La década de los años 80 en la República Dominicana estuvo marcada por el auge del merengue, un ritmo vibrante que inundaba las calles, las estaciones de radio y los corazones de un pueblo sediento de alegría. En medio de esa efervescencia musical, emergió una figura dotada de un talento descomunal, una energía magnética y una versatilidad que prometía llevarlo a la cima absoluta del éxito. Su nombre era Felipe Antonio Sepúlveda Caraballo, inmortalizado en las páginas de la historia artística como Tony Seval. Sin embargo, detrás del brillo de las luces del escenario y del eco de sus pegajosos coros, se tejió una de las historias más oscuras, enigmáticas y dolorosas del entretenimiento caribeño: un trágico final que combinó teorías de conspiración política, supuestas traiciones de amigos cercanos, censura estatal y un clamor de justicia que, más de tres décadas después, sigue sin obtener una respuesta definitiva.
Nacido en La Romana el 5 de febrero de 1954, en el seno de una familia humilde conformada por doña Yolanda Sepúlveda y el mecánico Eligio Caraballo, Tony creció en un entorno alejado de la tradición musical. Pese a que sus padres se separaron poco después de su nacimiento y su progenitor no formó parte activa de su crianza, el joven Tony llevaba el ritmo en las venas de manera casi milagrosa. Durante su adolescencia, su talento llamó la atención de cazatalentos como Napoleón Zayas, quien lo trasladó a Santo Domingo. Allí comenzó a forjarse como conguero, director y voz líder, integrando agrupaciones emblemáticas como la Típica Dominicana. Su visión y ambición artística lo llevaron a fundar en 1978 su propia orquesta, “Cuqui y su Orquesta”, popularizando el tema “La Dura”. Fue m
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ás tarde cuando decidió consolidar su identidad definitiva bajo el nombre de Tony Seval, un acrónimo construido con las primeras sílabas de los apellidos de su madre, Sepúlveda y Valbuena, reflejando el profundo vínculo afectivo que mantenía con su progenitora.
El ascenso de Tony Seval con su nueva propuesta musical y el respaldo del sello Disco Mundo fue meteórico. Su estilo fresco y sus composiciones ingeniosas conectaron de inmediato con el público. Temas como “Para bochinchar”, “Gracias”, “Don Din Don”, “La maleta me está provocando” y “Dame un chance” se convirtieron en himnos obligatorios de la época. No obstante, su camino hacia el estrellato no estuvo exento de tropiezos con la estricta censura oficial de la época, liderada por Zaida Ginebra de Lovatón, entonces directora de la Comisión Nacional de Espectáculos Públicos. Doña Zaida, famosa por vetar canciones que consideraba inapropiadas o desafiantes, prohibió varias composiciones de Seval, incluyendo un tema humorístico titulado originalmente con el nombre de la funcionaria. En un acto de rebeldía y picardía musical, Tony modificó la letra y el título a “Ida” para evadir la censura y poder interpretarlo en sus presentaciones televisivas y patronales.
El punto de inflexión en su carrera y, paradójicamente, en su destino, llegó con el lanzamiento de su producción discográfica titulada “El Muerto”. El tema principal, con un coro que sentenciaba de manera persistente la palabra “muerto”, se convirtió en un fenómeno de popularidad brutal, disputándole de tú a tú el trono de la música popular a colosos establecidos como Los Hermanos Rosario. Con el tiempo, la mitología popular comenzó a ver en esta canción una especie de profecía autocumplida o un mal augurio. Para los sectores más supersticiosos de la sociedad dominicana, el artista jugó con conceptos peligrosos y terminó convirtiéndose en el trágico protagonista de su propio éxito musical.
La tragedia se desencadenó de forma abrupta el 24 de octubre de 1985. Mientras ensayaba con sus músicos en el sector de Villa Francisca, en Santo Domingo, contingentes de la Policía Nacional irrumpieron de manera violenta en el lugar. En medio de una redada masiva que terminó con la detención de casi un centenar de personas bajo acusaciones de consumo de sustancias controladas, Tony Seval, su compañero de orquesta Nelsen Roy y el conguero de la banda fueron arrestados y trasladados al destacamento policial del sector Villa Juana. A partir de ese momento, los hechos entran en un terreno pantanoso donde la verdad oficial y los testimonios de los allegados colisionan de forma dramática.
