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María José de Bélgica: La Última Reina de Italia… Reinó Solo 34 Días y Fue Desterrada

Esa herencia invisible terminaría siendo su mayor fortaleza y también, en una corte llena de miedo, su mayor problema. Madre e hija se entendían sin palabras a través de la música, una al violín, la otra al piano, llenaban las tardes de melodías que decían lo que no se podía decir en voz alta. En un mundo de protocolos y silencios, la música era su lengua privada, el lugar donde una madre y una hija podían ser simplemente eso.

María José tocaría el piano hasta el final de su vida, ya anciana, casi ciega, como quien se aferra al último hilo que la une con la niña feliz que fue junto al mar de Ostende. Hacía deporte con la energía de un muchacho. nadaba, montaba a caballo, esquiaba en la nieve sin miedo a las caídas y decía en voz alta lo que pensaba, sin medir a quién tenía enfrente, con una franqueza que escandalizaba a las institutrices.

Hay una anécdota encantadora de aquellos años. La Pequeña Princesa tenía una mascota a la que se había empeñado en ponerle el nombre de un alto militar. Cuando un oficial le reprochó la ocurrencia, ella le explicó con una lógica implacable de niña que si lo llamaba por su nombre común, nadie entendería de quién hablaba, pero que si usaba el título, todo el mundo sabría exactamente a quién se refería.

Tenía razón y a esa edad ya no se dejaba ganar una discusión. En un continente donde el autoritarismo empezaba a ponerse de moda, esta niña de palacio se declaraba medio en serio, medio en broma, cercana a la gente común, a los obreros, a los que no tenían voz. Su madre la observaba entre el orgullo y la inquietud.

Sabía que un carácter así en el mundo que le tocaría vivir podía ser un don o una condena, pero la infancia luminosa se quebró de golpe. En agosto de 1914, cuando ella tenía apenas 8 años, los ejércitos del Kaiser invadieron Bélgica. La Primera Guerra Mundial entró por la puerta de su casa. Su padre, ya rey con el nombre de Alberto Io, tomó una decisión que lo volvería legendario.

Se quedó al frente de sus soldados en el último pedazo de territorio belga que no había caído bajo las botas alemanas. No huyó, no se rindió, combatió junto a su pueblo en las trincheras, bajo la lluvia y el barro. Europa entera empezó a llamarlo el rey caballero. Su madre, mientras tanto, atendía a los heridos en los hospitales de campaña, con las manos manchadas de sangre ajena.

A la niña, en cambio, la alejaron del peligro, la embarcaron rumbo a Inglaterra y la dejaron al cuidado de un amigo de la familia, Lord Cson, un poderoso político británico. Lejos de su madre, lejos de su padre, lejos del único hogar que conocía, pasó buena parte de la guerra entre desconocidos que hablaban otro idioma, en un país gris y lluvioso al otro lado del canal.

Era una niña pequeña, separada de todo lo que amaba. Mientras su patria ardía y su padre dormía en una trinchera bajo el fuego enemigo. Por las noches, en esa casa ajena, debía preguntarse si volvería a verlos, si su padre seguiría vivo a la mañana siguiente. Nadie podía prometerle nada.

De su padre lo aprendió casi todo lo que de verdad le importaba. Que el deber pesa más que la comodidad, que un rey no abandona a su pueblo, que la dignidad se demuestra en los momentos más oscuros, no en los desfiles. Alberto I era para ella mucho más que un padre. Era la prueba viva de que se podía ser poderoso sin ser cruel, de que se podía mandar sin pisotear.

Esa imagen la marcaría para siempre y la haría incapaz de tolerar a los tiranos que el destino le pondría enfrente. De vez en cuando la llevaban de regreso a ver a sus padres a La Pan, el último rincón de Bélgica, que aún resistía, a pocos kilómetros del frente. Allí el suelo temblaba con el tronar de los cañones y por las noches el cielo se iluminaba con los fogonazos de la artillería.

Una niña tomando el té con su madre mientras a unos kilómetros los hombres se mataban entre el barro. Así aprendió demasiado temprano, a vivir entre despedidas, a querer rápido, a no confiar del todo en que el que se iba volvería. Esa herida invisible, la de la dios, la acompañaría siempre. En 1916, con 10 años, su vida volvió a girar.

La enviaron a estudiar a Italia, a un internado para señoritas en Florencia, el pollo imperiale, lejos otra vez, de nuevo sola, de nuevo en un país extranjero, de nuevo aprendiendo a empezar de cero entre rostros desconocidos. Bajo los techos pintados de la Toscana, aprendió el idioma que terminaría siendo el de su destino.

Caminó por los mismos pasillos que siglos atrás habían recorrido princesas de la casa de Medici. Aprendió a pensar y a soñar en italiano mucho antes de imaginar que algún día la llamarían reina de Italia, porque eso en realidad estaba decidido casi desde su nacimiento. Sus padres tenían un plan para ella y lo tenían clarísimo, casarla con Humberto de Saboya, el príncipe heredero del trono de Italia, 2 años mayor que ella, no era un sueño romántico, era política, una alianza entre dos monarquías, un tablero donde

los reyes mueven a sus hijos, igual que mueven a sus peones. Lo conoció cuando tenía apenas 12 años. Un encuentro protocolar. Dos chicos de la realeza presentados como futuros esposos. Para él fue un trámite más entre tantos. Para ella fue algo distinto, el comienzo de un sentimiento que cargaría en silencio durante el resto de su vida.

Ese fue el primer error de su historia, enamorarse, siendo todavía una niña de un hombre que nunca le pertenecería del todo. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Pasaron los años y el plan siguió su curso. Paciente, inevitable.

María José creció hasta convertirse en una de las princesas más admiradas de Europa. Deportista, brillante, de una elegancia natural y una franqueza que desarmaba a propios y extraños. Los periódicos la fotografiaban esquiando, montando a caballo, sonriendo con una espontaneidad poco común entre la realeza de su tiempo.

Era, en el lenguaje de hoy, una celebridad. Las revistas seguían cada uno de sus pasos, cada vestido, cada viaje. La pintaban como la novia soñada de toda Europa, la princesa moderna que parecía traer aire fresco a un continente todavía marcado por las cicatrices de la guerra. Detrás de esa imagen luminosa, sin embargo, se escondía una joven a la que nadie le había preguntado nunca a quién quería amar.

Mientras ella florecía, el escenario al que la enviaban se oscurecía a toda velocidad. En Italia, Benito Mussolini llevaba años en el poder. Las camisas negras llenaban las plazas y silenciaban a golpes a quienes se atrevían a disentir. La prensa se había rendido. La oposición era perseguida, encarcelada, a veces asesinada.

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