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Los generales nazis confesaron que temían más a este ejército “improvisado” que a los soviéticos.

Los generales nazis confesaron que temían más a este ejército “improvisado” que a los soviéticos.

14 de febrero de 1943, 6 horas con30 minutos de la mañana, paso de Caserín, centro de Túz. El sargento Frank Sokolovski de Pittsburg, Pennsylvania, aprieta el rifle Garan contra su pecho. Tiene los dedos entumecidos por el frío del desierto. No es el frío que esperaba de África. Es un frío seco, cortante, que muerde los huesos.

La niebla baja se arrastra entre las rocas color óxido y entonces lo escucha primero como un trueno distante, después como un terremoto. El rugido metálico de las orugas de los pancer del décimo cuerpo acorazado alemán. El olor a diésel quemado llega antes que las siluetas. Sokolovski mira al soldado a su lado, un muchacho de Iowa de 19 años y ve algo en sus ojos.

que nunca había visto en un entrenamiento. Terror puro. En los próximos 72 minutos, la mitad de su pelotón estará muerta y el ejército de los Estados Unidos vivirá la humillación más grande de toda la Segunda Guerra Mundial. Pero esta historia no termina ahí. esta historia sobre la Segunda Guerra Mundial, sobre los generales nazis, sobre la Vermacht de Ervin Romel, sobre las tácticas militares del Frente Occidental y sobre cómo el ejército americano pasó de ser una vergüenza a convertirse en la pesadilla del tercer Rich, comienza con

una derrota y termina en mayo de 1945 en una sala de interrogatorios en Baviera, donde los generales más temidos de la historia militar alemana, los comandantes del Africa Corps, [música] los veteranos de Stalingrado, los hombres que casi conquistaron Europa confesarán algo que el alto mando aliado no esperaba.

No tenían miedo de los soviéticos, no tenían miedo de los británicos, tenían miedo de los americanos. Y esta es la historia de por qué. Para entender la dimensión de lo que ocurrió ese amanecer en Cerin, tienes que entender el desbalance en el papel. Esto debería haber sido un masacre. Y lo fue. Del lado alemán, la décima y la viera división Pancer.

Veteranos, hombres que habían cruzado el desierto bajo el mando del mariscal Ervin Romel, el zorro del desierto. Sus tanques Pancer cuarto cargaban un cañón de 75 mm largo, capaz de perforar el blindaje de cualquier vehículo aliado a más de 1000 m de [música] distancia. Sus tripulaciones tenían en promedio 3 años de combate real.

Sabían leer el terreno, sabían coordinar infantería, artillería y blindados como una sola máquina. Del lado americano, el segundo cuerpo. Sobre el papel, 18,000 hombres. En la realidad, una pesadilla logística. El mayor general Lloyd Fredendall, comandante del cuerpo, había establecido su cuartel general a 110 km del frente.

110 km en un cañón remoto donde sus ingenieros pasaron tres semanas completas dinamitando un sistema de búnkeres subterráneos en la roca. Fue la única vez en toda la guerra que el ejército de los Estados Unidos construyó fortificaciones de ese tamaño para un cuartel general por encima del nivel de división. Dw.

Eisenheruer en sus memorias publicadas años después escribió sobre Fredendall con una frialdad que no usaba para nadie más. Fredendal casi nunca visitaba el frente. Daba órdenes en un código privado que solo él y un puñado de oficiales entendían. Y los soldados en la línea, los hombres como Sokolovski, pagaron el precio.

72 horas antes del ataque alemán. El regimiento 168 de infantería recibió 450 reemplazos. Muchos de ellos jamás habían terminado el entrenamiento básico. Algunos llegaron sin rifle, sin rifle, a una línea de frente. El bazuka, la principal arma antitanque ligera de la infantería americana, llegó al frente el 12 de febrero de 1943. 48 horas antes del ataque, 48 horas para aprender a usar el arma que se suponía iba a detener a los Pancer.

La tesis de cualquier oficial alemán esa mañana habría sido simple. En el papel, esto sería un masacre. Y lo fue. A las 6 horas 30 minutos, los tanques alemanes salieron de la niebla. El teniente coronel John Wats, yerno del entonces poco conocido George S. Paton Jr. defensa avanzada. Sus tanques Sherman M3 Lee con sus cañones de baja velocidad intentaron formar una línea de fuego.

Los Pancer cuarto los destruyeron uno por uno desde fuera de su rango efectivo. El sargento Clarence Cowley, operador de radio del primer batallón blindado, transmitió un mensaje que quedó grabado [música] en los archivos del regimiento. Sus palabras, según el [música] reporte oficial archivado en el National Archives, fueron estas.

Están por todos lados. Veo 20, 30, 40 tanques. No tenemos con qué pararlos. Dios mío, no tenemos con qué pararlos. La radio se cortó. Cole fue capturado esa misma tarde. Sobreviviría a la guerra en un campo de prisioneros. Para la noche del 16 de febrero, el segundo cuerpo había perdido aproximadamente 1600 hombres, casi 100 tanques, 57 semiorugas, 29 piezas de artillería.

Los sistemas de comunicación colapsaron, unidades enteras se retiraron sin recibir órdenes. [música] El pánico llegó hasta los cuarteles de retaguardia. Soldados americanos corrían por las carreteras del desierto [música] abandonando vehículos, abandonando armas, abandonando heridos. Durante la semana siguiente, las tropas americanas retrocedieron casi 80 km en [música] confusión total.

Los pancer de Romel cruzaron el paso de Caserín el 20 de febrero, avanzando hacia las bases de suministro aliadas en Tala y Tesa. Las estadísticas finales fueron brutales. 6300 bajas americanas, menos de 1000 bajas alemanas. Los veteranos alemanes regresaron a sus posiciones esa noche con una conclusión clara.

Estos soldados aficionados del otro lado del Atlántico no eran una amenaza real. Y sin embargo, en las últimas horas de esa derrota, algo extraño comenzó a ocurrir, algo que el propio Romel, el zorro del desierto, anotaría en su diario personal con una mezcla de sorpresa y por primera vez inquietud. Pero esa parte de la historia la contamos en un momento.

El mariscal Ervin Romel no era un hombre que regalara elogios a sus enemigos y sin embargo, en sus papeles privados publicados años después de su muerte escribió una frase que sorprendió a todos los historiadores que la leyeron. El manejo táctico de la defensa enemiga fue de primera clase. Los americanos se recuperaron muy rápido del golpe inicial y lograron contener nuestro avance, concentrando reservas en el paso y en otros puntos clave.

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