El instinto más primario y natural del ser humano es, o al menos debería ser, la protección de sus crías. La sociedad entera se erige sobre la premisa fundamental de que los niños son criaturas vulnerables que requieren de un entorno seguro, lleno de amor y cuidados para poder desarrollarse plena y saludablemente. Sin embargo, de vez en cuando, el tejido mismo de nuestra humanidad se rasga de la forma más violenta posible, dejando al descubierto historias tan oscuras y perturbadoras que desafían cualquier intento de comprensión lógica. Historias donde los hogares, lejos de ser cálidos refugios, se convierten en prisiones de máxima seguridad, y donde las figuras de autoridad se transforman en los peores y más temibles monstruos. Este es el escalofriante y desgarrador caso de Paula Andrea Salazar Bermúdez, una pequeña niña venezolana de tan solo cuatro años cuya vida fue arrebatada en Ecuador, no por una enfermedad fulminante ni por un accidente fortuito, sino por la crueldad sistemática, el sadismo y la escalofriante negligencia de quienes tenían el deber sagrado de amarla. Su historia es un amargo recordatorio de las fatales fallas de los sistemas de protección infantil, de los inmensos peligros que se ocultan tras las puertas cerradas y de la incansable lucha de un padre que, enfrentándose a un mundo paralizado por una pandemia mundial, movió cielo y tierra para desenmascarar a los verdugos de su pequeña.
La historia de la dulce Paula comienza el 6 de septiembre del año 2015 en Venezuela, un país que ya para entonces se encontraba sumido en una profunda y compleja crisis económica, política y social que asfixiaba a millones de ciudadanos. Sus padres, Andreína Bermúdez Millán, oriunda de la ciudad de Maturín en el estado Monagas, y Leonardo Salazar, proveniente de Tucupita, en el estado Delta Amacuro, celebraron la llegada de su primera y única hija en medio de un panorama lleno de inmensa incertidumbre. Como tantas otras familias sudamericanas asediadas por la hiperinflación, la severa escasez de alimentos básicos y la total falta de oportunidades de crecimiento, los padres de Paula, movidos por un instinto de supervivencia inquebrantable y el deseo ferviente de ofrecerle un futuro próspero y digno a su hija, tomaron la drástica determinación de abandonar su patria y emigrar a Ecuador en septiembre del año 2016. Para ese momento, la pequeña Paula apenas acababa de cumplir su primer añito de vida.
Sabemos muy bien que la migración forzada es un proceso sumamente traumático que pone a prueba incluso a los vínculos afectivos más fuertes y consolidados, y la relación matrimonial de Andreína y Leonardo no fue la excepción a esta dolorosa regla. La cruda realidad de intentar instalarse de cero en un país extranjero, específicamente en la fría y agitada ciudad de Quito, comenzó a pasarles factura de manera muy rápida. A la sofocante presión económica diaria se le sumaba un obstáculo de gran magnitud: Leonardo padecía de una discapacidad permanente en su brazo izquierdo, lamentable secuela de un grave accidente de motocicleta que había sufrido durante su juventud. Esta limitación física evidente le dificultó enormemente la tarea de conseguir un empleo estable y bien remunerado en la capital ecuatoriana, lo que incrementó drásticamente la frustración y la tensión dentro del núcleo familiar. La situación se volvió tan insostenible que, apenas un poco más de un mes después de haber pisado suelo ecuatoriano, la inestabilidad y los reclamos detonaron la separación definitiva de la pareja.
Tras la dolorosa ruptura, Andreína tomó la decisión de abandonar Quito y mudarse a la ciudad de Cuenca llevándose consigo a la bebé. El plan inicial era refugiarse temporalmente en la casa de la madre de su mejor amiga mientras lograba conseguir un empleo decente y lograba estabilizarse económicamente. Durante este crítico período, la comunicación entre Andreína y Leonardo se volvió cada vez más esporádica, distante y sumamente fría. Posteriormente, Andreína se comunicó para informarle a su expareja que había logrado conseguir un trabajo en una finca productora ubicada en la localidad de Tabacundo. Por su parte, Leonardo, sintiéndose completamente derrotado por la implacable falta de oportunidades y la impotencia de no poder mantener a su familia en Ecuador, tomó la amarga decisión de retornar a su natal Tucupita en Venezuela. Su objetivo era reagruparse para luego emprender un nuevo e incierto viaje migratorio, esta vez hacia la isla caribeña de Trinidad y Tobago, siempre albergando la esperanza de poder enviar el sustento económico desde allí para el cuidado de su hija. Lo que Leonardo Salazar jamás llegó a imaginar en sus peores pesadillas fue que su inevitable partida marcaría el inicio del aislamiento absoluto de su hija y el comienzo de su trágico calvario hacia la muerte.
