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Así Cayó el Jefe de la Mafia Albanesa en Ecuador — Dritan Gjika

Imagina por un momento una de esas urbanizaciones de lujo en San Borondón, donde el aire acondicionado lucha contra la humedad asfixiante de Guayaquil y los muros altos guardan secretos que nadie se atreve a susurrar. Allí, entre copas de whisky caro y el murmullo de negocios que mueven cifras con demasiados ceros, se encontraba un hombre que no gritaba, que no usaba cadenas de oro, ni necesitaba escoltas ruidosos para que se supiera quién mandaba.

Su nombre es Dritan Jika. Pero en el mundo de la AMPA, en los despachos donde se decide quién vive y quién pringa, todos le conocían simplemente como Tony, un tipo que llegó de la fría Albania para calentar el mercado de la cocaína de una forma que nadie vio venir. Pero antes de entender cómo este hombre se hizo con el cotarro, hay que recordar un episodio que define perfectamente con quién nos estamos jugando los cuartos.

Cuentan fuentes cercanas a la investigación. Y así lo han recogido crónicas periodísticas de alto impacto, que un día Tony sintió que algo olía mal en su círculo íntimo. Había un soplo, una filtración a la policía que estaba poniendo en jaque una de sus rutas hacia Europa. Jika no llamó a sus abogados ni montó una escabechina en la calle.

Citó a sus socios y amigos a una reunión privada. Todo parecía normal, una charla entre colegas de negocios. Pero de repente Tony sacó una motosierra. Sí, una motosierra. La encendió. El ruido ensordecedor llenó la sala y sin pestañar les soltó. No sé cuál de vosotros es el soplón, pero eso no importa.

Lo que importa es el mensaje. Esa tarde uno de sus amigos no volvió a casa. Seoni lo descuartizó allí mismo delante de los demás que miraban impávidos con el corazón en la garganta y los pantalones manchados. Lo más terrorífico no fue el acto en sí. sino lo quejika confesó después mientras se limpiaba la sangre.

Ni siquiera estoy seguro de que fuera él. Pero si he sido capaz de hacerle esto a un amigo por una sospecha, imaginad lo que os espera si confirmo que me habéis traicionado. En ese instante, la mafia albanesa dejó de ser una leyenda lejana para convertirse en la dueña absoluta del miedo en Ecuador. Si te interesan estas investigaciones donde la realidad le pega un repaso a la ficción, ya sabes que puedes apoyar este canal.

para que sigamos trayendo luz a estos rincones oscuros. ¿Quién era realmente este tipo? Dritan Jika nació un 28 de diciembre de 1976 en el norte de Albania. Som una región donde el estado es casi un mito y lo que manda es el canún, un código de honor medieval que rige la vida, la muerte y sobre todo la venganza de sangre.

No era un chaval de barrio que buscaba bronca por diversión. Tony era un estratega. Apenas terminó el bachillerato, pero su mente funcionaba como una calculadora de alta precisión. Entendió pronto que para ganar pasta de verdad no podía ser un simple matón en las calles de Tirana. Tenía que ir a la fuente.

Llegó a Guayaquil en 2009 con 33 años y un plan que rozaba la genialidad criminal. En aquel entonces, los carteles mexicanos y los italianos se repartían el pastel, pero se mataban por las migajas de la logística. Jika traía otra mentalidad, no venía a pelear por territorios, venía a comprar el mercado.

Se instaló en San Borondón, se mimetizó con la élite guayaquileña y en 2013 logró algo que sería su mejor escudo, la naturalización como ecuatoriano. Se casó con una mujer de la zona, tuvo una hija y empezó a fundar empresas como quien compra cromos. Para el ojo ajeno era un empresario exitoso del sector bananero. Para el radar de la inteligencia antinarcóticos era una sombra que empezaba a proyectarse sobre cada contenedor que salía del puerto.

Según la fiscalía y los informes de inteligencia europeos, Jika no inventó la pólvora, pero perfeccionó la mecha. Se asoció con otro albanés, Tritan Rexpi, un tipo que ya tenía un nombre hecho y que dirigía la compañía Bello. Juntos eliminaron a los intermediarios. ¿Para qué pagarle a un italiano o a un mexicano si puedes comprar la droga directamente en los laboratorios colombianos? Shaptum, ponerla en tus propios barcos y venderla tú mismo en el puerto de Amberes o Rotterdam era la integración vertical del narcotráfico,

de la selva a la nariz del consumidor europeo, todo bajo el control del clan. Tony no era el típico narco que presume de lujos en redes sociales. De hecho, su discreción era casi patológica. se movía en un perfil tan bajo que durante años fue invisible. Mientras Ecuador empezaba a desangrarse por la guerra de bandas locales, los albaneses operaban por encima en una esfera donde el silencio se compra con maletines y la lealtad se garantiza con el canón.

En la cultura albanesa existe la besa, la palabra de honor. Si das tu besa, es un contrato sagrado. Si la rompes, el canón dicta que tu familia entera hasta el último primo, puede pagar con sangre. Esa estructura de clanes cerrados hacía que infiltrarlos fuera casi imposible para la policía local. No puedes comprar a alguien que sabe que su traición significará el exterminio de su linaje.

Pero claro, para mover toneladas de cocaína necesitas algo más que códigos medievales. Necesitas infraestructura y ahí es donde Jika demostró ser un maestro de la ingeniería financiera. Las autoridades sostienen que llegó a coordinar un entramado de hasta 71 empresas. No eran solo tapaderas de mala muerte, eran exportadoras de bananos reales, constructoras que levantaban edificios en zonas exclusivas, negocios de carnes, incluso empresas dedicadas al cannabis medicinal cuando empezó a legalizarse.

Era el lavado de activos perfecto. Metía el dinero sucio por una punta de la empresa y salía reluciente por la otra, convertido en ladrillo, si en fruta o en inversiones financieras. De acuerdo con la investigación denominada León de Troya, Jika no operaba solo en el ámbito empresarial, necesitaba puentes hacia el poder y encontró el puente perfecto en un hombre llamado Rubén Cherres.

Cherres era un tipo que conocía a todo el mundo en Guayaquil, un conseguidor, alguien que sabía qué manos estrechar y a quién invitar a cenar. A través de él, la influencia de la mafia albanesa empezó a filtrarse en los pasillos de la política ecuatoriana. Llegando peligrosamente cerca de los círculos de confianza del gobierno de aquel entonces, las autoridades sospechan que no solo buscaban protección, sino capacidad de decisión.

poner a su gente en aduanas, en los puertos, en los ministerios que controlan las exportaciones. Querían que el Estado trabajara para ellos sin saberlo. En este punto, la psicología de Jika es fascinante. No se veía a sí mismo como un criminal, sino como un logístico global que operaba en un mercado de altísima demanda. Trataba la cocaína como si fueran cajas de banano, con la misma frialdad estadística.

Si un cargamento caía en Europa, no se echaba las manos a la cabeza. Lo calculaba como una pérdida operativa, un coste de hacer negocios y mandaba el doble al mes siguiente. Las autoridades estiman que bajo su mando se enviaban cerca de 4000 kg de cocaína al mes. Haced cuentas, con el precio del kilo en Europa superando los 30.

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