Parte 1: El lag del destino và el misterio del gotelé
Mira que yo no soy de los que se asustan fácilmente. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome cómo funcionan las criptomonedas y, lo que es más importante, he llegado a final de mes siendo autónomo en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ríete tú de los espartanos. Por eso, cuando ayer mi propia sombra decidió que ya no quería seguir mis órdenes, lo último que esperaba era que mi silueta se declarara en huelga de brazos caídos.
Todo empezó de la forma más mundana posible. Eran las ocho de la tarde de un martes de esos que no sirven para nada, un día que es como un sándwich mixto sin mantequilla: cumple su función de trámite pero no te alegra la existencia. Estaba yo en mi pasillo, ese pasillo largo y estrecho que en las inmobiliarias llaman “distribuidor con encanto” pero que en realidad es un túnel de sombras donde siempre hace un frío que pela. Iba camino de la cocina a por un yogur, porque mi vida de soltero de oro es así de emocionante, cuando lo noté.
Me detuve en seco para rascarme el tobillo. Fue un movimiento rápido, instintivo. Y ahí, proyectada sobre el gotelé de la pared —esa textura infernal que mi casero se niega a quitar porque dice que “da solera”—, vi algo que me hizo perder el equilibrio.
Mi sombra no se rascó el tobillo.
Se quedó quieta. De pie. Recta como un palo de escoba. Fue solo un segundo, un parpadeo, una milésima de tiempo en la que mi silueta y yo dejamos de ser el mismo equipo. Luego, con una parsimonia que me puso los pelos como escarpias, la sombra se agachó. Un segundo tarde. Como si tuviera un “lag” de esos de los videojuegos cuando la conexión a internet va a pedales.
—Javi, tío, el café te está friendo las neuronas —me dije a mí mismo en voz alta, porque en España, si no hablas solo, parece que no estás procesando la realidad adecuadamente.
Me quedé mirando la pared. La sombra ahora estaba ahí, perfectamente acoplada a mi postura encorvada. Me levanté. Ella se levantó. Levanté el brazo derecho. Ella lo levantó. Todo normal. “Ha sido un efecto óptico”, pensé. “La luz de este pasillo es una porquería, el fluorescente parpadea más que una discoteca de polígono y yo necesito dormir ocho horas seguidas por una vez en mi vida”.
Pero la duda ya se había instalado en mi cerebro como un okupa en un piso vacío. Fui a la cocina, pero ya no me apetecía el yogur. Me apetecía entender qué narices acababa de pasar. Encendí la luz de la campana extractora, que es la más potente de la casa y que hace que hasta los platos sucios brillen con una honestidad brutal. Me puse de perfil frente a la nevera, que es de esas de acero inoxidable donde se refleja hasta tu pasado más oscuro.
—A ver, silueta de los cojones, vamos a jugar —desafié al vacío.
Hice un movimiento brusco. Un amago de esos que hacen los futbolistas antes de que les saquen la tarjeta roja. Me eché hacia adelante y volví atrás en un parpadeo.
Y ahí estaba.
Mi sombra se quedó un instante extra inclinada hacia adelante. Fue una fracción de segundo, pero la vi. Vi cómo sus pies —mis pies de sombra— se quedaban pegados al suelo mientras mi cuerpo real ya estaba de vuelta. Luego, con un movimiento fluido pero ligeramente descoordinado, la sombra se recolocó.
Sentí un frío repentino, un escalofrío de esos que te recorren la columna de arriba abajo como si alguien te hubiera pasado un cubito de hielo por la nuca.
—Ostras… —susurré. El yogur que tenía en la mano derecha de repente me pareció un objeto pesadísimo.
Intenté mantener la calma. “Piensa, Javi, piensa. Hay una explicación lógica. Es la velocidad de la luz… no, eso es una idiotez, la luz va a trescientos mil kilómetros por segundo, no tiene retardo en un piso de sesenta metros cuadrados. ¿Es el cerebro? ¿Un microinfarto cerebral que me hace percibir el movimiento con retraso? ¡Eso debe ser! ¡Me estoy muriendo de un parraque y mi último síntoma es que mi sombra es lenta!”.
Por un momento, preferí la idea de un derrame cerebral a la idea de que mi sombra tuviera personalidad propia. Porque en Madrid, si te da un algo, por lo menos te llevan al Ramón y Cajal y te cuidan, pero si tu sombra se rebela, ¿a quién llamas? ¿A Iker Jiménez? ¿A los de la luz para que te cambien el contrato por uno de sombras fijas?
Decidí hacer la prueba definitiva. Me fui al salón, donde tengo un foco de esos que compré en Ikea para las videollamadas de trabajo y que iluminan más que un campo de fútbol de Primera División. Lo puse en el suelo, apuntando directamente a la pared blanca de detrás del sofá, la única que no tiene cuadros ni estanterías con figuritas de Star Wars.
Me planté delante. La sombra era enorme, nítida, negra como un pecado.