El destino de Paula dio un giro siniestro y definitivo cuando su madre, ya instalada y laborando en la finca de Tabacundo, inició rápidamente una relación sentimental con el propietario del lugar: un hombre ecuatoriano que gozaba de una buena posición económica llamado Washington Andrés Aymara. Para Andreína, este hombre representaba la materialización de la ansiada estabilidad financiera, la seguridad perpetua de un techo y el fin de todas sus penurias como madre soltera migrante. Sin embargo, para la pequeña Paula, quien tenía apenas cerca de un año y medio cuando se mudó definitivamente para convivir bajo el mismo techo con la nueva pareja, la llegada de Andrés a su frágil existencia significó la entrada directa y sin retorno a un infierno terrenal.
La ya frágil dinámica familiar se fracturó por completo y para siempre, especialmente tras el 7 de abril del año 2019, fecha en la cual Andreína dio a luz a un niño varón, fruto exclusivo de su relación amorosa con Andrés. Mientras el nuevo bebé de la casa era recibido con pomposas celebraciones, regalos, mimos inagotables y se convertía en el centro absoluto del universo de la nueva pareja, Paula fue cruelmente desplazada, ignorada y rechazada de la manera más inhumana posible. Los desgarradores testimonios posteriores revelados por allegados, amistades cercanas y conocidos de la familia pintaron un panorama absolutamente desolador y escalofriante: Paula había dejado de ser la niña alegre, curiosa y vivaz que alguna vez fue, para convertirse trágicamente en una criatura sumamente retraída, dolorosamente tímida, reprimida emocionalmente y consumida de manera constante por el pánico.
El aborrecible nivel de maltrato físico y psicológico al que fue sometida de manera diaria desafía toda comprensión y empatía humana. A la tierna e indefensa edad de dos años, una etapa en la que un infante apenas está dando sus primeros pasos seguros y aprendiendo a formular oraciones completas, Paula era obligada despiadadamente a realizar extenuantes tareas domésticas propias de un adulto. Andreína, escudándose bajo la patética excusa de querer dormir hasta más tarde en las mañanas o simplemente por una aborrecible apatía y pereza maternal, le exigía a base de gritos y amenazas a la pequeña que se preparara con sus propias manos su desayuno y posteriormente su cena. Múltiples testigos relataron con horror e indignación cómo la diminuta niña de dos años era obligada a manipular la pesada puerta de un horno caliente, poniendo en grave e inminente riesgo su propia vida a diario para poder alimentarse. Además de la explotación, se le impuso un castigo psicológico de aislamiento devastador: la obligaban por la fuerza a dormir completamente sola en una inmensa cama tamaño Queen, la cual ella misma, con sus manitos, debía tender y arreglar a la perfección cada mañana. Si la niña rompía a llorar a gritos en medio de la oscura noche, asustada por las intensas pesadillas infantiles y el insomnio crónico que le provocaba vivir en ese entorno hostil, nadie acudía jamás a consolarla ni a brindarle protección.
Pero la severa negligencia era apenas la punta del iceberg de este horror. La violencia física extrema era una constante macabra en su día a día. Paula misma, en un grito desesperado de ayuda, llegó a confesar en sus muy limitadas palabras infantiles que su propia madre y su padrastro la golpeaban severamente y sin piedad “porque se portaba mal”. Hablaba con un terror paralizante en la mirada sobre una aterradora vez en que Andrés la tomó bruscamente y estrelló su pequeña cabeza directamente contra la dura pared. Para la inocente Paula, su padrastro no era una figura paterna sustituta, no era un proveedor ni un protector; era, según sus propias, claras y aterradoras palabras, “el monstruo”. Andreína, en lugar de interponerse como un escudo humano para proteger a su cría de la agresión, se convirtió en una cómplice activa, fría y ejecutora de estos crueles abusos. Ella permitía y participaba directamente en la tortura física y emocional de su hija primogénita simplemente para no incomodar ni hacer enojar a su nueva pareja, preservando de esta retorcida manera su cómodo y resuelto estilo de vida económico.
El profundo sufrimiento de un niño rara vez pasa completamente desapercibido si hay adultos mínimamente atentos a su alrededor, y el trágico caso de Paula no fue la excepción. En la modesta escuelita a la que asistía, la pequeña sencillamente no podía ocultar las evidentes huellas físicas y las devastadoras secuelas emocionales de su martirio diario. De manera constante y frente a todos, la niña se quejaba de fuertes e insoportables dolores en la zona de la espalda y en ambas piernas, llegando a llorar de pura impotencia porque le resultaba físicamente imposible caminar con normalidad para jugar con sus compañeros. Las maestras del recinto escolar, profundamente alarmadas por las quejas recurrentes de la niña y por los innegables y múltiples moretones que marcaban su frágil anatomía infantil, decidieron actuar de oficio y la llevaron con urgencia a un centro de salud cercano para una evaluación pediátrica exhaustiva.
