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LUCHA VILLA: El Quirófano Que la Silenció. Lo Que Su Familia Ocultó Durante 28 Años

Santa Rosalía de Camargo, Chihuahua. 30 de noviembre de 1936. En una casita de adobe con cocina de humo negro y frijoles hirviendo en una olla casi vacía, según se ha relatado, nace una niña la que sus padres llamarán Lucelena Ruiz Bejarano. No es noticia, no es portada, no es nadie. Es solo una más entre las miles de niñas pobres que el norte mexicano de los años 30 paría sin esperar nada de la vida.

Su madre, según las pocas declaraciones que se han publicado al respecto, fue de esas mujeres mexicanas que aprenden a hacer milagros con casi nada: “Estirar los centavos hasta que se rompen, remendar el mismo vestido 20 veces, callarse el llanto frente a los hijos. de su padre, según se ha contado, apenas queda un recuerdo borroso, una sombra, una figura que se desvaneció demasiado pronto, dejando un hueco que ningún tío ni ningún padrastro pudo nunca llenar.

En el México pobre de los años 40, según se ha relatado tantísimas veces, los hombres que se iban no generaban preguntas, solo dejaban huecos. Pero esa niña, esa niña tenía algo que se notaba desde el primer momento. Crecía más alta que todas las demás. Tan alta que en las fotos escolares sobresalía como una.

tan alta que en las misas de domingo, según se ha contado, las señoras del pueblo la miraban con esa mezcla de curiosidad y compasión, porque en el México de aquellos años una mujer alta era casi una maldición y tenía algo más, una voz, una voz grave, ronca, profunda, como si saliera del fondo mismo de un pozo seco.

[música] Cuando cantaba en el coro de la iglesia, según se ha relatado infinidad de veces, el sacerdote tenía que pedirle, casi suplicarle, que bajara el volumen, porque la voz de Lucelena tapaba el coro entero. A ella sola se le oía, como si esa voz hubiera nacido equivocada en ese cuerpo de niña pobre. A los 12 años ya la llamaban para animar fiestas familiares.

A los 14, según se ha contado, cantaba en bodas, en bailes de pueblo, en ferias patronales. Esas noches calurosas, polvosas, con focos pelones colgando del techo, donde la banda se equivocaba en las notas y los borrachos se peleaban por una mirada de cualquier muchacha. Pero cuando Lucelena abría la boca, según se relató durante años, todo el salón se callaba.

Hasta los borrachos se callaban. Porque esa voz en ese cuerpo, en ese pueblo de  sonaba milagro. Y entonces vino el golpe que le marcaría el alma para siempre, el golpe que jamás se le acabó de cicatriar, el golpe que, según se ha relatado, sería el motor secreto de todas sus decisiones, incluida la del visturí 60 años después.

Tenía 15 años, 15. Y en su casa ya no había con qué comer cuando apareció en su vida un hombre 20 años mayor que ella llamado Mario Miller, hermano del ventríloco Paco Miller. Una figura conocida del espectáculo de aquella época, su mamá, según se ha contado, le dijo lo que tantas mamás mexicanas dijeron a sus hijas en aquellos años.

Cásate, cásate y vete. Cásate y no vuelvas. Aquí no hay para todos. Y Lucelena se casó a los 15 años con un hombre de 35. Imagínate la escena. Un adolescente, casi una niña, vestida de blanco, en una boda apurada, con tías llorando y un señor del doble de su edad poniéndole el anillo. [música] En 1952, en el norte de México, una boda más en un país donde nadie levantaba la voz por eso.

En 1953 nació la primera hija de esa unión, Rosaelena. Un año después, en 1954, nació Carlos Alberto, una niña de 17 años con dos hijos pequeños, casada con un hombre que ya empezaba a aburrirse de ella. Y alrededor de 1960, Mario Miller, según se ha relatado, hizo lo que muchos hombres de aquella época hacían cuando ya no querían cargar con responsabilidades.

Se [música] fue, desapareció como si nunca hubiera estado. De pronto, Lucelena tenía 22, 23 años, dos hijos pequeños. ninguna profesión, ningún dinero, ninguna certeza. Pero tenía esa voz, esa voz enorme que le ardía dentro como si fuera demasiado grande para una sola garganta. Y según se ha contado, en aquellos años tomó la decisión más arriesgada y más cruel de toda su vida.

dejó a sus dos hijos al cuidado de su familia en Camargo y se subió a un camión rumbo a la Ciudad de México con una maleta de cartón, un vestido prestado y un sueño que todos consideraban un delirio. Una mujer norteña, sin contactos, sin estudios, queriendo cantar en la capital del país. La Ciudad de México la recibió como recibe a todos los pueblerinos que llegan, creyendo que la fama es algo que se encuentra en una esquina.

La recibió con humo, con hambre, con pensiones baratas, donde se compartía cuarto con desconocidas, con noches sin saber si iba a haber que comer al día siguiente. Esa muchacha alta del norte, según se ha relatado, cantó en cabarets de mala muerte donde el humo del cigarro hacía arder los ojos.

Cantó en bares donde los borrachos le gritaban obsenidades mientras ella sostenía la nota. Cantó en programas de radio a las 2 de la mañana donde nadie preguntaba ni siquiera cómo se llamaba. aguantó, [música] aguantó y aguantó porque según se ha contado tantísimas veces, en su cabeza solo había una idea fija. Si me regreso a Camargo, mis hijos comen de la limosna toda la vida.

Y entonces, un día cualquiera, según se ha relatado, sucedió el milagro. Un empresario argentino llamado Luis G. Dylon andaba buscando una voz femenina potente para un espectáculo de variedades. La cantante que había contratado para la audición no apareció. Luelena estaba ahí con un vestido prestado, con las manos sudorosas, con los nervios al borde, le tocó cantar.

Y cuando empezó a soltar esa voz grave, profunda, casi varonil de tan poderosa, según los testimonios que han circulado durante años, el silencio dentro de la oficina de Dylon se volvió, [música] según se ha contado, casi religioso. El argentino entendió en 5 minutos lo que el resto del país tardaría 10 años en entender, que tenía enfente no a una cantante, sino a una fuerza de la naturaleza.

Y esa misma tarde, según las versiones que se han repetido durante décadas, le cambió el nombre. Le dijo en ese acento argentino tan suyo que Lucelena Ruiz Vejarano no se podía leer en un cartel. Le puso lucha por la fuerza brutal con que cantaba y le puso Villa por Pancho Villa, por el norte, por la sangre revolucionaria que se notaba que llevaba dentro, Lucha Villa.

A partir de ese día, la niña pobre de Camargo oficialmente dejó de existir en los carteles. Nació la mujer que iba a cambiar para siempre, el ranchero mexicano. Lo que vino después no fue un cuento de hadas, fue una carrera de resistencia. Lucha Villa peleó por cada disco, por cada nota, por cada centavo y según se ha relatado, en algún punto de finales de los años 50, su voz llegó a los oídos de los hombres correctos.

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