Una pregunta sencilla pero poderosa que vale más que todos los análisis de los expertos que salen en televisión con sus trajes y sus gráficas. ¿A quién le conviene esto? Cuando uno ve que semana tras semana, domingo tras domingo, los mismos medios sacan nuevas acusaciones contra el mismo candidato. Cuando uno nota que esas acusaciones tienen siempre la misma dirección, que siempre van hacia el mismo hombre, que nunca van con la misma fuerza hacia el candidato que el gobierno apoya, uno tiene el derecho de hacerse esa pregunta. ¿A quién le
conviene que ese hombre no llegue a la presidencia de Colombia? Y cuando uno empieza a buscar la respuesta con honestidad, con los ojos abiertos y sin miedo a lo que pueda encontrar, lo que aparece no es una coincidencia. No es el resultado natural de un periodismo independiente que simplemente encontró problemas donde lo sabía.

Lo que aparece es un patrón, un sistema, una operación que tiene financiadores, que tiene coordinadores, que tiene instrumentos bien escogidos y que tiene un objetivo muy claro. Asegurarse de que Colombia en el año 2026 no tenga la oportunidad de elegir a alguien que no le deba nada a los poderes que han mandado en este país durante demasiado tiempo.
Ese candidato que no les debe nada se llama Abelardo de la Espriella. Y el hombre que en diciembre de 2025 salió a hablar públicamente de todo esto, que reveló en cámara los mecanismos que están detrás de los ataques, que conectó los puntos con la claridad que los grandes medios colombianos se niegan a conectar, es el Dr.
Omar Bula, académico internacionalista, es funcionario de las Naciones Unidas y asesor especial en política exterior de la campaña de de la Espriya. Un hombre que ha vivido muchos años fuera de Colombia, que ha seguido de cerca las campañas. de Trump en Estados Unidos, de Bukele en El Salvador y de Miley en Argentina y que cuando llegó a conocer a Abelardo de la Espriella reconoció en ese candidato colombiano algo que había visto en esos otros líderes, la misma energía de quien no pertenece al sistema, la misma convicción de quien no tiene deudas con
los de siempre y el mismo tipo de enemigos que se activan con una violencia inusual cuando sienten que alguien de verdad puede quitarles el poder. Bula no es un hombre que habla por hablar, no es un comentarista que da opiniones sin sustento, es alguien que ha visto este mismo fenómeno en varios países y que puede comparar, que puede decirle a Colombia con la perspectiva que da la distancia y la experiencia.
Esto que están viviendo ustedes ya lo vivieron otros y el resultado depende de si el pueblo se da cuenta a tiempo de lo que está ocurriendo o si el ruido de los ataques termina tapando la verdad. Y la verdad que Bula reveló es la misma que los colombianos de bien necesitan escuchar antes de entrar a votar.
Para entender lo que está pasando con Abelardo de la Espriella, hay que entender primero quién es este hombre, de dónde viene, qué hizo durante las décadas en que los políticos colombianos de siempre estaban construyendo sus redes de favores y de clientelismo, porque la historia de de la Espriella no es la historia de un hombre que esperó toda su vida el momento de buscar el poder.
Es la historia de alguien que por décadas prefirió la sala de los tribunales a los pasillos del Congreso, que eligió defender casos difíciles frente a los jueces en lugar de hacer discursos frente a las cámaras, que construyó su nombre con trabajo y con resultados y no con contratos del Estado ni con palancas de partido. Abelardo de la Espriella es uno de los abogados penalistas más conocidos y más respetados de Colombia.
un hombre que durante décadas representó a clientes en casos que llegaban a sus manos porque eran complicados, porque los demás no querían tocarlos, porque requerían el tipo de valentía legal que muy pocos tienen en un país donde las presiones sobre el sistema judicial son constantes y donde defender a alguien que el poder quiere ver condenado puede tener consecuencias profesionales muy graves.
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Como abogado de la Espriya defendió a personas que eran señaladas por el establecimiento y atacadas por la opinión pública antes de que ningún tribunal hubiera dicho una sola palabra. Defendió el derecho de sus clientes a tener un juicio justo, a que las pruebas en su contra fueran legítimas y completas y no editadas ni manipuladas.
Y lo hizo con la convicción de quien entiende que la justicia no vale nada si solo protege a los que caen bien y persigue a los que incomodan. Pero hay algo en su historia como abogado que los medios que lo atacan usan ahora como arma. Algo que sacan del cajón cada vez que quieren mancharlo. Cada vez que necesitan un titular que genere desconfianza, cada vez que la maquinaria del establecimiento necesita recordarle a los colombianos indecisos que este candidato es peligroso, que tiene un pasado oscuro, que no es de fiar. Y ese
algo es su relación como abogado defensor con el caso de David Murcia Guzman, el hombre conocido como DMG, el creador del esquema piramidal que a finales de los años 2000 captó el dinero de miles de colombianos en todo el país. Escúchese bien lo que sigue, porque esto es exactamente el tipo de detalle que los grandes medios presentan de manera incompleta para que suene peor de lo que es.
David Murcia Guzmán contrató a Abelardo de la Espriella como su abogado defensor. Eso es un hecho. De la Espriella lo defendió como abogado. Eso también es un hecho. Y después, cuando de la Espriella se enteró de que la empresa que defendía manejaba una doble contabilidad que él no conocía, renunció a la defensa. Eso también es un hecho documentado, verificado, registrado en los archivos de este país.
La Fiscalía colombiana investigó a de la Espriella en relación con ese caso. investigó y encontró lo mismo que siempre encuentra cuando mira con cuidado y sin presiones externas, que no había pruebas de nada ilícito de su parte. El 8 de octubre de 2010, la fiscalía archivó el proceso penal contra Abelardo de la Espriella por los delitos de cohecho, lavado de activos y captación masiva de dineros, archivado, cerrado, sin cargos, sin condena, sin ninguna irregularidad comprobada.
