A los 67 años, Raúl de Molina finalmente admite lo que todos siempre sospechamos
Todo el mundo conoce a Raúl de Molina como el Gordo, ese hombre enorme en presencia, en voz, en risa y en energía, que durante décadas entró a millones de hogares hispanos como si fuera un primo ruidoso, un amigo de la familia o ese tío que siempre llega a la fiesta diciendo lo que nadie se atreve a decir. Pero muy poca gente entiende que se escondía detrás de esa sonrisa que parecía indestructible.
Porque Raúl de Molina no fue solamente un presentador de televisión, fue el hombre que convirtió el chisme de farándula en conversación de sobremesa, el reportero que aprendió a perseguir historias con una cámara al hombro antes de que las redes sociales convirtieran a todos en paparazzi y el conductor, que junto a Lily Stefan hizo de El gordo y la flaca una especie de sala familiar para la comunidad latina.
Durante años lo vimos bromear, viajar, comer, entrevistar celebridades, cubrir alfombras rojas, celebrar triunfos ajenos y reírse de sí mismo. Y tal vez por eso muchos olvidaron una pregunta incómoda. ¿Qué pasa cuando el hombre que siempre hace reír también tiene miedo? ¿Qué ocurre cuando el apodo que te hizo famoso también se vuelve una carga? Y qué verdad tuvo que aceptar Raúl a los 67 años después de una vida entera, siendo observado, comentado y juzgado.
Porque sí, durante mucho tiempo todos sospechamos algo. Sospechamos que debajo del humor había una lucha silenciosa. Sospechamos que detrás de sus bromas sobre el peso había una herida más profunda. Sospechamos que el hombre que parecía tenerlo todo, fama, familia, viajes, éxito y una estrella en Hollywood, también había tenido que aprender a mirar de frente su propia fragilidad.
Y tal vez por eso su historia duele más de lo que parece. Antes de seguir, si creciste viendo a Raúl en televisión, quédate hasta el final. No porque esta sea una historia de escándalo, sino porque es una historia sobre algo mucho más difícil, sobrevivir a la imagen que el mundo construyó de ti. Raúl de Molina se convirtió en un rostro familiar cuando la televisión todavía tenía el poder de reunir a la familia entera frente a una sola pantalla.
No hacía falta entender todos los códigos de la farándula para reconocer su estilo. Él llegaba con una seguridad peculiar, con esa mezcla de periodista, comediante, viajero, crítico de restaurantes y vecino chismoso que de alguna manera solo él podía manejar sin perder el carisma. El gordo y la flaca no era únicamente un programa de entretenimiento.
Para muchos latinos en Estados Unidos era una pausa diaria. Era el momento de sentarse, encender Univisión y enterarse de quién se casó, quién se divorció, quién lloró, quién ganó un premio, quién salió corriendo de una entrevista y quién apareció vestido como si hubiera perdido una apuesta con su estilista.
En medio de todo eso, Raúl tenía un papel muy claro, romper la solemnidad. Donde otros querían sonar perfectos, él sonaba humano. Donde otros se cuidaban demasiado, él se permitía ser exagerado, frontal. divertido, a veces incómodo, pero casi siempre memorable. Y esa fue parte de su magia. Raúl no parecía un presentador fabricado en una oficina de relaciones públicas.
Parecía alguien que había vivido muchas vidas antes de sentarse en ese estudio. Y en realidad así fue. Su éxito no nació de la noche a la mañana. Antes de las cámaras, antes del maquillaje, antes de los trajes elegantes y las bromas con Lily, Raúl fue un hombre detrás de un lente. Fue fotógrafo, fue observador. Fue alguien que aprendió a mirar el mundo antes de que el mundo lo mirara a él.
Y esa diferencia importa, porque hay presentadores que llegan a la televisión buscando ser famosos. Raúl llegó después de haber aprendido a perseguir imágenes, a estar en la calle, a leer gestos, a esperar el momento exacto en que una historia se revela. En los años 80 su vida no transcurría entre estudios iluminados, sino entre noticias, celebridades, deportes, conflictos, viajes y fotografías que podían terminar publicadas en revistas importantes.
Él entendía la fama desde el otro lado. Sabía lo que era apuntar una cámara hacia alguien y esperar que esa persona bajara la guardia. Sabía que una imagen podía convertir un instante en noticia. Y tal vez por eso, cuando años después él mismo se convirtió en figura pública, entendió demasiado bien el precio de estar siempre expuesto.