—Vale, chaval. Vamos allá. Una, dos… ¡y tres!
Salté. Un salto seco, con las manos arriba.
Yo caí de nuevo al suelo. Mis rodillas crujieron (la edad no perdona, señores). Pero en la pared, la sombra seguía en el aire. Se quedó suspendida, con los brazos extendidos, flotando en el blanco del salón durante un segundo completo. Yo estaba en el suelo, mirándola con la boca abierta, y ella estaba allí arriba, desafiando la gravedad, el sentido común y las leyes de la física que me enseñaron en el instituto.
Entonces, la sombra bajó. Pero no cayó como yo. Bajó despacio, como si estuviera aterrizando en la Luna. Y cuando sus pies tocaron el rodapié, hizo un gesto que me dejó el corazón en un puño.
Se encogió de hombros.
No fue un movimiento mío. Yo tenía las manos apoyadas en el suelo, intentando no desmayarme del susto. Mi sombra, de forma independiente, subió y bajó los hombros como diciendo: “¿Y a mí qué me cuentas?”.
—¡Hija de…! —el insulto se me quedó a medias.
Me levanté y retrocedí hasta chocar con la mesa del comedor. Mi sombra me siguió, sí, pero con una desgana evidente. Como cuando le pides a un adolescente que saque la basura y tarda quince minutos en levantarse del sofá. Se movía con una pesadez antinatural, arrastrando los pies de sombra por el suelo de sombra.
—Esto no es la luz. Esto no es un infarto. Esto es que me ha tocado el gordo de la paranoia —murmuré, secándome el sudor de la frente.
Empecé a caminar por el salón. De un lado a otro. Rápido, lento, parando de golpe, girando sobre mí mismo. El espectáculo era dantesco. Parecía una coreografía mal ensayada entre un tipo con pijama de cuadros y su peor enemigo. A veces la sombra se adelantaba. Otras veces se quedaba atrás, mirándome —si es que una sombra puede mirar— con una fijeza perturbadora.
Lo peor fue cuando decidí ir al baño a mojarme la cara. Al pasar por el espejo del pasillo, evité mirarme. Me daba pánico ver que mi reflejo también se hubiera unido a la rebelión. Entré en el baño, cerré la puerta y me eché agua fría, mucha agua fría. Me miré las manos. Eran mis manos. Piel, huesos, vello, la marca del reloj. Todo normal.
—Javi, vas a llamar a Dani —me dije. Dani es mi mejor amigo, un tío que es físico pero que trabaja de informático porque, bueno, así está el mercado laboral. Si alguien podía explicarme esto sin llamarme loco, era él.
Saqué el móvil del bolsillo. Pero antes de marcar, la luz del baño —un plafón viejo que el casero prometió cambiar hace tres años— empezó a parpadear. Zic, zic, zic. El sonido eléctrico me puso los pelos de punta.
Miré hacia la pared de los azulejos, justo encima de la bañera.
Mi sombra estaba allí. Pero no estaba proyectada desde mi cuerpo hacia la pared por la luz del plafón. Estaba en el lado opuesto. En una zona donde, físicamente, era imposible que hubiera una sombra porque el foco de luz estaba justo encima de ella.
Y la sombra estaba haciendo algo que yo no estaba haciendo.
Yo tenía el móvil en la mano derecha, pegado a la oreja. Mi sombra tenía ambas manos apoyadas en la pared, como si estuviera intentando empujarla para salir de allí. Se movía con desesperación, con una agitación que me recordó a un animal atrapado en una jaula.
—¿Pero qué…?
Dejé caer el móvil. El impacto contra el suelo de gres sonó como una explosión en el silencio del baño. Me agaché a recogerlo, con el corazón martilleando contra mis costillas como un tambor de guerra.
Al incorporarme, miré de nuevo a la pared.
La sombra había vuelto a su sitio. Estaba de nuevo bajo mis pies, perfectamente sincronizada, como si nada hubiera pasado. Pero el miedo ya no era un escalofrío; era una piedra pesada en el estómago.
Salí del baño a toda prisa, sin apagar la luz. Fui directo al salón, con la intención de encender todas las lámparas de la casa, de no dejar ni un rincón a oscuras, de ahogar a esa silueta traicionera en un mar de fotones. Encendí la lámpara de pie, el plafón del techo, la luz de la mesita, incluso la linterna del móvil.
El salón era un hervidero de luces cruzadas. Y por lógica, debería haber tenido cinco o seis sombras proyectadas en diferentes direcciones, todas naciendo de mis pies.
Me puse en el centro de la habitación.
Miré al suelo. Nada.
Miré a la pared izquierda. Nada.
Miré a la pared derecha. Nada.
El pánico absoluto se apoderó de mí. El silencio del salón se volvió denso, pesado, como si el aire se hubiera convertido en gelatina. Podía oír el zumbido de la nevera, el tictac del reloj de la cocina y los latidos de mi propio corazón. Pero no podía ver lo que cualquier ser humano, por muy solo que esté, tiene garantizado desde que nace.