Archivado en 2010, eso fue hace más de 15 años. Pero en febrero de 2026, cuando los ataques contra de la Espriaban combustible nuevo, cuando las encuestas mostraban que el tigre estaba creciendo y que la brecha con Iván Cepeda se estaba reduciendo, aparecieron nuevas publicaciones sobre el caso de MG, nuevas grabaciones que supuestamente mostraban irregularidades, nuevos titulares que mezclaban el nombre de Abelardo con el de David Murcia Guzmán, como si los 15 años que habían pasado desde que la fiscalía cerró ese expediente no existieran como si el
principio de cosa juzgada, ese principio básico del derecho que dice que lo que ya fue investigado y archivado no puede volver a perseguirse indefinidamente fuera apenas un detalle sin importancia para un colombiano mayor, para una abuela o un abuelo que ha vivido suficiente para saber cuando le están contando la historia completa y cuando le están contando solo la parte que conviene, eso es una señal que se reconoce de inmediato, porque en Colombia ese mecanismo, el de sacar acusaciones viejas y archivadas, justo
cuando Un candidato empieza a ser una amenaza real. No es nuevo. Ya se ha visto antes, ya se ha usado antes. Y el resultado de cuando funciona siempre es el mismo. El candidato pierde imagen. Los votantes indecisos se alejan por precaución y el que manejó los tiempos de los titulares gana sin haber presentado una sola prueba nueva.
Esa es la operación. Así funciona y el hombre que la financia, el hombre detrás de los medios que coordinan esos ataques con una sincronía que no es casualidad, es un nombre que los colombianos de más edad ya han escuchado en otros contextos, en otras discusiones. En otros países, George Soros, el multimillonario húngaro americano cuya fundación Open Society Foundations ha destinado millones de dólares a organizaciones de medios, a verificadores de información y a grupos de la sociedad civil en Colombia y en decenas de países
del mundo. La silla vacía, uno de los medios digitales más influyentes de Colombia, el que más investigaciones negativas ha publicado sobre de la espriella en los últimos meses, tiene entre sus financiadores registrados a la Open Society Foundations de Soros. Eso no es una acusación, eso es un hecho documentado que cualquier colombiano puede verificar buscando en los propios registros del medio.
Colombia Check, el verificador de datos más citado en el país, reconoce en su propia historia institucional que entre 2017 y 2018 recibió más de 323,000 de esa misma fundación. 323,000 de una fundación extranjera con una agenda política definida para el medio que decide que es verdad y que es mentira en la información política colombiana.
Eso merece una pregunta honesta. ¿Puede un medio que recibe dinero de una fundación con intereses políticos verificar la información sobre los candidatos que se oponen a esos intereses de manera verdaderamente neutral? Cualquier colombiano con sentido común sabe la respuesta. Y es ahí donde entra la revelación más importante del Dr.
Omar Bula, la que más incomoda a los que prefieren que estas conexiones no se discutan en público. La que más necesita escuchar Colombia antes de votar, que lo que está ocurriendo con los ataques a de la Espriella no es un fenómeno colombiano. parte de un patrón global de una manera de operar que se ha repetido en Argentina con Miley, en El Salvador con Bukele, en Estados Unidos con Trump, en todos los países donde un candidato que no pertenece al sistema, que no le debe favores a los poderes de siempre, que no está dispuesto a seguir las
reglas no escritas del establecimiento, comienza a crecer con fuerza suficiente para ganar. En cada uno de esos países, los medios financiados por las mismas fundaciones atacaron al candidato outsider con la misma intensidad, con la misma coordinación, con el mismo tipo de titulares negativos, con el mismo mecanismo de sacar acusaciones viejas o fabricadas justo cuando la candidatura empezaba a ser una amenaza real.
Y en cada uno de esos países, a pesar de esos ataques, a pesar de esa operación mediática masiva y bien financiada, el candidato que no pertenecía al sistema terminó ganando porque el pueblo fue más inteligente que la operación, porque la gente común y corriente terminó dándose cuenta de que la violencia de los ataques era en sí misma la mejor prueba de que el atacado representaba una amenaza real para los que siempre habían mandado.
Bula lo dijo con una claridad que vale la pena recordar cuando los ataques son tan constantes, tan organizados, tan bien financiados, tan claramente dirigidos contra una sola persona. Eso no es periodismo haciendo su trabajo, eso es el miedo. El miedo de quienes saben que si ese hombre llega al poder, el negocio se acaba.
Y en Colombia, el negocio del que habla Bula tiene un nombre que los colombianos conocen bien porque lo han pagado con sangre. Durante décadas, el narcotráfico, el crimen organizado, los grupos armados que bajo el gobierno de Gustavo Petro crecieron en territorio y en poder mientras el Estado les tendía la mano en mesas de paz, que para ellos eran simplemente una forma de ganar tiempo, de rearmarse, de consolidar el control sobre regiones enteras del país.
Porque eso, esa política de paz total que el gobierno de Petro vendió como una transformación histórica y que en la práctica resultó ser una entrega sistemática de espacios al crimen organizado, es el contexto en el que hay que entender todo lo que está ocurriendo hoy en Colombia. Es el telón de fondo sobre el que se dibujan los ataques contra de la espriella, el avance de Cepeda en las encuestas y la pregunta que este país tiene que responderle a sí mismo en las urnas.
Gustavo Petro llegó al poder en agosto de 2022 prometiendo que iba a transformar Colombia, que iba a construir un país más justo, que iba a llegar a la paz por caminos que los gobiernos anteriores no habían tenido la valentía de recorrer. Y millones de colombianos lo creyeron. Lo creyeron con el corazón abierto de quien lleva décadas esperando que algo cambie de verdad en este país.
Y ese creer era legítimo, porque la esperanza siempre es legítima, porque querer un país mejor no es un error. El error fue en la manera en que ese gobierno usó la esperanza de la gente para avanzar una agenda que tenía muy poco que ver con el bienestar de los colombianos comunes y mucho que ver con el bienestar de los grupos que siempre han necesitado un estado débil para operar.
Bajo el gobierno de Petro, los grupos armados que debían haberse debilitado se fortalecieron. Las negociaciones de paz que debían haber traído seguridad a los campos colombianos se convirtieron en treguas unilaterales que los grupos usaron para reorganizarse y expandirse. Las instituciones que debían proteger a los ciudadanos fueron debilitadas sistemáticamente.
La economía que debía haber mejorado la vida de los más pobres se contrajó y los medios que debían haber informado a los colombianos con honestidad sobre todo esto prefirieron proteger al gobierno, atacar a sus críticos. y preparar el terreno para que el candidato del oficialismo llegara a la presidencia con la menor resistencia posible.
En ese escenario, en esa Colombia que Petro entrega con más pobreza, más violencia y más instituciones rotas de las que encontró, Iván Cepeda lleva meses avanzando en las encuestas. Respaldado por la maquinaria del Estado, protegido por los medios financiados por fundaciones extranjeras y presentado ante los colombianos como la continuación natural del cambio que Petro prometió pero no cumplió.
