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La jaula de oro de los Zabludovsky: El trágico derrumbe del apellido más poderoso de la televisión mexicana

El hombre que inventaba la realidad todas las noches

Durante veintisiete años, hubo una voz que entraba a los hogares mexicanos cada noche sin pedir permiso. Las familias apagaban la estufa, sentaban a los niños, bajaban el volumen de las conversaciones y esperaban frente al televisor a que ese hombre de lentes impecables y traje oscuro dictara la realidad del país. Si Jacobo Zabludovsky lo decía en su noticiero 24 horas, era una verdad incuestionable; si él decidía ignorarlo, para la memoria colectiva era como si jamás hubiera ocurrido. Desde su escritorio, administraba los dolores, los triunfos y los olvidos de una nación entera.

Sin embargo, el hombre que controló el relato de todo un país no pudo controlar el destino de su propio hijo. Décadas después de alcanzar la cima absoluta del éxito y la influencia, la dinastía que parecía completamente intocable se desmoronó de la forma más dolorosa y silenciosa posible. Un apellido que abría cualquier puerta en los pasillos del poder político y empresarial terminó convertido en una carga insoportable, demostrando que los castillos construidos a la sombra del poder son tan imponentes como frágiles.

De los puestos de la Merced al trono de la opinión pública

Para entender la magnitud del imperio de Jacobo Zabludovsky, es necesario remontarse a sus orígenes. Hijo de inmigrantes judíos polacos que llegaron a México huyendo del odio europeo en 1926, Jacobo creció en el barrio de la Merced, el mercado más grande, ruidoso y competitivo de la Ciudad de México. Entre el regateo constante, el polvo y la marea de comerciantes que entendían la dura ley de la supervivencia, el joven Jacobo aprendió una lección invaluable: las palabras correctas tienen el poder de callar a los demás y abrir caminos que el dinero no puede comprar.

Estudió leyes en la Universidad Nacional Autónoma de México, pero cuando la televisión nació en el país alrededor de 1950, vio de inmediato que esa caja mágica no sería solo un entretenimiento, sino un trono desde el cual se podía moldear la percepción social. Formándose paso a paso, Jacobo diseñó y condujo los primeros espacios informativos profesionales de la nación. El 7 de septiembre de 1970 salió al aire 24 horas, marcando el inicio de un monopolio de la información que duraría casi tres décadas. La frase “lo dijo Jacobo” se convirtió en el sello definitivo de validez para millones de ciudadanos que cenaban escuchando su adicción perfecta y su tono solemne.

La maquinaria del silencio y el golpe a la disidencia

Paralelamente, el hermano mayor de Jacobo, Abraham Zabludovsky, construía un legado radicalmente distinto. Se consolidó como uno de los arquitectos más brillantes de México, edificando monumentos tangibles y duraderos en concreto y piedra, como el emblemático Museo Rufino Tamayo. Mientras el arquitecto moldeaba espacios públicos para la posteridad, el periodista moldeaba los pensamientos colectivos a través de transmisiones que se desvanecían en segundos, pero que dejaban huellas profundas e invisibles en la mente del espectador.

El México de aquellos años estaba regido por la “presidencia imperial” del Partido Revolucionario Institucional (PRI). En este contexto, la empresa Televisa operaba prácticamente como una extensión del palacio presidencial, una catedral mediática encargada de difundir el relato oficial. Jacobo, un hombre genuinamente culto, brillante y con una memoria prodigiosa capaz de entrevistar con maestría a figuras de la talla de Fidel Castro, el Che Guevara, Salvador Dalí, María Félix o Cantinflas, se convirtió en el alfil perfecto del sistema. Su verdadero poder no radicaba en mentir abiertamente, sino en administrar estratégicamente la información: cambiar el orden de las notas, reducir una tragedia nacional a un comentario breve de quince segundos o desviar la atención hacia el clima o el fútbol.