Mi sombra no estaba allí. No estaba bajo mis pies, ni en las paredes, ni detrás del sofá. Se había ido. Me había dejado solo en mitad de un salón iluminado como un quirófano, sintiéndome más desnudo que si estuviera en pelotas en la Puerta del Sol.
—¿Dónde estás? —pregunté en un susurro, con la voz quebrada.
Me giré lentamente, con el terror grabándose en cada poro de mi piel. Miré hacia la esquina más oscura del salón, esa que queda junto a la estantería de los libros y que la luz de las lámparas no llega a iluminar del todo.
Y entonces, la vi.
No estaba proyectada en ninguna superficie. No era una mancha plana sobre el gotelé. Estaba allí, en la esquina, con volumen. Una silueta tridimensional de color negro absoluto, una ausencia de luz que tenía forma humana. Mi forma humana. Estaba de pie, separada de la pared, como si fuera una persona hecha de humo denso y oscuridad.
Y ahora mismo… esa cosa no está detrás de mí. Está delante, bloqueando la puerta de salida, y me está mirando con unos ojos que no tiene, pero que siento clavados en mi alma.

## Parte 2: El enfrentamiento en el salón y la huelga de silueta
Allí estábamos, frente a frente. Yo, con un soporte de iPad en la mano izquierda —porque el pimiento de plástico lo había dejado en la cocina y a estas alturas ya no sabía qué arma era más ridícula— y mi sombra, que ahora tenía el volumen de una escultura de humo negro, bloqueando la puerta del salón. Madrid seguía rugiendo ahí fuera, pero dentro de mi casa el aire se había vuelto tan denso que me costaba hasta tragar saliva.
—Mira, no sé quién eres, ni qué quieres, pero como seas un okupa con superpoderes, que sepas que este piso tiene humedades y el casero es un tacaño que no te va a devolver la fianza —solté, intentando que mi voz no sonara como la de un adolescente al que le acaban de pillar fumando detrás del gimnasio.
La sombra no respondió. No tenía boca, ni ojos, ni nariz, pero juro por mi suscripción a la plataforma de streaming más cara que sentía cómo me escaneaba. Era una ausencia de luz tan absoluta que parecía un agujero negro con forma de autónomo con ojeras. De repente, la figura se movió. No caminó hacia mí, sino que se estiró, alargando sus brazos de sombra hacia el techo, y luego se volvió a encoger, como si estuviera bostezando.
—¡Ah, muy bien! ¡Encima tienes sueño! —exclamé, ganando una valentía que no sabía que tenía, probablemente nacida de un ataque de histeria inminente—. ¡Yo llevo sin dormir desde que el café se puso a precio de oro y aquí me tienes, aguantando el tipo!
Me acerqué un paso. La sombra imitó el movimiento, pero con ese “lag” desesperante de un segundo. Era como si la realidad estuviera procesando mis movimientos en un servidor de Australia. Me detuve en seco. La sombra tardó un instante en pararse también. Se rascó la cabeza. Yo no me había rascado la cabeza.
—Vale, esto ya no es un retardo. Esto es una falta de respeto —murmuré.
Decidí que la mejor defensa era el ataque… psicológico. Me senté en el sofá, dejando el soporte del iPad en la mesa de centro. Intenté parecer lo más relajado posible, aunque por dentro mis tripas estaban haciendo un solo de batería de heavy metal.
—¿Quieres una caña? ¿Un poco de queso? Tengo un Idiazábal en la nevera que te devuelve la fe en la humanidad, aunque para eso tendría que dejarte pasar a la cocina y no me fío un pelo de que te bebas mi leche de avena —le dije, señalando hacia el pasillo.
La sombra se quedó quieta un momento. Luego, se separó de la puerta y empezó a caminar por el salón. Pero no caminaba sobre el suelo, sino que sus pies de oscuridad parecían hundirse unos centímetros en el parqué, como si estuviera caminando sobre agua estancada. Se acercó a mi estantería de libros, esa que tengo llena de manuales de diseño que nunca he leído y novelas gráficas de autor que compré para parecer interesante. Pasó un dedo de humo por los lomos de los libros.
—Oye, eso no se toca. Que luego me dejas manchas de hollín o lo que sea que sueltes —protesté, aunque el pánico me estaba volviendo a subir por la garganta.
La sombra se detuvo ante un libro de fotografía de Nueva York. Lo sacó de la estantería. No es que lo agarrara con manos físicas; el libro simplemente se elevó, envuelto en una neblina negra, y se abrió por la mitad. Yo me quedé con la boca tan abierta que casi me entra una mosca.
—¡Pero qué…! ¡Tú eres un poltergeist de manual, tío! —exclamé, levantándome del sofá—. ¡Suelta el libro ahora mismo! ¡Como dobles una página te juro que llamo a un exorcista, o peor, a la policía municipal, que por aquí pasan mucho!