En la encuesta en Bamer de finales de febrero de 2026, Cepeda aparece con el 37,1% de la intención de voto, mientras de la espriella se mantiene en el 18,9%. Y esa diferencia, ese número tan grande que separa al candidato del establecimiento del candidato que el establecimiento quiere destruir es el resultado de años de construcción mediática, de millones de dólares invertidos en posicionar una imagen y en destruir la contraria, de una operación que empezó mucho antes de que comenzara formalmente la campaña.
Pero los colombianos de más edad saben algo que las encuestas no siempre capturan, algo que ninguna firma de sondeos puede medir con sus preguntas frías y sus porcentajes fríos. Y es esto que en Colombia, cuando la gente llega al cuarto oscuro, cuando está sola con su tarjeta y su conciencia y nadie puede ver lo que decide, vota con algo más profundo que las tendencias de las encuestas.
vota con la memoria, con el instinto, con ese conocimiento que da a haber vivido suficiente para saber cuándo le están mintiendo y cuándo no. Y en este momento, en este Colombia de 2026 que hereda 4 años de un gobierno que prometió el cielo y entregó más miseria, más violencia y más candidatos custodiados por las mismas redes que siempre manejaron las cosas, ese instinto de los colombianos de bien se está activando.
Lo están diciendo en los parques, en los mercados. En los portales de los edificios, en los cafés donde los mayores se reúnen a hablar de lo que no dicen los noticieros, que algo no cuadra, que los ataques son demasiado coordinados para ser casuales, que un hombre que fue investigado hace 15 años y salió limpio, no merece que lo traten como si acabara de cometer un crimen, que detrás de todo ese ruido hay algo que no quieren que se vea y que lo que no quieren que se vea es exactamente lo que Colombia necesita ver antes de
decidir a quién le entrega la presidencia por los próximos 4 años. Eso es lo que esta historia viene a mostrar. Pieza por pieza, nombre por nombre, documento por documento. Porque Colombia merece la verdad completa, no la versión cortada, no el pedazo que le conviene al que ataca, sino toda la historia, con todos sus actores, con todos sus intereses, con todas las preguntas que los grandes medios no quieren hacer y que los colombianos de bien tienen todo el derecho de hacerse y de obtener respuesta. Esta es apenas la primera
parte. ¿Usted cree que en Colombia los medios de comunicación informan con honestidad? ¿O cree que hay alguien pagando para que le cuenten solo la parte de la historia que conviene a los poderosos? Cuando uno mira un partido de fútbol y ve que el árbitro pita falta siempre contra el mismo equipo, que saca tarjeta amarilla siempre al mismo jugador, que cobra el fuera de lugar siempre cuando ese equipo está a punto de marcar.
Uno no necesita ser experto en fútbol para entender lo que está pasando. Cualquier persona con sentido común, cualquier abuelo que haya visto suficientes partidos en su vida, se da cuenta de que algo no está funcionando bien, de que hay algo en ese partido que no es limpio, que hay una mano que está moviendo al árbitro en una dirección que no tiene que ver con las reglas del juego, sino con el resultado que alguien necesita.
Eso es exactamente lo que está ocurriendo en la política colombiana de este año 2026. Y Omar Bula, el hombre que pasó años siguiendo campañas en Estados Unidos, en El Salvador, en Argentina, que conoce de cerca cómo funcionan las operaciones mediáticas cuando los poderosos sienten que un candidato puede quitarles el control.
Ese hombre lo describió con la claridad de quién ha visto la misma película muchas veces en muchos países. En Colombia hay un árbitro que pita siempre contra el mismo jugador y ese jugador se llama Abelardo de la Espriella. Pero para entender por qué lo atacan con tanta fuerza, con tanta coordinación, con tanta desesperación que a veces roza lo ridículo, hay que entender que es exactamente lo que de la Esprilla propone para Colombia, que tienen su plan de gobierno que asusta tanto a los que llevan décadas beneficiándose del
desorden de este país, que cambiaría de verdad si ese hombre llegara a la presidencia, porque los ataques no son gratuitos. Los ataques nunca son gratuitos en política y cuando alguien recibe tantos ataques de tantos frentes al mismo tiempo, la pregunta natural es, ¿qué tiene ese hombre que tanto les molesta? La respuesta está en sus propuestas y las propuestas de de la Espriella son el tipo de propuestas que los que viven del desorden colombiano tienen razones muy concretas para temer.
El primero y más importante de sus pilares de gobierno es la seguridad. Y cuando de la espriella habla de seguridad, no habla con los eufemismos con que los políticos colombianos de siempre hablan de ese tema. No habla de diálogos y de procesos y de mesas de conversación. habla con la claridad directa de quien sabe que en Colombia hay decenas de miles de hombres armados que han crecido en número y en poder bajo el gobierno de Petro, que controlan territorios donde el Estado colombiano no existe, que cobran extorsiones a campesinos y atenderos y a
empresarios, que reclutan jóvenes por la fuerza, que desplazan familias que matan cuando les conviene y que necesitan ser enfrentados con la fuerza que la ley permite y que ningún gobierno reciente ha tenido la voluntad de aplicar de la Esprella propone supervisión militar de las cárceles de máxima seguridad, donde hoy los jefes del crimen organizado siguen dando órdenes desde adentro como si estuvieran en una oficina.
Propone crear un bloque de búsqueda especializado para los extorsionistas. Propone retomar la fumigación aérea de cultivos de coca para atacar las 330,000 hectáreas que el gobierno de Petro dejó crecer mientras le extendía la mano a los mismos que la sembra. propone penas más severas, sin beneficios de reducción de condena para los delitos graves y propone una alianza profunda e inmediata con Estados Unidos en un plan Colombia renovado que tenga como objetivo no solo reducir el narcotráfico, sino destruir las estructuras del crimen transnacional que
operan en el país. Esas propuestas no son retórica de campaña, son el resultado de décadas de observar de cerca el sistema judicial colombiano, de defender casos en un sistema que de la Esprella conoce desde adentro. de entender con precisión técnica cuáles son los vacíos que el crimen organizado ha aprovechado para crecer, cuáles son las reformas concretas que cerrarían esos vacíos y cuál es la diferencia entre un estado que aplica la ley con consecuencia y un estado que negocia permanentemente con los que la violen
y para los grupos armados que bajo el gobierno de Petro expandieron su control territorial en un 40% en los primeros 27 meses de esa administración, según los registros de Atlet, Para los narcos que vieron como los cultivos de coca se más que duplicaron desde 2020 según la oficina de las Naciones Unidas contra la droga y el delito, para las estructuras criminales que encontraron en la política de paz total del gobierno petrista la tregua, perfecta para reorganizarse, rearmarse y fortalecer sus finanzas para todos esos actores. La
llegada de un presidente que propone hacer exactamente lo contrario de lo que Petro hizo es una amenaza existencial, no política, sino literalmente existencial, porque implica el fin del negocio, el fin de la impunidad, el fin de la comodidad de operar en un país cuyo gobierno prefería negociar a combatir. Ese es el primer nivel del miedo que explica los ataques.