El contundente diagnóstico médico no hizo más que confirmar los peores y más sombríos temores de las educadoras: Paula estaba siendo víctima activa y continua de un gravísimo cuadro de maltrato infantil severo. De manera inmediata, se activaron los protocolos de rigor y se dio aviso formal a la Dirección Nacional de Policía Especializada para Niños, Niñas y Adolescentes (DINAPEN) de la República del Ecuador. Las autoridades estatales iniciaron un rápido proceso de investigación y, como medida cautelar obligatoria de protección al menor, el 16 de octubre de 2019, Paula fue retirada temporalmente del entorno abusivo en la finca y entregada en custodia provisional a su tío materno, Emilio Bermúdez. Durante un breve lapso, pareció que, por fin, el sistema institucional había funcionado como dictaba la ley y que la dulce niña estaba finalmente a salvo del horror.
Sin embargo, la pesada burocracia, la evidente incompetencia institucional y la manipulación perversa, calculadora y manipuladora de Andreína tejieron rápidamente una trampa mortal perfecta. La primera audiencia legal del caso, pautada por los tribunales para el 4 de diciembre de 2019, fracasó estrepitosamente porque las maestras denunciantes nunca se presentaron a testificar. Ante este vacío, se reprogramó una segunda audiencia decisiva para el 27 de febrero de 2020, a la cual, de manera trágica y sospechosa, tampoco asistió ninguna de las educadoras. Las firmes sospechas sobre estas inexplicables ausencias apuntan de manera directa a que Andreína utilizó su ventajosa posición, su labia y los recursos económicos de su pareja para sobornar, amenazar o manipular psicológicamente a las maestras, logrando convencerlas hábilmente de que la niña en realidad padecía de extraños trastornos psicológicos psiquiátricos que la llevaban a autolesionarse compulsivamente para llamar desesperadamente la atención ante los celos por su nuevo hermano. Ante la absoluta falta de testimonios incriminatorios de primera mano y el inaceptable desinterés de las autoridades de la DINAPEN por darle un seguimiento real, exhaustivo y humano al bienestar de la menor, el frío sistema judicial desestimó de golpe todas las gravísimas acusaciones de maltrato.
Para agravar esta cadena de horrores, se descubrió mucho más tarde que la medida cautelar de protección entregada al tío nunca se cumplió a cabalidad en ningún momento. Paula en realidad pasaba la mayor parte del día encerrada en la casa de sus verdugos en Tabacundo y solo algunas noches esporádicas acudía a dormir al hogar de su tío. Finalmente, tras el vergonzoso cierre del caso por parte de la inoperante DINAPEN, la niña fue devuelta de manera oficial y legal directamente a las mortales garras de su despiadada madre y su sádico padrastro. El inmenso sistema de protección del estado, diseñado específicamente para ser su máximo escudo protector frente a los monstruos, se convirtió por inacción en su principal verdugo indirecto. Exactamente un mes después de esa fatídica segunda audiencia legal, la pequeña Paula encontró una muerte atroz.
El 27 de marzo de 2020 es una fecha fatídica que quedará marcada para siempre en los registros policiales por la brutalidad salvaje y el cinismo extremo de sus perpetradores. Ese día en particular, el mundo entero se encontraba atónito y prácticamente paralizado, asimilando con terror los primeros y devastadores impactos de la cuarentena estricta por la pandemia global de COVID-19. Mientras las calles se vaciaban, en el oscuro interior de la finca de Tabacundo, se estaba perpetrando con total impunidad un crimen de una crueldad atroz.
Según la fabricada e inverosímil versión oficial inicial proporcionada con frialdad por Andrés Aymara a la policía, él salió tranquilamente en su vehículo particular junto a la pequeña Paula con dirección hacia una cercana florícola. Durante el supuesto trayecto, aseguró sin inmutarse que la niña comenzó repentinamente a sentirse muy mareada y a experimentar intensas náuseas. Supuestamente, para atender la emergencia, se detuvo de prisa en un pequeño baño público para que ella pudiera vomitar y aliviarse. Andrés relató sin pestañear que, mientras la niña pequeña vomitaba con dificultad en el inodoro, él tomó la irresponsable decisión de dejarla completamente sola por un momento para salir al auto a buscar ropa limpia, ya que argumentó que se había ensuciado la ropa. Al regresar al lugar de los hechos, afirmó haber encontrado de pronto una escena dantesca y trágica: Paula yacía inconsciente con su cabecita sumergida de lleno dentro del agua de la taza del inodoro. Según su frío y ensayado relato, le aplicó diversas maniobras de reanimación cardiopulmonar (RCP) sin éxito alguno durante unos desesperantes veinte minutos antes de tomar la decisión de trasladarla a toda velocidad de urgencia al área de emergencias del hospital local de Tabacundo.
