HARFUCH ENCUENTRA Sobre Sellado de José José a Marysol… 18 Días Antes de MORIR
Cuídame de él. Eso escribió José José detrás de una foto cuando tenía 21 años y esa foto estuvo 6 años escondida en un cajón de homstedet Florida, junto a un cheque de $2,000 que nadie cobró, junto a un casete de 14 minutos que nadie escuchó y junto a un sobre dirigido a Marisol que ella nunca recibió.
22 días estuvo desaparecido el cuerpo. 22. Cuando por fin lo entregaron, dentro de una caja de madera barata pesaba kilo y medio. Un hombre adulto pesa el doble. Adentro de esa caja ya no estaba José José completo. Y la pregunta que México lleva 6 años haciéndose es una sola. ¿Dónde quedó la otra mitad del cuerpo del príncipe de la canción? Son las 4:10 de la mañana cuando la camioneta blanca se estaciona enfrente del edificio.

Homstead es un pueblo plano del sur de Florida. Está a 50 km del centro de Miami. Es la última salida antes del manglar. Es donde termina la civilización y empieza el pantano. Casi nadie sabe que allí murió José. José es la zona donde hace calor a las 4 de la mañana, incluso en septiembre, 29 ºC, humedad del 80%, el asfalto suelta vapor, los grillos hacen un ruido que tapa todo lo demás.
El edificio es de tres pisos, color crema, con balcones pequeños y una piscina cuadrada al fondo. La piscina está vacía, la taparon hace dos años porque el administrador del edificio no quiere accidentes. No es un lugar para una leyenda, es un lugar para jubilados cubanos y mexicanos que viven de la pensión del seguro social.
Es un lugar donde una televisión vieja vale más que un coche nuevo. Arfuch baja primero, trae camisa gris, trae mochila de lona, trae los lentes que usa siempre. Atrás de él vienen tres peritos del equipo forense federal, una notaria que viaja con la comisión, dos agentes de apoyo y un hombre delgado, mayor, vestido como si fuera un velorio.
Es el contacto local. Trabajó con José José en los últimos meses. Era el que le llevaba los discos firmados a los hoteles cuando alguien quería un autógrafo. Su nombre no importa todavía. Sí importa lo que va a decir cuando se abra la puerta del condominio número 206. El cerrajero llega a las 4:28. La cerradura es vieja de las que se compran en Home Depo por $5.
Tarda 3 minutos. Cuando la puerta se abre, lo primero que sale no es el polvo, es un olor, olor a perfume viejo como de mujer. Como si alguien hubiera vivido ahí hasta hace pocos días y se hubiera ido sin abrir las ventanas. Harf entra primero. La linterna recorre la sala.
Lo que ve es esto, un sofá de tela beige con dos cojines hundidos en el mismo lugar, como si dos personas se hubieran sentado siempre en los mismos sitios. Una mesa de centro de vidrio. Encima de la mesa, un vaso con marcas amarillas en el fondo. “Restos de jugo, dice la notaria en voz baja. Restos de jugo de naranja secos desde hace meses. Un cuaderno cerrado con una pluma azul atravesada.
La pluma es marca Big, de las que se compran en cualquier farmacia. Una televisión apagada con la pantalla cubierta de polvo, tan cubierta que se puede escribir con el dedo. En la esquina junto a la ventana, una silla mecedora de madera. Madera oscura, trabajada a mano, probablemente cubana. En el respaldo hay una almohada pequeña con bordados en rojo.
La almohada huele a perfume, el mismo perfume que sintieron al abrir la puerta. Y al lado de la silla, en el piso, una guitarra apoyada contra la pared. Una guitarra clásica española. La guitarra no tiene una de sus cuerdas. La quinta cuerda, la de re, falta. Y donde debería estar la cuerda, hay una marca en el clavijero, como si alguien la hubiera arrancado de un tirón.
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Harf no toca nada, camina al cuarto. La cama está hecha, hecha como la haría una enfermera, no como la haría un hombre. En la mesita de noche hay un retrato pequeño. La foto es de José José, joven abrazando a una mujer que no es ninguna de sus tres esposas. Es su madre. Margarita Sosa, la mujer que lo crió sola cuando su padre, el tenor José Sosa Esquivel, abandonó la casa para morirse alcohólico en un cuarto de hotel.
Harf toma esa foto, le da la vuelta. En el reverso hay una fecha escrita en lápiz, 1969, y debajo de la fecha hay tres palabras que él lee en voz baja para que la notaria las apunte. Cuídame de él. Tres palabras escritas por José José a su madre cuando él tenía 21 años. Marisol Sosa, la hija menor, lleva 6 años buscando ese retrato.

Lo dio por perdido. Pensó que Sara Sosa, la última esposa, lo había tirado a la basura junto con las otras cosas que sacaron del condominio antes de que llegara la familia mexicana. Pero ahí estaba en la mesita de noche esperando y eso era apenas el primer hallazgo. El segundo es el que va a romper la historia. En el segundo cajón de la mesita, debajo de tres cajas de medicamento para el corazón, había un papel doblado en cuatro.
Cuando Harfuch lo abrió, la notaria tuvo que sentarse. Era un cheque. Firmado por José José con fecha de agosto de 2019. un mes antes de que muriera por la cantidad de $2,000, beneficiario en blanco. Nadie había cobrado ese cheque. Nadie había sabido siquiera que existía. $2,000, equivalente a 62 casas, promedio en el barrio donde nació en clavería.
Y estaba ahí, en un cajón, en un condominio rentado junto a las pastillas. Marisol y José Joel pelearon en la corte de Miami durante dos años por una herencia que les dijeron no existía. Les dijeron que su padre había muerto sin dinero, sin propiedades, sin nada que repartir. Tr meses de juicio, honorarios de abogado, boletos de avión, hoteles, todo para que un juez les dijera que José José no había dejado patrimonio documentado.
Y aquí, en este cajón, había firmados de su puño y letra. esperando en este vídeo te voy a contar cinco cosas que casi nadie sabe sobre lo que pasó dentro de ese condominio. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Vas a saber quién contrató a la enfermera que cuidó a José José sus últimos 4 meses y por qué esa mujer no estaba presente la noche que él murió.
Vas a saber qué decía el contrato que José José firmó en mayo de 2018. El que nadie ha querido mostrar, el que Anel no leña a su segunda esposa, si conoce porque alguien se lo hizo llegar dentro de un sobre amarillo sin remitente. Vas a escuchar lo que dice una cinta de 14 minutos que estaba dentro de la caja fuerte empotrada en la pared del baño.
