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Así Cayó Alias “Pipo” El Narco más Poderoso del Ecuador

Un hombre cruza el aeropuerto de Málaga con documentos colombianos. Tiene otro rostro, tiene otro nombre. El sistema lo conoce como un ciudadano más. Pero detrás de esa cara intervenida quirúrgicamente, detrás de los tatuajes borrados con láser y la identidad prestada, hay algo que no cambia.

La firma de más de 400 muertes. Ecuador lo creía muerto desde hacía 4 años. Media docena de países lo buscaban y él seguía moviéndose, libre bajo el sol mediterráneo, convencido de que había ganado. Nadie gana para siempre. El 16 de noviembre de 2025 era un domingo particular en Ecuador. Los ciudadanos estaban convocados a las urnas para decidir en una consulta popular si el país debía acoger bases militares extranjeras como parte de su estrategia contra el crimen organizado.

Era un debate que condensaba todos los dolores de los últimos años. La violencia desbordada, las masacres carcelarias, los atentados con coches bomba en ciudades que antes se creían seguras, el asesinato de un candidato presidencial en plena campaña. Ecuador votaba ese domingo sobre su propio futuro.

Y mientras los ecuatorianos ejercían ese derecho, a miles de kilómetros de distancia en el aeropuerto internacional de Málaga, al sur de España, agentes de la Unidad de Drogas y Crimen Organizado Española ejecutaban un operativo que llevaba semanas preparándose en silencio. El objetivo era un hombre que, según los registros oficiales del Estado ecuatoriano, llevaba muerto 4 años.

un hombre que existía en los archivos del Registro Civil como fallecido, cuya sentencia penal había sido declarada extinta por defunción, cuyo nombre aparecía en esquelas y actas notariales. Un hombre que, sin embargo, coordinaba envíos de droga desde apartamentos europeos, ordenaba asesinatos en Ecuador a través de mensajes encriptados y manejaba una de las organizaciones criminales más poderosas de América Latina.

Su nombre era Wilmer Geovani Chavarría Barré y en el mundo del crimen organizado lo llamaban Pipo. Esa tarde, cuando el presidente Daniel Noboa publicó el anuncio en sus redes sociales, fue la primera vez en mucho tiempo que una noticia sobre seguridad en Ecuador no llegaba cargada de horror. El ministro del Interior, John Reinberg, que había viajado personalmente a España para supervisar la operación junto al comandante general de la Policía Nacional, Pablo Dávila, habló de un golpe histórico. que afirmó que

Chavarría era responsable de al menos 400 muertes, que había liderado redes de narcotráfico activas en Países Bajos, Italia, Alemania, México y Colombia, que había financiado atentados para intimidar al gobierno, que era el objetivo de más alto valor en toda la región. 400 muertes, un hombre legalmente muerto, una organización activa desde Europa.

Esos tres elementos forman la paradoja central de esta historia. Y esa paradoja no cayó del cielo. Fue construida pieza por pieza con dinero, corrupción y una audacia criminal que durante años dejó al Estado ecuatoriano mirando hacia un cadáver que nunca existió. Para entender cómo ocurrió todo esto, hay que retroceder más de una década.

Hay que entrar en los patios de las cárceles ecuatorianas, tú donde este hombre aprendió que el poder verdadero no necesita corbata ni título, solo necesita que los demás te teman. En 2010, en Cuenca, un joven de 21 años entró a una agencia bancaria con armas y compañía. Lo que salió de ese asalto fue un saldo de tres personas muertas, tres heridas y el inicio de un expediente judicial que no terminaría hasta décadas después.

El tribunal lo condenó a 25 años de prisión, reducidos más adelante a 16, y Wilmer Chavarría comenzó a cumplirla. Entre 2011 y 2018 estuvo recluido en la penitenciaría del litoral en Guayaquil y en la cárcel de Turi, en las afueras de Cuenca. Para el estado eran centros de rehabilitación social.

Para los miles de internos que los habitaban eran territorios en disputa, feudos donde las bandas imponían sus propias jerarquías, sus propias economías y sus propias leyes. Para Wilmer Chavarría fueron una universidad. La penitenciaría del litoral de esos años era un mundo dentro del mundo. Los choneros, la banda criminal más antigua y poderosa del Ecuador, controlaban secciones enteras.

Su líder, Jorge Luis Zambrano, conocido como Rasquiña o JL, era la figura más temida del AMPA ecuatoriana. Había construido una organización que se extendía desde la costa hasta las fronteras interiores con capacidad para absorber, aliar y cuando era necesario destruir a los grupos menores que operaban a su alrededor.

Rasquiña reclutó a Chavarría y lo incorporó a los choneros con una condición que resultó ser la semilla de todo lo que vendría después. Pipo podía mantener su propio grupo de sicarios siempre que operara bajo el paraguas de la organización madre, ya que en ese grupo adoptó el nombre que décadas después sería sinónimo de terror en Ecuador, los lobos.

Al principio no era más que una célula armada al servicio de una estructura mayor, pero la confianza que Chavarría se ganó dentro de los choneros fue creciendo de manera constante. Sus hombres llegaron a integrar el equipo de seguridad personal de Rasquiña. Ese detalle importa. Significa que Pipo colocó a sus propios leales en la posición más cercana al hombre más poderoso del crimen ecuatoriano.

No hay mejor índice de influencia que eso. En 2018 algo ocurrió que los propios investigadores calificaron de irregular. Un juez de garantías penales concedió a Chavarría el beneficio de la prelibertad. No el cumplimiento total de su condena, sino una salida condicionada. La que la medida incluía que debía presentarse en la cárcel de Santo Domingo de los Táchilas todos los sábados y domingos.

Para el sistema judicial era una medida de reinserción. Para Pipo era la puerta abierta. Santo Domingo de los Táchilas es un nudo vial que conecta la costa con la sierra ecuatoriana, un lugar donde el comercio lícito e ilícito se cruzan con naturalidad. Allí, Chavarría se alió con el clan Franco, una familia vinculada al crimen organizado que operaba en esa provincia y que pasó a integrarse en la estructura de los lobos.

Con esa alianza, los lobos dejaron de ser un grupo de sicarios para convertirse en una organización criminal con estructura, territorio y agenda propios. Pero la guerra aún no había llegado. Eso cambiaría en diciembre de 2020. Porrasquiña había salido de prisión a mediados de ese año con una prelibertad que también generó suspicacias.

Meses después, en Manta, el bastión histórico de los choneros sobre el Pacífico, fue asesinado a tiros en un centro comercial. Su muerte abrió una fractura que nadie podría cerrar. Dos nombres surgieron como posibles herederos, José Adolfo Masías, alias Fito, y Junior Roldán, alias Jr. Alias Pipo se opuso a que cualquiera de los dos asumiera el mando.

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