El inerte cuerpecito de Paula ingresó al centro médico completamente sin signos vitales. Los experimentados médicos de guardia, rigurosamente entrenados para detectar anomalías e inconsistencias en salas de trauma, notaron de manera casi inmediata que la absurda historia del ahogamiento accidental en la taza de un inodoro no encajaba en lo absoluto con el lamentable estado del cadáver que tenían frente a sus ojos. El frágil cuerpo sin vida de la niña de cuatro años presentaba a simple vista múltiples y extraños hematomas y graves lesiones visibles tanto en el rostro como en el torso, marcas contundentes que no correspondían bajo ninguna circunstancia a una simple caída de rodillas o a un cuadro clásico de asfixia mecánica por inmersión en agua. Cumpliendo estrictamente con el riguroso protocolo legal dictaminado por las leyes de Ecuador, el cual exige obligatoriamente la retención inmediata de cualquier persona que no sea el padre biológico o el representante legal directo y que ingrese cargando a un menor de edad fallecido de manera dudosa, las autoridades policiales de la localidad fueron notificadas de inmediato y el sujeto Andrés Aymara fue detenido en el acto para abrir averiguaciones.
La exhaustiva autopsia forense realizada posteriormente destrozó por completo y en cuestión de horas la endeble coartada de ahogamiento del padrastro, revelando ante los ojos de la ciencia la verdadera y nauseabunda magnitud del infierno terrenal en el que vivía secuestrada la pequeña. En primer lugar, la avanzada rigidez cadavérica y los minuciosos análisis forenses determinaron sin margen de error que Paula tenía ya aproximadamente 24 horas de haber fallecido, desmintiendo de manera categórica, científica e innegable la falsa historia del vómito reciente en la carretera y las maniobras de RCP aplicadas 20 minutos antes. Pero lo más horripilante, repulsivo y desgarrador fue el inventario médico de enormes daños hallados en su interior: la forense certificó con espanto que casi la totalidad de los discos de su diminuta y frágil columna vertebral estaban violentamente desprendidos. Presentaba además múltiples costillas fracturadas, varias de ellas con evidentes callosidades óseas ya formadas, lo que evidenciaba claramente fracturas óseas muy antiguas que habían sanado por sí solas con el paso del doloroso tiempo, sin haber recibido jamás ningún tipo de atención médica profesional. Su pálida piel estaba cubierta a lo largo y ancho de perturbadores “estigmas ungueales” (marcas claras de uñas de un adulto profundamente clavadas en la carne para sujetarla por la fuerza), severos hematomas, inmensas laceraciones y hondas cicatrices en el área del cráneo, las cuales parecían sin duda haber sido producidas deliberadamente por fuertes y continuos impactos con varios objetos contundentes de gran peso. Sus pulmoncitos mostraban evidentes derrames, y como si la tortura física no fuera suficiente, la pequeña sufría de un alarmante estado clínico de desnutrición crónica, evidenciando un grave déficit de crecimiento y escasez de minerales esenciales para la vida.
Para el horror de los investigadores, la causa final y directa del fallecimiento de la inocente no fue en absoluto un ahogamiento ni un problema pulmonar. La pequeña Paula murió lenta y agónicamente a causa de una profunda y severa laceración en la pared del intestino grueso, herida letal producto de un trauma abdominal cerrado extremadamente violento (como una fuerte patada o un puñetazo contundente). Esta herida interna catastrófica, al no recibir tratamiento quirúrgico de urgencia, generó rápidamente una infección bacteriana masiva en su abdomen que evolucionó inexorablemente a una dolorosa sepsis generalizada. Paula agonizó de forma cruel durante interminables horas, retorciéndose y sufriendo un dolor punzante e inimaginable, mientras sus fríos cuidadores, movidos por un sadismo espeluznante y una negligencia absoluta, se negaron rotundamente a llevarla de inmediato a un hospital para salvar su efímera vida, prefiriendo dejarla morir para encubrir la brutal agresión.
Mientras el frío cuerpo de la maltratada Paula reposaba tristemente en la plancha metálica de la morgue, su propia madre biológica, Andreína, puso en marcha de inmediato un plan maestro de encubrimiento verdaderamente macabro y despreciable. Aprovechando sin pudor el inmenso caos informativo, el pánico y la desinformación generalizada que había sido generada por los primeros y oscuros días de la cuarentena estricta a nivel mundial, la mujer intentó ocultar desesperadamente el asesinato brutal alegando a su familia en Venezuela que la pobre niña había fallecido súbitamente por severas complicaciones respiratorias asociadas directamente al contagio del virus del COVID-19.
