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Lo que tu familia nunca te explicó sobre Cantinflas y Pedro Infante — y tiene una razón muy oscura

Pedro infante aprendió a querer al mundo a pesar de todo lo que el mundo le debía. Y esa diferencia que parece pequeña dicha así en una sola frase fue la que dividió para siempre el corazón de México en dos mitades que nunca supieron que eran complementarias. Mario Moreno llegó al mundo del espectáculo por la puerta más estrecha que existe.

Las carpas ambulantes de Tepito, no los teatros, no la radio, no los estudios de cine, las carpas, esos toldos improvisados que se armaban en los valdíos y las plazas populares donde el pueblo que no podía pagar una entrada de verdad pagaba. Lo que podía por ver algo que lo hiciera olvidar por una hora que mañana tendría que volver a pelear con la vida.

En esas carpas no había guiones, no había directores, no había red de seguridad. Había un público que, si no le gustaba lo que veía, lo decía en voz alta y sin consideraciones. Era el jurado más honesto y más brutal que ha existido en la historia del espectáculo mexicano. Y fue ahí, en ese ambiente de supervivencia pura donde nació Cantinflas, no fue un plan, fue un accidente.

un día, probablemente entre 1934 y 1936, porque la historia no registró la fecha exacta de ese momento y quizás es mejor así. Mario Moreno olvidó sus líneas frente al público, se quedó en blanco y en lugar de retirarse, en lugar de pedir disculpas, en lugar de hacer lo que cualquier hombre sensato habría hecho, siguió hablando. Habló sin decir nada.

Mezcló palabras con otras palabras. Construyó frases que empezaban en un lugar y terminaban en otro. argumentó posiciones que se contradecían a sí mismas con una convicción absoluta y una lógica completamente imposible. El público, en lugar de abuchearlo, comenzó a reírse. No se reían de su torpeza. Se reían de algo más profundo y más incómodo.

Se reían de reconocerse porque ese hombre que hablaba mucho para no decir nada, que confundía con palabras para escapar de la situación, que disfrazaba su miedo con una verborrea aparentemente inagotable, ese hombre era exactamente lo que ellos hacían. Cada vez que un patrón los interrogaba, cada vez que una autoridad los intimidaba, cada vez que el poder se les ponía en frente y no tenían con qué responderle, Cantinflas no inventó un personaje.

Cantinflas descubrió un mecanismo de supervivencia que el pueblo mexicano llevaba siglos usando y tuvo el genio de convertirlo en arte. Continuamos. Pedro Infante llegó al espectáculo por un camino completamente distinto, no por accidente, sino por vocación, no por supervivencia, sino por llamado. Desde niño en Guamuchil había algo en él que no cabía del todo en la vida ordinaria, una energía, una necesidad de expresar algo que las palabras solas no alcanzaban a contener.

Aprendió a tocar guitarra, aprendió a cantar y descubrió que cuando cantaba ocurría algo extraño y maravilloso. La gente dejaba de hacer lo que estaba haciendo y lo miraba. No por curiosidad, por reconocimiento. Trabajó como carpintero en su juventud. Construyó muebles, reparó estructuras, aprendió el oficio con las manos.

Pero las manos que servían para clavar y lijar servían también para rasguear cuerdas. Y la voz que llamaba a los compañeros de trabajo servía también para llenar de emoción una canción ranchera en la plaza del pueblo. Pedro Infante era de esos hombres que parecen hechos para varias vidas simultáneas y que eligen la más difícil, no porque sea la más segura, sino porque es la única que los hace sentir completos.

Llegó a la ciudad de México con poco dinero y mucha determinación. Tocó puertas, audicionó, fue rechazado. Volvió a intentarlo. 1939 consiguió entrar a la XEB, una de las estaciones de radio más importantes de la capital y desde ahí su voz comenzó a recorrer un camino que ninguno de los dos, ni él ni el público que lo escuchaba, podía todavía imaginar del todo, porque la voz de Pedro Infante no era simplemente una voz bonita, era algo más específico y más poderoso.

que eso era una voz que sonaba como si viniera de adentro de la gente que la escuchaba, como si no cantara para ellos, sino con ellos, como si cada canción fuera una conversación privada entre Pedro y cada uno de los millones de mexicanos que lo escuchaban creer por 3 minutos que alguien en este mundo entendía exactamente lo que sentían.

En 1943 llegó su primer gran éxito discográfico y algo cambió para siempre, porque el pueblo mexicano no escuchó una canción, escuchó su propia vida puesta en música por alguien que la entendía desde adentro. Mientras tanto, en los estudios churubusco, Mario Moreno ya había hecho algo que muy pocos artistas mexicanos de su época lograron.

Había tomado el control. no solo de su personaje, sino de su carrera, de sus contratos, de su imagen, de cada decisión que determinaba  cómo el mundo iba a ver a Cantinflas. Porque hay algo que el público que lo amaba no veía y que sus colegas en el medio sí veían con una claridad que a veces los incomodaba. Cantinflas en pantalla.

Era el peladito, generoso, torpe, ingenioso, entrañable, el hombre del pueblo que enfrentaba al poderoso con humor y salía victorioso, no por su fuerza, sino por su astucia. El personaje que hacía sentir al mexicano común que la inteligencia del barrio valía más que todos los títulos y todos los trajes del mundo.

Mario Moreno fuera de cámara era otra cosa. Frío, calculador, reservado hasta el hermetismo.  Un hombre que medía cada palabra, que no daba nada sin saber exactamente qué iba a recibir a cambio, que construyó un imperio cinematográfico con la misma precisión quirúrgica con que Cantinflas construía sus monólogos aparentemente caóticos.

Sus colegas lo describían como difícil. Algunos usaban una palabra más dura, siniestro. No porque fuera malvado, sino porque había en él una distancia permanente, una capacidad de observar el mundo desde atrás de un vidrio que nunca nadie logró romper del todo. Detrás de Cantinflas no había un cómico inocente, había un hombre que había calculado cada paso, cada palabra, cada sonrisa.

El pueblo amaba al personaje. Nadie conocía realmente al hombre. Pedro infante era exactamente lo contrario. Lo que el público veía era  lo que había. No había distancia entre el hombre y su imagen, porque Pedro no había construido una imagen. Había dejado que su propia naturaleza se desbordara hacia afuera, sin filtros y sin cálculo.

Era generoso en público porque era generoso en privado. Era cálido con el pueblo porque era incapaz de ser de otra manera. se reía fuerte, abrazaba fuerte, quería fuerte y esa autenticidad, esa imposibilidad de ser otra cosa que lo que era fue exactamente lo que lo hizo extraordinario y exactamente lo que lo hizo vulnerable.

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