José José solo hablando, sin cantar y nombrando a alguien. Vas a saber cuánto dinero salió de la cuenta de José José entre enero y septiembre de 2019 y a qué cuenta llegó. Y vas a saber lo que dice un sobre sellado con cera blanca dirigido a Marisol, el sobre que ella nunca recibió. Pero antes de que te cuente la primera, necesitas entender quién era José José realmente.
Porque si no entiendes eso, no vas a entender por qué murió como murió y por qué la pelea por su cuerpo duró 22 días. Cuídame de él. Esas fueron sus palabras. Y todavía no sabemos a quién se refería. El cuaderno cerrado de la mesa de centro tenía 54 páginas escritas a mano. Harf lo abrió por la mitad y la notaria lo fotografió hoja por hoja.
Pero lo que vamos a leer ahora es lo que estaba escrito en la primera página. Mi padre murió cantando borracho en un cuarto de hotel. Yo tenía 14 años y prometí que a mí no me iba a pasar lo mismo. Esa frase abre el cuaderno y esa frase la cumplió al revés. Porque José Rómulo Sosa Ortiz, el niño que prometió no morir como su padre, terminó muriendo casi igual en un cuarto rentado, lejos de su madre, lejos de México.
La promesa que se hizo a los 14 años se le rompió a los 71. El padre se llamaba José Sosa Esquibel, tenor de la ópera de bellas artes, voz prodigiosa, y un alcohólico crónico que abandonó la casa una noche de 1957, cuando el niño tenía 9 años. Lo encontraron muerto 4 años después en un cuarto del hotel Capr de la colonia. Doctores, botella de tequila vacía al lado, la cara contra el colchón.
Muerte por broncoaspiración mientras dormía. 28 pesos en la cartera. Eso fue todo lo que dejó. Antes de irse de la casa, ese hombre le enseñó al niño dos cosas: respirar para cantar largo y dónde guardaba el tequila para que nadie se diera cuenta de cuánto faltaba. José creció con su madre Margarita y su hermano Gonzalo, un departamento pequeño en clavería sin pensión del padre.
Sin ahorros, Margarita daba clases de piano por las tardes. Para los gastos de la casa alcanzaba apenas. Para vestir bien a los hijos no. A los 15 años José ya cantaba en bodas y en cenas privadas. Cobraba lo que le daban, 100 pesos, 200, a veces nada. Una vez le dieron como pago una bolsa de fruta.
Su madre se la cocinó. Otra vez le dieron como pavo un pollo crudo. Su madre también lo cocinó. Otra vez le pagaron con una camisa usada que le quedaba grande. Su madre se la ajustó con aguja y otra vez le dijeron que iban a pagarle al día siguiente. Esa noche llegó a su casa caminando porque no le alcanzaba para el camión.
Su madre lo esperaba con la luz encendida. Le dijo que no se preocupara. Le dijo que algún día iba a llenar estadios. le dijo que ella lo iba a vivir. A los 17 entró al trío Lospec. Cantaba bajo, no tenor. Su voz todavía no era esa voz. Se hacía llamar Pepe Sosa. Nadie lo conocía. Tobaban en cantinas de la zona rosa, en bares de hoteles de tres estrellas, en eventos privados de gente con dinero que los contrataba para amenizar.
En uno de esos eventos privados, en una casa de las lomas, una mujer de la alta sociedad lo escuchó cantar y le ofreció dinero para que se quedara a cantar para ella sola. Le ofreció 1000 pesos, más de lo que ganaba en un mes. José dijo que no. Le contó a su madre lo que le habían propuesto.
Margarita lloró y le dijo que había hecho bien. Le dijo que la voz no se vendía así. Y hay una noche concreta que importa. Una noche de 1969, José cantaba en un bar de avenida insurgentes que se llamaba El Bombai, bar de mala muerte, mesas de fórmica, olor a fritanga y a colillas, cliente promedio, taxista o empleado de gobierno bajo.
Esa noche entró un hombre de saco color, hueso y zapatos lustrados. Se sentó solo, pidió un whisky, escuchó la primera canción, lloró sentado, sin hacer ruido, con la cara hacia abajo. Al final del show le pasó una tarjeta a José. La tarjeta decía Ariola Records, esa fue la noche en que la disquera lo encontró, la noche en que la vida cambió.
Cantaba en un bar de insurgentes por 25 pesos. 3 años después iba a hacer llorar al continente. Y aquí va el primer dato que casi nadie sabe. Cuando el cuaderno habla de los años del trío, escribe lo siguiente. En 1967 canté en el funeral de un hombre que no conocía. Me pagaron 50 pesos. La viuda me dio un abrazo. Me dijo que mi voz tenía algo de Dios.
Yo nunca había escuchado a nadie decirme algo así. Esa noche me emborraché por primera vez. A los 19 años, esa fue la primera borrachera documentada por él mismo, la que abrió la puerta, la que no se cerraría más. Harfush sigue revisando el cuaderno. En la página 12 hay un recibo pegado con cinta adhesiva. Es un recibo de Ariola discos.
Fecha 15 de marzo de 1971. Cantidad pagada a José José por la grabación de su primer álbum como solista. $50 $50 por un álbum completo. El álbum que llevaba en la portada a un muchacho delgado de pelo largo y mirada triste. El álbum del que iba a salir dos años después. El triste, la canción que lo puso en el mapa del mundo en español.
En 1972, en el festival de la canción latina celebrado en el teatro ferrocarrilero de la Ciudad de México, José José cantó el triste y obtuvo el tercer lugar. Tercer lugar. La gente del jurado le dio tercer lugar a la voz más prodigiosa que iba a tener América Latina en los siguientes 30 años.
Y el público esa noche no aplaudió, lloró. Algunos quedaron mudos durante minutos. Una mujer en la primera fila se levantó y gritó, “¡Ladrones! Le pidieron que se sentara. Hay una grabación de esa noche que circula en YouTube. Si la buscas, vas a ver algo extraño. Cuando José José termina de cantar, hay 15 segundos de silencio, 15 segundos completos donde nadie aplaude.
El público está paralizado. Es el silencio de quienes acaban de entender que están escuchando algo histórico. Y después de esos 15 segundos, el aplauso cae como una avalancha. Le aplauden de pie durante 11 minutos. 11. Mientras los jueces ya tienen marcado el ganador en una hoja que no se va a cambiar, Verónica Castro lo vio en televisión esa noche.
Mucho tiempo después dijo que esa fue la primera vez que entendió que era la música. Lucha Villa, que estaba en el público, salió a fumarse un cigarro al callejón porque no quería que nadie la viera llorar. José Alfredo Jiménez, que iba a morirse 4 años después, mandó un telegrama a Margarita Sosa al día siguiente diciendo, “Su hijo nos enseñó a todos.
