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EMBARAZADA Y SIN NADIE, VOLVIÓ CON EL ÚNICO HOMBRE QUE LA AMÓ… PERO EL LA DEJÓ SIN PALABRAS

EMBARAZADA Y SIN NADIE, VOLVIÓ CON EL ÚNICO HOMBRE QUE LA AMÓ… PERO EL LA DEJÓ SIN PALABRAS

La echaron de su casa por estar embarazada. El rico que le prometió la luna desapareció. Solo le quedaba volver al hombre que ella había despreciado dos años antes. Y lo que Joaquín le dijo en aquel portón la dejó sin palabras. El polvo del camino se le pegaba a las piernas hinchadas. Llevaba caminando desde el mediodía cuando el camionero del transporte de carga la dejó en el cruce de las quebradas y le dijo, sin mirarla, que de ahí en adelante no había vehículo hasta San Vicente del Bajío.

 4 horas a pie bajo el sol del Bajío, con una maleta de cuero marrón que pesaba como si llevara piedras y una panza de 7 meses que ya no le permitía respirar como antes. Cada 20 pasos tenía que detenerse, apoyarse en unizache y morderse el labio para no llorar. Marisol Contreras tenía 22 años y no le quedaba a quien pedirle nada en este mundo.

 El sol empezaba a caer detrás del cerro de las Maguellas cuando vio al fondo del camino la línea blanca de la casa que conocía de memoria. La casa donde había estado tantas veces antes, la casa de Joaquín Morales y de doña Lucinda, el árbol de mango, el palenque del caballo, el pozo viejo, la huerta de calabazas y el portón, aquel portón de madera lascada en el que dos años antes ella le había dicho a Joaquín que no se casaba con él porque no quería ser mujer de campo, que tenía sueños más grandes, que un hombre del pueblo le había prometido una vida en león. en una casa

de dos pisos con luz eléctrica y agua corriente que perdonara, pero ella no nació para los surcos, aquel portón. Y ahora, dos años después, volvía con la barriga de otro, sin marido, sin padre, sin un peso en el bolsillo, con un vestido floreado, que era el único que le quedaba sin agujeros, y una maleta donde cabía la mitad de su vida.

 Sintió que se le doblaban las rodillas a 20 m del portón. se sentó en una piedra al borde del camino y respiró hondo. La criatura adentro del vientre se movió como si supiera. Marisol se llevó la mano al pañuelo bordado que llevaba en el bolsillo del vestido, el pañuelo con flores azules y la inicial M que su madre le había abordado cuando ella tenía 9 años.

 Lo apretó entre los dedos como quien aprieta una mano que ya no existe. “Mamá”, susurró, “dame fuerzas.” se levantó, caminó los últimos 20 m mirando el suelo. No sabía qué iba a decir, no tenía un discurso preparado. Lo único que tenía era el hambre, el cansancio, la vergüenza y el recuerdo de que aquel hombre hacía dos años le había dicho que la querría hasta el día que se le acabara el aire.

 Llegó al portón y se detuvo. La casa estaba igual. La hamaca colgada en la veranda, los tiestos de barro con albahaaca y hierbabuena, la leña apilada contra la pared, la yegua oscura amarrada al palenque comiendo zacate. Hasta el olor era el mismo. Tierra mojada de la regada de la tarde, leña recién cortada, café de olla. Y en el corredor, sentado en un banco de madera raspando un pedazo de cuero con un cuchillo, estaba él.

 Joaquín Morales levantó la cabeza despacio. No se sorprendió, no abrió la boca, no se levantó de un salto, solo dejó el cuchillo y el cuero a un lado del banco, se puso de pie y caminó hasta el portón con la misma cadencia tranquila de quien va a sacar agua del pozo. Ella lo vio acercarse y sintió que el corazón se le quería salir por la garganta.

 Joaquín estaba más alto o más ancho o las dos cosas, la barba sin afeitar, la camisa a cuadros remangada, las manos curtidas, los ojos oscuros sin una sola pestaña fuera de lugar. La miraba fijo, sin sonreír, sin fruncir el ceño, sin nada, como si fuera una vecina que venía a pedir un kilo de masa.

 Llegó al portón, apoyó la mano izquierda en el tablón superior, la derecha la dejó suelta a un lado del cuerpo y se quedó así mirándola en silencio. Marisol abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla. “Jaquín”, dijo y la voz le salió ronca, rota, como si hubiera estado callada 20 años. Él no respondió.

 Joaquín, yo tragó saliva, miró la maleta, miró el suelo, miró otra vez el portón. Yo sé que no tengo cara, yo sé que no tengo derecho. Yo sé que después de cómo me fui, después de lo que te dije, después de la voz se le quebró. Joaquín seguía sin hablar. Marisol se llevó las dos manos a la barriga en un gesto involuntario, como pidiendo perdón por estar ahí, así, en ese estado, frente a él.

 Mi papá me corrió de la casa hace tres días”, dijo, y las lágrimas le empezaron a rodar sin que pudiera detenerlas. Maximiliano, el de león, desapareció. Cuando le dije del bebé, desapareció. La criada de la casa donde yo estaba viviendo me dijo que él se fue para Estados Unidos, que ya no iba a volver.

 Mi papá dijo que no quería una hija con la barriga sin padre en su casa, que no quería el escándalo, que mi mamá en paz descanse se moriría otra vez de saberlo. Me dio una maleta. Me dijo que me fuera donde yo quisiera, pero que en su casa no. Lo miró suplicante. No tengo a dónde ir, Joaquín. No tengo plata, no tengo familia.

 Llevo tres días caminando por el campo durmiendo en establos. Vine porque se le cerró la garganta. Vine porque tú eras el único hombre que de verdad me quiso. Y aunque sea para que me dejes dormir una noche en el corral, te lo pido una noche. Mañana yo me voy. Yo me arreglo. Yo no te voy a molestar más. Bajó la cabeza, esperó el grito, esperó la palabra fea, esperó que le dijera que se largara, que se merecía cada cosa que le había pasado, que el destino era justo.

 Esperó las palabras que ella misma se había repetido durante tres días caminando por las brechas. Joaquín respiró hondo, movió la mano izquierda sobre el tablón del portón, pasó los dedos por una astilla vieja y cuando ella ya estaba segura de que la iba a echar, oyó una frase que la dejó sin aire en los pulmones.

 “Marisol”, dijo Joaquín con la voz baja, plana, sin un gramo de rencor. “Llevo dos años esperándote.” Ella levantó la cabeza tan rápido que el cuello le crujió. “¿Qué?” Joaquín la miró con una calma que era casi peor que un grito. Que llevo dos años esperándote y no estoy hablando del portón. Sacó la mano del tablón, movió el cerrojo de hierro con un gesto seco, sin prisa.

Empujó el portón hacia adentro, lo dejó abierto. Pasa, dijo, que mi mamá ya tiene la cena puesta y hay cosas que tú no sabes y yo tampoco te voy a decir esta noche, pero no es noche para que duermas en el corral. Ni mañana tampoco, Mar. Sol abrió la boca para preguntar. Joaquín ya le estaba dando la espalda, caminando hacia la casa sin esperarla.

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