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El padre biológico de la menor, Leonardo Salazar, se encontraba trabajando arduamente a miles de kilómetros de distancia geográfica, específicamente en la aislada isla de Trinidad y Tobago. Desde el mismo instante en que Andreína inició su próspera relación amorosa con el adinerado Andrés, la mujer se había encargado de bloquear herméticamente a Leonardo de absolutamente todas las plataformas y redes sociales, procediendo a cortar todo canal posible de comunicación telefónica y llegando al extremo de envenenar hábilmente a todas sus amistades en común, convenciéndolas con lágrimas falsas de que él era en realidad un padre ausente, desalmado, irresponsable y al que simplemente no le importaba en lo más mínimo el destino de su pequeña hija. Debido a este aislamiento forzado, Leonardo se enteró de la incomprensible y trágica muerte de su amada pequeña el día 30 de marzo, tres agónicos días después de ocurrido el dantesco suceso. La noticia le llegó no por la madre de la niña, sino a través de una llamada devastadora, llena de llanto, de su propia madre radicada en Venezuela, quien a su vez se había enterado de la tragedia mediante el comentario suelto de un conocido de la familia.
La conveniente y repentina versión de la muerte fulminante por complicaciones de COVID-19 no convenció en absoluto el instinto paternal de Leonardo. Investigando compulsivamente, con la desesperación a flor de piel, las estadísticas de salud oficiales publicadas por el gobierno de Ecuador a través de internet, el padre descubrió rápidamente que para esa fecha precisa no existían todavía registros oficiales de fatalidades pediátricas ocasionadas por el letal virus en todo el territorio de ese país. La duda carcomía su alma, pero la terrible sospecha se convirtió en un horror absoluto cuando un amigo cercano, buscando respuestas, le envió a su teléfono el enlace de un diario digital de noticias local ecuatoriano que reseñaba de forma escueta el arresto de un ciudadano de nombre Washington Andrés Aymara por el presunto delito de homicidio de una menor de edad en Tabacundo. Completamente desesperado, con el corazón roto en mil pedazos, Leonardo llamó al celular de Andreína de manera incesante y sin descanso durante diez interminables días. Cuando finalmente la mujer se dignó a contestar el auricular, con una frialdad robótica y pasmosa que le helaba la sangre en las venas, le reiteró con descaro la mentira fabricada del letal virus y le indicó secamente que sus costosos abogados penalistas le prohibían de manera estricta dar más detalles del asunto a nadie. Peor aún, en un acto que demostraba su afán por borrar la evidencia, Andreína había reclamado presurosamente el cuerpo inerte de la niña y lo había enterrado apresuradamente en una ceremonia solitaria el 10 de abril, negándose de forma rotunda e inflexible a autorizar la realización de una necesaria segunda autopsia independiente que había sido solicitada explícitamente por el fiscal encargado del caso para recabar más pruebas concluyentes.
Comprendiendo aterrorizado que se enfrentaba sin duda a un asesinato cruel, despiadado y a una compleja red mafiosa de encubrimiento, el valiente Leonardo canalizó todo su abrumador dolor y su inmensa frustración hacia la acción mediática. Uniendo fuerzas junto a una amiga de suma confianza, el padre creó diversos perfiles y páginas en plataformas como Facebook e Instagram bajo el contundente y poderoso nombre de “Justicia para Paula”. La incansable campaña digital de denuncia y concientización se viralizó de forma explosiva y orgánica en pocas horas, traspasando las fronteras digitales. La implacable presión social ejercida por el clamor popular hizo que antiguos amigos, vecinos y conocidos del entorno privado de Andreína sintieran el peso abrumador de la culpa y rompieran finalmente su prolongado silencio de complicidad. Decenas de personas anónimas comenzaron a enviarle directamente a Leonardo un auténtico y valioso arsenal de pruebas irrefutables: aterradores audios de voz, reveladoras capturas de pantalla de conversaciones de WhatsApp, crudas fotografías y testimonios desgarradores en formato de texto que documentaban paso a paso los dolorosos años de violencia, abusos diarios y auténtica esclavitud infantil a la que estaba sometida su chiquita.