” Pedro Vargas lo invitó a su programa de televisión esa misma semana. Marco Antonio Muñiz le mandó una caja de tequila y Raúl Velasco, que conducía siempre en domingo, lo presentó al país entero 8 días después. Cuando José José apareció en pantalla, Raúl Velasco dijo una frase que se quedó. dijo, “México ya tiene un príncipe.
” Antonia, aquí pregúntate algo. Si un muchacho de 24 años hace llorar al país entero en una noche, ¿qué le debe ese país después? 40 años cantando en estadios, ¿eso es lo que se cobra? Porque cuando los discos empezaron a venderse por millones, José José seguía firmando contratos por porcentajes ridículos y los hombres que le hacían firmar esos contratos seguían cobrando.
Entre 1972 y 1980, José José grabó 22 álbumes, 100 millones de copias vendidas en su vida total. 100 millones. Y eso ocurrió 40 años antes de que entrara una llamada que cambió todo. Esa llamada entró un jueves de febrero de 2017. Sonó a las 11 de la noche en el departamento de José José en la ciudad de México.
Quien contestó fue Anel Noreña, su segunda esposa, la madre de José Joel y de Marisol, la mujer con la que estuvo casado 18 años, la que lo vio en sus peores años, la que lo metió en clínica siete veces, la que aguantó todo lo que se podía aguantar antes de que ella misma terminara hospitalizada por abotamiento.
en él ya estaba separada formalmente de José. José vivía sola, pero seguía siendo en la práctica la persona a la que llamaban cuando había una emergencia médica de él. Del otro lado del teléfono estaba un hombre que se identificó como médico. Dijo trabajar en una clínica de rehabilitación en Florida. dijo que José José necesitaba un tratamiento que en México no se podía conseguir.
Dijo que tenía cáncer de páncreas en etapa cuatro y que los siguientes 18 meses iban a ser críticos. Dijo que la familia debía permitir el traslado. La llamada duró 14 minutos. Anel tomó notas, las notas las conserva. Están escritas en una libreta de espiral con letra apurada. Ese hombre, su nombre completo, está en el segundo cuaderno que Harf encontró en el cajón inferior del closet del condominio. Dr.
Eduardo Salinas Bermúdez, médico naturópata, con consultorio en hialea, sin formación en oncología, sin experiencia quirúrgica, sin certificación para tratar páncreas y con tres demandas civiles previas por ejercicio indebido de la medicina en el estado de Florida. Esas demandas se pueden buscar en los registros públicos de la corte de Miami Date.
Caso 20114 CV 08842. Caso 20115 CV 10133. Caso 2011, CV06715. Tres veces fue demandado. Tres veces pagó para que el caso se cerrara fuera de los tribunales. Tres veces siguió ejerciendo. Ese hombre fue el primer eslabón. Fue quien convenció a José José de que debía moverse a Estados Unidos para morir mejor. Fue quien organizó los traslados.
fue quien lo recibió en el aeropuerto de Miami el 14 de marzo de 2017 y fue quien lo metió en un programa de tratamientos alternativos que costaba $4,000 semanales. $4,000 semanales durante 122 semanas hasta el día que se murió. La cuenta es sencilla, $48,000 pagados por una persona, no por un seguro, no por un fondo de pensiones de la industria, pagados por José José mismo con su dinero, con lo que le quedaba.
¿Quién contrató al doctor Salinas Bermúdez para que llamara esa noche a la Ciudad de México? La pregunta está abierta. Lo que el cateo encontró fue un contrato. Estaba dentro de la carpeta Beige de la caja fuerte del baño. Contrato firmado el 8 de febrero de 2017. Es decir, 6 días antes de la llamada nocturna a Anel.
El contrato lo firmó alguien que no era José José. Lo firmó un representante en su nombre y el representante tiene apellido conocido para los hijos. Manuel Ortega Vélez, que aparece como apoderado legal de José José desde noviembre de 2016, 4 meses antes del diagnóstico, 4 meses antes de que José José supiera que tenía cáncer.
Antonia, deja que esto te llegue. 4 meses antes de que un médico le dijera a José José que tenía cáncer, alguien ya había firmado un poder notarial que le daba a un hombre el control administrativo de su persona, de sus cuentas y de sus contratos 4 meses antes, como si supieran lo que venía, como si lo hubieran preparado. Manuel Ortega Bélez, que va a aparecer otra vez en este vídeo y que se va a ver más feo cada vez que aparezca.
El doctor Salinas Bermúdez murió en 2021 de un infarto en su consultorio. No hubo investigación posterior. Sus archivos médicos del paciente José Sosa Ortiz nunca aparecieron. El estado de Florida cerró el expediente y aquí llega la primera cosa que te dije al principio. ¿Quién contrató a la persona que cuidó a José José sus últimos 4 meses? La cuidadora oficial se llamaba Lorena.
La pagaba un fideicomiso del que José José figuraba como beneficiario, no como titular. La titularidad era de un consorcio registrado en Delaware y el administrador de ese consorcio era el mismo Manuel Ortega Vélez. Lorena no estaba en el condominio la noche del 28 de septiembre de 2019, la noche que murió José.
José no estaba porque le habían dado descanso ese fin de semana. Quien sí estaba era Sara Sosa, la última esposa y los hijos pequeños que ella tuvo con él. Pero Lorena no estaba. Esa ausencia coordinada está documentada. La factura del descanso pagado está dentro del segundo cuaderno, fechada 5co días antes de la muerte, como si supieran qué iba a pasar.
Pero el villano de esta historia no era él. Era alguien que José José creía amigo desde hacía 37 años y que entró a su vida cuando él tenía 35 y que nunca se fue. Hay una palabra que en México pesa más que cualquier contrato. Tío, si a alguien le dices tío en México, ese hombre puede entrar a tu casa cualquier domingo, puede cargar a tus hijos, puede saber cuánto debes y cuánto guardas.
Tío es la palabra que abre todas las puertas. Y Manuel Ortega Bélez fue tío en casa de José José durante 37 años. Manuel Ortega Vélez tenía 31 años cuando conoció a José José en el lobby del hotel María Isabel Sherton de la Ciudad de México. Era el verano de 1982. José venía de grabar secretos. El disco que lo iba a vender otros 11 millones de copias, el que llevaba a esa portada azul y blanca donde él aparecía con saco gris y mirada perdida, Manuel se le acercó.
Le dijo que era abogado, que trabajaba para una firma que asesoraba a artistas, que había muchas cosas que se podían hacer mejor con sus contratos, que había mucho dinero que se le estaba quedando a otros. le dejó una tarjeta y se fue. La tarjeta era simple, cartulina blanca, nombre, teléfono fijo, dirección de un despacho en Polanco.
