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EL APACHE CON CICATRICES PIDIÓ ESPOSA… TODAS HUYERON AL VERLO, HASTA QUE UNA OBESA SE QUEDÓ

Todos en el pueblo le temían por sus cicatrices. Las mujeres huían sin mirarlo a los ojos. Pero ella, ella no corrió y ese día nada volvió a ser igual. Había mañanas en San Isidro del Monte que parecían  pintadas con calma. El sol nacía despacio sobre los pinos. El río bajaba manso entre las piedras y las gallinas del mercado cacareaban como si el mundo entero fuera un lugar tranquilo.

  Era un pueblo pequeño, de esos donde todo el mundo sabe el nombre del otro, donde las noticias vuelan más rápido que el viento de octubre y donde el juicio ajeno pesa más que cualquier carga que uno pueda cargar sobre los hombros. Ese martes de septiembre de 1881, sin embargo, San Isidro amaneció diferente.

 Desde antes del Alba,  don Primitivo Casillas, el hombre más influyente del pueblo, el dueño  de las tierras más fértiles y de la única tienda de abarrotes, había mandado llamar a los principales del lugar.  se reunieron en el portal de la presidencia municipal con los sombreros en la mano y las cejas fruncidas, hablando en voz baja como si tuvieran miedo de que el aire mismo los escuchara.

 La razón era sencilla de explicar,  pero difícil de digerir. Tadeo, cielo roto. El hombre apache que desde hacía tres años vivía en los límites del territorio, en una cabaña que él mismo había construido con sus propias manos entre los frondosos árboles,  había pedido al consejo del pueblo una sola cosa.

 Quería una esposa,  no cualquier esposa. quería una mujer del pueblo, una mujer que quisiera acompañarlo, que fuera honesta, trabajadora  y que tuviera corazón verdadero. Eso había dicho él con esa forma suya de hablar pausada, mirando a los ojos sin parpadear, como si cada palabra que salía de su boca llevara  un peso que él mismo había medido antes de pronunciarla.

 Don primitivo torció la boca cuando lo escuchó,  pero callarse del todo tampoco podía, porque Tadeo era conocido en toda la región como un hombre de honor. Había ayudado a rescatar a tres familias cuando el desbordamiento del río arrasó sus cosechas. Había devuelto caballos perdidos sin pedir nada a cambio y nadie jamás podía señalarlo con el dedo acusando algo que no fuera digno.

 era a su manera silenciosa y solitaria  un hombre recto, pero era apache y tenía esas marcas en el rostro y en los brazos. Nadie en el pueblo sabía exactamente de dónde venían esas marcas. Algunos decían que eran señales de su pueblo, trazos espirituales que los mayores de su comunidad dibujaban sobre los jóvenes como una forma de protección y de identidad, como una oración grabada en la piel.

 Otros, los más maliciosos, inventaban historias oscuras sin ningún fundamento, como suele pasar en los lugares donde el miedo se disfraza de  curiosidad. Lo cierto era que nadie se había acercado lo suficiente atadeo para preguntarle, porque desde que llegó al territorio, la gente de San Isidro había preferido mantener distancia y esa distancia con el tiempo se había convertido en muralla.

 Esa mañana, don Primitivo convocó a las mujeres solteras del pueblo en la plaza central. No lo hizo con gentileza, lo hizo como quien convoca a una obligación. Con esa autoridad suya de hombre acostumbrado a que nadie le dijera que no, se corrió la voz entre las familias. Y para el mediodía, bajo la sombra escasa de Los álamos, había un grupo de ocho mujeres esperando.

 Algunas habían venido empujadas por sus madres, otras simplemente por curiosidad. Ninguna,  absolutamente ninguna, lo había hecho con el corazón abierto. Tadeo llegó a caballo poco después del mediodía.  Cuando dobló la esquina del camino y entró a la plaza, el silencio cayó de golpe sobre el lugar.

 Era impresionante, hay que decirlo. Alto como pocos hombres en ese pueblo, con los hombros anchos y el porte de alguien que ha vivido entre árboles y cielos abiertos. Llevaba el cabello negro suelto hasta los hombros, con dos trenzas delgadas a los lados, adornadas con pequeñas cuentas de turquesa. Su ropa era sencilla, un chaleco de cuero gastado, una camisa de tela gruesa, pantalón oscuro y botas que habían recorrido muchos caminos.

 Al costado de la silla colgaba un rifle,  no como amenaza, sino como parte de su vida cotidiana, igual que cualquier hombre del campo de esa época. Pero lo que la gente no podía dejar de ver eran las marcas. En su frente, en sus mejillas, en sus antebrazos, había líneas delgadas y curvas que formaban algo parecido a un lenguaje que nadie del pueblo entendía. No eran feas.

 De hecho, si uno las miraba sin miedo, tenían algo desagrado, algo que hablaba de pertenencia, de historia, de una identidad que había sobrevivido el tiempo.  Pero el pueblo de San Isidro no miraba sin miedo. El pueblo de San Isidro  miraba con el corazón cerrado. La primera mujer se fue sin decir una sola palabra.

 Simplemente dio media vuelta,  recogió sus faldas y caminó de regreso a su casa con pasos rápidos. Su madre, que la esperaba en la esquina, tuvo que trotar para alcanzarla. La segunda hizo lo mismo, pero alcanzó a murmurar algo al oído de su vecina antes de irse, algo que provocó una risa nerviosa y un gesto de desprecio que Tadeo no vio, o sí lo vio,  eligió ignorar.

La tercera y la cuarta se fueron juntas, agarradas del brazo, como si la compañía de otra persona pudiera amortiguar la vergüenza de lo que estaban haciendo. Tadeo no se movió de su lugar,  permaneció a caballo, erguido, con la mirada al frente. No suplicó, no llamó a nadie, no hizo ningún gesto que pudiera interpretarse como desesperación.

 tenía la serenidad de los hombres que han aprendido a vivir con el rechazo sin dejar que ese rechazo les arranque la dignidad. Pero en algún lugar detrás de esos ojos oscuros  y quietos, había algo que dolía, algo que ninguna de las personas presentes fue capaz de ver, porque estaban demasiado ocupadas mirando sus cicatrices.

 Don primitivo se aclaró la garganta. Dos mujeres más se retiraron. Quedaban solamente dos. Una era Florinda Palomares, hija de un ranchero venido a menos, quien se quedó por orgullo propio, más que por interés genuino.  Miró a Tadeo de arriba a abajo con esa expresión de quien evalúa una compra en el mercado.

 Arrugó la nariz de manera que todos pudieron notarlo y, sin pronunciar palabra alguna, recogió su bolso y se marchó caminando despacio,  como queriendo dejar claro que ella se iba porque quería, no porque tuviera miedo.  Y así, en cuestión de minutos, la plaza quedó casi vacía,  casi, porque había una mujer que todavía no se había ido.

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