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El lag del destino và el misterio del gotelé

Parte 1: El lag del destino và el misterio del gotelé
Mira que yo no soy de los que se asustan fácilmente. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome cómo funcionan las criptomonedas y, lo que es más importante, he llegado a final de mes siendo autónomo en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ríete tú de los espartanos. Por eso, cuando ayer mi propia sombra decidió que ya no quería seguir mis órdenes, lo último que esperaba era que mi silueta se declarara en huelga de brazos caídos.

Todo empezó de la forma más mundana posible. Eran las ocho de la tarde de un martes de esos que no sirven para nada, un día que es como un sándwich mixto sin mantequilla: cumple su función de trámite pero no te alegra la existencia. Estaba yo en mi pasillo, ese pasillo largo y estrecho que en las inmobiliarias llaman “distribuidor con encanto” pero que en realidad es un túnel de sombras donde siempre hace un frío que pela. Iba camino de la cocina a por un yogur, porque mi vida de soltero de oro es así de emocionante, cuando lo noté.

Me detuve en seco para rascarme el tobillo. Fue un movimiento rápido, instintivo. Y ahí, proyectada sobre el gotelé de la pared —esa textura infernal que mi casero se niega a quitar porque dice que “da solera”—, vi algo que me hizo perder el equilibrio.

Mi sombra no se rascó el tobillo.

Se quedó quieta. De pie. Recta como un palo de escoba. Fue solo un segundo, un parpadeo, una milésima de tiempo en la que mi silueta y yo dejamos de ser el mismo equipo. Luego, con una parsimonia que me puso los pelos como escarpias, la sombra se agachó. Un segundo tarde. Como si tuviera un “lag” de esos de los videojuegos cuando la conexión a internet va a pedales.

—Javi, tío, el café te está friendo las neuronas —me dije a mí mismo en voz alta, porque en España, si no hablas solo, parece que no estás procesando la realidad adecuadamente.

Me quedé mirando la pared. La sombra ahora estaba ahí, perfectamente acoplada a mi postura encorvada. Me levanté. Ella se levantó. Levanté el brazo derecho. Ella lo levantó. Todo normal. “Ha sido un efecto óptico”, pensé. “La luz de este pasillo es una porquería, el fluorescente parpadea más que una discoteca de polígono y yo necesito dormir ocho horas seguidas por una vez en mi vida”.

Pero la duda ya se había instalado en mi cerebro como un okupa en un piso vacío. Fui a la cocina, pero ya no me apetecía el yogur. Me apetecía entender qué narices acababa de pasar. Encendí la luz de la campana extractora, que es la más potente de la casa y que hace que hasta los platos sucios brillen con una honestidad brutal. Me puse de perfil frente a la nevera, que es de esas de acero inoxidable donde se refleja hasta tu pasado más oscuro.

—A ver, silueta de los cojones, vamos a jugar —desafié al vacío.

Hice un movimiento brusco. Un amago de esos que hacen los futbolistas antes de que les saquen la tarjeta roja. Me eché hacia adelante y volví atrás en un parpadeo.

Y ahí estaba.

Mi sombra se quedó un instante extra inclinada hacia adelante. Fue una fracción de segundo, pero la vi. Vi cómo sus pies —mis pies de sombra— se quedaban pegados al suelo mientras mi cuerpo real ya estaba de vuelta. Luego, con un movimiento fluido pero ligeramente descoordinado, la sombra se recolocó.

Sentí un frío repentino, un escalofrío de esos que te recorren la columna de arriba abajo como si alguien te hubiera pasado un cubito de hielo por la nuca.

—Ostras… —susurré. El yogur que tenía en la mano derecha de repente me pareció un objeto pesadísimo.

Intenté mantener la calma. “Piensa, Javi, piensa. Hay una explicación lógica. Es la velocidad de la luz… no, eso es una idiotez, la luz va a trescientos mil kilómetros por segundo, no tiene retardo en un piso de sesenta metros cuadrados. ¿Es el cerebro? ¿Un microinfarto cerebral que me hace percibir el movimiento con retraso? ¡Eso debe ser! ¡Me estoy muriendo de un parraque y mi último síntoma es que mi sombra es lenta!”.

Por un momento, preferí la idea de un derrame cerebral a la idea de que mi sombra tuviera personalidad propia. Porque en Madrid, si te da un algo, por lo menos te llevan al Ramón y Cajal y te cuidan, pero si tu sombra se rebela, ¿a quién llamas? ¿A Iker Jiménez? ¿A los de la luz para que te cambien el contrato por uno de sombras fijas?

Decidí hacer la prueba definitiva. Me fui al salón, donde tengo un foco de esos que compré en Ikea para las videollamadas de trabajo y que iluminan más que un campo de fútbol de Primera División. Lo puse en el suelo, apuntando directamente a la pared blanca de detrás del sofá, la única que no tiene cuadros ni estanterías con figuritas de Star Wars.

Me planté delante. La sombra era enorme, nítida, negra como un pecado.

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