Posted in

El día que SINALOA se dividió: Chapitos VS Mayo

 

Había un hombre al que nadie podía tocar, un hombre que durante casi cuatro décadas construyó uno de los imperios criminales más poderosos que el mundo haya visto jamás. Y lo hizo desde las sombras, sin disparar una sola bala innecesaria, sin protagonizar escenas de telenovela, sin buscar titulares, mientras otros capos caían en emboscadas, morían en tiroteos o terminaban en celdas de máxima seguridad. Él seguía ahí invisible.

Intocable, tejiendo redes de poder desde las montañas de Sinaloa con la precisión de un relojero. Su nombre es Ismael Zambada García. El mayo y el 25 de julio de 2024, ese hombre que parecía imposible de capturar cayó. No en un operativo espectacular, no rodeado de fuerzas especiales ni de helicópteros, cayó traicionado, traicionado por los propios hombres que durante años habían comido en su mesa.

 Y cuando cayó, con él se derrumbó el único equilibrio que mantenía unido a uno de los cárteles más letales del planeta. Lo que vino después no fue una historia de justicia ni de triunfo institucional, fue el inicio de una guerra. Para comprender el peso de lo que ocurrió ese día de julio de 2024, hay que entender primero quién era realmente el mayo Zambada, qué representaba dentro del mundo del crimen organizado mexicano y por qué su figura mucho más que la de un simple narcotraficante.

Porque el mayo no era un capo al uso, era una institución. Ismael Zambada García nació en 1948 en El Áo, una pequeña comunidad rural del municipio de Culiacán, Sinaloa. Desde joven aprendió las reglas no escritas de una región donde la pobreza, la geografía abrupta de la sierra y la tradición del cultivo de amapola y marihuana habían convertido el narcotráfico en una realidad cotidiana para miles de familias.

 No fue un fenómeno social ni un producto del azar. fue una consecuencia directa de décadas de abandono institucional, de una economía informal que prosperaba al margen del Estado y de una cultura donde la lealtad al clan y al territorio valía más que cualquier ley escrita. El mayo comenzó a ganar relevancia dentro del mundo criminal sinaloense durante los años 70 y 80, cuando el narcotráfico mexicano todavía no había alcanzado la escala industrial que tendría décadas después.

 En aquella época, figuras como Miguel Ángel Félix Gallardo, conocido como el Padrino, dominaban el escenario y organizaban a los distintos grupos bajo una estructura más o menos coordinada que facilitaba el tránsito de cocaína colombiana hacia el mercado estadounidense. El mayo fue creciendo dentro de ese sistema, aprendiendo sus reglas, construyendo alianzas y ganándose una reputación que con el tiempo se volvería legendaria.

 Cuando la gran federación de Félix Gallardo se fragmentó a finales de los años 80 y comienzos de los 90, principalmente tras la detención del padrino en 1989, el mapa criminal mexicano quedó dividido en plazas y territorios. Fue en ese momento de reconfiguración cuando el mayo Zambada y Joaquín Guzmán, lo era el Chapo, comenzaron a forjar la alianza que daría origen al cártel de Sinaloa, tal y como el mundo lo conoce hoy.

 Dos hombres muy distintos en carácter y estilo, pero perfectamente complementarios en función. El Chapo era la acción, la expansión territorial, la confrontación cuando era necesaria. El mayo era la diplomacia, la planificación a largo plazo, el entramado financiero y político que sostenía todo desde las sombras.

 Esa complementariedad fue la base de una de las sociedades criminales más duraderas y exitosas de la historia moderna del narcotráfico. Juntos sobrevivieron guerras contra los Arellano Félix, el poderoso cártel de Tijuana que durante años amenazó con desplazarlos. sobrevivieron la violenta ruptura con los Beltrán Leiva, antiguos aliados que en 2008 decidieron separarse y convertirse en enemigos.

 sobrevivieron el surgimiento de los ZAS, aquella organización formada por exmitares de élite que pretendió redefinir el mapa del narco con una brutalidad sin precedentes. Y en cada enfrentamiento el cártel de Sinaloa salió fortalecido. El secreto de esa durabilidad no era solo la violencia que la había y en abundancia, sino la capacidad del mayo para construir redes de influencia que trascendían el mundo criminal.

 redes que penetraban en la política, en el sistema judicial, en las fuerzas de seguridad, en el sector empresarial y en las estructuras sociales de comunidades enteras. Para muchas familias sinaloenses, el mayo no era un delincuente, era una figura de autoridad informal que resolvía disputas, financiaba obras locales, garantizaba trabajo y otorgaba protección, una especie de estado paralelo con sus propias reglas, sus propias lealtades y su propia lógica de reciprocidad.

Durante casi cuatro décadas, el mayo eludió decenas de operativos, sobrevivió a múltiples intentos de captura y mantuvo un perfil tan bajo que en muchas ocasiones las propias autoridades estadounidenses reconocían que sabían muy poco de sus movimientos cotidianos. A diferencia del Chapo, que con el tiempo se convirtió en una figura casi mitológica por sus fugas y su presencia mediática, el mayo prefería la invisibilidad.

 Raramente aparecía en fotografías, casi nunca concedía entrevistas, se movía con una discreción que hacía imposible predecir sus pasos y esa invisibilidad fue durante décadas su mejor escudo. Por eso, cuando el 25 de julio de 2024 el mundo se enteró de que Ismael Zambada García había sido detenido y trasladado a territorio estadounidense, el impacto fue sísmico.

No solo porque cayó uno de los grandes capos de la historia, sino por cómo cayó. La versión oficial presentada por las autoridades estadounidenses fue escueta y cuidadosamente formulada. El mayo había sido detenido y entregado a la justicia de los Estados Unidos. Pero detrás de esa versión aséptica había una historia mucho más oscura, mucho más compleja y mucho más reveladora sobre las dinámicas internas del cártel de Sinaloa, según múltiples fuentes, incluyendo testimonios de personas cercanas al entorno del mayo,

declaraciones de sus propios abogados y filtraciones provenientes de distintos niveles del sistema judicial y de inteligencia. Lo que ocurrió ese día no fue una captura convencional. Fue una traición cuidadosamente orquestada. El mayo habría sido convocado a una reunión en un rancho conocido como Huertos del Pedregal, ubicado en las afueras de Culiacán.

 El pretexto era la discusión de asuntos internos urgentes dentro de la organización, nada que levantara sospechas en un hombre acostumbrado a este tipo de encuentros discretos. Sin embargo, lo que lo esperaba en ese rancho no era una reunión de negocios, era una trampa. De acuerdo con las versiones más consistentes reconstruidas a partir de distintas fuentes independientes, en ese encuentro estaba presente Joaquín Guzmán López, cuarto hijo del Chapo y medio hermano de Iván Archivaldo Guzmán.

 También habría estado presente Héctor Cuenojeda, figura política prominente en Sinaloa con vínculos históricos tanto en el ámbito institucional como en las estructuras de poder informal de la región. Y entre el personal de seguridad, un operador conocido como La Perris, identificado posteriormente como Isaías Manriquez Tornero, uno de los hombres de mayor confianza dentro del círculo armado de los chapitos.

Read More