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Asi VIVE EDUARDO YÁÑEZ en su REFUGIO a los 65 AÑOS

 Escucharse a sí mismo después de tantas décadas de ruido. Desde que pones un pie ahí lo notas de inmediato. No es un grito de presunción económica, es pura paz intencionada. La parte de enfrente te invita a relajarte, aunque sin caer en lo extravagante. Una alberca preciosa que parece nacer naturalmente de la Tierra se lleva todas las miradas acompañada por camastros de diseño, todo pisando sobre piedra rústica, con un horizonte espectacular hacia la sierra.

Y allá, casi como un fantasma chiquito a la distancia, se asoma el famoso cartel de Hollywood. No te asfixia. Es solo un recordatorio sutil de la industria que lo forjó. Ese patio no se construyó para armar fiestas gigantescas. Cero. Está hecho para cosas íntimas. Una buena plática de esas que curan.

 Algún amigo de confianza que pasa a saludar o de plano sentarse solito a echarse una copa de tinto viendo el cielo en absoluto silencio. Ahora, metiéndonos a la casa, la vibra cambia, se vuelve tuya. Logra una armonía tremenda entre sentirse a gusto y mantener el buen gusto. Pisos de madera vieja rescatados con muchísimo cariño y espacios sin muros que te dejan respirar a todo pulmón.

 Nada de adornos que estorben. La sala es una gozada bañada de puro sol, enmarcada por los cerros y un mar de ramas verdes en las ventanas. Y de ahí te pasas al comedor como si nada, saliendo directo a un balcón enorme, sin divisiones pesadas, puro movimiento natural. Hasta la cocina tiene su chiste. Guarda un pedacito super rico para echar el café en las mañanas con toda la vista de frente.

Hace que prepararte el desayuno se sienta como una meditación. En serio, amanecer ahí abajo te cambia el chip por completo. Hay un cuarto independiente que es una maravilla. Baño propio y un ventanal inmenso que choca directo con el paisaje del cerro. El clásico lugar donde entras a dormir y terminas apagando el celular, olvidándote de que existe un mundo allá afuera.

 En la segunda planta está la joya de la corona, su recámara, un búnker personal. Te paras ahí y sientes que el valle entero te pertenece. Tiene su propia terraza que vigila la alberca desde las alturas. El baño. Un lujo discreto tipo espacontina de hidromasaje, vapor con piedras de volcán y un closet gigantesco oliendo a puro cedro.

 Insisto, cero cosas rimbombantes, todo muy bien medido. Y ya hasta atrás, los jardines en terraza esconden el tesoro más íntimo del lugar. Son escalones apartados, llenos de árboles que ya dan fruta, envueltos en un silencio que en esa ciudad vale más que el oro. El reloj parece que deja de avanzar en esa zona y es precisamente en ese rincón verde donde los ladrillos y el cemento se transforman en una terapia del alma.

 Un nido pensado no como museo para presumirle a las visitas su época dorada, sino para abrazar al hombre que es hoy. Mirando esto, te cae el 20 de otra cosa. ¿De verdad fue no más comprar una casa bonita o fue su único salvavidas para hacer las paces con sus propios demonios? Muy probablemente la segunda.

 Para armar el rompecabezas completo tenemos que hablar de finanzas, de su verdadera fortuna, porque mira, a este cuate nadie le regaló nada de chiquito. Se formó a punta de hambre y necesidad. Para abril de 2026 le calculan unos 3,000000es en la cuenta, cantidad que sinceramente a los ojos de Hollywood suena a poco. Sin embargo, el peso emocional de cada billete es brutal.

 Son décadas de dejarse la piel en los foros. Pura disciplina militar y jugar inteligentemente sus cartas en el negocio del entretenimiento. La mina de oro fue San Ángel, las novelas de Televisa. Ahí no era un actor más de reparto. Se volvió el rey Midas de su época cobrando tarifas de locura. Hablamos de monstruos televisivos. El maleficio, senda de gloria, dulce desafío y claro, trancasos como yo compro esa mujer, destilando amor, fuego en la sangre, amores verdaderos o corazón salvaje.

 Esos títulos no solo le dieron fama mundial, le pusieron un precio altísimo a su nombre. Allá por 2008, cuando andaba en fuego en la sangre, se metía a la bolsa unos 30,000 mensuales. Nada mal, ¿verdad? Aunque en su mero apogeo de exclusividad, los cheques brincaban hasta los 65,000 al mes. Lo traían en los cuernos de la luna, siendo de los mejores pagados del país.

 No era pura cara bonita, la gente lo exigía y ese cariño del público se volvía dinero contante y sonante. Cimientos de concreto puro para aguantar toda una vida bajo los reflectores. Aunque la verdadera carnita de esta historia es el origen. Antes de los lujos y las alfombras rojas. Hubo una necesidad brutal. Él nació en Chihuahua y lo sacó adelante su pura mamá, doña María Eugenia Yáñez Luébano, una mujer de hierro que se la rifaba como custodia en un penal mixto.

 Del papá ni sus luces, jamás lo topó. Así que desde chamaquito captó el mensaje. Nadie iba a venir a salvarlo. Le tocaba salir a buscarle. vendiendo gelatinas, helados, dándole grasa a los zapatos en la calle y después fletándose de mesero. Por eso, cada centavo que hoy tiene en el banco huele a sudor y esfuerzo. Su única válvula de escape en aquel entonces fueron las tacleadas, la hacía de mariscal de campo y fíjate, terminó encontrando en su coach ese papá que nunca lo abrazó.

 Pasó por las aulas del Politécnico Nacional. Cero se imaginaba que de puro rebote la vida le iba a cambiar para siempre. Terminando una cascarita cualquiera, le echó la mano a unos teatreros con la utilería. Ahí el maestro Julio Castillo notó esa chispa distinta. Decidió probarlo. Faltó un chavo del elenco. Él entró al quite de emergente y se llevaron el triunfo.

 Así arrancó la magia. Fue doña Carmen Montejo quien lo empujó a tocar puertas en Televisa. Cayeron las primeras chambas. Ya para los 80 subía como la espuma. El maleficio le dio la corona de protagonista. Luego, senda de gloria, dulce desafío y yo compro esa mujer. Lo volvieron intocable. Ya siendo el rey aquí, en los 90s decidió probar suerte del otro lado.

 Firmó con Telemundo para ser María Elena y Guadalupe. Encarnando a Alfredo Robinson logró fama internacional y hasta se llevó un premio Emy. Según cuentan. Le coqueteó a Hollywood con cintas como Stripties, el castigador y hombre en llamas. También le entró a series gringas policiales en Miami y Los Ángeles. Le dieron muchísima fama, sí, pero la lana de verdad seguía estando en los melodramas mexicanos.

 Su mina de oro nunca salió de nuestro país. Del 2005 al 2010 tocó la cima absoluta gracias a la verdad oculta, destilando amor y fuego en la sangre. Financieramente hablando, fueron sus años dorados. Pasando el 2015, saltar nuevamente a Telemundo y otras producciones bajó su cheque a unos 30,000 mensuales.

 Su estatus en el medio había cambiado, pero él no bajó la guardia. Del 2018 al 2021 brilló en falsa identidad. Ahí fue Mateo Corona, un tipo bastante denso, construido con pedazos crudos de su propia juventud. También sumó a su lista la reina del sur y sin miedo a la verdad. Apenas en 2022 grabó Corazón Guerrero.

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