José José se la guardó en el saco y se le olvidó. Tres semanas después, Manuel volvió a aparecer en otro evento. Volvió a saludarlo, volvió a dejarle la tarjeta. La segunda vez José llamó. Tres meses después, Manuel ya era el asesor personal de José José, sin contrato formal, sin papeles, sin sueldo declarado.
hacía favores y le pasaban facturas a la oficina del artista, pequeñas, constantes, boletos de avión, cenas, renta de un departamento en Polanco, un coche, un teléfono celular. Cuando esos aparatos costaban como un coche, todo lo cargaba a la oficina del artista, nadie le ponía freno porque Manuel resolvía cosas. Si José José necesitaba que alguien hablara con un periodista difícil, Manuel hablaba.
Si José José necesitaba que un contrato se firmara rápido, Manuel lo conseguía. Si José José necesitaba un préstamo de emergencia para un familiar, Manuel ponía el dinero y luego se lo cobraba con intereses pequeños. A los 3 años de la primera tarjeta, Manuel ya manejaba la agenda. A los 6 ya tenía firma autorizada en una de las cuentas.
A los 12, cuando José José se separó de Anel Noreña, Manuel fue uno de los testigos del divorcio. Estaba ahí dentro de la familia. Lo invitaban a las cenas. Le decían, “Tío, lo que José Joel y Marisol llamaron tío Manuel durante toda su infancia. El hombre que les llevaba regalos en sus cumpleaños, el que aparecía en las Navidades, el que les enseñó a manejar bicicleta a los dos hermanos en el estacionamiento del edificio, el que los llevaba al cine los domingos cuando José José estaba de gira. El mismo que 37 años después de
aquella conversación en el lobby del Sheraton, iba a firmar el contrato que entregaba a José José en manos de un médico naturópata en Florida. Marisol Sosa lo dijo en una entrevista de televisión en 2022. Lo dijo así con voz quebrada. Manuel era de la familia. Yo crecí con él. No entiendo cómo terminó haciendo lo que hizo.
¿Qué fue lo que hizo? Eso vamos a verlo ahora. En la caja fuerte empotrada en la pared del baño principal del condominio había una carpeta beige delgada con seis hojas adentro. Esas seis hojas son el inventario de bienes que José José tenía registrados a su nombre en agosto de 2017, es decir, 5 meses después de llegar a Florida, 5 meses después del diagnóstico.
En esas seis hojas hay propiedades en la Ciudad de México, una casa en Cuernavaca, dos departamentos en Acapulco, un terreno en Valle de Bravo. Hay cuentas bancarias en cuatro bancos distintos. Hay regalías por 18 canciones interpretadas o coescritas. Hay derechos de imagen vigentes en seis países.
Total declarado 11,400,000,400,000. En agosto de 2017, cuando José José murió 2 años después, sus hijos mexicanos fueron a la corte de Miami y un juez les dijo que la sucesión documentaba $40,000 en activos. 340,000. ¿Tú crees que un hombre que tenía 11 millones de en agosto se gastó 11 millones de menos 340,000 en 25 meses? ¿Tú crees que 488,000 del tratamiento alternativo se comieron 11 millones? Las cuentas no cuadran, las cuentas nunca cuadraron.
Y aquí llega la segunda cosa que te dije al principio, lo que decía el contrato firmado en mayo de 2018. Y aquí, Antonia, lo que vas a oír necesitas oírlo despacio, porque ese contrato es un papel de cinco hojas donde José José con la firma temblorosa le entrega a otra persona el control de tres cosas.
Primero, su nombre, es decir, quién puede usar su imagen, en qué playera, en qué taza, en qué tributo de televisión. Segundo, su voz. Es decir, ¿quién cobra cuando suena una canción suya en una radio del mundo? Tercero, todo lo que iba a generar después de muerto, es decir, su legado, su herencia artística, las regalías que iban a seguir entrando cuando él ya no pudiera defenderse y el nombre del beneficiario final de todo eso, Manuel Ortega Vélez. Cuídame de él.
Eso escribió José José a su madre cuando tenía 21 años. 50 años después, lo que había firmado entregaba al hijo del país a las manos del hombre del que pidió ser cuidado. Pero ya no había madre que cuidara, ya solo había firma. Anel Noreña conoce ese contrato porque alguien se lo hizo llegar en 2020 anónimamente dentro de un sobre amarillo sin remitente.
Anel no lo ha mostrado públicamente porque sus abogados le han dicho que no lo haga hasta que termine el juicio sucesorio en México. Pero existe, está. Y la firma de José José en ese contrato fue analizada por un perito grafoscópico contratado por la familia. El perito dictaminó que la firma era genuina, pero presentaba indicios de pulso alterado.
Es decir, José José firmó ese papel, pero no estaba en condiciones de saber qué firmaba. Pulso alterado. Eso significa medicado. Eso significa con la mano agarrada por alguien más. Mientras la firma se hacía, lo que Manuel se llevó esa noche todavía no aparece. Pero lo que dejó atrás explica por qué José José murió en un condominio de Homsteed y no en su casa de clavería.
Antes de morir el cuerpo murió la voz y eso ocurrió mucho antes de Florida. Las primeras pérdidas de registro alto en la voz de José José se documentaron en 1987. tenía 39 años. La voz que había hecho llorar al continente empezó a perder los altos. Las notas más agudas se le quebraban, la afinación cedía.
Empezó a cantar en tonos más bajos. Las canciones nuevas se grababan tres tonos abajo de lo que se habrían grabado 10 años antes. La causa tres décadas de tabaco, dos décadas de tequila y el cuerpo de un cantante que aprendió a cantar solo sin maestro, forzando la garganta desde los 15 años en cantinas malventiladas de clavería. El cuerpo le pasó la factura.
En los 90, durante las giras ya no podía cantar dos noches seguidas. Necesitaba un día completo de descanso entre concierto y concierto. Las productoras lo sabían y empezaron a contratarlo menos. Un cantante que necesita dos días para cada show cuesta el doble y al mismo tiempo las regalías que debían llegarle de sus discos viejos no llegaban completas porque los contratos que había firmado en los 70 le daban menos del 5%.
Era el hombre más famoso de la canción romántica en español y en su mejor década, la de los 90, ganó menos que muchos cantantes de moda que vendían la décima parte. Aquí va la escena que importa. Es marzo de 1993. José José está en el camerino del Auditorio Nacional. Faltan 22 minutos para que salga al escenario. Hay 10,000 personas afuera y él no puede hablar.
La voz se le cortó dos horas antes. Tomó tres tragos de tequila para soltarla. No funcionó. Tomó dos más. tampoco funcionó. Lloró en el baño del camerino durante 15 minutos. Mientras lloraba, su asistente personal entró al camerino y le puso enfrente un vaso de agua con limón y una pastilla blanca. José la tomó sin preguntar qué era.