Pero hay un segundo nivel, más profundo, más político, que tiene que ver no con los grupos armados, sino con algo que en Colombia se llama el establecimiento. red de personas e instituciones y medios y organizaciones de la sociedad civil que se han beneficiado durante décadas del estatuo, que han construido poder e influencia y negocios sobre la base de que las cosas sigan siendo como son, que tienen intereses muy concretos en que Colombia no cambie de verdad, no cambie estructuralmente, no cambie de la manera en que Miley
cambió Argentina o Bukele cambió El Salvador, sino que siga cambiando de manera superficial con nuevas caras que en el fondo representan los mismos intereses de siempre. Y ese establecimiento, esa red que Omar Bula llama el pantano politiquero criollo, tiene una característica que los colombianos de a pie reconocen de inmediato, aunque no siempre puedan nombrarla con precisión, que no tiene ideología, que no es de izquierda ni de derecha en el sentido real de esas palabras, que puede estar en el gobierno o en la oposición, que puede defender la
paz o la seguridad dependiendo de lo que le convenga en cada momento, pero que siempre está ahí, siempre tiene. Representantes en los lugares donde se toman las decisiones importantes. Siempre encuentra la manera de sobrevivir los cambios de gobierno porque sus tentáculos llegan a todos los lados. Ese establecimiento tiene nombres concretos y Bula no tuvo miedo de decirlos.
Juan Manuel Santos, el expresidente que en los años 2000 fue el artífice del proceso de paz que llevó a las FARC al Congreso con curules garantizadas y con impunidad negociada. El hombre cuya red de influencia sigue siendo una de las más extensas de Colombia a pesar de que su gobierno terminó hace años.
El que según Bula tiene representantes en prácticamente todos los candidatos de la gran consulta de oposición que se realizó el 8 de marzo de 2026. Juan Carlos Pinzón, ministro de defensa del gobierno Santos, quien como embajador en Washington participó en las negociaciones que definieron los términos del acuerdo de paz.
candidato en la consulta de oposición que muchos colombianos miraron con desconfianza precisamente porque su historia está tan ligada a la del santismo que resulta difícil imaginar que cambiaría de verdad si él llegara al poder. Juan Manuel Galán, hijo del mártir de la democracia colombiana, pero heredero también de una manera de hacer política que en los últimos años se ha alineado más con el centro acomodado que con la renovación real que Colombia necesita.
Mauricio Cárdenas es ministro de Hacienda del Gobierno Santos, otro representante del mismo mundo de tecnocracia internacional que prometió transformaciones y entregó continuidad del mismo modelo. Y Claudia López, la exalcaldesa de Bogotá, que se presentó como candidata independiente en la consulta de centro, pero que para Bula y para muchos colombianos representa exactamente el tipo de política que habla el lenguaje del cambio mientras practica las reglas del sistema.
Para bula, mirar esa lista de candidatos en la consulta de oposición y buscar en ella una verdadera alternativa al petrismo es como buscar agua en el desierto, porque todos esos candidatos, independientemente de sus diferencias de matiz, comparten una característica fundamental. Todos deben algo al establishment que ha manejado Colombia durante décadas.
Todos tienen compromisos con redes de poder que no quieren que las cosas cambien de verdad. Y todos, frente a la amenaza real del crimen organizado, optarían por los diálogos y las negociaciones y las mesas de conversación que han demostrado ser inútiles cada vez que se han intentado. Abelardo de la espriella no debe nada a ninguno de ellos.
Eso es lo que lo hace diferente. Y eso es exactamente lo que lo convierte en el único candidato al que tanto el petrismo como el santismo necesitan destruir antes de que llegue demasiado lejos. Ahora bien, ¿cómo se destruye a un candidato en la Colombia de hoy? No con balas, al menos no de manera directa, no cuando el mundo tiene los ojos puestos en las elecciones colombianas y cuando las consecuencias internacionales de ese tipo de acciones serían demasiado graves para los que las ordenaran.
Se destruye con titulares, con acusaciones, con dudas sembradas en la mente de los votantes indecisos, con la repetición sistemática de un mensaje negativo hasta que ese mensaje se convierta en la primera cosa que la gente piensa cuando escucha el nombre del candidato. Y para eso, para esa operación de destrucción mediática, se necesitan instrumentos, se necesitan medios que estén dispuestos a publicar esos ataques con la frecuencia y la intensidad que la operación requiere.
Se necesitan columnistas que los amplifiquen, se necesitan verificadores que les den apariencia de rigor y se necesita dinero, mucho dinero para sostener todo eso durante los meses que dura una campaña electoral. El caso de MG fue el instrumento más usado en los primeros meses de 2026 y vale la pena entender bien cómo se usó, porque la manera en que ese caso fue presentado al público colombiano es un ejemplo perfecto de cómo funciona la desinformación cuando está bien coordinada.
A principios de febrero de 2026, varios medios publicaron de manera simultánea nuevas informaciones sobre el caso de MG y la relación de D. la con David Murcia Guzmán como su abogado defensor, presentando el asunto como si se tratara de revelaciones nuevas, como si hubiera información que Colombia no conocía, como si el nombre del candidato y el del creador del esquema piramidal estuvieran apareciendo juntos por primera vez en un contexto problemático.
Lo que esos medios no dijeron con la misma claridad con que publicaron los titulares fue lo siguiente, que la Fiscalía colombiana investigó exhaustivamente la relación entre de la Espriella y el caso de MG, que esa investigación terminó en octubre de 2010, que el resultado de esa investigación fue el archivo del proceso sin cargos por los delitos de cohecho, lavado de activos y captación masiva de dineros, y que desde ese momento hasta hoy nadie ha presentado una sola prueba nueva que justifique reabrir esa investigación. Porque no
existe tal prueba porque en 15 años de seguimiento judicial de ese caso, la justicia colombiana no encontró nada que comprometiera penalmente al abogado Abelardo de la Espriella. Eso es cosa juzgada. Eso es lo que en el derecho colombiano significa que un caso está cerrado, que ya fue investigado, que ya hubo una decisión y que esa decisión no puede revertirse sin pruebas nuevas que justifiquen una nueva investigación.