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El público lo amó por su espontaneidad. Lo amó porque no parecía pedir permiso para ser él mismo. Lo amó porque en una industria obsesionada con la imagen perfecta, Raúl hizo de su apodo una marca. El gordo no fue solo una descripción física, fue un personaje, una bandera, una manera de presentarse ante el mundo antes de que el mundo pudiera atacarlo.
Pero hay algo profundamente humano en eso. A veces uno se adelanta al golpe para que el golpe duela menos. A veces convierte una inseguridad en chiste para que nadie note cuánto pesa. A veces abraza el apodo que otros podrían usar para herirlo y lo transforma en identidad. Eso hizo Raúl.
Lo hizo con gracia, con inteligencia, con olfato televisivo, pero eso no significa que no le costara, porque cuanto más querido se volvía, más difícil era mostrar debilidad. Cuanto más reía la gente, más complicado era decir, “Esto también me duele.” Y cuanto más grande era su imagen pública, más pequeño debía parecer cualquier miedo personal.
Pero cuanto más lo quería el público, más tenía que aprender Raúl a esconder las partes frágiles de sí mismo. Para entender a Raúl de Molina no basta con mirarlo en un estudio de televisión. Hay que retroceder a La Habana, a una infancia marcada por cambios, ausencias y mudanzas. Raúl nació en Cuba, pero su vida comenzó a moverse muy pronto, como si el destino le hubiera dicho desde niño que no tendría una sola patria emocional.
Creció con la sensación de que el hogar podía cambiar de forma. Cuba quedó atrás. España apareció como una nueva etapa. Luego Estados Unidos abrió otra puerta enorme, desafiante, llena de oportunidades, pero también de incomodidades. No es fácil ser adolescente y tener que empezar de nuevo.
No es fácil llegar a otro país, entrar a una escuela donde el idioma no es el tuyo y sentir que debes reinventarte antes de saber quién eres. En ese tipo de infancia uno aprende a observar, aprende a medir las palabras, aprende a usar el humor como puente, aprende que si no puedes controlar todo lo que pierdes, al menos puedes controlar la manera en que cuentas tu historia.
Y ahí aparece un objeto clave, la cámara. La cámara fue mucho más que un pasatiempo para Raúl. Fue una manera de entrar en lugares donde tal vez todavía no se sentía completamente dueño de la palabra. Cuando no se domina el idioma, una imagen puede hablar por uno. Cuando uno se siente fuera de sitio, mirar a través de un lente puede dar una especie de refugio.
Detrás de la cámara, Raúl no era el muchacho que debía adaptarse, era el que decidía qué enfocar. Esa mirada se volvió oficio y ese oficio se volvió destino. Mientras otros jóvenes soñaban con una vida más predecible, Raúl empezó a construir una relación intensa con la fotografía. No era solo disparar una cámara, era estar atento, era intuir dónde ocurriría algo, era llegar antes que otros, era esperar bajo el sol, correr detrás de una noticia, mezclarse con multitudes, arriesgarse a no conseguir nada y aún así seguir buscando. Esta disciplina
formó su carácter, le dio rapidez mental, le dio descaro, le dio paciencia y también le dio una habilidad que años después sería fundamental en televisión, saber cuando una persona está a punto de revelar algo, incluso antes de que abra la boca. Pero detrás de esa energía había un niño que había crecido entre países, un joven que había aprendido a adaptarse y un hombre que entendía que nada estaba garantizado, ni la fama, ni el trabajo, ni la salud, ni siquiera el cuerpo.
Antes de convertirse en el Raúl, que millones conocerían, ya llevaba dentro una mezcla muy particular. El inmigrante que aprende a sobrevivir, el fotógrafo que aprende a mirar, el hijo que carga ausencias y el hombre que descubre que la risa puede abrir más puertas que la queja. El gran giro de su vida no llegó con una sola llamada milagrosa, sino con una acumulación de caminos.
Primero fue la fotografía, luego las apariciones en televisión, después la intuición de que aquel hombre grande, expresivo, rápido y sin miedo a opinar podía funcionar frente a las cámaras. Raúl no era el galán tradicional de la televisión, no era el presentador impecable que parecía diseñado para no salirse nunca del libreto.
