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A los 81 años, la TRAGEDIA de Cantinflas, el momento más triste de su vida…

Durante los años 30, Cantinflas se fue convirtiendo en una figura conocida en los circuitos de las carpas populares de la capital. La gente del barrio lo adoraba. Sus chistes no eran los chistes elegantes de los teatros del centro. Sus comentarios no pasaban por ningún filtro de buenas costumbres.

Cantinflas hablaba de lo que el pueblo vivía, de la corrupción de la gente de policía, de la prepotencia del licenciado, de la hipocresía del rico que presumía de generoso mientras pagaba sueldos de miseria. y lo hacía con un lenguaje que era simultáneamente la parodia y la reivindicación del lenguaje popular mexicano.

Fue en esos años en Las Carpas donde Mario Moreno conoció a la mujer que cambiaría su vida de maneras que entonces no podía imaginar. Su nombre era Valentina Ivanova Subarev, conocida artísticamente como Valentina Ivanova o simplemente como la rusa, una bailarina de origen ruso que había llegado a México huyendo de los convulsos tiempos europeos de Entreguerras.

Era una mujer de belleza extraordinaria,  de carácter fuerte, de inteligencia poco común. Se convirtieron en pareja en 1934 y se casaron ese mismo año. Valentina se convertiría no solo en la esposa de Mario Moreno, sino en la administradora de su carrera, en la persona que negoció sus contratos más importantes, en la mujer que construyó con sus propias manos el imperio económico detrás del icono.

Pero Valentina guardaba también en el fondo de su mirada algo que Mario Moreno tardaría años en comprender del todo. Una soledad profunda, la soledad de quien lo da todo por la gloria de otro y siente que en ese sacrificio va desapareciendo algo de sí misma. La transición de las carpas al cine no fue inmediata ni fácil. Los primeros cortometrajes en los que participó Cantinflas en los años 30 son documentos interesantes, pero no excepcionales.

El personaje todavía estaba encontrando su lenguaje cinematográfico. Todavía estaba aprendiendo que la cámara de cine era una manera distinta de conectar con el público, que los tiempos cómicos del teatro no siempre funcionaban igual en la pantalla. Pero el encuentro que cambió todo fue el encuentro con el director Miguel M.

Delgado, que se convirtió en el director de prácticamente toda la filmografía de Cantinflas durante décadas y que supo traducir la energía desbordante y caótica del personaje en un lenguaje cinematográfico coherente y poderoso. En 1940, Cantinflas protagonizó, ahí está El detalle, dirigida por Juan Bustillo Oro.

Y con esa película, el fenómeno se volvió imparable. La historia es conocida, pero merece ser contada otra vez, porque cada vez que se cuenta revela algo nuevo. Cantinflas interpretaba a un peladito que por una serie de confusiones terminaba enredado en un juicio. Y la secuencia del juicio, donde el personaje desmontaba con su lógica absurda toda la solemnidad del sistema legal, se convirtió en una de las escenas más memorables de la historia del cine mexicano.

Las salas de cine en todo el país estaban llenas de gente que reía hasta las  lágrimas, pero era una risa que llevaba adentro algo más que simple diversión. Era la risa de quien finalmente ve a alguien de su clase enfrentarse al poder y salir victorioso, aunque fuera mediante la confusión y el absurdo. Lo que vino después fue una década prodigiosa.

Los años 40 fueron los años dorados de Cantinflas y del cine mexicano en general. El periodo conocido como la época de oro del cine nacional producía películas a un ritmo extraordinario y los actores, directores y productores de esa época trabajaban con una intensidad y una creatividad que todavía hoy resulta asombrosa. En los estudios Churubusco y en los estudios Clauc, Mario Moreno era una presencia constante, una figura que todos trataban con respeto y afecto, porque Cantinflas no era como otras estrellas, no llegaba a los foros con la arrogancia del divo.

Llegaba como uno más. Preguntaba por los hijos del técnico de sonido, recordaba el nombre de los extras, partía el almuerzo con quien tuviera hambre. Hay testimonios de trabajadores de aquellos estudios que décadas después ya ancianos seguían recordando esos gestos con una emoción que el tiempo no había podido borrar.

Un hombre que se ganó la lealtad de los más humildes con pequeñas bondades cotidianas que nunca fueron diseñadas para ser vistas  porque eran simplemente la manera en que Mario Moreno entendía la vida. En esa época dorada del cine mexicano, Cantinflas compartió espacios con las grandes figuras del momento. Jorge Negrete, el charro cantor, cuya presencia física y vocal llenaba cualquier habitación en la que entrara.

María Félix, la doña, cuya belleza y carácter legendarios la convertían en una fuerza de la naturaleza más que en una simple actriz. Pedro Infante, el ídolo de los barrios, el hombre en el que todos los mexicanos de clase trabajadora veían reflejados sus sueños y sus dolores. Dolores del Río, la figura más internacionalmente reconocida del cine mexicano de su tiempo.

Y Cantinflas entre todos ellos, siendo distinto de todos ellos, siendo el representante de algo que ninguno de ellos podía representar con la misma autenticidad. El peladito urbano, el hombre de la calle que se las ingeniaba para sobrevivir con ingenio y dignidad. Fueron años de trabajo intensísimo. Cantinflas podía llegar a filmar dos o tres películas en el mismo año, cada una con su propio proceso de escritura, sus propias negociaciones, sus propias complejidades de producción.

Y al mismo tiempo que filmaba administraba porque Mario Moreno entendió muy pronto que en el mundo del espectáculo el artista que no controla su propia carrera termina siendo  controlado por otros. fundó su propia productora, Posa Films, en sociedad con Jack Gelman, y desde esa plataforma tomó el control de sus propias películas,  de sus propias ganancias, de su propio destino artístico.

Pero había algo que el éxito y el control no podían resolver. Había algo que ninguna taquilla récord podía compensar. Valentina y Mario llevaban años de matrimonio y no habían podido tener hijos. No eran una pareja sin amor, eran una pareja que se amaba profundamente, pero que cargaba en silencio con una ausencia que los dos sentían sin saber siempre cómo hablar de ella.

El deseo de ser padre en un hombre que venía de una familia numerosa y que adoraba a los niños, que hacía chistes con ellos y para ellos, que veía en la infancia una pureza que el mundo adulto constantemente destruía. Ese deseo era algo que Mario Moreno llevaba dentro como una herida muy particular. En 1961, cuando Mario Moreno tenía 50 años, él y Valentina tomaron una decisión que cambiaría el resto de sus vidas.

Adoptaron a un niño de escasos meses de nacido, al que dieron el nombre de Mario Arturo Moreno Ivanova. Era un bebé que vino a llenar el silencio de esa casa grande y hermosa de Pedregal de San Ángel, con algo que el dinero y la fama nunca habían podido comprar. Para quien conozca la historia de Cantinflas, este momento de la adopción de su hijo es conocido.

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