Una de las teorías más persistentes y perturbadoras apunta a la traición interna. Curiosamente, a las pocas horas de la detención, Nelsen Roy fue puesto en libertad gracias a la intervención de una persona influyente, mientras que Tony permaneció tras las rejas. Lo que generó una profunda sospecha familiar fue el absoluto silencio que guardó Roy tras salir del destacamento; el músico no notificó a la madre de Tony ni a su esposa, impidiendo que la familia pudiera movilizar influencias o abogados a tiempo para proteger al cantante. Para aumentar los recelos populares, tras el fallecimiento del líder, la agrupación cambió su nombre a “Nelsen Roy y los Gitanos”, un movimiento que muchos interpretaron como el cobro de un favor por haber entregado a su amigo en bandeja de plata.
Por otro lado, Josefina, la viuda de Tony Seval, sostuvo durante años una versión ligada a los secretos de las altas esferas militares y gubernamentales de la época. Según su relato, el artista se había involucrado sentimentalmente con una joven vinculada al entorno del general Cuervo Gómez. En una ocasión, al visitar la residencia de la muchacha, Seval presenció de manera accidental el desembarco de mercancía sospechosa desde un furgón custodiado por militares. Al ser detectado por la guardia del general, el cantante se convirtió automáticamente en un testigo incómodo y peligroso. Desde esta perspectiva, la redada policial y la posterior acusación de drogas no fueron más que un montaje fríamente calculado para sacarlo de circulación permanente. La viuda incluso exigió pruebas toxicológicas y una autopsia rigurosa que demostrara que su esposo no consumía estupefacientes, pero sus peticiones fueron ignoradas por el aparato judicial.
La versión oficial de las autoridades atribuyó el fallecimiento de Tony Seval a una violenta riña interna en las celdas del destacamento entre el artista y otros reclusos. Sin embargo, esta versión fue desmentida categóricamente por la familia y por los propios presos involucrados años más tarde, quienes confesaron haber sido obligados por la policía a simular o asumir la autoría de la pelea a cambio de recibir su libertad. Jorial Sepúlveda, hermano de Tony y también músico, describió al cantante como un hombre de carácter sumamente firme, enemigo jurado de los abusos de autoridad. Jorial sostiene que su hermano, indignado por la injusticia de su arresto, se enfrentó verbalmente a los custodios, lo que provocó una reacción brutal y desmedida por parte de los agentes de turno, quienes, temerosos de que una figura pública de su calibre denunciara los maltratos y arruinara sus carreras, decidieron ultimarlo a golpes. Las evidencias físicas posteriores en el cadáver del artista, que incluían heridas punzantes y cortes severos en las plantas de los pies, confirmaron que Tony Seval fue sometido a severas torturas antes de expirar.
La muerte del merenguero desató una ola de indignación popular sin precedentes en los barrios de Santo Domingo. Las calles se llenaron de altares improvisados con velas encendidas, y las manifestaciones de protesta terminaron en fuertes enfrentamientos con los cuerpos represivos del Estado. A pesar de que el presidente de la República de aquel entonces ordenó la creación de una comisión de altos oficiales para investigar de forma exhaustiva el caso, el asesino material e intelectual de Tony Seval nunca fue llevado a los tribunales. La impunidad cobijó el expediente, mientras que las canciones del artista eran utilizadas de manera oportunista por diferentes partidos políticos en caravanas y discursos de campaña para atacarse mutuamente, reabriendo constantemente la herida de la familia.
Doña Yolanda Sepúlveda, la madre coraje del merengue dominicano, dedicó el resto de sus días a buscar respuestas y justicia para su hijo. Con profunda amargura, antes de fallecer, atribuyó la falta de resultados legales a la carencia de recursos económicos de su familia frente al inmenso poder político de los involucrados. El vacío dejado por Tony Seval no solo truncó una carrera musical que competía directamente con los fenómenos más grandes del Caribe, sino que dejó desamparados económicamente a sus cuatro pequeños hijos, quienes gracias al esfuerzo solitario de su madre y al apoyo solidario de figuras de la comunicación como Corporán de los Santos —quien costeó sus estudios profesionales—, lograron salir adelante. Hoy en día, la voz de Tony Seval sigue resonando con fuerza cada vez que se escucha “El Muerto”, un tema que pasó de ser un éxito de pista a convertirse en el eco imperecedero de una injusticia que el tiempo no ha podido borrar de la memoria colectiva dominicana.