Con la dura e incuestionable verdad ahora firmemente aferrada en sus propias manos temblorosas, Leonardo emprendió sin pensarlo dos veces un viaje monumental que roza los ribetes de lo épico y heroico. Enfrentándose a un panorama desolador con las fronteras internacionales estrictamente cerradas por la terrible pandemia, con todos los vuelos comerciales totalmente suspendidos y careciendo drásticamente de los inmensos recursos económicos que implicaba tal hazaña, el hombre clamó desesperadamente por ayuda humanitaria a través de las redes sociales. Gracias a la admirable, gigante y pura solidaridad de miles de personas anónimas que conectaron con su profundo dolor de padre, logró recaudar los fondos mínimos necesarios. Paralelamente, como un milagro de la providencia, logró conseguir de forma milagrosa la firme y desinteresada representación legal de manera totalmente gratuita de dos valientes y reconocidos abogados ecuatorianos, Oswaldo Trujillo y Alejandro Heredia, quienes al leer el crudo y sádico expediente se conmovieron hasta derramar lágrimas con el caso. Impulsado por el amor, Leonardo se embarcó de inmediato en una odisea suicida y clandestina: cruzó ilegalmente la peligrosa y oscura frontera por vía marítima desde las costas de Trinidad hasta las playas de Venezuela a bordo de una frágil e insegura balsa, atravesó la inmensidad de su país natal pidiendo “aventones” y favores a desconocidos a lo largo de las carreteras desde Maturín hasta llegar al caliente y fronterizo estado Táchira. De allí, desafiando a la muerte, cruzó hacia el territorio de Colombia caminando a través de peligrosas y agrestes trochas de tierra que suelen estar dominadas por peligrosas mafias y grupos irregulares. Exhausto, hambriento pero indomable, viajó en un viejo autobús comercial hasta llegar a la fría ciudad fronteriza de Ipiales y, finalmente, evadiendo los estrictos controles militares, logró cruzar a Ecuador escabulléndose escondido audazmente por debajo de las imponentes estructuras del puente internacional de Rumichaca. Su principal y único motor de vida no era otro que el amor incondicional y puro que sentía por su hija muerta, combinado con una sed ardiente, legítima e inquebrantable de encontrar por fin la justicia.
El día 30 de junio del año 2020, el extenuado pero determinado Leonardo llegó a la ciudad de Quito e inmediatamente, junto a sus brillantes abogados defensores, interpuso formalmente una contundente denuncia penal en las oficinas del Ministerio Público en contra de Andreína Bermúdez, logrando gracias a la presión mediática que para el 6 de julio la mujer fuera vinculada oficialmente por el juez al gravísimo caso de homicidio infantil. A pesar de la manifiesta gravedad extrema de los múltiples cargos imputados y del riesgo sumamente evidente de fuga latente —cabe recordar que Andreína, acorralada, ya había intentado quitarse la vida ingiriendo de forma masiva pastillas para evadir a la justicia—, el tribunal de garantías penales, de manera sumamente polémica y controversial, tomó la decisión de otorgarle medidas cautelares sustitutivas a la prisión, permitiéndole insólitamente enfrentar gran parte del delicado proceso legal estando en plena libertad. La única condición impuesta fue que debía presentarse periódicamente a firmar ante el juzgado y llevar instalado un grueso grillete de vigilancia electrónico en el tobillo, el cual ella misma intentó quitarse cínicamente en repetidas ocasiones, alegando ante el estrado con increíble descaro que el artefacto le generaba molestias físicas y le causaba dolorosa incomodidad.
Finalmente, el tan esperado y mediático juicio oral se inició formalmente en la corte el día 14 de enero del año 2021. Debido a las extremadamente estrictas e inflexibles restricciones sanitarias vigentes por la pandemia y bajo el loable argumento jurídico de proteger de manera integral el honor y la memoria post mórtem de la menor víctima de los abusos, el extenso proceso legal se llevó a cabo totalmente a puerta cerrada, restringiéndose por completo el acceso físico a los ávidos medios de la prensa nacional e internacional y contando con la participación de la mayoría de las partes involucradas conectadas exclusivamente vía telemática a través de la plataforma Zoom. A pesar del aislamiento, la abrumadora contundencia de las irrefutables pruebas materiales, científicas y psicológicas que fueron presentadas magistralmente por la incansable fiscalía y por el implacable equipo de experimentados abogados que representaban a Leonardo resultó ser simplemente demoledora y apabullante. Un asombroso total de más de 40 testigos claves desfilaron de manera virtual y presencial ante la impávida mirada de los jueces, narrando meticulosamente y con lujo de escalofriantes detalles la trágica, progresiva y sistemática transformación de Paula, quien pasó de ser una niña profundamente feliz y risueña a convertirse en una esclava y en una víctima crónicamente aterrorizada. Las que alguna vez se autodenominaron grandes amigas de Andreína se quebraron en el estrado y confesaron amargamente que ella en su momento les admitía sin pudor que Andrés, su nueva pareja, simplemente aborrecía la existencia de la niña y que su mera presencia infantil en la casa era una fuente inagotable, constante y fastidiosa de violentas peleas dentro de la nueva y feliz pareja sentimental.
