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Friso de Holanda: El Trágico Accidente que Dejó al Príncipe en Coma y Conmocionó a Europa

Finalmente, en 2011, fue nombrado director financiero de Urenco, una empresa de enriquecimiento de uranio con sede en Inglaterra. era por cualquier estándar un hombre extraordinariamente capaz. Pero incluso los hombres más brillantes tienen un punto ciego y el de Frizo estaba quizás en esa misma valentía que lo había llevado tan lejos.

La misma determinación que lo hizo construir una carrera sin red de seguridad fue la que un día lo llevaría a esquiar sin red de seguridad. También Londres fue el escenario donde Frioo construyó la vida que eligió. No la que le habían asignado, no la que venía incluida en el apellido, sino la suya propia.

Junto a su familia vivía en una de las ciudades más cosmopolitas del mundo, lejos del peso de la corte holandesa, lejos de las cámaras que perseguían a su hermano heredero, lejos del protocolo que dicta cada paso, cada palabra, cada gesto de quienes están destinados a reinar. Y en ese Londres de finales de los 90 y principios de los 2000, Friso conoció a la mujer que iba a cambiarlo todo.

Se llamaba Mabel Wiis Smith. Era holandesa, inteligente, apasionada por las causas humanitarias y trabajaba para organizaciones de primer nivel mundial como War Child, dedicada a asistir a niños en zonas de guerra y The Elders, fundada por el propio Nelson Mandela. era en todos los sentidos una mujer fuera de lo común.

El amor entre Friso y Mabel fue intenso y real desde el principio, pero cuando en junio de 2003 el príncipe anunció públicamente su compromiso, la maquinaria política y mediática holandesa se puso en marcha con una velocidad brutal. Porque Mabel Wis Smith no solo era una activista con convicciones, tenía un pasado que, según declaró ella misma años antes, incluía una relación con Clas Bruinsman, el capo más temido del crimen organizado holandés, conocido en los bajos fondos como el pastor.

Bruinsma había sido asesinado en 1991, pero su sombra seguía siendo tan larga como peligrosa. El escándalo que estalló alrededor de Mabel sacudió a los Países Bajos. El Parlamento rechazó aprobar el matrimonio. Según la Constitución holandesa, un miembro de la familia real necesita la autorización del Parlamento para contraer matrimonio sin perder sus derechos dinásticos.

Y el parlamento, en este caso, dijo que no. Friso escuchó la respuesta, la sopesó y eligió a Mabel, sin dudar, sin negociar, sin buscar una salida diplomática. Renunció a su lugar en la línea de sucesión al trono. Renunció a su condición de miembro pleno de la casa real holandesa y se casó con la mujer que amaba el 24 de abril de 2004 en la The Kirk de Delft.

Fue una boda íntima y polémica, cubierta por los medios de todo el mundo, que unió a dos personas que habían decidido que el amor valía más que cualquier corona. Muchos en Holanda los criticaron, muchos otros los admiraron. Y con el tiempo, cuando llegaron las niñas, primero Luana en 2005 y luego Saria en 2006, la historia del príncipe que eligió el amor pareció cerrarse con la felicidad que merecía.

Pero la historia nunca cierra donde uno espera. Las vacaciones de invierno de la familia en Lech, Amarlberg, eran una tradición. Ese pequeño pueblo austríaco enclavado en el Boralberg, a más de 10000 m sobre el nivel del mar, era uno de los destinos favoritos de la élite europea para esquiar.

Restaurantes con estrellas Micheline, hoteles de lujo, pistas impecables trazadas entre picos que en invierno parecen pertenecer a otro mundo. Y la familia real holandesa conocía bien ese lugar. Llevaban años volviendo allí, temporada tras temporada, con la comodidad de quien se mueve por territorios familiares. Friso era un esquiador experimentado.

No era un principiante que se aventuraba a la ligera. Conocía las pistas, conocía la montaña, conocía sus propios límites, o al menos eso creía. Ese 17 de febrero de 2012 era el último día de sus vacaciones en Leche. Él y su amigo de la infancia, Florian Mus Bruger, habían decidido aprovechar la jornada esquiando juntos.

Pero en los días previos algo había cambiado en la montaña. Semas de nevadas intensas, récords de acumulación habían transformado el terreno en algo impredecible. Las autoridades locales habían emitido un aviso de peligro de avalanchas nivel cuatro sobre una escala de cinco. Nivel cuatro significa peligro alto. Significa que fuera de las pistas preparadas, la nieve acumulada puede soltarse en cualquier momento, arrasando todo lo que encuentra a su paso.

Florian Musbruger llevaba consigo una mochila con airbag de avalanchas, uno de esos dispositivos que al activarse inflaó un colchón de aire alrededor del portador para mantenerlo flotando sobre la nieve en lugar de hundirse bajo ella. Era una precaución, era reconocer implícitamente que el terreno que iban a esquiar era peligroso.

Friso llevaba un dispositivo localizador de avalanchas, esa pequeña caja electrónica que emite una señal y que puede marcar la diferencia entre ser encontrado a tiempo o no ser encontrado nunca. Tomaron las raquetas, se alejaron de las pistas señalizadas y se adentraron en la nieve virgen de las laderas laterales.

El sol iluminaba la superficie blanca con esa luz dorada que hace que la montaña parezca una postal. No había nadie alrededor, solo ellos dos, la nieve, el silencio y el ruido suave de los esquíes cortando la capa superficial. Y entonces la montaña se movió. No hay sonido de advertencia cuando una avalancha comienza. No hay trueno.

No hay rugido previo que dé tiempo a reaccionar. Hay un instante de silencio y luego el mundo entero se convierte en blanco. La masa de nieve que se desprendió en aquella ladera de leche tenía aproximadamente 30 m de ancho. Se movía con la velocidad y la fuerza de algo que no entiende de rangos ni de títulos. Florian Mosbruger activó su airback de avalanchas en el momento justo.

La mochila se infló, lo mantuvo cerca de la superficie y pudo salir con heridas leves. Tuvo suerte, una suerte enorme, aunque en ese momento seguramente no fue capaz de sentirlo como tal. Frizo no tuvo esa suerte. La nieve lo atrapó, lo giró, lo sepultó bajo su peso en una fracción de segundo. No pudo activar ningún mecanismo, no pudo gritar, no pudo hacer nada más que desaparecer bajo una capa blanca que se compactó sobre él con la fuerza de un muro de hormigón.

Mosbruger, una vez que logró salir de la nieve y orientarse, comprendió lo que había pasado. Activó la señal de emergencia y comenzó a buscar la frecuencia del localizador de friso. El dispositivo funcionaba. La señal estaba ahí, parpadeando desde algún punto bajo la superficie. Pero encontrar la señal no significa encontrar a la persona.

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