Era otra cosa. Tenía calle, tenía historias, tenía mundo. Había visto celebridades de cerca, no como fanático, sino como reportero. Había entendido los mecanismos de la fama desde las banquetas, desde los aeropuertos, desde los eventos, donde una imagen podía valer más que una declaración. Y cuando apareció el gordo y la flaca, la televisión hispana encontró una fórmula que parecía simple, pero no lo era.
Una dupla, él y Lily Stefan, el gordo y la flaca. El contraste estaba en el título, sí, pero la verdadera fuerza estaba en la química. Ella con su sonrisa, su energía luminosa, su elegancia natural, él con su humor, su voz, su manera de entrar como un huracán en cualquier conversación podía haber salido mal.
De hecho, muchas ideas televisivas con nombres pegajosos desaparecen después de poco tiempo, pero esta no. Esta se quedó. Y no solo se quedó, se volvió parte de la rutina emocional de millones de personas. La televisión tiene algo curioso. Cuando alguien aparece todos los días en tu casa, dejas de verlo como una celebridad lejana.
Empiezas a sentir que lo conoces, que sabes cuándo está cansado, que notas si adelgazó, que opinas si se cortó el pelo, que puedes criticarle el traje como si él pudiera escucharte desde el otro lado de la pantalla. Eso le ocurrió a Raúl. Pasó de ser fotógrafo a personaje cotidiano, de perseguir famosos a ser famoso, de tomar imágenes a convertirse en imagen.
Y en ese cambio había una promesa maravillosa, pero también una trampa, porque la cámara que antes él controlaba ahora lo controlaba a él. La mirada que antes él dirigía ahora se posaba sobre su cuerpo, su cara, su peso, su vida familiar, sus viajes, sus opiniones, sus silencios. El lente cambió de lado y cuando eso sucede nadie sale ileso del todo.
El éxito llegó, sí, llegaron reconocimientos, premios, entrevistas, eventos, viajes, una audiencia fiel, una carrera de décadas y más tarde una estrella en el paseo de la fama de Hollywood. Pero el éxito no llega solo, siempre entra acompañado de una factura. A veces esa factura tarda años en aparecer, a veces llega disfrazada de cansancio, a veces de ansiedad.
a veces de un diagnóstico médico, a veces de una frase que uno dice riendo, pero que revela demasiado. En el caso de Raúl, el precio estuvo escondido a plena vista porque su propio cuerpo se volvió parte del espectáculo. El apodo, el gordo, era cariñoso, o sí era famoso, también era comercial, sin duda.
Pero nadie puede cargar durante décadas una etiqueta sin que esa etiqueta deje marcas. La gente podía decirlo con ternura, con confianza, incluso con admiración, pero seguía siendo una palabra pegada a su cuerpo, una palabra que entraba antes que él en cualquier habitación. Y aquí está una de las grandes paradojas de su vida. Lo que lo hizo inolvidable, también le recordó todos los días una batalla personal.
Raúl habló en distintas ocasiones sobre su lucha con el peso. Lo hizo con humor, como acostumbra, pero también con una honestidad que desarmaba. No intentó vender la fantasía de que cambiar hábitos era fácil. No convirtió su proceso en una postal perfecta de superación. Al contrario, reconoció que era una batalla larga, incómoda, llena de avances y retrocesos.
Eso es importante porque en el mundo del entretenimiento la imagen suele tratarse como si fuera un producto. Se adelgaza, se engorda, se envejece, se rejuvenece, se opina, se compara. Y el público a veces olvida que detrás de cada comentario hay una persona que escucha, que lee, que recuerda. Raúl escuchó durante años bromas sobre su cuerpo.
Algunas las hizo él mismo, otras se las hicieron en televisión, otras seguramente llegaron de personas que creían tener derecho a opinar porque lo veían todos los días en pantalla. Y uno puede ser fuerte, puede tener carácter, puede responder con una carcajada, pero el cuerpo guarda memoria. El éxito le dio a Raúl una plataforma inmensa, pero también le quitó privacidad.
Su peso era tema público, sus cambios físicos eran comentados, sus decisiones de salud despertaban titulares, incluso su recuperación después de una cirugía se volvió parte de la conversación nacional de farándula. Y ahí aparece una pregunta más profunda. ¿Cuánto de uno mismo puede entregar una figura pública antes de quedarse sin un rincón privado? Porque Raúl no solo trabajaba en televisión, vivía dentro de una maquinaria que necesitaba novedad todos los días.