Pero los medios que publicaron esos titulares no estaban haciendo un análisis jurídico, estaban haciendo política. Y la diferencia entre los dos es exactamente la diferencia que los colombianos de bien necesitan aprender a detectar antes de votar. Porque la política disfrazada de periodismo es la forma más peligrosa de manipulación que existe.
Porque parece objetiva cuando no lo es. porque parece informativa cuando en realidad está diseñada para producir un resultado electoral determinado. De la Espriya respondió a esos ataques con datos y con documentos, publicó las resoluciones de la fiscalía que archivaron el proceso. Explicó su relación con el caso de MG con la claridad de quien no tiene nada que esconder.
señaló que renunció a la defensa cuando descubrió que la empresa manejaba contabilidades que él no conocía y cuestionó directamente porque los mismos medios que revisaban su pasado con Lupa no aplicaban el mismo rigor al candidato que el gobierno apoya. Esa pregunta, esa asimetría entre el tratamiento mediático de los dos candidatos principales es quizás la prueba más clara de que lo que está ocurriendo no es periodismo independiente, sino una operación coordinada.
Porque si los mismos medios que investigan a de la espriella con el detalle de un auditor hubieran investigado a Iván Cepeda con la misma energía, habrían encontrado preguntas muy difíciles de responder. Preguntas que los lectores colombianos merecen conocer antes de decidir si ese hombre merece su voto. Iván Cepeda Castro nació en Bogotá el 24 de octubre de 1962, pero su infancia no transcurrió en Colombia, sino en el exterior, muy lejos de las calles bogotanas.
en un ambiente intelectual de izquierda que definió su formación desde muy pequeño. En 1965, cuando tenía apenas 3 años, su familia se mudó a Checoslovaquia, el país de Europa del Este, que en ese entonces era uno de los satélites más cercanos a la Unión Soviética. En 1969, 7 años después, la familia viajó a La Habana, a la Cuba de Fidel Castro, recién consolidada bajo la dictadura comunista que todavía hoy sigue gobernando esa isla con mano de hierro.
Y a los 13 años, Iván Cepeda se vinculó a la juventud comunista de Colombia, la Juco, la organización juvenil del Partido Comunista, que en los años 70 era el semillero político de una generación que miraba hacia Cuba y hacia la Unión Soviética como sus modelos de sociedad. Esa formación, ese camino vital que comenzó en Praga y pasó por La Habana y terminó en las filas de la Juco es lo que define la ideología de Cepeda con más claridad que cualquier discurso de campaña.
Porque la ideología no se cambia con un traje nuevo o con un programa de gobierno moderado. La ideología viene de adentro, viene de lo que uno aprendió cuando era joven, de los libros que leyó, de las conversaciones que tuvo, de las personas que admiró y que tomó como referencia en los años en que el carácter se forma. El padre de Iván Cepeda, Manuel Cepeda Vargas, fue uno de los fundadores de la Unión Patriótica, el partido político que en los años 80 sirvió como brazo político de las FARC y fue asesinado en 1994 en un crimen que la Corte
Interamericana de Derechos Humanos atribuyó al Estado colombiano y a grupos paramilitares. Ese asesinato fue una tragedia real, una injusticia que ningún colombiano honesto puede defender. Iván Cepeda dedicó años a buscar justicia para su padre, lo cual es completamente legítimo y comprensible. Pero hay una diferencia enorme entre buscar justicia para un padre asesinado y usar esa búsqueda como plataforma política para construir una carrera que lleve a la presidencia de un país.
Y hay una pregunta que los colombianos tienen derecho de hacerse. ¿La relación de Cepeda con las FARC es solo la del hijo que busca justicia por la muerte de su padre? ¿O hay algo más? Algo que va más allá del dolor personal y que se adentra en el terreno de las lealtades políticas y de los proyectos. Compartidos.
En los computadores de Raúl Reyes, el comandante de las FAR, que murió en 2008 en la operación Fénix, aparece el nombre de Iván Cepeda como una persona que ayudaba a la organización a hacer movilizaciones políticas. Eso no es una acusación inventada por sus enemigos, eso es información que salió de los equipos del propio secretariado de las FART.
Cepeda visitó cárceles en Colombia y en Estados Unidos, donde estaban recluidos esparamilitares y otros actores del conflicto armado. Construyó relaciones con varios de ellos y presentó sus testimonios en el Congreso como prueba de sus denuncias políticas. Eso también está documentado. Y el proceso judicial que durante 11 años ocupó a los tribunales colombianos, el proceso contra Álvaro Uribe por supuesta manipulación de testigos.
Ese proceso que terminó en julio de 2025 con una condena de 12 años de prisión domiciliaria y en octubre del mismo año con una absolución completa, ese proceso descansó en parte sobre los testimonios que Cepeda recolectó en las cárceles y presentó al sistema judicial como punto de partida de la investigación. La pregunta que los grandes medios no hacen, la pregunta que los verificadores financiados por Soros no verifican, la pregunta que los columnistas que atacan a de la Espriella cada domingo no se atreven a formular sobre cepeda es esta.
Si las grabaciones que sustentaban parte de ese proceso tenían 20 minutos y 10 segundos menos que las originales, si la fiscalía no mostró al tribunal la totalidad de las conversaciones entre Cepeda y el testigo Juan Guillermo Monsalve, si la cronología de los mensajes entre los abogados mostraba que la iniciativa había venido desde la cárcel y no desde afuera, ¿qué papel jugó Cepeda en la construcción de ese proceso judicial? coordinó de alguna manera los testimonios que luego presentó en el Congreso y si lo hizo, ¿con qué
recursos? ¿Con qué ayuda y bajo qué promesas a los testigos? Esas preguntas no están respondidas y mientras no estén respondidas, el candidato que se benefició políticamente de ese proceso durante una década y que hoy llega a la presidencia montado sobre esa narrativa de haber desafiado al poder y haber ganado, ese candidato le debe al pueblo colombiano las respuestas que los grandes medios se niegan a pedirle, pero los grandes medios no se las piden porque no les conviene pedirlas.
La silla vacía tiene entre sus financiadores a la Open Society Foundations de Soros y ha publicado en los últimos meses múltiples investigaciones críticas sobre de la espriella. Colombia Check recibió más de 323,000 de la misma fundación entre 2017 y 2018. Esos no son datos de una conspiración imaginaria, son datos verificables.