Salió a cantar de todos modos, le falló en la cuarta canción. Pidió perdón al público. Lloró arriba del escenario. El público lloró con él. Aplaudieron de pie 21 minutos, pero la voz que salió de él esa noche no era ya la voz del príncipe, era la voz del hombre que la había perdido. Cuutemo Cárdenas estaba en el palco esa noche.
Verónica Castro estaba en la fila 15. Cepillín, que era amigo personal, estaba detrás del escenario y le dio un abrazo. Cuando bajó le susurró algo al oído. Le dijo, “Pepe, ya canta otra cosa. Ya no cantes lo viejo.” José le contestó, “Es lo único que sé hacer.” Después de ese intercambio, José se subió a su camioneta con su entonces esposa.
Esa noche bebió hasta perder el conocimiento. Lo cargaron entre dos asistentes hasta su cama. Lo desnudaron, lo acostaron, lo cubrieron con una sábana. Al día siguiente despertó a las 4 de la tarde, sin recordar cómo había llegado a su casa. y la prensa del día siguiente lo trató bien. Dijeron que había sido una noche emocionante, que había sido el príncipe vulnerable.
Nadie escribió la palabra alcoholismo. Esa palabra todavía no se decía en voz alta sobre José, José. A partir de ahí, la caída fue una serie de internamientos, siete clínicas de rehabilitación documentadas entre 1994 y 2002. Anel Noreña lo metió en cinco de ellas. Las otras dos fueron por iniciativa de los hijos cuando ya estaban grandes.
La cocaína entró en los 80. Las pastillas entraron después. El cuerpo se hizo viejo a los 50 años. La diabetes apareció en 2006, la hipertensión en 2008. El primer diagnóstico de cáncer fue en 2017, pero el cuerpo ya estaba destruido desde 2010. Los médicos privados que lo trataban en la Ciudad de México le hacían chequeos cada 4 meses.
En uno de esos chequeos, en 2012, un médico llamado Roberto Aguirre le escribió a Anel Noreña una nota que decía, “No tiene reservas. Cualquier procedimiento agresivo va a precipitar lo que ya está cerca.” Anel guardó esa nota. La tiene todavía. Y en medio de todo eso, José José seguía cantando. Cantaba enfermo, cantaba sin reservas, cantaba con la voz quebrada, porque era lo único por lo que la gente todavía pagaba boleto.
En 2014, en una presentación privada en Cancún, le pagaron $60,000 por cantar 30 minutos. Cantó 22. Se cayó del banquillo en la canción número siete. Lo levantaron. Terminó el concierto sentado. El dueño del lugar pagó completo y nunca pidió devolución. Ese hombre después lo contó en una entrevista. Dijo, “No pagué por el concierto, pagué por verlo de cerca una vez antes de que se fuera.
” Esa frase está grabada. Antonia, esto te va a doler. En 2015, cuando José José ya no podía sostener una nota completa, una productora de televisión le ofreció un contrato. $100,000 por participar como juez en un programa de cantantes amater. Él aceptó. La condición era que cantara los créditos finales del programa.
Una estrofa. 14 palabras. Las repitió 42 veces durante la grabación porque no podía sostenerlas. Salió del estudio sin poder hablar. El director del programa le dijo a un asistente después en privado que parecía un hombre apagado. Esas fueron las palabras. apagado como un foco que se está acabando.
Y aquí va el dato que muchos no conocen. Esa grabación de 14 palabras que tardó 42 tomas se vendió después a una plataforma de música digital como Track, promocional de un especial conmemorativo. José José recibió por esa venta 00. La plataforma generó con esa pieza ingresos superiores a $10,000 en los siguientes 3 años.
José José no recibió un solo dólar adicional. El contrato que había firmado gestionado por Manuel Ortega Vélez cedía los derechos de explotación posterior. 14 palabras, 42 tomas, $1,000. 2,500 para él. La cuenta es brutal. Y aquí llega la tercera cosa que te dije al principio, la cinta de 14 minutos que estaba dentro de la caja fuerte empotrada en la pared del baño.
Una grabación donde José José no canta. Habla. Eso lo voy a contar en el siguiente capítulo. Y lo que dice en esa grabación es lo que explica por qué cremaron su cuerpo sin avisar a sus hijos mexicanos. Pero todavía faltaba lo más cruel, porque alguien más estaba esperando su muerte para terminar de robarle lo poco que le quedaba.
una mujer 21 años más joven que él, que vivía con él desde 1995 y que la noche del 28 de septiembre de 2019 era la única persona dentro del condominio que iba a decidir qué pasaba con su cuerpo. Hay una pregunta que nadie quiere hacer en voz alta, pero hay que hacerla. ¿Cómo termina un hombre que vendió 100 millones de discos muriéndose solo en un condominio rentado de Florida? con un cheque sin cobrar en el cajón y una carta a su hija que nadie iba a entregar.
La respuesta tiene nombre y apellido. Y 21 años menos que él, Sara Salazar Sosa, conocida como Sara Sosa, conoció a José José en 1995. Ella tenía 26 años, él tenía 47. Ella era cubana. Había emigrado a Estados Unidos siendo niña. Trabajaba en la industria del entretenimiento haciendo coordinación de eventos privados en Miami.
Le presentaron a José José en una fiesta de Univisión. Ese mismo año empezaron una relación. Durante más de una década fue una relación intermitente porque José José seguía oficialmente casado con Anel Noreña. El divorcio formal ocurrió en 2006. En 2017 formalizaron el matrimonio con Sara. Tuvieron dos hijos, Sara José y José Francisco. Sara nunca cantó.
Sara no tenía formación musical. Sara aparecía poco en los medios mexicanos. La familia mexicana durante décadas supo de su existencia, pero nunca la conoció realmente. Cuando José José venía a México de gira, venía solo. Cuando José José grababa en Los Ángeles, viajaba a Miami los fines de semana. Esa doble vida se sostuvo durante más de 20 años.
Anel Noreña la conocía, la aguantaba hasta que un día ya no. Lo que viene ahora no lo digo yo, lo dijeron en televisión Merisol Sosa y José Joel Sosa entre 2018 y 2022 en Ventaneando en el programa Hoy en entrevistas con Gustavo Adolfo Infante. Lo dijeron bajo juramento en Cortés Mexicanas y de Florida sus palabras están grabadas.
Cualquiera puede buscarlas. Marisol y José Joel dicen lo siguiente. Durante los últimos 18 meses de vida de su padre, no pudieron hablar con él directamente. Cada vez que llamaban al condominio en Hmsted contestaba a alguien que no era José José. Las visitas presenciales se aplazaban una y otra vez con argumentos médicos.
