manera en que Lola vivió el resto de su vida.

Manolo Caracol se llamaba en realidad Manuel Ortega Juárez y venía de una familia de cantadores gitanos con raíces tan profundas en el flamenco que su árbol genealógico es prácticamente un mapa del arte Hondo. Era mayor que Lola. Tenía una presencia escénica aplastante y un carácter que sus contemporáneos describían con palabras que hoy sonarían a alarma. dominante, celoso, brillante.

Los tres adjetivos se mezclaban en él de una manera que hacía muy difícil separar al artista del hombre. La relación entre ambos empezó alrededor de 1944. Lola tenía 21 años y lo que se formó entre ellos fue uno de esos pares artísticos que generan una química en el escenario imposible de fabricar, pero que en la vida privada funcionan como una olla a presión.

Caracol reconoció el talento de Lola, la moldeó, le enseñó y también, según testimonios recogidos por la periodista Carmen Rigalt y por el biógrafo Juan Bernabé, a lo largo de los años, la controló con una intensidad que Lola misma describió como sofocante en conversaciones privadas que después salieron publicadas. La pareja grabó juntos, actuó juntos y se presentó ante el mundo como una unidad artística.

La película en brujo de 1946 los mostró juntos en pantalla grande y los convirtió en estrellas del cine español de posguerra. Esa película es casi un documento histórico. Ahora se ve a una Lola de 23 años que ya tiene algo en los ojos que la gente de más edad reconoce como peligroso. Una chispa que no se apaga, una convicción de que el mundo le pertenece, aunque todavía no le haya dado las llaves.

Pero la ruptura con caracol fue inevitable y fue dura. Hay versiones distintas sobre cómo terminó exactamente esa relación, pero los elementos que se repiten en distintas fuentes son claros. Lola quería más, más libertad, más control sobre su propio arte, más decisión sobre qué cantaba y cómo lo cantaba. Caracol tenía una visión del flamenco que para él era casi sagrada y la idea de que Lola se moviera por géneros distintos lo ponía en una posición que él no estaba dispuesto a tolerar.

La ruptura llegó a principios de los años 50 y dejó a Lola en un punto de inflexión. Podía haberse quedado en la órbita del flamenco puro y haber tenido una carrera respetada, discreta, acotada o podía abrirse algo más grande. Eligió lo más grande y esa elección definió todo lo que vino después.

Porque lo que Lola Flores hizo a partir de los años 50 fue exactamente lo que la industria no esperaba de ella. Y entender esa decisión es clave para entender por qué su muerte fue tan distinta de lo que el público imaginaba. La España franquista tenía un problema con Lola Flores. Por un lado, la necesitaba. Era un fenómeno de exportación, una cara que el régimen podía mostrar al exterior como prueba de que la cultura española tenía vida propia y vibrante.

Por otro lado, Lola era demasiado libre para los parámetros de la época. Era una mujer que hablaba cuando quería, que tomaba decisiones sin pedir permiso, que tenía relaciones en sus propios términos y que en más de una ocasión dijo cosas en público que en la España de Franco equivalían a jugar con fuego.

Hay una anécdota que aparece en varias fuentes y que ilustra perfectamente esa tensión. En una de sus actuaciones en los años 50, alguien en el público le gritó algo que la incomodó. Lola paró la actuación, lo encaró desde el escenario y respondió con una contundencia que dejó a la sala en silencio. Lo que dijo exactamente varía según quien cuente la historia, pero el resultado siempre es el mismo, que el hombre se quedó callado y que el teatro explotó en un aplauso.

Eso era Lola, una persona que en el escenario o fuera de él nunca dejó que nadie le borrara la voz. Su carrera cinematográfica se consolidó en esa década con películas como La niña de la venta, Violetas Imperiales, filmada en Francia en 1952 y Morena Clara. Estas películas la pusieron en un circuito internacional que pocos artistas españoles de la época lograban alcanzar.

Actuó en Argentina, en México, en Cuba, en los Estados Unidos. conoció un mundo que la España de posguerra no tenía forma de ofrecerle y ese mundo la cambió. México en particular la marcó de una manera que ella misma reconoció en varias ocasiones. El público mexicano la recibió con una intensidad que la sorprendió incluso a ella.

Había algo en la manera en que el público latinoamericano conectaba con el flamenco y con la presencia de Lola que iba más allá de la apreciación artística. Era identificación, era ver en esa mujer que cantaba y bailaba con los pies clavados en la tierra algo que les resultaba profundamente propio, aunque viniera de Andalucía.

Lola lo sintió y lo guardó. Esa relación con el público hispanoamericano fue una de las constantes de su vida hasta el final. Fue en ese periodo de viajes y giras internacionales cuando apareció en su vida Antonio González Batista, conocido como el Pescailla, un guitarrista catalán de origen gitano que tenía una manera de tocar que Lola describió en una entrevista de los años 70 como la primera vez que escuché una guitarra y sentí que me hablaba a mí directamente.

Se casaron el 16 de agosto de 1958. Lola tenía 35 años. Era tarde para los estándares de la época, pero Lola nunca se rigió por los estándares de la época. La relación con el Pescadilla fue completamente distinta de lo que había tenido con Caracol. Había equilibrio, había respeto mutuo. Había un hombre que entendía que estar al lado de Lola Flores significaba estar siempre un paso atrás en términos de visibilidad pública y que eso estaba bien, que eso era lo correcto.

Tuvieron tres hijos. Lolita, nacida en 1959, Antonio, nacido en 1961 y Rosario, nacida en 1963. Los tres heredaron algo del talento de sus padres, aunque de maneras muy distintas. Y aquí empieza uno de los capítulos más complejos de la historia de Lola Flores, el de cómo construyó y mantuvo una familia en el centro de una carrera.

que exigía todo, absolutamente todo, y cómo esa tensión empezó a cobrar factura de maneras que nadie vio venir. Los años 60 y 70 fueron los años de la Lola más reconocible para el gran público. Las coplas, las entrevistas explosivas, las apariciones en televisión que paraban España entera. Pero también fueron los años en que la figura pública de Lola Flores empezó a separarse de la persona real de una manera que puede resultar incómoda de ver en retrospectiva.

La Lola que aparecía en televisión era una mujer que había convertido su propia espontaneidad en un producto. Cada exabrupto, cada frase inesperada, cada reacción visceral que parecía espontánea era también, a su manera, parte de un personaje que ella había construido y que sabía que el público esperaba. Eso no significa que fuera falso.

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