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Marlene Dietrich: La Mujer Más Deseada del Mundo… que se Escondió para No Envejecer

fue el rostro más deseado del siglo XX, la mujer con la que millones de hombres soñaban y a la que millones de mujeres querían parecerse. Y pasó los últimos 15 años de su vida encerrada en la oscuridad, prohibiendo que cualquiera la viera, ni una foto, ni una visita, ni un solo testigo de cómo envejecía la diosa.

Esta es la historia de la mujer que se convirtió en leyenda y a la que esa misma leyenda terminó por enterrar en vida. París, un departamento en silencio en el número 12 de la avenida Montain. Las cortinas están corridas en pleno día. La luz no entra desde hace años porque ella no quiere que entre. Dentro de ese cuarto en penumbra hay una mujer acostada que el mundo entero cree conocer y a la que nadie ha visto de verdad en muchísimo tiempo.

Sobre la mesa de noche, un teléfono es su único cordón con el planeta. Llama a Nueva York, a Hollywood, a Berlín. Habla durante horas con presidentes, con escritores, con viejos amores que todavía siguen vivos. Su voz sigue siendo la de siempre, grave, envolvente, inconfundible. Esa voz que sedujo a generaciones enteras no ha envejecido un solo día, pero su cuerpo sí y eso es lo único que ella no está dispuesta a que nadie vea.

Cuando alguien le suplica una visita dice que no. Cuando un fotógrafo ofrece una fortuna por una sola imagen, dice que no. Cuando le proponen sentarse frente a una cámara, su respuesta es siempre la misma. Ella ya no existe en imágenes. A partir de ahora existe solo en la memoria, en las películas viejas, en las fotos en blanco y negro, donde es eternamente joven.

Decidió que la diosa nunca tendría arrugas. En las paredes de ese cuarto cuelgan fotos de la mujer que fue. Una mujer joven, deslumbrante, de pómulos imposibles y mirada de diosa. Ella las mira desde la cama. Esa de las fotos es la verdadera Marlin Detrick, la única que el mundo tiene permitido recordar.

La otra, la de carne y hueso que respira en la penumbra, no le interesa a nadie, ni siquiera quizás a ella misma. Quienes la oían por teléfono contaban que reía, que recordaba, que a veces tarareaba unas pocas notas y que después colgaba y regresaba al silencio de su cuarto cerrado con llave. Así vivió sus últimos años la mujer que había sido la más fotografiada del mundo, voluntariamente invisible, prisionera de su propio mito, cuidando hasta el último día la imagen de una belleza que ya no le pertenecía.

¿Cómo se llega a algo así? Como una de las mujeres más libres y más valientes del siglo termina escondida en la sombra, aterrada de su propio reflejo. Para entenderlo, hay que volver al principio. A una niña de Berlín que soñaba con un violín. 27 de diciembre de 1901. En el barrio de Schoneberg, en Berlín nace una niña a la que llaman Marie Magdalen.

Su padre es oficial de policía, un hombre de uniforme, de botas lustradas y de órdenes que no se discuten. Su madre proviene de una familia acomodada de relojeros y joyeros, gente para la que la disciplina no es una virtud, sino una obligación. En esa casa no se llora en público, no se levanta la voz, no se muestra el cansancio ni el miedo.

Hay una palabra alemana que la madre repite como un mandamiento. Haltum con compostura. Mantenerse erguida pase lo que pase. Esa lección acompañará a la niña hasta el último día de su vida, incluso cuando la vida le pida exactamente lo contrario. Marie Magdalen tiene apenas unos años cuando su padre muere.

La casa se vuelve aún más severa, aún más callada. La madre cría sola a sus dos hijas con mano de hierro y una ternura que casi nunca se permite mostrar. La pequeña aprende pronto que el cariño es algo que se gana con buena conducta, no algo que se regala porque sí, y aprende otra cosa más profunda y más peligrosa, que para que la quieran hay que ser perfecta.

Crece rodeada de normas, la espalda recta, las manos quietas, el idioma cuidado. La madre le exige francés e inglés, además del alemán. modales impecables, notas excelentes. No hay margen para el desorden ni para la flaqueza. La niña obedece, pero por dentro arde algo que esa casa jamás podrá domesticar del todo.

Una voluntad feroz, terca, hambrienta de algo más grande que aquellas paredes. Hay una escena que se repite 100 veces en aquella casa. La niña de pie, muy recta, con un libro sobre la cabeza para corregir la postura. La madre observándola desde un rincón sin sonreír y una frase que vuelve una y otra vez, dicha con voz calmada y firme, como quien recita una ley natural, con postura, Marlen, siempre con postura.

Una dama no se derrumba. Una dama no se queja. Una dama se mantiene en pie, aunque el mundo entero se incendie a su alrededor. Esa frase se le grabó en los huesos. No la abandonaría jamás, ni en sus horas más altas ni en sus horas más oscuras. La música se vuelve su refugio y su pasión. Estudia violín con una devoción casi religiosa.

Pasa horas frente a la tril repitiendo las mismas escalas hasta que los dedos le duelen. Soñando con los grandes auditorios, imaginándose como una virtuosa de los conciertos. No quiere ser actriz, no piensa en el cine. Su sueño es la sala de conciertos, el arco sobre las cuerdas, el silencio del público antes de la primera nota, el aplauso después.

A los 11 o 12 años hace algo que dice mucho de quién va a hacer. Toma sus dos nombres, Marie y Magdalen, los junta y los funde en uno solo. Marlen, nadie se lo pidió. Lo decidió ella antes de ser una estrella. Antes de ser un mito, antes de que el mundo conociera su cara, esa niña ya se había inventado a sí misma un nombre nuevo.

Ya estaba creando al personaje que un día sería suyo. Mientras tanto, el mundo a su alrededor se incendia, estalla la Primera Guerra Mundial. Alemania se hunde en el horror de las trincheras. Su padrastro, un oficial del ejército con el que su madre se había vuelto a casar, parte al frente y un día llega el telegrama que toda familia teme, no vuelve.

La adolescente crece entre la escasez, el hambre y los nombres de los muertos que se acumulan en cada calle del barrio. Berlín se vacía de hombres y se llena de viudas. Las despensas se vacían, el pan escasea. La niña que practicaba violín en una casa ordenada aprende lo que significa que un mundo entero se derrumbe. Cuando la guerra termina, en 1918, su país está derrotado, humillado y arruinado. El imperio ha caído.

Las calles están llenas de soldados rotos y de banderas que ya no significan nada. Pero el sueño del violín sigue intacto entre las ruinas. Hasta que un día sin aviso se rompe una lesión en la muñeca, según se cuenta, termina con todo. La mano que debía sostener el arco ya no responde como antes.

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