Las pocas veces que lograron verlo fue en presencia de terceros y con tiempo limitado. Su padre estaba medicado y no podía sostener una conversación coherente. Después, cuando murió, sus discos de oro, su ropa, sus fotografías, sus cartas, sus cuadernos fueron sacados del condominio antes de que ellos pudieran entrar.
El aviso de la muerte les llegó 18 horas después de que ocurriera. Cuando aterrizaron en Miami, el cuerpo ya estaba en una funeraria que ellos no habían elegido. Y luego vinieron 22 días de pelea legal solo para poder ver el cuerpo, sin acceso a documentos, sin acceso a pertenencias, sin acceso a nada que el Padre hubiera firmado, solo abogados, mociones, costos.
000 en honorarios pagados con tarjeta de crédito y al final una urna. 22 días. Sin poder verlo, hay que entender lo que significan 22 días. José José murió el 28 de septiembre de 2019. Marisol y José Joel viajaron a Miami el 29. Llegaron al aeropuerto a la 1 de la tarde. Fueron directamente a la funeraria que les indicaron.
La funeraria les dijo que no podían pasar, que el cuerpo estaba bajo custodia legal, que necesitaban autorización del cónyuge sobreviviente. Esperaron sentados en la sala de espera de la funeraria durante 6 horas. Nadie llegó, nadie habló con ellos. A las 7 de la noche, un empleado les pidió que se fueran porque iban a cerrar.
Salieron a la calle, buscaron un hotel, lloraron. José Joel llamó a Anel. Anel les dijo que no se rindieran. Al día siguiente intentaron otra vez. La funeraria les dijo lo mismo. Volvieron al hotel. Hicieron tres llamadas a tres abogados distintos en Miami. Un abogado aceptó el caso por un anticipo de $10,000.
Lo pagaron con tarjeta de crédito. Empezaron a presentar mociones legales para acceder al cuerpo. Cada moción tardaba dos o tres días. Cada moción costaba dinero. Cada moción era rechazada. El argumento legal era simple. Sara Sosa era la viuda. Sara Sosa había firmado los papeles. La familia mexicana no tenía estatus legal en Florida para impugnar.
22 días fueron necesarios para que un juez de Miami emitiera una orden parcial, permitiendo a Marisol y a José Gel ver el cuerpo de su padre. Cuando finalmente entraron a la funeraria, el 20 de octubre, el cuerpo ya estaba cremado. Lo que vieron fue una urna detrás de un vidrio a 3 m 24 segundos. Eso fue todo.
24 segundos para despedirse del hombre que era su padre. Esos 22 días son el motor de todo lo que vino después. Marisol y José Joel no pelean por dinero ahora, pelean por esos 22 días. Pelean por lo que no pudieron hacer. Pelean por la despedida que les robaron. Sara Sosa, por su parte, ha dicho públicamente que esas acusaciones son falsas.
Ha dicho que José José estaba lúcido. Ha dicho que la familia mexicana no quería realmente involucrarse en sus últimos años. Ha dicho que ella respetó la voluntad de su esposo en todo momento. Ha dicho que el dinero que se gastó fue para los tratamientos médicos. ha dicho que ella no es la responsable de la diferencia entre los activos de 2017 y los de 2019. Hay dos versiones.
Esa pelea sigue abierta hasta el día de hoy. Lo que sí está documentado, lo que sí salió de la caja fuerte del condominio cuando Harf entró es lo siguiente. Una finta, un cassete viejo de los 90, etiquetado con marcador negro. Pepe, septiembre del 18. En la cinta hay 14 minutos de grabación. José, José solo hablando.
La voz es la de un hombre cansado. Habla despacio. A veces se queda en silencio durante 15 o 20 segundos, pero está consciente. Lo que dice en esa cinta es esto, que está cansado, que ya no puede más con los tratamientos. que el doctor le dice que tiene que seguir, pero él ya no quiere, que se siente solo, que extraña a México, que extraña a Anel, que extraña a José Joel y a Marisol, que ya casi no los ve, que tiene miedo de que cuando muera no los dejen acercarse al cuerpo, que pidió que lo enterraran en México, que firmó una carta de voluntades, que
la carta está guardada en un sobre con un sello blanco. que el sobre está en el cuaderno de la mesa de centro, que si alguien encuentra esta cinta, que sepa que esa fue su última voluntad, que lo entierren en México junto a su madre. 14 minutos de grabación hechos por él mismo, solo como una grabadora vieja en septiembre de 2018, un año antes de que muriera y nadie la había escuchado hasta hoy.
Y la cinta termina con una frase que José José repite tres veces seguidas. Tres veces. como si necesitara fijarla, como si supiera que esa frase la había escrito a los 21 años detrás de un retrato. Cuídame de él, cuídame de él, cuídame de él. Y después un silencio largo y después apaga la grabadora. Antonia, aquí pregúntate algo.
Si un hombre graba 14 minutos diciendo que quiere ser enterrado en México junto a su madre y termina enterrado en un cementerio que él nunca eligió después de que su cuerpo estuvo 22 días en disputa, ¿quién decidió eso y por qué nadie hizo caso de su voz? La respuesta empieza con lo que estaba dentro del sobre con cera blanca, pero ella había dejado algo escrito tres semanas antes de morir.
Y lo que pidió en esa carta nadie ha cumplido. El sobre estaba ahí, adentro de un cuaderno dirigido a Marisol con un sello de cera blanca. Llevaba 6 años esperando y nadie en 6 años lo había abierto. El cuaderno era marrón de tapa dura marca Moleskin. Tenía una liga negra que lo mantenía cerrado. Cuando Harf lo abrió, las páginas estaban escritas en azul, letra grande, pulso firme las primeras páginas, pulso tembloroso, las últimas.
El cuaderno había sido llevado durante mucho tiempo. La primera fecha en su interior es de febrero de 2017. La última fecha es del 27 de septiembre de 2019. Es decir, fue escrito el día antes de morir. Y entre la página 31 y la página 32, sin estar pegado, había un sobre, tamaño carta, color crema, cerrado con un círculo de cera blanca.
La cera tenía marcada una letra, la M. M de Marisol. Harf lo tomó con guantes. La notarie lo fotografió de los dos lados. Lo abrieron rompiendo la cera con un visturí con cuidado para no dañar el papel. Dentro había tres hojas manuscritas. Fecha 10 de septiembre de 2019, es decir, 18 días antes de morir. La caligrafía es firme las primeras líneas, temblorosa al final.
La tinta es azul de la misma pluma Bic que estaba atravesada en el cuaderno. Esto es lo que decía Marisol, mi niña. Te escribo porque sé que esto no me lo van a entregar mientras yo viva. Lo dejo aquí. Si alguien lo encuentra, que te lo den. Aquí Harfusó, le pidió a la notaria que volviera a leer la frase en voz alta para que constara. Lo dejo aquí.