Son parte de la historia pública de esas organizaciones y lo que significan es simple, que los medios que tienen la obligación de escrutar a todos los candidatos por igual no son neutrales, que tienen financiadores con agenda y que esa agenda influye sobre que investigan y que no investigan, sobre quién recibe titulares duros y quién recibe cobertura amable.
Omar Bula lo vio con la claridad de quien tiene perspectiva internacional. En Estados Unidos, durante la campaña de Trump, el 99% de los artículos de la prensa nacional fueron negativos sobre el candidato republicano, mientras que el 96% sobre su rival demócrata fueron positivos.
Y esa estadística no era un accidente. Era el resultado de una prensa que había elegido un bando y que lo defendía con la intensidad de quien sabe que tiene algo que perder si el otro bando gana. En Colombia el fenómeno es el mismo, con las proporciones locales y con los actores locales, pero con la misma lógica de fondo, hay una prensa que eligió a su candidato.
Hay una prensa que tiene intereses en que ese candidato gane. Y hay un candidato alternativo que recibe el mismo tratamiento que Trump recibió en Estados Unidos, que Miley recibió en Argentina, que Bukele recibió en El Salvador y que en todos esos casos no impidió la victoria del outsider porque el pueblo fue más inteligente que la operación mediática.
La segunda propuesta más importante de la Espriella después de la seguridad es la económica y también es el tipo de propuesta que los que viven del estado grande y del gasto público descontrolado tienen razones muy concretas para temer. de la Sprya propone reducir el tamaño del Estado colombiano en un 40% eliminando agencias duplicadas, cargos innecesarios y nóminas infladas que durante décadas han sido el instrumento favorito de la clase política para pagar favores y construir redes de lealtad clientelista. Propone eliminar el
impuesto 4 por 1000 a las transacciones financieras que castiga a los colombianos por usar el sistema bancario. propone créditos de vivienda al 2% de interés anual a 30 años para familias de ingresos bajos y medios, con la posibilidad de abrir la puerta a bancos extranjeros si los nacionales se niegan a ajustar sus tasas y propone un plan de alimentación que conecte directamente a los productores rurales con los consumidores urbanos, eliminando los intermediarios que se quedan con la mayor parte del dinero, dejando al
campesino pobre y al consumidor pagando precios altos. Para una abuela colombiana que lleva años viendo como sus ahorros alcanzan para cada vez menos, que ve como los precios del mercado suben mientras el dinero en el bolsillo se queda igual, que sabe que su hijo paga un arrendamiento que representa la mitad de su sueldo porque los créditos de vivienda tienen tasas imposibles.
Esas propuestas no son abstracciones económicas, son soluciones concretas a problemas concretos que ella vive todos los días en su propio hogar. Y para la burocracia colombiana, para los miles de funcionarios que deben sus cargos a los favores políticos y no a sus capacidades. Para los contratistas que viven de los dineros del Estado sin producir nada real a cambio.
Para los que han construido su bienestar personal sobre el despilfarro del presupuesto público que a todos los colombianos les pertenece. Una reducción del 40% del Estado es exactamente el tipo de amenaza que no puede permitirse, que debe combatirse por todos los medios. disponibles, incluso con titulares y con acusaciones y con dinero de fundaciones extranjeras si hace falta, porque al final de todo, detrás de los ataques mediáticos y de los titulares coordinados y de los verificadores sesgados y de las acusaciones recicladas
de hace 15 años, lo que hay es una clase política y una red de intereses que entienden con claridad matemática que si de la espriella gana, si ese hombre llega al palacio de Nariño y comienza a aplicar lo que prometió, muchos de ellos van a perder el acceso a los recursos públicos que han manejado como propios durante décadas.
Muchos contratos van a desaparecer, muchos cargos van a eliminarse, muchos negocios montados sobre la base del estado grande y de las regulaciones a la medida van a dejar de ser rentables. Eso no es una conspiración, es una realidad económica muy simple. Los que viven del estatuo tienen incentivos muy concretos para defender el estatu cuo.
Y cuando el estatuo se llama Iván Cepeda, cuando el estatuo tiene el apoyo del gobierno de Petro y la protección de los medios financiados por Soros, entonces defender el estatuo significa atacar a Abelardo de la Espriella con todo lo que se tiene. Y Colombia está viendo exactamente eso en tiempo real, semana tras semana, domingo tras domingo, titular tras titular, acusación tras acusación, con la misma paciencia y la misma resignación con que ha visto demasiadas veces en su historia como los poderosos. Utilizan sus instrumentos
para protegerse, para sobrevivir, para asegurarse de que el país siga siendo su país y no el país de todos. Pero hay algo que esa operación no ha podido calcular bien, algo que los estrategas que diseñan los ataques olvidaron o decidieron ignorar. Y es esto que los colombianos de más edad, los que tienen memoria larga, los que recuerdan lo que este país pagó para llegar hasta aquí, no son tan fáciles de convencer con titulares repetidos y acusaciones recicladas.
Porque ellos han visto eso antes, porque ellos reconocen el patrón, porque su instinto construido a lo largo de décadas de vivir en un país que los ha engañado muchas veces, les dice que cuando alguien recibe tantos ataques de tantos lados al mismo tiempo, cuando los ataques son tan organizados y tan simultáneos y tan bien financiados, hay algo debajo de esos ataques que los que atacan no quieren que se vea.
Y lo que no quieren que se vea, lo que esta historia ha ido mostrando pieza por pieza, es la imagen completa de un país donde el candidato del gobierno llegó donde llegó sobre los hombros de un proceso judicial con pruebas cuestionadas, donde los medios que dicen verificar la verdad son financiados por fundaciones extranjeras con agenda política, donde el crimen organizado creció durante 4 años de gobierno petrista hasta niveles que los expertos describen como alarmantes y donde el único candidato que proponen enfrentar todo eso con consecuencia, con
valentía y con la claridad de quien no le debe nada a nadie. Es también el candidato que recibe más ataques, más acusaciones, más titulares negativos, más hostilidad de parte de un sistema que siente que si ese hombre gana el juego se acaba. Esa imagen, ese cuadro completo es lo que Colombia necesita ver antes de votar.
Y esta es apenas la segunda parte. ¿Cree usted que Colombia puede permitirse elegir a un candidato que llega protegido por la maquinaria del Estado y por medios financiados desde afuera? ¿O cree que este país se merece a alguien que no le deba nada a nadie y que tenga el valor de aplicar la ley sin importar a quién le duela? 90 días.