La extensa y sumamente gráfica declaración jurada que brindó la médico forense encargada de procesar el cadáver constituyó, sin lugar a dudas, el punto de quiebre más doloroso, indignante y oscuro de todo el turbulento juicio penal. La experta detalló milimétricamente, con precisión científica pero con la voz entrecortada, la ubicación de cada uno de los pequeños huesos rotos y destrozados de la víctima. Documentó públicamente y expuso la macabra antigüedad de cada enorme cicatriz curada en silencio, evidenciando de manera desgarradora e incontrovertible el sufrimiento insondable y el dolor físico inimaginable e insoportable que la pequeña y frágil niña debió soportar estoicamente, sin derramar una sola lágrima que fuera atendida, durante la brutal infección abdominal letal que la consumió en las agónicas últimas 24 horas de su breve vida. Todo este horror transcurrió mientras sus indolentes verdugos observaban pasivamente el desarrollo de su inevitable agonía mortal sin inmutarse ni un solo segundo para buscar atención especializada en un centro de salud. Quedó científicamente demostrado, más allá de cualquier ínfima duda razonable, el nivel verdaderamente infernal y extremo del sadismo perpetrado cotidianamente dentro del supuesto calor de aquel oscuro hogar familiar en Tabacundo.
Sintiéndose completamente acorralada ante la colosal montaña ineludible de irrefutables evidencias físicas y periciales, en la última y tensa sesión del esperado juicio, Andreína, visiblemente nerviosa, tomó la decisión de pedir la palabra al magistrado y ofreció a los presentes una dantesca confesión que quedará grabada con letras de infamia en la larga historia de los anales de la criminología de la región por su altísimo nivel de perversidad, egoísmo y nula calidad humana. En un acto de desesperación cobarde, en un último y patético intento maquinado para salvar desesperadamente del inminente presidio a su amada pareja, Andreína declaró de forma audaz ser la “única, exclusiva y absoluta responsable” intelectual y material de absolutamente todos y cada uno de los brutales maltratos ocurridos en la finca. Admitió fríamente bajo juramento que ella misma tomaba las riendas de la situación y golpeaba con furia a la indefensa niña con gruesas correas de cuero y procedía a empujarla violentamente contra los duros muros del recinto. La sórdida y repulsiva justificación verbal que la mujer ofreció para excusar sus sádicos actos resultó ser tan escalofriantemente repulsiva e indignante como la magnitud del crimen mismo: confesó sin el menor ápice de remordimiento maternal genuino que ella castigaba físicamente y torturaba mentalmente de manera sistemática a su propia e inocente hija única y exclusivamente porque las actitudes propias de la edad de la niña le “traían severos y constantes problemas con su marido”. Andreína relató que ella sentía en su interior un pánico profundo, un miedo atroz y paralizante de que, a causa del natural y normal comportamiento de una pequeña infante de cuatro años visiblemente traumatizada, el millonario Andrés procediera a abandonarla a su suerte y, en sus propias y lapidarias palabras, “se quedara botada en la calle”. Quedó espeluznantemente asentado de por vida y corroborado ante las imponentes togas de la justicia que una madre biológica eligió de manera totalmente consciente, premeditada y sin dudarlo, sacrificar salvajemente la valiosa vida, la integridad psicológica y la total felicidad de su pequeña hija primogénita, a cambio única y exclusivamente de lograr retener para sí misma la deseada estabilidad económica a largo plazo, el lujoso techo seguro y la cómoda compañía sentimental de un hombre adulto y adinerado. Andrés Aymara, por su parte, demostrando el mismo nivel de bajeza moral, tomó la cobarde decisión legal de acogerse en todo momento a su inviolable derecho constitucional al silencio procesal, mostrando en cada sesión a las cámaras una frialdad inmutable, un desprecio por la víctima y una cobardía humana absolutas e imperdonables.
El tan ansiado 3 de febrero del año 2021, el exhausto tribunal colegiado procedió a emitir y dar lectura pública a su firme veredicto final. Tanto el sujeto Washington Andrés Aymara como la procesada Andreína Bermúdez fueron hallados inequívocamente culpables de haber perpetrado el cruel delito de homicidio calificado en perjuicio de la menor. El arcaico código penal ecuatoriano vigente para ese momento estipulaba como sanción una pena máxima límite de apenas 13 años de reclusión mayor para este específico tipo de delito, pero gracias a la impecable y exhaustiva labor argumentativa de los miembros de la fiscalía especializada y a la feroz argumentación de la querella sobre los gravísimos agravantes del hecho atroz —haciendo incesante hincapié en el irrefutable hecho de que la inocente víctima fatal era una frágil niña de tan solo cuatro años de edad que se encontraba en estado de vulnerabilidad y era completamente indefensa ante el salvaje y desproporcionado poder de sus adultos y fuertes agresores—, el enérgico juez a cargo tomó la valiente decisión jurídica de aplicar el peso máximo de la ley y elevó significativamente la condena definitiva a unos 17 años y 4 meses de prisión efectiva para ambos peligrosos victimarios.
