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Adela Noriega: Por ESTO la Desecharon Como Basura y Nadie Preguntó

Y te voy a pedir una sola cosa, que te quedes hasta el final. Porque lo que creíste durante años sobre Adela Noriega no es lo que pasó de verdad. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que nunca te contaron. Primero, cómo funcionaba por dentro la maquinaria de Televisa que convertía sus estrellas en propiedad y por qué a una mujer hermosa de los años 90 se la podía construir y borrar como a un producto de supermercado.

Segundo, la versión que el periodismo de espectáculo señaló durante décadas sobre por qué Adela desapareció de verdad. una versión que toca a uno de los hombres más poderosos que ha tenido México. Tercero, lo que la propia Adela dijo con su propia voz frente a la cámara el día que una periodista se atrevió a preguntarle de frente.

Y cuarto, ¿dónde está hoy? ¿Qué quedó de ella? ¿Y por qué su silencio de 17 años no es la paz que algunos quisieron venderte? Te voy a avisar cuando llegue cada una y te pido algo. No te saltes ninguna parte. Aunque creas que ya conoces esta historia, porque casi todo lo que se ha dicho de Adela Noriega viene mezclado, el dato cierto revuelto con el chisme inventado hasta que ya nadie sabe distinguir uno de otro.

Hoy los vamos a separar con pinzas delante de ti. Pero para entender cómo fue posible que esto ocurriera, necesitas conocer el mundo que construyó a esta mujer. Porque esta historia no empieza el día que ella se fue, empieza mucho antes. Empieza con algo que tú probablemente viste en tu propia televisión una noche sin imaginar lo que había detrás.

Vamos a México. Principios de los años 80. Una niña de 12 años camina por un centro comercial de la ciudad de México de la mano de su madre. Se llama Adela Amalia Noriega Méndez. Nació el 24 de octubre de 1969 en la capital. Tiene una hermana mayor, reina, y un hermano menor, Alejandro. Es una familia normal, una niña normal, con uniforme de escuela y trenzas.

Y ese día entre la gente alguien la ve. Un casatalento se acerca, le dice a la madre que la niña tiene algo que tiene una cara para la cámara. Imagínate la escena. Una madre de los años 80, en una época en que ser modelo o actriz lo veían con sospecha muchas familias y un hombre que le dice que su hija de 12 años podría salir en la televisión.

Nadie en esa familia podía imaginar a dónde llevaría ese encuentro de pocos minutos. Y quiero que te detengas aquí conmigo porque este detalle lo pasan por alto casi todos. Estamos hablando de una niña de 12 años. A esa edad tú estabas jugando, yendo a la escuela, peleándote con tus hermanos por el último pan dulce.

Adela, a esa edad ya estaba parada frente a una cámara, aprendiendo a sonreír cuando le decían que sonriera, a girar la cara hacia la luz, a aguantar horas de grabación con paciencia de adulta. En el mundo de la moda y la televisión de aquellos años, una niña bonita era un recurso, algo que se pulía, se moldeaba, se preparaba para vender.

Le enseñaban a caminar, a posar, a cuidar la figura, a no comer de más. Le medían la cintura, le revisaban la piel y mientras tanto su infancia se iba quedando atrás sin que nadie se diera cuenta, porque eso es lo que la fama temprana le quita a una persona y casi nunca se lo devuelve. La normalidad, los amigos del barrio, las tardes sin nada que hacer, el derecho a equivocarse en privado sin que nadie lo vea.

Adela cambió todo eso por algo que parecía un sueño y que en muchos sentidos lo era. Pero todo sueño así tiene una letra pequeña y la letra pequeña ella la entendería mucho después. Y así, sin que nadie lo planeara, esa niña de 12 años entra en una máquina que ya llevaba décadas funcionando. Una máquina enorme, brillante por fuera, que se alimentaba de caras jóvenes y hermosas.

Primero fueron comerciales de televisión, después videos musicales. Apareció en el video de corazón de fresa de Lucía Méndez y en el de Palabra de honor de Luis Miguel. Piensa en eso. Una adolescente de la Ciudad de México metida en los videos de las dos estrellas más grandes del momento. Si tú tenías un televisor en esos años, tú ya habías visto a Adela Noriega sin saber todavía su nombre.

En 1984 debuta en un programa que en México conoce todo el mundo de cierta generación, Cachun Cachun Rarra, un programa de jóvenes alegre, lleno de música y de risas. Era la época en que la televisión todavía se veía en familia, en una sola pantalla, todos sentados en la misma sala. No había control remoto para 1000 canales, no había teléfono en la mano.

Había una caja en la esquina del cuarto y lo que esa caja decía lo veía el país entero al mismo tiempo. Quiero que entiendas bien ese mundo, porque es el escenario de todo. En aquellos años en México, ser parte de esa caja era lo más parecido a tocar el cielo. Las familias planeaban su vida alrededor de los horarios de las novelas.

Se cenaba antes o después, según lo que estuvieran transmitiendo. Las vecinas se juntaban en la casa de la que tenía mejor televisor y los rostros que aparecían en esa pantalla no eran simples actores para la gente, eran casi parientes, personas a las que se quería, se odiaba, se defendía en la sobremesa como si fueran de la familia.

Esa cercanía, ese amor del público era oro puro y la empresa que lo controlaba lo sabía perfectamente. Déjame que te explique cómo funcionaba esa fábrica de ídolos, porque es fascinante y escalofriante a la vez. La empresa tenía su propia escuela de actuación, donde formaba a los jóvenes desde cero.

Los escogía, los entrenaba, los moldeaba, les inventaba a veces hasta el nombre con el que el público los conocería. Decidía quién subía y quién se quedaba abajo. Decidía a quién le tocaba el papel protagónico y a quién el de relleno. Decidía qué cara se volvería famosa esa temporada. Era en la práctica dueña de los sueños de miles de jóvenes que llegaban con la esperanza de salir en la tele.

Y en ese mundo, una verdad mandaba sobre todas las demás. La empresa hacía a las estrellas y lo que la empresa hacía, la empresa lo podía deshacer. Un actor que se portaba bien, que obedecía, que no causaba problemas, tenía trabajo asegurado y portadas y premios. Un actor que se revelaba que exigía, que se volvía incómodo, descubría de pronto que ya no había papeles para él, que las puertas se cerraban, que su teléfono dejaba de sonar.

No hacía falta despedir a nadie con un grito. Bastaba con dejar de llamarlo. Y poco a poco ese actor desaparecía del mapa sin que el público entendiera por qué. Quiero que tengas muy presente ese mecanismo, esa forma silenciosa de borrar a alguien, porque es exactamente lo que parece haberle pasado a Adela. De cachun cachun ra.

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