Eso es lo que le queda a Colombia. 90 días para pensar, para recordar, para comparar, para hacerse las preguntas que los grandes medios no hacen, para buscar las respuestas que los poderosos no quieren dar, para decidir con los ojos abiertos y con la conciencia limpia qué tipo de país quiere ser, qué tipo de futuro quiere construir, a qué tipo de manos quiere entregarle las riendas de una nación que lleva demasiado tiempo pagando el precio de sus malas elecciones.
El 31 de mayo de 2026 es el día de la primera vuelta presidencial y si ningún candidato obtiene más de la mitad más uno de los votos ese día, habrá segunda vuelta el 21 de junio. El nuevo presidente tomará posesión el 7 de agosto de 2026 y ese día, ese momento en que una mano nueva pone la banda presidencial sobre su pecho y le jura a Colombia que va a defenderla y servirla, ese momento va a ser el resultado de lo que cada colombiano decida en las próximas semanas, de lo que cada colombiano sepa o no sepa, de lo que
cada colombiano recuerde o prefiera olvidar. Y por eso esta historia importa. Por eso esta historia necesitaba contarse ahora, en este momento, antes de que el ruido de los últimos días de campaña tape todo, antes de que los titulares de los medios financiados desde afuera llenen el espacio de información con sus versiones recortadas de la realidad antes de que los colombianos entren a ese cuarto oscuro sin haber escuchado lo que nadie más les iba a contar.
Porque lo que está en juego el 31 de mayo no es solo el nombre del próximo presidente de Colombia. Lo que está en juego es algo más grande, algo que los números de las encuestas no pueden capturar, algo que las estrategias de campaña no pueden fabricar, algo que solo existe cuando los pueblos tienen la lucidez de reconocerlo en el momento justo.
La posibilidad real de cambiar el rumbo de una nación antes de que sea demasiado tarde para cambiar. Para entender la magnitud de lo que Colombia tiene frente a sí, hay que mirar con honestidad lo que dejó el gobierno de Gustavo Petro, no con la frialdad de un analista político, no con el lenguaje técnico de los economistas, sino con los ojos de un colombiano de carne y hueso que vivió esos 4 años desde su casa, desde su barrio, desde su trabajo o desde la falta de él, desde su consulta médica que cada vez tardaba
más, desde su bolsillo que cada vez alcanzaba para menos. Los grupos armados ilegales cerraron el año 2025 con más de 27,000 integrantes entre hombres en armas y redes de apoyo. Según el informe de la fundación Ideas para la Paz publicado en enero de 2026, lo que representa un crecimiento del 23,5% frente al año anterior, el mayor aumento registrado en muchos años y una cifra que supera en 5000 personas la que existía apenas 12 meses antes.
27000 hombres armados en Colombia, 27000 personas que no trabajan, que no estudian, que no construyen nada, que viven de la extorsión y del narcotráfico y del miedo que siembran en las comunidades donde operan y cuya única función en este mundo es hacer daño, cobrar lo que no se les debe y matar cuando les conviene.
Y el número no basta para entender la dimensión del problema, porque además de los 27,000, las disputas entre grupos armados alcanzaron en 2025 su nivel más alto en los últimos 10 años, con un incremento del 34% frente a 2024 al pasar de 86 a 115 enfrentamientos registrados, lo que significa que no solo hay más combatientes, sino que además están peleando más entre ellos, lo que genera más desplazamientos, más masacres, más comunidades atrapadas en el fuego.
cruzado de estructuras que compiten por controlar el territorio. El grupo que más creció fue el Clan del Golfo, con un aumento del 30%, equivalente a casi 2,300 personas nuevas en sus filas. Y lo más revelador del informe de la FIP es que ese crecimiento ocurrió incluso entre los grupos que estaban sentados en las mesas de paz total del gobierno de Petro, lo que significa que la política de negociación no sirvió para reducir al crimen organizado, sino para darle tiempo de reorganizarse, para permitirle consolidar territorios mientras el
Estado les extendía la mano y les pedía que por favor siguieran hablando. ese resultado, ese fracaso documentado, ese 23,5% de crecimiento en los grupos armados después de 4 años de un gobierno que puso la paz como su bandera más importante, es el balance más concreto y más doloroso de lo que la paz total de Petro le entregó a Colombia.
Y es el contexto en que hay que entender toda la discusión electoral que viene. Porque cuando de la Espriella propone un bloque de búsqueda contra los extorsionistas, cuando propone supervisión militar de las cárceles, cuando propone fumigación de las 330,000 heas de coca que Petro dejó crecer, cuando propone un plan Colombia renovado con Estados Unidos para atacar el narcotráfico, no está haciendo promesas de campaña vacías.
está respondiendo con propuestas concretas a un problema concreto y documentado que el gobierno que se va dejó crecer durante 4 años mientras decía que estaba construyendo la paz. Y cuando Iván Cepeda, el candidato del gobierno, habla de continuar la paz total, de mantener los diálogos con los grupos armados, de no romper los procesos de negociación que Petro comenzó.
Ese candidato está diciendo en términos muy claros que lo que hizo Petro estuvo bien, que la política que produjo ese crecimiento del 23,5% en los grupos armados fue la política correcta, que Colombia debe seguir en ese camino, aunque los resultados estén a la vista de cualquier persona que quiera mirarlos. Con honestidad, para los colombianos de más edad, para los que recuerdan lo que fue este país, cuando los grupos armados controlaban rutas y poblaciones enteras, cuando no se podía viajar de noche por las carreteras, cuando las familias del
campo recibían panfletos con órdenes de evacuar o morir. Para esa generación que pagó con sangre y con desplazamiento el precio de un estado que no podía o no quería defender a su propia gente. Escuchar que los grupos armados crecieron un 23,5% bajo el gobierno de Petroes. Algo que va mucho más allá de una estadística es una herida que se abre de nuevo.
