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Maradona entró a una farmacia de noche y encontró 3 hombres armados — Lo que hizo nadie lo esperó

Relato dramatizado e inspirado en hechos reales. Algunos detalles fueron modificados para proteger identidades. Napoli, 1989, marzo, las 11 de la noche. La ciudad está oscura, las calles vacías. Diego Armando Maradona no puede dormir otra vez. Lleva tres días sin dormir bien. El tobillo le duele.

El viejo tobillo, el que Goikoexea destrozó hace 6 años, nunca sanó completamente. Nunca va a sanar. Cada noche el dolor vuelve como un fantasma. Diego se levanta de la cama, su departamento en Posillipo, dista al mar, el mejor barrio de Napoli, pero el lujo no quita el dolor. Necesita algo. Analgésicos, los que tiene se terminaron. Mira el reloj. 11:15.

¿Habrá alguna farmacia abierta? En Npoli siempre hay una farmacia abierta. Diego se viste. Jeans, campera negra, gorra. No quiere que lo reconozcan, solo quiere comprar unas pastillas y volver. Baja al estacionamiento. Su Ferrari está ahí. No, demasiado llamativo. Agarra las llaves del Fiat, el auto que usa cuando quiere pasar desapercibido.

Sale a la calle Napoli. De noche, hermosa, peligrosa, misteriosa. Diego conoce esta ciudad, la ama, pero también sabe que tiene un lado oscuro. La camorra controla todo, las drogas, la prostitución. Los robos. Diego ha visto cosas, ha vivido cosas, pero esta noche no piensa en eso, solo piensa en el dolor y en las pastillas que lo van a calmar.

Conduce 10 minutos, conoce una farmacia en el barrio de Chya. Abre las 24 horas. Nunca hay nadie a esta hora. Perfecto. Estaciona el Fiat a media cuadra de la farmacia. Camina. La calle está desierta. Solo el sonido de sus pasos y algo más. Voces. Vienen de la farmacia. Diego se detiene. Escucha, no son voces normales, son gritos.

Abrí la caja ahora. Por favor, no me hagan daño. Diego se acerca despacio. Mira por la ventana de la farmacia y ve tres hombres máscaras negras. Uno tiene un cuchillo grande, brillante. Otro tiene un palo de béisbol. El tercero tiene algo en la mano. Parece una pistola. El farmacéutico está detrás del mostrador, 70 años, pelo blanco, manos levantadas temblando. La caja.

Abrí la caja, viejo de [ __ ] El farmacéutico intenta abrir la caja registradora, pero sus manos tiemblan demasiado. No puede. El del cuchillo se impacienta. Más rápido golpea el mostrador con el cuchillo. El farmacéutico salta del susto. Por favor, tengo nietos. No me maten. Diego. Mira, tiene dos opciones. Uno, irse.

Llamar a la policía. Esperar. Es lo lógico. Es lo seguro. Es lo que cualquier persona haría. Dos. Entrar. Locura. Son tres contra uno. Tienen armas. Diego tiene nada. Solo sus puños y sus huevos. Diego piensa en el viejo, 70 años, trabajando a las 11 de la noche para mantener a su familia. Nietos.

Diego tiene dos hijas, Dalma y Yanina. Si algo le pasara a él, si alguien amenazara a sus hijas, querría que alguien ayudara. Alguien, cualquiera. Diego respira hondo. La [ __ ] madre. Y abre la puerta. Ding. La campanilla de la puerta suena. Los tres asaltantes se dan vuelta. El farmacéutico mira. Todos miran a Diego parado en la puerta.

Campera negra, gorra, tranquilo, como si entrara a comprar chicles. Buenas noches. Su voz es calmada, normal. El del cuchillo reacciona primero. ¿Quién [ __ ] sos? Salí de acá. Diego no se mueve. Vine a comprar unas pastillas. ¿Hay algún problema? El del palo de béisbol se acerca. ¿Estás sordo? Andate. Diego lo mira fijo, sin miedo.

No me voy a ningún lado. El del palo levanta el bate. Te voy a romper la cabeza, hijo de [ __ ] Diego no parpadea. Podés intentarlo. Algo en la voz de Diego los detiene. No es normal. Este tipo no tiene miedo. ¿Por qué no tiene miedo? El tercero, el de la pistola, se acerca. Che, déjalo. Vamos a terminar esto. Y se detiene. Está mirando a Diego.

Más precisamente está mirando debajo de la gorra. La cara, los ojos, el pelo rizado que asoma. Espera, se acerca más. No puede ser. Diego se quita la gorra. Despacio. El pelo rizado aparece. La cara completa. Los ojos negros. La mirada de Diego. Maradona. Silencio total. El del cuchillo baja el cuchillo, el del palo baja el palo, el de la pistola, la pistola cae al piso.

Dios mío, es Maradona. Diego los mira uno por uno. Sí, soy Maradona. ¿Y ustedes quiénes son? Nadie responde. Les pregunté quiénes son. El del cuchillo traga saliva. So, somos nadie, nadie. Nadie no entra a robar farmacias con un cuchillo. Silencio. Diego camina hacia ellos. Despacio, los asaltantes retroceden. Tres hombres armados retrocediendo de un hombre desarmado.

Porque ese hombre es Diego Maradona. ¿Cuántos años tienen? El del cuchillo responde primero. D. 22. El del palo. 24. El de la pistola. 19 Diego asiente. Pibes. Son pibes. Pausa. ¿Saben qué estaba haciendo yo a los 22 años? Nadie responde. Estaba jugando en Barcelona, ganando millones. Siendo el mejor del mundo. Pausa.

¿Y saben qué estaba haciendo a los 19? Silencio. Jugando el Mundial con Argentina, representando a mi país. Pausa. Y ustedes a los 19, 22, 24 están robando farmacias. El de 19 años baja la cabeza. No es No es lo que parece. Ah, no. ¿Y qué es? Silencio. Diego, espera. El de 24 habla. No tenemos trabajo. No tenemos nada. La camorra no nos deja en paz.

O este trabajamos para ellos o nos matan. Y esto es trabajar para ellos. Nos dijeron que robáramos tres farmacias esta semana. Si no lo hacemos, no termina la frase, no hace falta. Diego entiende. Napoli, la camorra, el sistema que atrapa a los jóvenes. Sin salida. Diego mira al farmacéutico. El viejo sigue temblando. Está bien, señor.

El farmacéutico asiente. Ese sí. Gracias. Gracias. Señor Maradona Diego vuelve a mirar a los tres. Escúchenme bien. Lo que están haciendo está mal, muy mal. Los tres asienten. Este hombre tiene 70 años. Trabaja toda la noche para mantener a su familia y ustedes le quieren robar. Silencio. ¿Qué diría su madre si los viera ahora? El de 19 años empieza a llorar. Mi mamá.

Mi mamá murió el año pasado. Diego lo mira. ¿De qué? Cáncer. No teníamos plata para el tratamiento. Diego cierra los ojos un segundo. Cuando los abre hay algo diferente. La dureza se fue. Solo queda tristeza. Lo siento, el chico llora más fuerte. Por eso hago esto. Por eso no sé qué más hacer. Diego camina hacia él. El chico retrocede. No te voy a pegar.

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