Si estaba presente, se comentaba lo que decía. Si faltaba, se especulaba por qué. Si reía era el Raúl de siempre. Si se apagaba, el público preguntaba qué pasaba. Si adelgazaba, se celebraba. Si subía de peso, se notaba. Si se operaba, se discutía, si hablaba de salud mental, se convertía en confesión.
La fama vista desde afuera parece una fiesta. Vista desde adentro a veces parece una habitación sin cortinas. Y aún así, Raúl siguió. Siguió haciendo televisión, siguió viajando, siguió bromeando, siguió compartiendo su amor por la comida, por el arte, por la fotografía, por los lugares del mundo. Siguió siendo ese hombre que podía hablar de una celebridad internacional y en la misma conversación hacer un comentario doméstico que arrancaba risas.
Pero en algún punto la vida le recordó que no todo se puede resolver con humor. La salud fue uno de los capítulos más duros de su historia. Raúl sobrevivió a un cáncer de riñón y llegó a hablar públicamente de ese episodio. No lo contó como quien busca lástima, sino como alguien que sabe que hablar puede ayudar a otros a prestar atención a su propio cuerpo.
Ese tipo de experiencia cambia la forma en que uno mira el tiempo. Después de un susto así, ninguna alfombra roja brilla igual. Ningún viaje pesa lo mismo. Ningún aplauso alcanza para borrar completamente la conciencia de que la vida puede girar en una consulta médica. Y ahí está otra parte de su verdad.
El hombre que parecía invencible ya había tenido que mirar de cerca la vulnerabilidad. Pero la televisión no siempre permite quedarse mucho tiempo en la fragilidad. El show continúa, la pauta continúa, el público espera, la risa vuelve, la cámara se enciende y uno aprende a guardar el miedo en un cajón para poder salir al aire.
Cuando hablamos de la vida personal de Raúl, hay que hacerlo con cuidado, porque no se trata de invadir, sino de entender. Su historia con Milly, su esposa, ha sido una de esas relaciones que han acompañado su imagen pública sin convertirse en espectáculo barato. Raúl ha mostrado partes de su vida familiar, ha celebrado aniversarios, ha compartido viajes, ha hablado de su hija mía con orgullo y ternura, pero también ha dejado claro a su manera que la familia no es un decorado, es el lugar al que uno vuelve cuando las luces se apagan. Y
eso se entendió de manera especial cuando su salud lo puso en una situación delicada después de una cirugía. Los titulares hablaron de complicaciones, de ausencia del programa, de recuperación, pero detrás de cualquier titular había una escena mucho más humana, una hija pendiente de su padre, una familia, reorganizando su vida alrededor de una convalescencia, un hombre acostumbrado a trabajar todos los días enfrentándose a la necesidad de detenerse.
Para alguien como Raúl, detenerse no debe haber sido fácil. Hay personas que viven con una energía tan pública que el silencio se les vuelve extraño. Raúl había construido una vida en movimiento, estudios, aeropuertos, restaurantes, entrevistas, eventos, viajes, cámaras. De pronto, la recuperación lo obligó a quedarse quieto y cuando el cuerpo se detiene, a veces la mente empieza a hablar más fuerte.
Según se contó públicamente, después de esa cirugía y sus complicaciones, Raúl terminó hablando de un episodio emocional difícil. no lo presentó como un drama teatral, sino como una confesión que sorprendió precisamente porque venía de alguien que muchos asociaban con la risa constante. Y ahí está el punto central de esta historia.
Lo que todos sospechábamos no era un secreto escandaloso, era algo más sencillo y más profundo. Raúl también se rompe, Raúl también se asusta. Raúl también puede sentirse triste. Raúl también tuvo que admitir que la fortaleza no consiste en fingir que nada duele, sino en reconocer cuando algo duele de verdad. Durante años, la prensa especuló sobre sus cambios físicos.
Muchos se preguntaban si su humor escondía inseguridades. Otros lo veían como un ejemplo de alguien que se aceptaba por completo. Y quizá ambas cosas podían ser ciertas al mismo tiempo. Uno puede aceptarse y aún así sufrir. Uno puede reírse de sí mismo y aún así cansarse de ser reducido a una etiqueta.
