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Una pareja desaparece en el océano… y una semana después, algo inusual empieza a flotar

Una pareja desaparece en el océano… y una semana después, algo inusual empieza a flotar

La mañana del sábado 14 de enero amaneció con un cielo despejado sobre Punta del Este. El sol aún no había alcanzado su punto más alto cuando Valeria Montenegro y Martín Costa comenzaron a preparar su velero de 10 m en el puerto deportivo de la Barra. El aire salado llegaba tibio desde el Atlántico y las gaviotas sobrevolaban los muelles círculos perezosos, anunciando un día tranquilo en el mar.

Valeria tenía 34 años y era instructora de vela certificada. Había crecido en Montevideo, pero desde hacía 6 años vivía en Punta del Este junto a Martín, su compañero de vida y de navegación. Martín, arquitecto de profesión, había aprendido a navegar con su padre en el Río de la Plata durante su adolescencia.

Juntos formaban una dupla experimentada, respetada entre los navegantes locales por su prudencia y conocimiento técnico. Ese día habían planeado una travesía sencilla, un recorrido de aproximadamente 2s horas hasta isla Gorriti, una pequeña isla ubicada frente a la península de Punta del Este. La isla, con sus playas escondidas y aguas cristalinas era un destino habitual para ellos.

Conocían cada bahía, cada corriente cercana, cada punto de anclaje seguro. Antes de zarpar, Martín revisó meticulosamente el motor auxiliar, las velas, el sistema de navegación GPS y el equipo de comunicación BHF. Valeria, por su parte, verificó los chalecos salvavidas, las bengalas de emergencia, el ancla de reserva y el kit de primeros auxilios.

 Todo estaba en orden. La previsión meteorológica de la Armada Nacional indicaba vientos moderados del sureste con olas de menos de 1 m de altura. Las condiciones eran ideales. A las 9:30 de la mañana, el velero Luna del Sur dejó el muelle. Valeria ajustó las velas mientras Martín tomaba el timón. El barco se deslizó suavemente sobre las aguas azules, alejándose de la costa con elegancia.

Desde la orilla, algunos turistas los observaban con admiración. Todo parecía una postal perfecta del verano uruguayo. El velero avanzaba con tranquilidad, aprovechando la brisa constante que soplaba desde el océano. Valeria sonreía al sentir el viento en su rostro. Martín, concentrado pero relajado, mantenía el rumbo fijo hacia el norte.

 A su alrededor, el horizonte se extendía infinito, sin otras embarcaciones a la vista, solo el mar, el cielo y ellos dos. Durante la primera hora, todo transcurrió según lo planeado. El GPS marcaba su posición con precisión y el radio VHF permanecía encendido, sintonizado en el canal de emergencias. Valeria tomó algunas fotografías del paisaje, el perfil de punta del este alejándose, las colinas verdes de la península, el faro de isla de lobos en la distancia.

Cuando faltaban aproximadamente 20 minutos para llegar a Isla Gorriti, Martín notó algo inusual. El motor auxiliar, que tenían encendido como respaldo comenzó a hacer un ruido irregular. No era alarmante, pero sí inesperado. Valeria se acercó a revisar el panel de control. Los indicadores mostraban un leve sobrecalentamiento en el sistema de refrigeración.

Martín decidió apagar el motor temporalmente para evitar daños mayores. No era grave. Las velas podían llevarlo sin problemas hasta la isla. Sin embargo, en ese preciso momento, el viento cambió abruptamente, lo que había sido una brisa suave del sureste, se transformó en ráfagas erráticas provenientes del este.

 El velero comenzó a balancearse con más fuerza. Valeria ajustamente las velas para compensar, pero la corriente marina también había cambiado. Algo no estaba bien. Martín consultó el GPS y su expresión se volvió seria. La corriente los estaba desviando hacia el este, alejándolos de Isla Gorriti más rápido de lo que las velas podían compensar.

 Intentó encender nuevamente el motor auxiliar, pero el sistema no respondió. El sobrecalentamiento había sido más serio de lo que pensaban. Valeria tomó el radio BHF e intentó comunicarse con la Prefectura Naval de Punta del Este. Transmitió su posición actual, explicó la situación del motor y solicitó asistencia como medida preventiva.

 La señal salió clara, pero la respuesta fue confusa. Entrecortada por interferencias, repitió el mensaje dos veces más. Luego, inexplicablemente, el radio dejó de transmitir, revisó las conexiones, verificó la batería, pero no había forma de restablecer la comunicación. El velero continuaba siendo arrastrado hacia el este, alejándose cada vez más de la costa.

Martín intentó maniobrar con las velas para acercarse a una pequeña enseada que conocía al sureste de Isla Gorriti, un lugar donde podrían anclar temporalmente y revisar el motor con calma, pero la corriente era más fuerte de lo esperado. Cada maniobra parecía insuficiente. El cielo, que había amanecido despejado, comenzó a cubrirse con nubes grises desde el horizonte.

 La temperatura bajó varios grados en cuestión de minutos. El mar, antes tranquilo, se volvía cada vez más agitado. Las olas crecían paulatinamente, golpeando el casco con más violencia. Valeria intentó mantener la calma. sabía que entrar en pánico era el peor error que podían cometer. Martín, concentrado en el timón, trataba de aprovechar cada ráfaga de viento para acercarse aunque fuera un poco a la costa.

 Pero la naturaleza parecía tener otros planes. A las 11:30 de la mañana, el velero Luna del Sur se encontraba a casi 5 km de su ruta original, siendo arrastrado hacia aguas más profundas. La Prefectura Naval de Punta del Este, tras recibir la última transmisión fragmentada de Valeria, intentó contactarlos repetidamente sin obtener respuesta.

 La señal del GPS, que había estado funcionando correctamente desapareció del radar costero a las 11:43. En tierra, nadie imaginaba aún la gravedad de la situación. El mar se había llevado al luna del sur hacia un destino incierto y todo lo que quedaba en las pantallas de la autoridad marítima era un punto vacío donde antes parpadeaba una señal de vida.

 Cuando el velero de Valeria y Martín dejó de aparecer en el sistema de rastreo de la Prefectura Naval, los protocolos de emergencia se activaron inmediatamente. Era poco más del mediodía cuando el oficial de guardia, un hombre de 50 años llamado Ricardo Silva, notó que la señal GPS del Luna del Sur había desaparecido sin explicación.

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