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La PELÍCULA que rodó CANTINFLAS… y que muchos consideraron una TRAICIÓN

eventos. La gente hacía filas desde la madrugada para conseguir boleto en el cine Alameda del Paseo de la Reforma, en el cine Metropolitan de la calle Independencia, en las salas de los barrios populares, donde el precio de la entrada equivalía a varias horas de trabajo y la gente lo pagaba igual porque ver la nueva de Cantinflas era algo que no se podía perder.

Era, en el sentido más literal de la palabra una fiesta del pueblo. Pero detrás de esa popularidad arrolladora había una tensión que muy pocos conocían. Mario Moreno era un hombre de convicciones profundas y de una integridad poco común en el medio artístico. Rechazó proyectos que le parecían indignos. exigió control creativo sobre sus películas en una época en que los actores no tenían esa clase de poder.

Confrontó a productores y distribuidores cuando consideró que las condiciones de trabajo afectaban a los técnicos y trabajadores del set. era respetado y temido a partes iguales, y esa combinación generaba algo que el éxito siempre genera en quienes no lo tienen.  Resentimiento. Había directores que consideraban sus películas demasiado sencillas, críticos que lo acusaban de repetirse, productores rivales que esperaban con paciencia el momento en que la fórmula se agotara y en 1954 creyeron haberlo encontrado.

Ese año, Cantinflas estrenó abajo el telón. La película no fue un fracaso, pero no alcanzó el nivel de sus grandes éxitos anteriores. La crítica especializada, siempre hambrienta de sangre, comenzó a hablar de crisis creativa. Los columnistas de Novedades y de Excelsior publicaron notas que con  la delicadeza envenenada del medio artístico sugerían que Cantinflas había llegado a su techo, que el personaje ya no tenía nada nuevo que decir.

Mario Moreno leyó esas notas, las leyó todas y aunque públicamente las ignoró con la elegancia de quien está seguro de su lugar en el mundo, en privado lo afectaron de una manera que estaba lejos de estar dispuesto a admitir. Tenía 44 años, llevaba 15 en la cima y por primera vez en su vida sentía algo que no tenía nombre exacto, pero que se parecía a la fatiga de cargar un peso que ya no era solo suyo.

Y fue en ese momento, en ese preciso momento de vulnerabilidad silenciosa, cuando llegó la llamada de Michael Todd. Todd era el productor más ambicioso de Hollywood en ese momento. Un hombre enorme, extrovertido, con la energía de alguien que no ha dormido en días y que tampoco lo necesita. había conseguido los derechos de la novela de Julio Berne sobre la vuelta al mundo en 80 días y tenía en mente una producción colosal, 42 millones de dólares de presupuesto, la más cara de la historia de Hollywood hasta ese momento, más de 40 locaciones

en cuatro continentes con un elenco que incluiría a estrellas de la talla de Marlene Dietrich, Frank Sinatra, Buster Keiden y David Neven. y el papel protagónico de Past Part. El fiel compañero del aristócrata inglés Felías Fog toda para un solo hombre en el mundo. Un hombre al que había visto en una proyección privada en Nueva York y del que había dicho con la certeza de los que no dudan, ese hombre es único.

Ese hombre era Cantinflas. Cuando la propuesta llegó a los estudios Churubusco, la reacción del equipo de Mario Moreno fue de incredulidad. No la incredulidad del que no puede creer algo bueno, sino la de quien recibe una noticia demasiado grande para procesarla de golpe.

Hollywood no llamaba a actores mexicanos para papeles protagónicos. Hollywood no llamaba a comediantes del pueblo para compartir cartel con David Nven. Eso no ocurría. Eso no había ocurrido nunca. Pero había un problema que nadie mencionó en voz alta, un problema que flotaba en el aire de cada conversación sobre el tema y que todos evitaban nombrar directamente porque nombrarlo equivalía a abrirlo y abrirlo equivalía a enfrentarlo.

El papel de Paspartú era el de un sirviente, un hombre leal y entrañable. Sí, un hombre capaz y valiente también, pero al fin de cuentas un hombre que obedece, que sigue, que existe en función de las decisiones de un aristócrata inglés adinerado. Y Cantinflas, el personaje que Mario Moreno había construido durante 20 años, no era eso.

Cantinflas nunca obedecía. Cantinflas encontraba siempre su propio camino a través de las instituciones y las jerarquías. Cantinflas le hablaba al poder de tú a tú y lo dejaba en ridículo. El día que Cantinflas apareciera en la pantalla como el sirviente de un europeo rico, algo en esa imagen podría fracturarse. Mario Moreno sabía todo esto.

Lo sabía con la precisión de quien ha construido un personaje ladrillo a ladrillo durante dos décadas y aún así decidió ir a esa reunión en el hotel del Prado. Aún así, llegó solo, sin su equipo, con su traje gris y sus zapatos lustrados y sus manos quietas sobre las rodillas, porque había algo en él que quería escuchar, algo que quería ver si la propuesta era real antes de decidir si era posible.

Michael Todd llegó con 20 minutos de retraso. Entró al lobby del hotel del Prado con la energía de un huracán y el maletín de cuero abultado de guiones y presupuestos. vio a Mario Moreno sentado, se acercó con la mano extendida y dijo en un español construido con más entusiasmo que precisión, “Señor Cantinflas, usted es el más grande del mundo.

” Mario Moreno le estrechó la mano y no dijo nada. Ese silencio inicial desconcertó a Tod, que era un hombre acostumbrado a que la gente hablara cuando él hablaba y que no tenía experiencia con el tipo de silencio que usa el que escucha de verdad. Pero se repuso rápidamente, como hacen los productores exitosos, y comenzó su presentación con el ritmo de alguien que ha ensayado el discurso, pero que también lo cree de verdad.

La reunión duró 4 horas. Tad habló durante la mayor parte del tiempo, describiendo su visión con una elocuencia que rayaba  en el delirio grandioso. Habló de las locaciones, de los presupuestos, de los actores confirmados, de la ambición histórica del proyecto y cuando finalmente preguntó la opinión de Mario Moreno, este guardó silencio durante casi un minuto completo antes de responder.

Lo que respondió no fue un sí ni fue un no, fue una pregunta. Mario Moreno preguntó si podría reescribir algunas escenas del personaje, si podría trabajar con el guionista para encontrar momentos donde Paspartú tuviera iniciativa propia, decisiones propias, momentos donde no fuera simplemente el que sigue, sino el que también piensa. Todd, que no era hombre de esperar respuestas en cuotas, dijo que sí.

dijo que sí a todo. Y en ese momento Mario Moreno supo que el proyecto era serio, porque un productor que dice que sí a todo al principio de una negociación entiende que lo que le importa no son los detalles, sino el resultado final. Y el resultado final que Tod quería era Cantinflas en su película. Lo que Cantinflas necesitara para ser Cantinflas, Tod lo daría.

Mario Moreno salió del Hotel del Prado por la puerta que da al paseo de la Reforma. El sol de la tarde caía sobre los árboles de la Alameda y sobre los coches que avanzaban en fila hacia el monumento a la independencia. Caminó dos cuadras sin detenerse, luego se paró en una esquina y se quedó mirando el tráfico durante un momento que nadie que pasaba por ahí podría  haber identificado como importante, pero era el momento más importante de su carrera.

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