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La Caída Alias Samir: De Contador a Capo del Narcotráfico en Ecuador

Un contador, una doble vida, un imperio construido con números y traición. 14 sicarios cruzaron los manglares en lancha para borrar al hombre que nadie veía venir. Esta es la historia de George Samir, maestre Mena, el contador que financió la muerte. El 12 de octubre de 2023, poco después de las 3 de la madrugada, la urbanización privada Seivos Norte, en la vía a la costa de Guayaquil dormía con la tranquilidad artificial que compra el dinero.

Jardines cuidados, seguridad privada, camionetas blindadas en los garajes, un vecindario donde los muros son altos por diseño y las preguntas son bajas por conveniencia. Un lugar donde nadie hace preguntas porque nadie quiere respuestas. Esa noche, sin embargo, algo cruzó los manglares. 14 hombres se desplazaron en silencio por el río Guayas.

Chuvenchas que no encendieron luces. Se apostaron en la vegetación oscura y densa que rodea la parte trasera de una mansión valorada en medio millón de dólares. La casa tenía seguridad, tenía cámaras, tenía muros, pero no tenía defensa contra alguien que llega por el agua en la noche sin apuro. Cortaron la cerca. Entraron sin ruido, subieron la escalera, encontraron a un hombre solo dormido en su habitación, lo amarraron, lo interrogaron con una meticulosidad que hablaba de preparación y deña.

Luego lo ejecutaron con 20 disparos. El cuerpo de George Samir, maestre Mena tenía 36 años. Tenía marcas de tortura en las manos y en el cuerpo. Tenía 20 impactos de bala en el torso y en la cabeza. Tenía también el silencio de quien muere solo en una casa que costó lo que cuesta una vida entera en el barrio donde creció.

Si la pregunta que se instala de inmediato no es cómo murió, es quién era realmente este hombre. Porque para el Guayaquil oficial, para los vecinos de Seivos Norte, para los registros mercantiles y los balances fiscales, Samir era un empresario, contador público autorizado, fundador de varias compañías registradas legalmente, un tipo que había salido del barrio pobre de la floresta y había construido algo, un profesional que exportaba servicios, que importaba mercadería, que pagaba sus impuestos y firmaba sus declaraciones.

Pero para la inteligencia policial ecuatoriana, Samir era otra cosa completamente distinta. El cerebro financiero y operativo de uno de los grupos criminales más violentos del país, la banda mafia 18 tiburones. El hombre que enviaba 20 toneladas de cocaína por mes a través de los puertos corruptos de Guayaquil hacia Europa y Estados Unidos.

alguien cuya fortuna estimada superaba los 80 millones de dólares construidos sobre el polvo blanco que llega desde Colombia y sale por los contenedores del Ecuador portuario. Esa contradicción, el profesional de cuello blanco que administraba el dinero de la muerte, es la columna vertebral de esta historia.

Porque Samir no fue un criminal que fingió ser empresario. Fue un empresario que decidió volverse criminal con plena conciencia, que usó cada herramienta de su educación formal, cada técnica aprendida en los libros de contabilidad, cada mecanismo de la economía legal para construir un imperio narco que funcionaba con la precisión de una firma contable de alto nivel.

El truco era ese. No parecía un criminal, no actuaba como uno. No vivía como los capos de película que despilfarran con ostentación y se rodean de guardaespaldas visibles. Vivía como alguien que había llegado, como alguien que se lo había ganado con trabajo y durante más de una década eso le funcionó. La pregunta entonces no es solo cómo murió, es como alguien que empezó con libros de contabilidad terminó con 20 impactos de bala en el pecho dentro de la mansión que el narcotráfico le había dado y que el narcotráfico finalmente

convirtió en su trampa. La respuesta está en las calles del sur de Guayaquil, en los puertos que nunca cierran, en las alianzas que se forman y se rompen con la misma velocidad y en la lógica implacable del narcotráfico, donde la traición no tiene precio fijo, pero siempre, sin excepción, se cobra. Para entender a Samir, hay que entender la floresta.

No es un barrio que aparezca en las guías turísticas de Guayaquil. Está en el sur de la ciudad, lejos de los hoteles y los malecones restaurados, lejos de las urbanizaciones cerradas, donde más tarde viviría el propio Samir. La floresta es uno de esos sectores donde la ciudad muestra sus costuras, viviendas apiñadas, calles sin nombre en los mapas y la presencia constante de pandillas que no piden permiso para existir.

Un barrio que está cerca de los puertos de Guayaquil y de Posorja, dos de las zonas con mayor actividad de decomiso de cocaína del país. No por casualidad, la geografía del crimen organizado no es azarosa. Los barrios que rodean los puertos son barrios donde el narcotráfico encuentra mano de obra, complicidades y rutas naturales.

Che George Samir, maestre. Mena nació el 24 de marzo de 1987 en Guayaquil. Creció en ese barrio. Vio lo que se veía allí desde la infancia. La violencia como economía informal, el crimen organizado como estructura de ascenso, el dinero rápido como única alternativa visible al estancamiento. Vecinos que un mes tenían motocicletas nuevas y al siguiente desaparecían.

Amigos que empezaban con pequeñas comisiones de transporte y terminaban en morgue sin nombre. La floresta enseñaba esa lección todos los días a quien quisiera aprenderla o a quien no tuviera más remedio que verla. Pero Samir tenía padres que apostaban por otra salida y esa apuesta se materializó en algo concreto.

A los 19 años, Samir ingresó a la Universidad de Guayaquil. Estudió contabilidad con la seriedad de quien sabe que es su ticket de salida. Si se graduó como contador público autorizado. CPA era el tipo de logro que una familia de la floresta enmarca y cuelga en la pared del comedor. Una salida real, tangible, construida con años de esfuerzo en un sistema que pocas veces abre puertas hacia adentro.

Sus padres habían logrado lo que se propusieron, entregarle a su hijo una herramienta legítima para construir una vida diferente. Por un tiempo pareció funcionar, pero el barrio tiene gravedad propia. Y Samir a los 23 años se dio. Con todo el peso de esa decisión sobre sus hombros, tomó el camino que sus padres habían intentado cerrarle.

En 2010 se involucró con una banda criminal dedicada al tráfico de heroína hacia Estados Unidos. No como operador, no como logístico, no como el cerebro que más tarde sería, como Mula. El contador que había aprendido a balancear libros cruzó el océano con heroína escondida en el doble fondo de una maleta. Un movimiento primitivo para alguien que con los años se volvería sofisticado.

Pero era el primer paso y todos los primeros pasos en el crimen organizado parecen pequeños hasta que se miran desde el final. El aeropuerto internacional de Miami fue el primer escenario de su caída. Los agentes antinarcóticos de Estados Unidos revisaron el equipaje con la meticulosidad de quienes han visto ese truco cientos de veces.

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