A pesar de la manifiesta y rotunda contundencia punitiva de la ansiada condena dictada, una muy amarga y densa sensación de impunidad, dolor social y frustración infinita persiste hasta el día de hoy flotando incesante en el aire. Cualquier persona empática, con un mínimo sentido de la justicia y del valor incalculable de la vida humana, coincidirá de manera tajante en que pasar apenas 17 escasos años recluidos tras las sólidas rejas de una fría celda es un precio sumamente irrisorio, vergonzoso y casi un insulto directo a la memoria de la menor, a cambio de los largos e infernales años de pavorosa tortura física y sistemática, sumados a la preciosa vida de la que fue salvajemente arrebatada una criatura inocente que apenas empezaba a descubrir el mundo. Para echar más leña al fuego de la indignación nacional, el garantista y polémico sistema judicial local permitió de forma increíble que, debido a un recurso procesal vigente, Andreína Bermúdez permaneciera gozando en total libertad bajo el tibio amparo de sus medidas cautelares previas mientras todo el complejo caso era transferido burocráticamente y evaluado minuciosamente por el poderoso tribunal superior de apelaciones. Esta escandalosa decisión de los magistrados no solo generó un inminente, lógico y elevadísimo riesgo latente de una repentina fuga y total evasión de la justicia por parte de una mujer desesperada e inestable, sino que además provocó una gigantesca, sonada y justificada ola de indignación viral en la oprimida sociedad civil.
El indescriptiblemente doloroso e icónico caso criminal de la inolvidable pequeña Paula Andrea Salazar Bermúdez no constituye de ninguna manera una simple, oscura y efímera página policial más archivada en el olvido de un expediente empolvado; es, por el contrario, un estruendoso, poderoso e ineludible llamado de máxima atención y un grito de auxilio dirigido a la dormida conciencia de la sociedad civil en su conjunto colectivo. Nos obliga moralmente, como adultos y seres racionales, a mirar fijamente y de frente, sin evadir jamás la mirada ante el horror, las gravísimas e imperdonables grietas estructurales presentes en los desgastados sistemas de asistencia y protección integral infantil del estado. Nos empuja a reconocer y legislar con urgencia sobre la vulnerabilidad extrema y la indefensión letal a la que se enfrentan silenciosamente miles de niños inocentes en complejos contextos actuales de migración forzada y en el sombrío seno de familias profundamente disfuncionales. Especialmente, este terrible caso nos sacude hasta los cimientos para hacernos abrir los ojos a la triste, dura y aterradora realidad de que, en muchas desgraciadas y frecuentes ocasiones de la vida moderna, el peligro más grande, inminente y mortal para la existencia y felicidad de una criatura frágil duerme plácidamente cobijado bajo su mismo techo, escudándose tras las personas de las que un inocente y bondadoso niño jamás en la vida sospecharía la más mínima maldad.
En medio de todo este oscuro océano de llanto incontenible y muerte injusta, la transformadora, resiliente e imponente figura de su padre, Leonardo Salazar, transmutado enteramente y forjado en el crisol del dolor más intenso en un heroico e incansable guerrero en favor de la verdad y por la justicia absoluta, nos demuestra con la pureza de sus arriesgados actos heroicos que el inconmensurable amor de un padre amoroso y abnegado simplemente no conoce en absoluto los límites de las fronteras geopolíticas, desafía abiertamente los encierros de las pandemias mundiales y simplemente ignora la definición de la palabra “imposibles”. La vital y activa campaña cibernética “Justicia para Paula” sigue profundamente viva y combativa en el inmenso ciberespacio, recordándole enérgicamente a cada instante a todo el indolente mundo que nosotros, como sociedad en pleno, no podemos, no queremos ni debemos bajo ningún perverso concepto ser partícipes pasivos ni cómplices silenciosos frente a la violencia. La dolorosa memoria inmaculada de la pequeña Paula exige a gritos que estemos perpetuamente alertas ante cualquier mínima señal de auxilio, que denunciemos activamente sin miedo alguno a los agresores y que nos levantemos valientemente para prometer solemnemente que jamás volveremos a permitir que absolutamente ningún otro terrible y repudiable “monstruo” disfrazado de familia le arrebate a punta de golpes y miedo la hermosa, tierna y dulce sonrisa a un indefenso niño de nuestro entorno. Su brevísima y atormentada vida terrenal se apagó tristemente rodeada del horror incomprensible de la oscuridad más absoluta y en la más fría soledad de un inhóspito baño, pero el legado de su terrible y dramática historia ha encendido por siempre una brillante, eterna y poderosa llama de inquebrantable conciencia colectiva que jamás en la historia debe permitirse llegar a extinguirse por la desidia humana.