Uno puede amar su carrera y aún así sentirse atrapado por el personaje que esa carrera exige. La familia, en ese sentido, parece haber sido su ancla. Milly y Mia no aparecen solo como nombres en su biografía, sino como presencia emocional. En sus viajes, en sus celebraciones, en sus momentos de salud, se percibe que Raúl no ha vivido únicamente para la televisión, ha vivido también para esa pequeña tribu privada que lo conoce sin cámaras, sin apodo, sin guion.
Y tal vez eso explica por qué la figura de su hija conmovió tanto al público durante su recuperación. Porque no era la historia de una celebridad atendida por un equipo, era la historia de un padre vulnerable y una hija atenta, la clase de escena que desarma cualquier personaje público y nos recuerda que al final detrás del famoso sigue estando el ser humano.
Raúl de Molina ha pasado gran parte de su vida hablando de otros, de sus escándalos, de sus amores, de sus caídas, de sus regresos, de sus secretos. Pero cuando la conversación se volvió sobre él, el tono cambió. Ya no se trataba de una celebridad saliendo de un restaurante o de una actriz respondiendo rumores.
Se trataba de Raúl, enfrentando la pregunta que quizá lo había acompañado durante décadas. ¿Quién soy yo si dejo de ser el gordo? Esa pregunta no tiene respuesta fácil porque el apodo lo hizo famoso. El programa lo convirtió en icono. La dupla con Lily lo volvió parte de la cultura popular latina. Pero la vida, con una ironía casi cinematográfica, lo llevó a un punto en el que su cuerpo, el mismo que había sido parte de su marca, empezó a exigir otra mirada, ya no como herramienta de televisión, ya no como chiste, ya no como tema de conversación, sino como hogar. Y cuidar
el cuerpo como hogar es muy distinto a cuidarlo como imagen. Durante años, muchos interpretaron sus procesos de pérdida de peso como cambios estéticos. La farándula suele mirar todo desde esa lupa. ¿Cómo se ve? ¿Cuánto bajó? ¿Qué ropa usa ahora? Si parece más joven, si parece distinto. Pero en el caso de Raúl, su lucha parecía ir mucho más allá.
Había preocupación por la salud, por el futuro, por el bienestar. Había una conciencia de que el cuerpo no perdona eternamente los excesos, el estrés, los viajes, los horarios, la presión, la vida pública. Y entonces, cuando él habló con más franqueza sobre su estado emocional, la historia dejó de ser sobre kilos y se convirtió en algo más grande.
Se convirtió en la historia de un hombre que por fin podía decir, “No todo fue tan sencillo como parecía. Esa es la verdad detrás del titular. No una confesión morbosa, no un secreto oscuro, no una traición, ni una rivalidad escondida, ni una caída vergonzosa. La verdadera confesión de Raúl es que debajo del personaje había una persona cansada de cargar sola ciertas batallas y eso conecta con muchísima gente porque todos de alguna manera tenemos un personaje.
Algunos son el fuerte de la familia, otros son la alegre. Otros son el responsable, la inteligente, el que siempre ayuda, el que nunca se queja. Y cuando el mundo te premia por ese personaje, abandonarlo da miedo. Uno se pregunta, “¿Si dejo de ser eso, me seguirán queriendo?” Raúl pasó décadas siendo el gordo querido de la televisión, el hombre de la risa rápida, el que sabía disfrutar un buen plato, una buena ciudad, una buena conversación, el que podía entrevistar a famosos sin parecer intimidado por nadie, el que convertía la farándula en comedia diaria. Pero en
los últimos años su historia empezó a pedir otra lectura, la del sobreviviente, la del hombre que mira hacia atrás y entiende que la fama no lo protegió del miedo. La del presentador que recibe honores, pero también aprende a hablar de salud. La del padre que se emociona por su hija. La del esposo que celebra décadas de matrimonio.
La del inmigrante cubano que hizo una vida entera en otro país y terminó con una estrella en Hollywood. Y aún así, la verdad, como suele ocurrir, no es tan simple como lo que la gente cuenta, porque no se puede reducir a Raúl a una tragedia. Sería injusto. Su vida no es una lista de dolores. Es una vida enorme, llena de trabajo, viajes, logros, humor, comida, arte, fotografías, familia y momentos que muchos comunicadores soñarían vivir.
Pero tampoco se puede reducir su historia a un éxito sin sombras. Sería superficial. Raúl de Molina es interesante precisamente porque contiene las dos cosas: la carcajada y la herida, el brillo y la inseguridad, la fama y el cansancio, el personaje y el hombre. A los 67 años Raúl no parece estar en una despedida, sino en una etapa de revisión.