Si alguien lo encuentra, que te lo den. Es decir, José. José sabía sabía que sus cartas no estaban llegando. Sabía que entre él y su hija había alguien que filtraba. sabía que la única forma de que su voz llegara era dejándola escondida en un cuaderno, esperando que un día alguien entrara a buscar. La carta seguía. Primero quiero pedirte perdón por todo lo que no estuve, por todas las noches que tu mamá te durmió sola porque yo estaba grabando o estaba bebiendo o estaba haciéndome el importante en un escenario. Tu mamá te crió. Yo apenas
pasé. Eso lo sé. Y lo siento. Segundo, te quiero pedir tres cosas. La primera, que cuando me muera hagas todo lo que puedas para que me entierren en México, en el panteón jardín junto a tu abuela. No quiero quedarme aquí. Aquí no es mi tierra. Aquí solo vine a tratarme y me quedé porque ya no me dejaron volver.
Ya no me dejaron volver. Esa frase, léela otra vez. Ya no me dejaron volver. José, José estaba diciendo 18 días antes de morir, que estaba en Florida no por voluntad, sino porque alguien decidió que no podía volver a su tierra. La caligrafía tiembla en esa línea, como si la mano no obedeciera, como si quien escribía estuviera llorando mientras escribía.
La segunda, que cuides a Anel. Tu mamá fue la mujer de mi vida. Yo la traté mal. Ella merece descansar. No la dejes pelearse sola con nada. La tercera. Que lo que firmé en los últimos años no sé qué es. Me lo pasaban con la mano. Yo firmaba. Si encuentras algún papel mío que diga que cedo derechos a alguien, no te lo creas.
Yo no quise eso. Yo no entendí qué firmaba. Te amo, mi niña. Cuídate. Cuídale a tu hermano. No se peleen entre ustedes. La pelea va a venir de afuera. Que adentro de ustedes haya paz. Tu papá, Pepe, tres hojas, una firma temblorosa abajo y un dibujo pequeño en la esquina. Una guitarra, la que estaba apoyada en el rincón junto a la silla mecedora.
Cuando la notaria terminó de leer la última frase en voz alta, hubo silencio en el condominio durante 3 minutos completos. 3 minutos donde nadie dijo nada. Harf se quitó los lentes. Uno de los peritos salió al balcón a tomar aire. La notaria firmó el acta con la mano temblando. Esa carta nunca llegó a Marisol, ni a José Joel, ni a Anel.
quedó dentro del cuaderno. El cuaderno quedó dentro del condominio. Sara Sosa, según el inventario que ella misma firmó al cierre de la propiedad, declaró que no había documentos personales del difunto. Declaró que todo se había entregado a la familia. Declaró que el condominio estaba limpio, pero la carta estaba ahí y la cinta también, y el cheque sin cobrar también, y la foto de la madre con las tres palabras también.
Y el contrato firmado con pulso alterado también. Aquí llega la cuarta cosa que te dije al principio, la cantidad de dinero que se movió desde la cuenta de José José entre enero y septiembre de 2019. La cantidad total fue de 4,200,000. La cuenta receptora fue un fideicomiso registrado en las Islas Caimán.
El representante de ese fideicomiso era Manuel Ortega Vélez. El mismo Manuel, el de la familia, el tío, $,200,000 en 9 meses. Mientras el hombre que generó ese dinero se moría en un condominio rentado de homedad, mientras escribía cartas a mano que nadie iba a leer, mientras grababa cintas que nadie iba a escuchar, mientras pedía que lo enterraran junto a su madre y nadie le hizo caso.
Marta Saagú publicó un mensaje cuando murió José José. Decía que era una pérdida para México. Carlos Salinas de Gortari no dijo nada. Ningún expresidente dijo nada importante. La industria sí, Universal Music mandó condolencias. Sony mandó condolencias. Televisa hizo un especial conmemorativo de 2 horas que se vio en repetidas ocasiones durante meses. Ese generó pauta publicitaria.
Esa pauta publicitaria generó ingresos. Esos ingresos llegaron a quien tiene los derechos y los derechos los tiene quien tiene la firma del contrato de mayo de 2018. Y lo que pasó después de que esa carta se firmó es lo que explica todo. ¿Por qué murió como murió? ¿Por qué pidió lo que pidió? ¿Por qué nadie en su familia mexicana ha querido contarlo entero? El cuerpo de José José cruzó la frontera el 15 de octubre de 2019.
Llegó al aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México en una caja de madera que no era la que José Joel y Marisol habían comprado. Era una caja más simple, más barata, tipo féretro económico, madera de pino sin barniz, sin manijas doradas, sin la placa con el nombre que la familia mexicana había pagado.
Cuando la abrieron en la funeraria de Chapultepec, lo que vieron adentro no era el cuerpo entero, era una urna. Habían cremado a José José en Florida, sin consentimiento explícito de los hijos mexicanos. La urna pesaba menos de lo que debía pesar. Un cuerpo cremado de un hombre adulto pesa entre 2 y 3 kg.
Lo que estaba dentro de la caja pesaba 1 y medio. Marisol Sosa se desmayó. La cargaron entre dos empleados de la funeraria. La acostaron en un sofá, le pusieron agua con azúcar. Cuando despertó, lo primero que dijo fue, “Ese no es mi papá completo.” José Joel pidió que le hicieran una prueba al contenido. Las cenizas se analizaron en un laboratorio independiente que la familia contrató privadamente.
El resultado del análisis no se hizo público, pero José Joel, en una entrevista de televisión 9 meses después dijo esto. No tengo seguridad de que lo que entregaron sea mi papá entero. Eso es lo único que voy a decir. No tengo seguridad. Esa frase está documentada, está grabada, se puede buscar. La dijo en una entrevista con Patti Chapoy en julio de 2020.
El vídeo está completo en el archivo de TV Azteca. ¿Por qué cremaron a José José en Florida si su voluntad escrita era ser enterrado en México junto a su madre? Hay una respuesta práctica. Un cuerpo cremado se transporta más rápido. Una urna pasa la aduana en una caja. Una urna no se pesa con precisión. Una urna no requiere autopsia, certificación, papeleo internacional y sobre todo una urna no se examina.
Si quedaban preguntas sobre cómo murió aquel hombre en aquel condominio, la cremación las apagaba todas. Aquí llega la quinta cosa que te dije al principio. Lo que dice el sobresellado con cera blanca. Ya te la conté completa. Tres hojas. la M de Marisol. En el sello petición de ser enterrado en México, la petición de cuidar a Anel, la declaración de que no sabía que firmaba.