La sombra giró lo que debería ser su cabeza hacia mí. El libro cayó al suelo con un golpe seco, pero no se cerró. Se quedó abierto en una foto del puente de Brooklyn a medianoche. La sombra dio un paso hacia mí. Yo retrocedí hasta chocar con el ventanal. El cristal estaba frío, y detrás de él, las luces de los edificios vecinos me parecían tan lejanas como si estuvieran en otra galaxia.
—Escúchame, silueta —dije, bajando la voz y tratando de sonar razonable—. No sé si te has cansado de seguirme, o si es que mi vida te parece muy aburrida. Y te entiendo, de verdad. Ser la sombra de un tipo que se pasa diez horas al día pegado a una pantalla no debe ser el sueño de nadie. Pero somos un equipo, ¿entiendes? Tú proyectas lo que yo hago y yo… bueno, yo te doy una razón para existir.
La sombra se detuvo a dos metros de mí. Se inclinó un poco, como si estuviera analizando mis palabras. Entonces, levantó una mano y señaló directamente a mi pecho. Luego, señaló hacia el espejo del pasillo.
—¿El espejo? ¿Quieres ir al espejo? —pregunté, confundido.
La sombra asintió. Un movimiento de cabeza lento, pesado, casi triste. Se apartó del camino, dejándome vía libre hacia el pasillo. Me quedé dudando. ¿Era una trampa? ¿Iba a encerrarme en el espejo como en esas películas de miedo de bajo presupuesto? Pero la curiosidad, ese gran defecto de los españoles que nos hace mirar todos los accidentes de tráfico aunque nos retrasemos, pudo conmigo.
Caminé hacia el pasillo, con la sombra siguiéndome a una distancia prudencial. Al llegar al espejo, me detuve. Encendí la luz del pasillo. El fluorescente hizo su habitual baile de clics antes de iluminarse.
Me miré en el cristal. Mi reflejo estaba allí. Un Javi asustado, con el pelo alborotado y una mancha de pizza en la camiseta. Pero detrás de mí, en el reflejo, no había nada. El espejo mostraba el pasillo vacío detrás de mi espalda. Sin embargo, si giraba la cabeza físicamente, la sombra estaba allí, de pie en la penumbra.
—No sales en el espejo —susurré—. Eres una sombra sin reflejo. Eso es… eso es muy de vampiro, ¿no?
La sombra se acercó al espejo. Estiró una mano y tocó la superficie del cristal. No hubo un ruido de choque de materia, sino un siseo, como cuando echas agua fría en una sartén caliente. El cristal empezó a empañarse, pero no con vaho, sino con una escarcha negra que nacía de los dedos de la figura.
En ese momento, mi móvil, que estaba en la encimera de la cocina, empezó a sonar. El tono de llamada de “Star Wars” rompió el silencio como un hachazo. La sombra dio un salto —literalmente, un salto de medio metro— y se pegó a la pared, volviendo a ser una mancha plana sobre el gotelé.
—¡Vaya susto te has pegado, machote! —me reí por los nervios, aunque mis piernas seguían siendo de gelatina.
Corrí a la cocina. Era Dani. Contesté antes de que saltara el buzón de voz.
—¡Dani! ¡Tío! ¡No te lo vas a creer! ¡Mi sombra se ha declarado independiente! ¡Está aquí, en el salón, leyendo libros de fotografía!
—Javi, ¿has bebido? —preguntó Dani al otro lado, con esa voz de “estoy cansado de tus dramas” que tiene siempre—. Te dije que el pacharán después de cenar no te sienta bien.
—¡Que no he bebido nada, joder! ¡Vente a casa ahora mismo! ¡Trae un termómetro, una cámara o un cura, lo que quieras, pero ven! ¡Mi sombra no sale en el espejo y tiene volumen!
—A ver, relájate —dijo Dani, y escuché cómo tecleaba en su ordenador—. Una sombra tridimensional… eso físicamente es imposible, Javi. Una sombra es una ausencia de luz, no una entidad de materia oscura. Probablemente tienes una fuga de gas en la caldera y te está dando un parraque alucinógeno. Abre las ventanas.
—¡Están abiertas, Dani! ¡Vente para acá!
—Vale, voy. Pero si llego y es una broma, me vas a pagar la cena en el japonés ese caro de la esquina durante un mes.
Colgué. Me sentí un poco mejor. Por lo menos alguien venía. Me asomé al pasillo. La sombra ya no estaba en la pared del espejo. Había vuelto al salón y estaba sentada en mi silla de trabajo, frente al ordenador apagado.
—Oye, no me toques el ratón, que tengo el proyecto del logo sin guardar y como se borre, ahí sí que vamos a tener un problema real —le advertí desde la cocina.