Esta maquinaria silenciosa no dudaba en aplastar a quienes amenazaran el orden establecido. Un ejemplo crudo ocurrió en el verano de 1976 con el “golpe” al periódico Excélsior, dirigido por el valiente periodista Julio Scherer García. A través de presiones gubernamentales organizadas desde la administración del presidente Luis Echeverría, Scherer fue expulsado de la dirección de la cooperativa. Crónicas y testimonios de la época, recopilados por fundadores de la emblemática revista Proceso, señalaron a Jacobo Zabludovsky como uno de los orquestadores de la campaña de desprestigio mediático que facilitó la caída del diario independiente más respetado de la época. Por cada periodista independiente que caía por negarse a callar, el sistema recompensaba la prudencia y obediencia de Jacobo con más años de gloria y protección.

La leyenda del “día soleado” y la fractura del monopolio

A pesar de su inmenso blindaje, una frase persiguió a Jacobo Zabludovsky como una condena inevitable hasta el último de sus días: “Hoy fue un día soleado”. La leyenda urbana aseguraba que con estas palabras el comunicador inició su transmisión la noche del 2 de octubre de 1968, minimizando la trágica masacre de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco para enfocarse en el clima.

Investigaciones académicas rigurosas y testimonios de contemporáneos de la industria han demostrado que en 1968 el noticiero 24 horas aún no existía, y que los guiones de los breves informativos matutinos que Jacobo conducía en esa época no contienen tal frase. Al día siguiente de la masacre, el periodista se limitó a leer con cautela las páginas de los diarios principales sin emitir opiniones personales. No obstante, el mito cobró tal fuerza en el imaginario popular porque resumía perfectamente el sentir de una sociedad herida frente a una televisión que prefería mirar hacia otro lado mientras el país sangraba. La leyenda le cobró de golpe la factura de décadas de complicidad con el silencio estatal. En la década de 1990, una nueva generación encarnada por propuestas como la banda de rock Molotov con su tema “Que no te haga bobo Jacobo”, y la llegada de competencia televisiva real con un tono más crítico, comenzaron a romper irremediablemente el monopolio de su voz.

El príncipe heredero ante el tribunal de las pantallas

En medio de este imperio en transformación creció el hijo de Jacobo, Abraham Zabludovsky Nerubay. Nacido en 1956, Abraham no era un simple heredero acomodado jugando a ser comunicador; tenía talento genuino, oficio, un tono más fresco y en 1997 ganó con mérito propio el Premio Nacional de Periodismo. Sin embargo, cargaba con la sombra monumental de un padre cuyos zapatos eran imposibles de llenar para cualquier mortal.

El verdadero calvario de Abraham comenzó cuando su nombre se vinculó con uno de los personajes más controvertidos de la política mexicana: Raúl Salinas de Gortari, hermano del expresidente Carlos Salinas. Raúl Salinas fue encarcelado en 1995 acusado de autoría intelectual de homicidio, mientras las autoridades suizas investigaban millonarias cuentas bancarias a su nombre. Durante las indagatorias comerciales de Salinas, se reveló que Abraham Zabludovsky había sido su socio en la adquisición de la empresa Mexicana de Autobuses (MASA).

En el marco de una encarnizada guerra por la audiencia entre Televisa y la naciente TV Azteca, el apellido Zabludovsky se convirtió en el blanco perfecto de los titulares. En julio de 1996, en un giro dramático del destino, el hijo del entrevistador más poderoso del país tuvo que sentarse en el banquillo de los acusados. Entrevistado por su colega Ricardo Rocha, un Abraham visiblemente nervioso, con las manos inquietas y la voz quebrada, tuvo que rogarle a millones de televidentes que creyeran en su inocencia, declarando ante las cámaras que no era “ni un pillo ni un delincuente”. En ese instante, la credibilidad monolítica de la familia se quebró. Televisa decidió retirarlo de inmediato de la conducción de su noticiero de la tarde para evitar que la imagen de la empresa se viera arrastrada por escándalos financieros. Los pasillos que antes lo adulaban se vaciaron de golpe, enseñándole la fría realidad de quienes solo son amigos del puesto y no del hombre.

La traición de la casa productora y la renuncia de un padre

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