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72 Horas CONGELÁNDOSE — Manstein BRAMÓ ‘Stalin es COBARDE’ — Zhukov MASACRÓ 300,000 a -40°C

72 Horas CONGELÁNDOSE — Manstein BRAMÓ ‘Stalin es COBARDE’ — Zhukov MASACRÓ 300,000 a -40°C

Diciembre de 1942. El frío era un enemigo más mortífero que las balas. En las estas heladas cerca de Stalingrado, donde el termómetro marcaba 40º bajo cer, se desató una de las batallas más brutales de la Segunda Guerra Mundial. Esta es la historia del contraataque soviético que cambiaría el curso de la guerra, donde el orgullo alemán se encontró con la furia rusa y donde 300.

000 Mil hombres descubrieron que el invierno no perdona a nadie. El mariscal de campo Eric von Manstein, considerado el mejor estratega militar alemán, acababa de recibir la noticia más devastadora de su carrera. El sexto ejército alemán, comandado por Friedrich Paulus estaba atrapado en Stalingrado. Más de 250,000 soldados alemanes rodeados congelándose, muriendo de hambre.

Y Manstein sabía que tenía que hacer algo imposible. atravesar las líneas soviéticas, rescatar al ejército atrapado y demostrarle al mundo que la Bermacht aún era invencible. Pero al otro lado del frente, el general Georgi Chukov tenía otros planes. El hombre que había defendido Moscú, el estratega que Stalin consideraba su arma más letal, estaba preparando algo que los alemanes nunca vieron venir.

No era solo una batalla, era una trampa. Una trampa de acero y hielo que aplastaría a los alemanes como insectos bajo una bota. La operación anillo acababa de comenzar. Cuando Manstein llegó al cuartel general del grupo de ejércitos, Ton el 15 de diciembre, lo primero que hizo fue mirar los mapas. Las líneas rojas que representaban las fuerzas soviéticas rodeaban completamente a Stalingrado.

Era como un puño cerrado alrededor de la garganta del sexto ejército. Los oficiales alemanes le mostraron los informes. Cada día cientos de soldados morían de frío. No de balas, de frío. Sus dedos se caían, sus pies se congelaban dentro de las botas. Cuando intentaban quitarse las botas, la piel venía con ellas.

Manstein golpeó la mesa con el puño. Stalin es un cobarde, bramó ante sus oficiales. Esconde a sus hombres detrás del invierno porque sabe que no puede vencernos en combate justo. Pero les voy a demostrar que ni el frío ni su precioso Jukov pueden detener a la Vermacht alemana. Sus palabras resonaron en el cuartel.

Los oficiales asintieron, pero en el fondo algunos sabían la verdad. No estaban peleando solo contra los soviéticos, estaban peleando contra el general invierno y ese general nunca había perdido una batalla en suelo ruso. Manstein diseñó la operación tormenta de invierno. El plan era brillante en su simplicidad.

El cuarto ejército Pancer, comandado por Germann H, lanzaría un ataque directo hacia Stalingrado desde el suroeste. Atravesarían las líneas soviéticas como una lanza atraviesa carne. 50 km. Solo 50 km separaban a Jot, del sexto ejército atrapado. 50 km entre la vida y la muerte, de 250,000 hombres. El 12 de diciembre, los tanques alemanes comenzaron a avanzar.

El rugido de los motores perforaba el silencio helado de la estepa. Los pancer cuarto y los Tiger avanzaban como monstruos de acero, aplastando la nieve bajo sus orugas. Los soldados alemanes, con sus uniformes grises cubiertos de escarcha, gritaban consignas mientras avanzaban. Creían en la victoria. Creían en Manstein. Pero Chukov estaba esperando.

En el cuartel general soviético, a cientos de kilómetros de distancia, Chukov estudiaba los mismos mapas que Manstein. Pero él veía algo diferente. Donde Manstein veía una oportunidad, Jukov veía una tumba. Sonríó. Era una sonrisa fría, tan fría como el invierno que los rodeaba. “Déjenlos venir”, dijo a sus generales. “Déjenlos avanzar.

Cada kilómetro que avancen será un kilómetro más lejos de su salvación. Y cuando estén exhaustos, cuando hayan gastado su último tanque de combustible y su última bala, entonces los aplastaremos.” Yukov había posicionado al segundo ejército de la guardia directamente en el camino de Jot.

Más de 100,000 soldados soviéticos con órdenes de resistir hasta el último hombre. No debían retroceder, no debían rendirse, debían sangrar a los alemanes, hacer que cada metro de avance costara sangre alemana. El 1tercer día de diciembre, las fuerzas alemanas chocaron contra las defensas soviéticas en el río Mishkova.

Fue como chocar contra un muro de acero. Los tanques soviéticos T34 surgieron de posiciones ocultas. Disparando a quemarropa contra los páncers alemanes. El cielo se iluminó con explosiones naranjas que contrastaban contra la blancura infinita de la nieve. Los soldados alemanes luchaban como demonios. Avanzaban bajo fuego de artillería que convertía la nieve en geiseres negros de tierra y hielo.

Pero por cada metro que avanzaban, los soviéticos los hacían pagar con sangre. Los cadáveres se acumulaban en la nieve, congelándose en poses retorcidas como estatuas grotescas de una galería del horror y el frío, el maldito frío. Los soldados alemanes no estaban preparados para esto. Sus uniformes habían sido diseñados para el clima templado de Europa occidental, no para el infierno congelado de Rusia.

Los motores de los tanques se negaban a arrancar. El aceite se volvía espeso como melaza. Las armas se atascaban. Los hombres temblaban tan violentamente que no podían apuntar sus rifles. En Stalingrado, el sexto ejército esperaba. Cada día llegaban mensajes por radio de Manstein. Resistad. La ayuda está en camino. Pronto estaréis libres.

Pero cada día que pasaba más hombres morían, no de balas rusas, de hambre, de frío, de desesperación. Los soldados alemanes atrapados en Stalingrado comían a los caballos. Cuando se acabaron los caballos, comían ratas. Cuando se acabaron las ratas, algunos susurraban sobre cosas impensables, pero nadie hablaba de eso en voz alta.

El honor alemán no permitía tales palabras. Friedrich Paulus, el comandante del sexto ejército, enviaba mensajes desesperados a Manstein. Necesitamos romper el cerco. Necesitamos intentar salir. Pero Hitler había dado órdenes directas. El sexto ejército debía mantener stalingrado a toda costa. No había retirada, solo resistencia hasta la muerte.

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