La sombra no se movió. Se quedó allí, sentada, mirando la pantalla negra. Parecía… deprimida. Sí, eso es. Una sombra deprimida en un piso de Chamberí. Era la cosa más madrileña y surrealista que me había pasado nunca.
—
## Parte 3: La ciencia de Dani và el misterio del “input lag” existencial
Cuando sonó el timbre de la puerta, casi beso el suelo del pasillo de la alegría. Dani no es precisamente un superhéroe —es un tipo de un metro setenta, con gafas de pasta y una camiseta que pone “There is no place like 127.0.0.1″—, pero en ese momento me pareció el mismísimo Gandalf llegando al Abismo de Helm.
—¡Abre, Javi! ¡Que hace un frío que pela aquí en el rellano! —gritó desde fuera.
Abrí la puerta y casi lo arrastro hacia adentro. Dani entró con su mochila a la espalda y una caja de herramientas que usa para arreglar ordenadores, mirándome con una mezcla de lástima y escepticismo.
—A ver, ¿dónde está la sombra rebelde? —preguntó, dejando la mochila en el suelo—. ¿Se ha ido a dar una vuelta por la Gran Vía o sigue aquí pagando el alquiler?
—Está en el salón, Dani. No hagas ruidos bruscos, que se asusta con la música de Star Wars —le susurré, señalando hacia la estancia.
Caminamos con sigilo hacia el salón. Yo iba delante, como un explorador en la selva, y Dani me seguía con cara de estar pensando en qué serie de Netflix se estaba perdiendo por mi culpa. Nos asomamos por el marco de la puerta.
Allí estaba. La sombra seguía sentada en mi silla de trabajo. Bajo la luz del foco de Ikea que había dejado encendido, la figura parecía un recorte de cartulina negra suspendido en el aire. No proyectaba ninguna sombra sobre el suelo (claro, ella *era* la sombra), lo que la hacía parecer un error gráfico en la realidad.
Dani se quedó petrificado. Se ajustó las gafas una, dos, tres veces.
—Me cago en… —murmuró, olvidándose de toda su lógica física—. Javi, eso… eso no puede ser. No hay ninguna fuente de luz que explique esa proyección.
—Te lo dije, tío. Y espera, que ahora viene lo mejor. ¡Eh, tú! —le grité a la sombra—. ¡Mira quién ha venido! ¡Saluda, no seas maleducada!
La sombra giró la cabeza. Fue un movimiento lento, fluido, casi elegante. Levantó una mano de humo negro y saludó a Dani con la palma abierta. Dani dio un paso atrás, chocando con mi mesa de centro y haciendo que los mandos de la tele saltaran por los aires.
—¡Ha… ha saludado! —balbuceó Dani, sacando el móvil para grabar—. ¡Javi, esto es el descubrimiento del siglo! ¡O la señal de que nos han echado algo en el agua del grifo a todos los madrileños!
Dani, a pesar del susto, sacó su faceta de científico. Se acercó a la silla. La sombra no se movió, simplemente lo observó con esa cara que no tenía ojos pero que sentíamos clavada en nosotros. Dani pasó su mano por el lugar donde debería estar el hombro de la figura.
—No noto nada —dijo, con voz temblorosa—. Es como pasar la mano por una zona de aire un poco más frío. Pero mira esto, Javi. El sensor de temperatura de mi móvil dice que aquí hay tres grados menos que en el resto de la habitación.
—¿Tres grados? ¿Me estás diciendo que tengo un aire acondicionado espectral sentado en mi silla de oficina? —pregunté, intentando recuperar el humor para no ponerme a llorar.
—Es una ausencia de energía, Javi. No es que la sombra *sea* algo, es que está *quitando* algo del espacio —Dani empezó a rodear la silla, fascinado—. Mira cómo interactúa con el monitor.
La sombra estiró un dedo largo y tocó la pantalla del ordenador. El monitor, que estaba apagado, se encendió de repente. Pero no mostró mi escritorio de Windows. Mostró una serie de líneas blancas, rítmicas, como el monitor de un corazón en un hospital. Las líneas subían y bajaban al compás de la respiración de la sombra.
—Está conectada a ti, Javi —dijo Dani, mirando de la pantalla a mí—. Mira.
Dani me pidió que saltara. Yo salté. En la pantalla, las líneas dieron un salto brusco antes de que yo siquiera tocara el suelo.
—El retardo… —susurré—. El “lag” que vi antes.
—Exacto. No es que la sombra vaya tarde, Javi. Es que la sombra está registrando lo que vas a hacer *antes* de que lo hagas, pero tu cuerpo físico tarda un segundo en procesar la orden del cerebro. O al revés. Es como si tú fueras el eco de tu sombra.
—Eso es lo más deprimente que me han dicho en la vida, y mira que soy autónomo —respondí, sentándome en el suelo—. ¿Me estás diciendo que soy el actor secundario de mi propia silueta?
