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Pedro Infante Lloró en el Funeral de Jorge Negrete — Tres Días Después Su Secreto Salió a la Luz

El 7 de diciembre de 1953,  Ciudad de México dejó de respirar. No es una manera de hablar, es lo que pasó. Los cines apagaron las películas a  mitad de la función y encendieron las luces de la sala para decirle a la gente algo que la gente no quería escuchar. Las estaciones de radio dejaron de tocar música.

 Los locutores repetían  la misma noticia una y otra vez con una voz que no terminaba de sostenerse. Porque hay noticias que uno puede  leer en voz alta y hay noticias que se le doblan a uno en la garganta antes de llegar al final de la oración. Los mercados del centro cerraron antes de tiempo.

 Las conversaciones en las banquetas se detuvieron a mitad  de la frase: “Había muerto Jorge Negrete, el charro cantor, el hombre que había  hecho de su voz una forma de decir México sin tener que pronunciar la palabra y México no sabía cómo seguir moviéndose  después de eso.” Pedro Infante se enteró esa mañana, no por el radio,  no por los periódicos.

Se lo dijo alguien que lo conocía, alguien que llegó hasta donde estaba Pedro y se lo dijo de frente  porque había cosas que no podían llegar por otro camino. Pedro no dijo nada cuando lo supo. Eso era  lo que hacía Pedro cuando algo lo golpeaba de verdad. No gritaba, no preguntaba, no buscaba a nadie con quien  hablar.

 se quedaba quieto con el golpe adentro, como si necesitara darle  tiempo al cuerpo de entender lo que la cabeza ya sabía, pero que todavía no había terminado de creer. Conocía ese silencio desde hacía años. Lo había habitado antes. La primera vez que  lo habitó de esa manera fue cuando supo que Blanca Estela Pavón había muerto en un accidente de avión en 1949.

La misma quietud, el mismo cuerpo que no sabe dónde  ponerse, la misma sensación de que el mundo acaba de cambiar de forma y que uno  todavía está intentando recordar cómo era la forma anterior. Pero esto era diferente. Jorge no era Blanca Estela. Jorge era otra  cosa, algo más difícil de nombrar, algo que tenía que ver con el reconocimiento entre dos  hombres que han cargado el mismo tipo de peso sin habérselo pedido el uno al otro.

 Jorge  había muerto el 5 de diciembre en Los Ángeles, lejos, sin que Pedro pudiera estar ahí  en ese momento final, sin que Pedro hubiera podido decirle lo que todavía no le había dicho. Eso era lo que pesaba esa mañana. No la noticia, no el dolor  que vendría después. Lo que pesaba era lo que había quedado sin decirse en aquella habitación del hospital donde Pedro había  estado semanas antes y donde había tenido que irse antes de que el tiempo alcanzara para todo lo que necesitaba decirse. Se puso el sombrero, salió a la

calle. Afuera, Ciudad de México, ya estaba empezando  a moverse hacia el dolor de la misma manera en que los ríos se mueven hacia el mar, sin decidirlo, simplemente porque no hay otra dirección posible. Y Pedro se movió con ella. El cuerpo de Jorge  Negrete llegó desde Los Ángeles envuelto en flores y en un silencio que no era paz sino incredulidad.

Desde el  aeropuerto hasta las instalaciones de la Asociación Nacional de Actores, las calles del centro histórico eran un río humano  que nadie había convocado formalmente y que sin embargo, estaba ahí, desbordándose  de las banquetas hacia los carriles, llenando los portales y los aguanes y cualquier espacio donde cupiera un cuerpo que necesitara estar cerca de algo que ya no podía estar cerca de nadie.

 Pedro llegó temprano a  la anda antes de que llegara el ataúd. Así era Pedro. Llegaba antes a los lugares que importaban, sin anunciarse, sin el aparato de nombres y apellidos que rodeaba a las figuras grandes de aquellos años. Estaba parado entre los suyos cuando entraron los restos de Jorge y fue uno de los primeros en acercarse.

 Los que estuvieron  ahí esa mañana recuerdan su cara. No era la cara del llanto, no todavía  era la cara de los hombres que han decidido no mostrar lo que sienten porque saben que si lo muestran  algo dentro de ellos se va a romper de una manera que ya no tiene remedio. La mandíbula apretada, los ojos fijos en un punto  del aire que no era ningún punto en particular, las manos quietas a los lados con esa quietud que no es calma, sino contención.

 La diferencia entre un hombre que está tranquilo y  un hombre que está sosteniendo algo muy pesado sin que se le note en el cuerpo. Pedro conocía esa cara, la había visto en el espejo otras veces. Sabía lo que costaba mantenerla. El velorio en la anda se salió de control antes  de que nadie pudiera hacer nada para evitarlo.

 Miles de personas empujando hacia el féretro  desde las primeras horas. El olor a flores era tan denso que mareaba. Mujeres que se  desmayaban y tenían que ser sacadas en brazos mientras otras ocupaban su lugar de inmediato,  como si el espacio junto a Jorge Negrete fuera algo por lo que valía la pena caer.

 Hombres llorando sin pudor en plena calle, cosa que en el México de aquellos años  no era común, cosa que hablaba con exactitud de la dimensión de lo que se había perdido. Los granaderos hacían lo que podían.  El orden era una idea que esa mañana no encontraba donde sostenerse. Pedro cargó el ataúd, lo hizo con otros hombres  que también habían querido a Jorge y lo hizo con esa fuerza suya que no era la fuerza del que presume,  sino la del que aguanta.

 Sus manos sobre la madera oscura, sus pasos lentos y seguros  por el pasillo que la multitud abría instintivamente a su paso, porque incluso en el dolor más desbordado, la gente reconocía  a Pedro Infante y algo en ellos cambiaba cuando lo tenían cerca. como si su presencia fuera una forma de permiso para sentir lo que ya estaban sintiendo.

Afuera esperaban las calles y en las calles esperaba algo que ninguno  de los presentes había visto antes, ni volvería a ver igual. 300,000 personas. Eso dijeron los periódicos  al día siguiente. 300,000 personas siguiendo una carroza por las calles de Ciudad de México en un martes de diciembre que había amanecido frío y nublado  como si el cielo también hubiera recibido la noticia y no supiera qué hacer con ella.

 El sonido de esa procesión no era el sonido del llanto, aunque había  llanto. Era algo más grande y más continuo, un murmullo enorme como el sonido del mar, pero con una tristeza dentro que el mar no tiene. Interrumpido  cada cierto tiempo por oleadas de llanto que subían y bajaban y volvían a subir sin que nadie las dirigiera, simplemente porque el dolor de tanta gente junta tiene su  propio ritmo y su propia manera de moverse.

 Pedro iba cerca del féretro. Cerca era un concepto que esa mañana no significaba  lo mismo que en cualquier otro día. La multitud empujaba y se cerraba y se abría y volvía a empujar. En algún momento del trayecto, Pedro se encontró rodeado de gente que no  conocía, cuerpos que no eran los suyos.

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