Hay algo poderoso en ver a una figura tan conocida atravesar un momento de sinceridad, no porque de pronto lo sepamos todo de él, sino porque empezamos a comprender mejor lo que siempre estuvo frente a nosotros. El hombre que entraba a millones de hogares no era invulnerable. El humor no era una armadura perfecta. El apodo no era una broma sin costo, la fama no era una cura para las dudas personales y el éxito, incluso cuando llega con premios y estrellas, no evita que la vida haga sus propias preguntas.
Su presente tiene algo de renacimiento. Después de años de televisión, después de reconocimientos importantes, después de problemas de salud y procesos físicos complejos, Raúl aparece como alguien que sigue de pie, pero ya no necesita fingir que estar de pie siempre fue fácil. Eso quizá es lo más valioso, porque en una industria donde muchos prefieren mostrar solo la versión editada de sí mismos, Raúl ha dejado ver grietas y las grietas, aunque duelan, también dejan entrar verdad.
Su estrella en el paseo de la fama de Hollywood simboliza una carrera que ya pertenece a la historia de la televisión hispana. No todos los días una dupla de entretenimiento latino recibe ese tipo de reconocimiento. Para Raúl y Lili fue más que un honor personal. Fue una señal de que aquella conversación diaria de farándula, aquel programa que algunos pudieron subestimar por ligero o chismoso, en realidad había construido memoria cultural.
Durante más de dos décadas, el gordo y la flaca acompañó a familias enteras. Cambiaron los artistas, cambiaron las modas, cambiaron los escándalos, cambiaron las plataformas, llegaron las redes sociales, los influencers, los podcasts, los videos cortos, la televisión bajo demanda. Pero Raúl siguió ahí como una presencia reconocible en medio de un mundo mediático cada vez más veloz.
Y eso no se logra solo con suerte, se logra con oficio, con resistencia, con capacidad de adaptarse, con una personalidad que puede gustar o incomodar, pero difícilmente pasa desapercibida. Hoy, cuando se mira hacia atrás, su historia parece tener forma de película. Un niño que sale de Cuba. Un joven que se refugia en la fotografía.
Un reportero que persigue imágenes en Miami. Un hombre que se convierte en rostro televisivo. Una figura que abraza un apodo, un sobreviviente de enfermedad, un padre, un esposo, un viajero, un coleccionista de arte, un presentador que finalmente se permite hablar de lo que no siempre se veía. Y tal vez esa sea la razón por la que su historia toca algo sensible, porque todos vimos al personaje, pero ahora empezamos a mirar al hombre.
La verdadera tragedia de Raúl de Molina no es haber sido llamado el gordo. Tampoco es haber enfrentado problemas de salud, ni haber pasado por momentos de miedo, ni haber tenido que recuperarse bajo la mirada del público. La verdadera tragedia, si podemos llamarla así, es haber tenido que cargar durante tantos años con una imagen que hacía reír a todos.
mientras algunas batallas personales quedaban escondidas detrás del chiste. Pero también hay una belleza en esa misma historia, porque Raúl no desapareció dentro del personaje. lo usó, lo transformó, lo hizo suyo y cuando llegó el momento empezó a mostrar que había algo más, que detrás de el gordo estaba Raúl, un hombre con historia, con memoria, con familia, con cicatrices emocionales, con miedo, con gratitud, con hambre de vida, en todos los sentidos posibles.
Al inicio de esta historia, decíamos que todo el mundo lo conocía por su risa, por su energía, por su lugar en la televisión hispana. Pero quizá después de tantos años el verdadero legado de Raúl de Molina no sea solo haber entretenido a millones, quizás sea haber demostrado que incluso quienes parecen más seguros frente a una cámara pueden estar librando guerras silenciosas y que admitirlo no los hace menos grandes, al contrario, los vuelve más humanos.
Porque a veces la verdadera tragedia no es perder los aplausos, ni envejecer bajo las luces, ni descubrir que el cuerpo cambia con los años. A veces la verdadera tragedia es tener que sonreír durante décadas para que nadie note todo lo que uno estaba aprendiendo a soportar. Y tal vez por eso, a los 67 años, cuando Raúl de Molina finalmente admite lo que todos siempre sospechamos, no escuchamos solamente una confesión.
Escuchamos a un hombre quitándose por fin una parte del peso que nunca se veía en pantalla. Ah.