La sombra se levantó de la silla. Se acercó a mí y me puso una mano de humo en el hombro. No sentí peso, pero sentí una tristeza infinita, una melancolía que me recorrió el cuerpo como un escalofrío. En mi cabeza escuché una voz, o más bien un sentimiento: *”Cansada”*.
—¿Cansada? ¿Estás cansada? —le pregunté, mirando a la figura.
Dani me miró como si me hubiera vuelto loco del todo.
—¿Te ha hablado? —preguntó.
—No, pero… lo he sentido. Dice que está cansada.
La sombra asintió. Se alejó de nosotros y se fue hacia el balcón. Se quedó mirando a través del cristal hacia las luces de Madrid. La ciudad vibraba ahí fuera, llena de gente con sombras perfectas y aburridas, sombras que se movían cuando sus dueños se movían y que no leían libros de fotografía.
—Dani, ¿qué hacemos? No puedo quedarme aquí con ella. Me da un mal rollo que no veas, y mañana tengo que entregar el logo de la empresa de embutidos —dije, rascándome la nuca.
—Tenemos que sacarla de aquí —dijo Dani, recuperando la compostura—. Si es una ausencia de energía, quizá si la exponemos a una fuente de luz masiva… no sé, igual se reinicia o se vuelve a pegar a ti. Pero aquí no tenemos potencia suficiente.

—¿Y a dónde vamos? ¿Al Bernabéu a que enciendan los focos?
—No, pero conozco un sitio. Mi laboratorio en la facultad. Tenemos focos halógenos industriales y láseres de alta potencia. Si logramos que venga con nosotros…
Miré a la sombra. Estaba apoyando la “frente” contra el cristal frío del balcón. Parecía tan solitaria que me dio hasta pena. Era mi sombra, después de todo. Habíamos estado juntos desde que nací, en cada examen, en cada cita fallida, en cada mudanza.
—Oye —le dije, acercándome—. Vamos a dar un paseo. Vamos a ir al laboratorio de Dani. Allí tienen luces mejores que estas de Ikea. Igual te sientes mejor.
La sombra se giró. Hizo un gesto que juraría que era una sonrisa, aunque no tuviera boca. Caminó hacia la puerta de entrada y se quedó esperando, con la mochila de Dani en una de sus manos de humo.
—Encima me roba la mochila —protestó Dani, aunque se le notaba que estaba disfrutando del experimento—. Venga, Javi. Al Metro. Esto va a ser divertido.
Divertido no era la palabra que yo habría usado. Aterrador, surrealista o “motivo de ingreso en un psiquiátrico” me parecían más adecuadas. Pero allí estábamos, saliendo de mi piso en Chamberí: un diseñador en pijama con una chaqueta encima, un físico con gafas y una sombra tridimensional de un metro ochenta cargando una mochila.
—
## Parte 4: El éxodo urbano và la sombra en el Metro
Bajar por las escaleras de mi edificio con una sombra independiente es una experiencia que no le deseo ni a mi peor cliente. Cada vez que pasábamos por delante de un vecino, yo intentaba tapar a la figura con mi propio cuerpo, lo cual era como intentar tapar un camión con una servilleta.
—¡Buenas noches, doña Engracia! —le dije a la vecina del segundo, que salía a tirar la basura—. ¡Nada, aquí, que mi primo el de Cuenca es muy alto y tiene mucha falta de vitaminas, por eso está tan moreno!
La señora se quedó mirando a la sombra, que le devolvió el saludo con una inclinación de cabeza muy elegante, y luego nos miró a Dani y a mí como si estuviéramos transportando un cadáver.
—Ese muchacho no tiene buena cara, Javi —murmuró la mujer, santiguándose—. Que le den un poco de caldo.
Llegamos a la estación de Metro de Alonso Cano. Eran casi las once de la noche y el andén estaba medio vacío, lo cual era una suerte porque no quería causar un pánico colectivo antes de llegar a la facultad. La sombra caminaba a mi lado, pero ya no con “lag”. Ahora parecía que se movía con una confianza renovada, como si salir de casa le hubiera sentado bien.
Dani no paraba de mirar su móvil, registrando datos.
—Es fascinante, Javi. Mira la gente. Nadie se da cuenta —susurró Dani—. El cerebro humano está programado para ignorar lo que no entiende. Ven una mancha negra moviéndose y piensan que es un efecto de la vista o un fallo en la iluminación del Metro.
Tenía razón. Un grupo de chavales pasó por nuestro lado riendo y ni siquiera miraron a la figura que llevaba la mochila de Dani. Solo un niño pequeño, que iba de la mano de su madre, se quedó señalando a la sombra con el dedo.
—¡Mira, mamá! ¡Ese señor es de mentira! —gritó el niño.
—No digas tonterías, Kevin, es un artista de esos de la calle que se pintan de negro —respondió la madre, tirando de él sin mirar atrás.
