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Cómo 3 Policías Vendieron su Placa para Proteger a los Chone Killers

9 minutos. Ese es el tiempo exacto que, según los manuales de procedimiento de la Unidad de Investigación de Puertos y Aeropuertos de la Policía Nacional del Ecuador, debería tomar una inspección técnica rigurosa de un contenedor de exportación. 9 minutos para que un guía canino recorra cada rincón de la carga.

Para que el ojo entrenado de un agente detecte inconsistencias en los sellos. para que la tecnología de escaneo confirme que lo que viaja al otro lado del Atlántico es efectivamente fruta exótica y no el combustible blanco que alimenta las guerras en las calles de Guayaquil y Madrid. 9 minutos que separan la ley del caos.

Sin embargo, en el puerto más caliente del Pacífico Sur, tres hombres decidieron que la seguridad de un país podía resumirse en menos de un minuto. Edison Daniel Cheche, Diego Andrés S y Ronald Fernando M. No eran novatos, no eran agentes de tránsito extorsionando por una placa vencida en una esquina polvorienta de Durán.

eran la élite, eran los ojos del estado en la primera línea de la guerra contra el narcotráfico. Pero según las investigaciones que hoy estremecen los cimientos de la institución policial, estos tres oficiales vendieron lo más sagrado que posee un uniformado, su juramento. Bienvenidos a la anatomía de una traición.

Esta no es solo la historia de un cargamento incautado, es el relato de cómo una estructura criminal con ínfulas de holding logístico logró lo impensable: poner en nómina a quienes debían casarlos. Para entender como tres policías llegaron a marcar cajas con el número siete para engañar a sus propios compañeros y a las cámaras de seguridad, primero debemos sumergirnos en el ecosistema donde germinó esta semilla.

Guayaquil, mayo de 2025. El país respira un aire denso cargado por la declaratoria de conflicto armado interno. Las calles están militarizadas. Bos puertos son zonas de guerra administrativa y el gobierno de Daniel Noboa ha puesto precio a las cabezas de los GDO, los grupos de delincuencia organizada.

En este tablero de ajedrez sangriento, los shown killers no son un peón cualquiera. Nacidos de las entrañas de los choneros, pero emancipados tras el asesinato de Jorge Luis Zambrano, alias Rasquiña. Esta banda se ha transformado en una fuerza de choque que domina el cantón Durán con una crueldad que roza lo cinematográfico. Pero su verdadero poder no está en los fusiles AR15 que lucen sus sicarios en los barrios del arbolito o la quinta etapa del recreo.

Su verdadero músculo es el dinero y es ahí en la intersección entre la ambición personal y la presión de la plata o plomo, donde personajes como Edison, Diego y Ronald entran en escena. Según el expediente fiscal del operativo Gran Fénix 23 Dragón, la caída de estos tres policías no fue un evento aislado, sino el resultado de 6 meses de una cacería silenciosa que comenzó en los puertos de España.

En agosto de 2024, la policía española interceptó en Madrid un cargamento de 165 kg de clorhidrato de cocaína. La droga no venía en bloques de carbón ni en dobles fondos de maquinaria pesada. Venía camuflada en cajas de pita. La fruta del dragón, un producto de exportación estrella que requiere una logística rápida y eficiente para no echarse a perder.

Esa necesidad de rapidez fue la grieta que los chillers utilizaron. Dígale al mayor que meta presión, que no falle. Por ahí está la mina, decía uno de los audios interceptados en un iPhone capturado meses después. Melamina no era otra cosa que el flujo constante de contenedores que salían del puerto de Guayaquil con la bendición de los tres oficiales de la WIPA.

Hablemos de los personajes, porque para entender el crimen hay que entender las psquis de quién lo comete. Edison Daniel Chechem era, para muchos de sus subordinados, un referente de disciplina. Conocía el puerto como la palma de su mano. Sabía qué cámaras tenían puntos ciegos y qué turnos eran los más permeables.

Diego Andrés S, por su parte, representaba la cara operativa de la unidad, un hombre que años después intentaría evitar la cárcel, alegando padecimientos de acné crónico y psoriasis. Una ironía trágica, considerando que su supuesta piel sensible no le impidió rozarse con lo más oscuro del ampa ecuatoriana.

Y finalmente, Ronald Fernando M. El guía canino pone aquí es donde la traición se vuelve visceral. Ronald no solo traicionó a la institución, traicionó a su compañero de cuatro patas, el animal entrenado para detectar el olor de la muerte blanca, cuya nariz fue neutralizada por el propio hombre en quien confiaba.

Juntos formaban una tríada de seguridad que los chillers compraron llave en mano. No solo compraron su silencio, compraron su autoridad. De acuerdo con la fiscalía, el modus operandi era de una sencillez insultante. No se trataba de apagar las cámaras o de asaltar el puerto. Se trataba de una coreografía perfecta coordinada con estivadores y personal de aduanas que también estaban en la nómina.

El protocolo dictaba que los perros debían inspeccionar aleatoriamente el contenedor. Sin embargo, las grabaciones de video, que hoy son la prueba reina del caso, muestran una realidad distinta. Los policías llegaban al contenedor. Un estibador, parte de la red, colocaba previamente algunas cajas en el piso, justo frente a la puerta abierta.

Estas cajas estaban marcadas con el número siete. Estaban limpias, eran el ceñuelo. Los oficiales realizaban una inspección teatral de apenas 45 segundos sobre esas cajas específicas, mientras el resto de la carga, los paquetes premiados, numerados como el 9, 10 y 11, permanecían intactos en el fondo del contenedor, protegidos por el mismo uniforme que debía denunciarlos.

En menos de un minuto, el control terminaba. El sello se colocaba, el veneno estaba en camino a Europa, que lleva a un oficial de élite a tirar por la borda décadas de servicio. Si la investigación judicial sostiene que no fue solo el soborno directo, estamos ante una captura del estado a nivel micro. En el cantón Durán, el centro de operaciones de los Chillers, bajo el mando de Julio Alberto Martínez alíbar, alias Negro Tulio, la banda había logrado infiltrar hasta los cuerpos de bomberos y la autoridad de tránsito.

Para un policía destacado en la zona 8o, la más peligrosa del país, el entorno es una olla de presión. Por un lado, tienes un sueldo estatal que apenas cubre las necesidades de una familia de clase media. Por el otro, tienes a una organización que factura millones y que te ofrece en un solo trabajo de 45 segundos, lo que ganarías en 5 años de patrullaje.

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