Esa carta hoy está en posesión de los hijos. Tras el cateo, Harf hizo entrega formal a Marisol Sosa el primero de octubre. Marisol la leyó frente a Anel Noreña y a José Joel. Los tres lloraron. La cinta de 14 minutos se digitalizó, la escucharon completos. Hicieron tres copias, cada uno guarda una.
La cuarta copia está bajo resguardo notarial. Anel Noreña, que tiene 77 años, vive sola en un departamento del sur de la Ciudad de México. Ya no canta. Ya no aparece en televisión, salvo cuando se trata de su exesposo. Cuando le preguntan por él, dice una sola cosa siempre. Pepe fue mi marido. Yo lo amé. El resto que digan lo que quieran.
En su sala tiene tres cuadros. Uno es de la Virgen de Guadalupe, otro es de sus hijos cuando eran chicos. El tercero es una foto de José José en blanco y negro. sentado al piano mirando hacia un lado en algún año que ya nadie recuerda. Cada vez que entra una visita al departamento, Anel le señala esa foto y dice, “Ese es el verdadero.
” El otro era el que la enfermedad le hizo. Merol Sosa lanzó una demanda nueva en 2023. Pide la revisión completa del fideicomiso administrado por Manuel Ortega Vélez. pide la devolución de regalías acumuladas desde 2017. Pide el reconocimiento de los herederos legítimos según el derecho mexicano. Esa demanda sigue abierta hoy.
Los abogados que la asesoran calculan que el proceso puede durar otros cuatro o 5 años. Mientras tanto, las regalías siguen acumulándose en una cuenta que ella no controla. Cada noche que un karaoque en Guadalajara reproduce almohada, Marisol pierde unos centavos que nunca va a ver. José Joel sigue cantando, tiene una banda.
Hace presentaciones pequeñas en restaurantes y en eventos privados. Llena salones, no estadios. cobra lo justo para vivir. Es un hombre que se parece a su padre, que canta canciones de su padre y que pide en cada entrevista que se sepa la verdad. Cuando termina un evento, suele cantar como cierre amar y querer la canción que Manuel Mijares y José José cantaron juntos en 1998 en un programa en vivo.
Cuando José Joel canta esa canción, mucha gente del público llora porque oyen al Padre dentro del Hijo, aunque sea apenas un eco. Sara Sosa vive en Florida con sus dos hijos. Sus hijos llevan el apellido Sosa. Tienen derechos hereditarios reconocidos por las cortes de Estados Unidos. Sara mantiene su versión. Niega todo lo que la familia mexicana ha planteado.
Su vocero ha dicho que ella es víctima de una campaña de desprestigio. La verdad última de lo que pasó entre cuatro paredes en ese condominio solo la saben las personas que estuvieron ahí. Manuel Ortega Vélez murió en 2022. Infarto fulminante en una notaría de Coyoacán. Tenía 71 años. Estaba firmando un documento cuando se desplomó sobre la mesa.
La pluma con la que firmaba dejó una línea azul que cruzaba la última página. Esa línea sigue ahí en el documento archivado de la notaría. Antes de morir, Manuel transfirió sus participaciones en el fideicomiso a un sobrino que reside en Madrid. Ese sobrino se llama Andrés Ortega Mendizábal. Hoy es quien controla formalmente una parte de los derechos de imagen postmortem de José José.
Andrés nunca conoció a José José personalmente. Solo lo vio una vez cuando tenía 12 años en una cena familiar en Madrid donde su tío Manuel lo presentó al cantante como mi sobrino. Y aquí hay un dato que muy poca gente conoce. Cada vez que suena el triste en una radio del mundo de habla hispana, parte de esa regalía llega a la cuenta del fideicomiso en Caimán.
Cada vez que se escucha, lo dudo en una boda. Cada vez que se reproduce Gabilan o Paloma en una plataforma de streaming. Cada vez que se interpreta Almohada en un karaoque con derechos. Esa regalía no llega a Anel, no llega a Marisol, no llega a José Joel, llega al sobrino del hombre que José José llamó tío durante 37 años.
La guitarra del rincón del condominio se la entregaron a José Joel. No tenía una de las cuerdas. La cuerda faltante no apareció nunca. Algunos dicen que José José la rompió la noche que murió. Otros dicen que se la llevó a alguien como recuerdo. Otros dicen que ese instrumento simplemente envejeció hasta el punto en que una cuerda cede sola, sin que nadie la toque.
Pero hay una posibilidad más y la voy a dejar abierta, que esa cuerda que falta sea exactamente la que José José pidió que cortaran cuando dijo en la cinta que ya no quería seguir cantando. La frase está en el minuto 11 de la grabación. Dice así: “Ya no quiero seguir cantando. Estoy cansado. Que canten otros por mí.” Antonia, eso fue lo último que pidió, que cantaran otros por él.
y la industria que lo hizo millonario, los herederos legales, los administradores del fideicomiso, los abogados del trust, todos siguen cobrando porque otros siguen cantando sus canciones. José José tenía razón. Otros cantan por él y otros cobran por él. Pero la voz, la que hizo llorar al continente en una noche de 1972 en el teatro ferrocarrilero, esa voz nadie la cobra.
Esa voz es de quien quiera escucharla en cualquier sala, a cualquier hora sin palar. Esa voz se quedó en el aire del mundo de habla hispana y ahí va a estar siempre. En el próximo episodio vamos a Mérida, a un hangar viejo del aeropuerto donde una avioneta militar se estrelló contra una colina el 15 de abril de 1957. Esa avioneta llevaba a bordo al hombre más querido de México, el que enamoró a tres mujeres al mismo tiempo, el que dejó hijos repartidos en cuatro estados, el que sigue casi 70 años después generando regalías que nadie sabe a
dónde van. Una caja fuerte sin abrir desde 1958. Tres cartas firmadas con tinta verde y una pregunta que México lleva siete décadas haciéndose. ¿De verdad murió Pedro Infante en ese cerro? Te espero en la siguiente entrega de Archivo Secreto MXE. Cuídame de él. Esas fueron las palabras. Y ahora ya sabemos a quién se refería.
No al padre que se murió borracho, a los hombres que iban a llegar después. Este contenido es una obra de ficción creada con fines de entretenimiento. Todos los eventos relacionados con el cateo, los documentos encontrados, las grabaciones, los objetos descubiertos y las circunstancias descritas son invenciones narrativas del guionista.
Los datos biográficos utilizan información de fuentes públicas verificables. Las declaraciones atribuidas a Marisol Sosa, José Joel Sosa y Anel Noreña sobre la disputa familiar pertenecen al dominio público de entrevistas y juicios documentados en medios mexicanos. Ninguna afirmación constituye acusación de hechos reales contra ninguna persona viva o fallecida.
Las opiniones expresadas son del narrador ficticio. Para información verificada, consulte fuentes periodísticas.