Nos subimos al vagón de la Línea 7. Nos sentamos en los asientos del fondo. La sombra se sentó a mi lado, y juro que el asiento de plástico crujió bajo su peso inexistente. Dani se sentó enfrente, con la cara pegada a la pantalla de su portátil.
—Javi, he estado mirando los registros de actividad de tu ordenador —dijo Dani, bajando la voz—. No es que la sombra esté cansada de ti. Es que la sombra ha estado procesando datos. Todos esos logos que diseñas, todas esas horas que pasas en internet… la sombra ha creado una base de datos de tu personalidad.
—¿Me estás diciendo que mi sombra me ha hecho un “back-up”? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.
—Algo así. Pero parece que el archivo es demasiado pesado para que ella lo soporte. Por eso se ha separado. Necesita “espacio” físico para procesar quién eres tú. Eres tan complejo, o tan caótico, que tu propia silueta ha tenido un error de sistema.
Miré a la sombra. Estaba mirando su propio reflejo en la ventana del vagón. Madrid pasaba volando por el túnel: oscuridad, cables, luces de emergencia, estaciones vacías. Por un momento, me vi reflejado a su lado. Éramos dos versiones del mismo cansancio, dos caras de la misma moneda madrileña que intenta llegar a fin de mes.
De repente, el Metro dio un frenazo brusco entre estaciones. Las luces del vagón parpadearon y se apagaron durante unos segundos. En la oscuridad total del túnel, la sombra empezó a brillar. No era una luz blanca, era un resplandor violeta, muy tenue, que salía de sus bordes.
—Dani, está pasando algo —dije, agarrándome al asiento.
—¡No la toques! —gritó Dani—. ¡Está descargando!
En las paredes del vagón empezaron a aparecer imágenes. No eran proyecciones de luz, eran como tatuajes de sombra que se movían por el metal. Vi fotos de mi infancia, vi el logo que diseñé para la carnicería de mi tío, vi la cara de mi ex-novia el día que me dejó en el Retiro. Era mi vida entera, proyectada en el Metro de Madrid por una sombra que ya no podía más con sus secretos.
—¡Joder, Javi, apágala! ¡Que los de seguridad nos van a multar por vandalismo espectral! —Dani estaba histérico, intentando tapar las proyecciones con su chaqueta.
La sombra se puso de pie en mitad del vagón. Levantó los brazos y las imágenes se aceleraron. Era como un torbellino de recuerdos negros que giraba a nuestro alrededor. Los pocos pasajeros que había en el vagón empezaron a despertarse, mirando las paredes con confusión.
—¡Es arte moderno! ¡Es una promoción de Netflix! —grité yo, intentando calmar el ambiente—. ¡No se asusten, es todo digital!
Las luces del vagón volvieron a encenderse con un estruendo eléctrico. El Metro arrancó de nuevo. La sombra volvió a sentarse, exhausta. Las imágenes desaparecieron de las paredes, dejando solo unas marcas de hollín que se borraron a los pocos segundos.
Llegamos a la estación de Guzmán el Bueno. Salimos del Metro a toda prisa, con Dani sudando la gota gorda y yo con las piernas temblando. La facultad de Física estaba a diez minutos caminando. Madrid estaba en silencio, ese silencio de las zonas universitarias que parece que las paredes están estudiando.
—Estamos llegando —dijo Dani, abriendo la puerta lateral del edificio de laboratorios con su tarjeta de empleado—. Aquí tenemos el “cañón de luz”. Si esto no la pega de nuevo a tus pies, nada lo hará.
Entramos en el laboratorio. Era una sala enorme, llena de cables, ordenadores de los años noventa y una máquina en el centro que parecía un cruce entre un foco de cine y un motor de avión. Dani empezó a encender interruptores. El lugar se llenó de un zumbido eléctrico que me hizo vibrar los empastes de las muelas.
—Ponte allí, Javi —me indicó Dani—. En el centro del círculo blanco. Y tú, sombra, ponte justo detrás de él. Vamos a intentar una reintegración fotónica.
Me puse en el sitio. La sombra se colocó detrás de mí. Por primera vez en toda la noche, la sentí cerca, muy cerca. Sentí el frío de su presencia en mi nuca.
—Dani… ¿esto es seguro? —pregunté.
—En teoría, sí. En la práctica… bueno, eres autónomo, ya estás acostumbrado al riesgo —Dani puso la mano en una palanca roja—. A la de tres. Una… dos… ¡y tres!

## Parte 5: El desenlace en la azotea và el pacto de convivencia
El estruendo de la máquina de Dani fue como si alguien hubiera decidido encender un motor de reacción dentro de una lata de sardinas. Un rayo de luz blanca, tan pura que dolía hasta mirarla con los ojos cerrados, salió del cañón e impactó directamente en mi pecho.
Por un momento, Madrid desapareció. No había laboratorio, no había Dani, no había deudas con la Seguridad Social. Solo había luz. Y detrás de mí, sentí el tirón. Fue como si me arrancaran una tirita gigante del alma. La sombra siseó, un sonido agudo, como de radio mal sintonizada, y sentí cómo se fundía con mis talones.
—¡Aguanta, Javi! ¡No te muevas! —oí la voz de Dani, que parecía venir de otra dimensión.
Sentí un calor abrasador en los pies. La sombra estaba luchando por no volver. No era odio, era… miedo. Tenía miedo de volver a ser plana, de volver a ser solo un dibujo en el suelo, de volver a cargar con todos mis datos sin tener voz propia.
—¡No te voy a borrar! —le grité a la nada—. ¡Prometo escucharte más! ¡Prometo no pasar tantas horas con el ordenador! ¡Prometo… prometo que seremos socios!
De repente, la máquina pegó un chispazo y se hizo el silencio. El laboratorio se quedó a oscuras, solo iluminado por las luces de emergencia rojas. Dani estaba en el suelo, rodeado de humo blanco, tosiendo.
—¿Javi? ¿Sigues entero? —preguntó Dani, buscando sus gafas entre los cables.
Me miré los pies. Bajo la luz roja de emergencia, allí estaba ella. Plana. Estirada. Perfectamente sincronizada con mis movimientos. Moví el pie izquierdo; ella movió el suyo al unísono. Levanté el brazo; ella hizo lo mismo.
—Ha vuelto —susurré, sintiendo un alivio que casi me hace hincar las rodillas.
—Lo hemos logrado —dijo Dani, levantándose y sacudiéndose el polvo—. Reintegración completada. Aunque creo que me van a echar de la facultad por quemar el transformador de alta potencia.
Salimos del laboratorio hacia la azotea del edificio para que nos diera el aire. Madrid se extendía ante nosotros como un tapiz de luces infinitas. Desde allí arriba, la ciudad parecía una placa base gigante, y nosotros éramos solo pequeños impulsos eléctricos recorriéndola.
Me apoyé en la barandilla de la azotea. La luz de la luna proyectaba mi sombra sobre el cemento. Dani se acercó a mi lado, mirando también hacia el horizonte.
—Oye, Javi —dijo Dani, rascándose la nuca—. ¿Tú crees que ha funcionado de verdad? Digo… ¿es la misma sombra de antes o es solo una copia de seguridad?
Miré a mi sombra. Se veía igual que siempre. Pero entonces, hice algo que no debería haber hecho. Hice un amago de saltar. Solo un milímetro. Un movimiento casi imperceptible.
Mi sombra no se movió.
Se quedó quieta, pegada al suelo, mirándome con esa fijeza que ya conocía. Y en mi cabeza, volvió a sonar ese sentimiento, pero esta vez más claro, como un susurro en mitad de un concierto: *”El logo de los embutidos. Hazlo azul turquesa. El rojo está muy visto”*.
Me quedé helado. Miré a Dani, que estaba mirando hacia la Sierra de Madrid, ajeno a todo.
—Dani… —dije, con la voz temblorosa—. Creo que la sombra no ha vuelto porque la hayamos forzado.
—¿Ah, no? ¿Y por qué entonces?
—Porque ha aceptado los términos del contrato.
Mi sombra, por su cuenta, levantó una mano del suelo —solo la mano, como si fuera una pegatina que se despega— y me hizo el signo de la victoria. Luego, volvió a pegarse al cemento y se puso a imitar mi postura de cansancio absoluto.
—¿Qué has dicho? —preguntó Dani, girándose hacia mí.
—Nada, tío. Que mañana te pago el japonés. Te lo has ganado.
Bajamos de la azotea y fuimos caminando hacia Chamberí. La noche madrileña nos envolvía con su ruido y su caos, pero yo ya no me sentía solo. Tenía una socia. Una consultora creativa de metro ochenta que vivía a mis pies y que tenía mejores ideas que yo para el diseño gráfico.
Llegué a casa, me quité los zapatos y me senté frente al ordenador. Eran las tres de la mañana. Encendí el monitor.
—A ver, silueta… —susurré—. ¿Azul turquesa, dices?
Mi sombra, proyectada en la pared del salón por la luz del monitor, asintió con la cabeza mientras yo empezaba a mover el ratón. Trabajamos juntos hasta el amanecer. El logo quedó espectacular, el cliente me pagó por adelantado y, por primera vez en años, no me dolió la espalda al terminar.
Eso sí, de vez en cuando, cuando paso por delante de un espejo, me detengo y le guiño un ojo al cristal. Mi reflejo me devuelve el guiño con un segundo de retraso, y sé que en algún lugar de la red de datos de mi propia existencia, mi sombra se está riendo.
Porque en Madrid, si no puedes con tu enemigo, lo mejor es que sea tu sombra. Y si encima sabe de diseño gráfico, pues ni tan mal.
Lo único malo es que ahora, cuando voy al Metro, siempre tengo la sensación de que las sombras de los demás me miran con envidia. Pero eso es otra historia.
**FIN**