Es la confirmación de que lo que tanto les costó construir en términos de seguridad durante los años anteriores puede deshacerse con una velocidad que aterra cuando los que gobiernan no tienen la voluntad de defender el estado. Ese dolor, esa memoria, esa experiencia vivida en el propio cuerpo y en la propia familia es la razón más profunda por la que tantos colombianos de bien miran la candidatura de de la espriella con esa mezcla de esperanza y de urgencia que no se ve en las encuestas, pero que se siente en las conversaciones cotidianas, que no aparece en los
análisis de los expertos, pero que está ahí en los portales de los edificios y en los mercados y en los parques donde la gente habla de lo que de verdad le importa. Pero la historia de esta elección no es solo la historia de la seguridad, porque Colombia es un país donde la seguridad y la economía y la salud y la educación están todas conectadas, donde el crimen organizado no es un problema separado de la pobreza y la pobreza no es un problema separado de la salud y la salud no es un problema separado de la educación donde todo forma una cadena
que comienza en la misma raíz y que tiene en la misma raíz su única solución posible, un estado que funcione, que defienda a sus ciudadanos. que use bien el dinero de todos en lugar de despilfarrarlo en burocracia y en contratos de politiquería, y que tenga la valentía de enfrentar a los que se oponen al cambio, porque el cambio les costará el negocio.
El sistema de salud de Colombia está en crisis, en una crisis tan profunda que el propio gobierno de Petro tuvo que reconocerla, aunque la causó con sus reformas y con sus decisiones, con una deuda acumulada que llegó a más de 40 billones de pesos entre lo que el Estado le debe a las EPS y las EPS le deben a los hospitales y los hospitales necesitan para seguir funcionando con instituciones médicas que cerraron sus puertas en municipios pequeños porque ya no podían seguir operando sin los pagos que nunca llegaban. con medicamentos que
se volvieron escasos en regiones enteras del país, con pacientes que esperaban meses para una cita especializada que antes conseguían en semanas. Frente a esa crisis, de la SPRA propone un plan de choque de 10 billones de pesos para estabilizar el sistema de manera inmediata, para garantizar que los hospitales reciban los pagos que se les deben, para asegurar que los medicamentos lleguen a quienes los necesitan.
para detener la hemorragia financiera antes de que el sistema colapse completamente y propone en paralelo revertir las reformas del gobierno Petro que generaron ese desorden y concertar con todos los actores del sector una. Solución de largo plazo que devuelva al sistema colombiano de salud la calidad y la operatividad que llegó a tener.
La que lo convirtió en uno de los más eficientes de América Latina antes de que las decisiones del último gobierno lo pusieran de rodillas. Para una abuela colombiana que espera horas en una urgencia para que la atiendan. Para un padre de familia que no consigue la cita con el especialista que su hijo necesita.
Para una persona mayor que lleva semanas esperando los medicamentos para la tensión o para la diabetes que el sistema ya no le entrega con regularidad, esa propuesta no es un programa de gobierno abstracto. Es la diferencia entre vivir con dignidad y vivir con miedo de enfermarse, porque el sistema que debería protegerlas se rompió.
En educación de la Espriella propone que los dos años finales de la educación secundaria tengan un enfoque vocacional, que ayuden a los jóvenes a descubrir cuáles son sus talentos reales y cómo conectarlos con las necesidades del mercado. Que la formación sea práctica, además de teórica, que salir del colegio no sea el momento en que un joven descubra que lo que estudió no tiene demanda en ningún lugar y que tiene que empezar de cero y propone ampliar el acceso a la universidad con financiamiento optimizado a través del
ICETEX, en lugar de promesas de matrícula acero que en la práctica no alcanzaron para todos los que las necesitaban y que generaron más problemas de los que resolvieron. Para los padres y las madres que quieren que sus hijos tengan oportunidades reales, que no quieren verlos trabajando en algo que no tiene nada que ver con lo que aprendieron, que saben que en Colombia el problema no es solo estudiar, sino conseguir trabajo después de estudiar.
Esa propuesta tiene un valor que va más allá de la pedagogía. Tiene que ver con la esperanza de que sus hijos tengan una vida mejor que la que ellos tuvieron. Y esa esperanza es el combustible más poderoso de cualquier. Voto en cualquier democracia del mundo. En economía, la propuesta de reducir el tamaño del Estado en un 40%, de eliminar el impuesto 4 por 1000 que castiga a los colombianos por ahorrar y por mover su dinero a través del sistema bancario, de ofrecer créditos de vivienda al 2% de interés anual a 30 años, de conectar
directamente a los agricultores con los consumidores para eliminar los intermediarios que encarecen los alimentos. Todas esas propuestas tienen una característica en común que los colombianos de a pie reconocen de inmediato. Están pensadas para el ciudadano común, para la persona que trabaja todos los días y que al final del mes no le alcanza, para el campesino que produce alimentos y que recibe una fracción de lo que paga el consumidor en la ciudad.
Para la familia que lleva años soñando con tener casa propia y que no puede pagar las tasas de interés que los bancos colombianos cobran actualmente, esas no son las propuestas de un candidato del establecimiento. No son las propuestas de alguien que fue construido por el sistema y que le debe al sistema su posición.
Son las propuestas de un hombre que llegó hasta donde llegó por su propio trabajo, que conoce el valor del dinero ganado con esfuerzo, que entiende desde adentro cómo funciona el sistema jurídico y económico colombiano y cuáles son los cambios concretos que harían que ese sistema trabajara para los ciudadanos en lugar de trabajar para los mismos de siempre.
Y aquí es donde la historia de los ataques adquiere su dimensión más importante, la que más Colombia necesita entender antes del 31 de mayo. Porque si de la Sprilla tuviera razón en sus propuestas, si lo que él propone para Colombia fuera bueno para los ciudadanos comunes, si reducir los grupos armados y mejorar la salud y crear oportunidades económicas reales para las familias colombianas fuera en efecto el camino correcto, entonces la pregunta que hay que hacerse no es porque lo atacan.
Eso ya quedó claro, sino que tan real es la amenaza que esos ataques representan para su candidatura. ¿Qué tan profundo es el daño que la operación mediática está logrando hacer en la mente de los votantes indecisos? ¿Qué tan efectivo está siendo el mecanismo que los poderosos siempre han usado para protegerse en Colombia? Las encuestas muestran que a finales de febrero de 2026, Iván Cepeda tiene el 37,1% de la intención de voto y de la espriella el 18,9%.
Una diferencia de casi 20 puntos que parece enorme, pero que hay que mirar con la perspectiva correcta, con la memoria de lo que pasó en los países donde se vivió este mismo fenómeno antes de que Colombia lo viviera. En Argentina, cuando Javier Miley lanzó su candidatura en serio, las encuestas le daban menos del 20% de intención de voto y le daban la victoria al candidato del establishment con comodidad.
ganó con el 56% en segunda vuelta en El Salvador. Cuando Nayib Bukele se presentó como candidato independiente sin el respaldo de los partidos tradicionales, los analistas decían que no tenía estructura ni experiencia ni los recursos para ganar. ganó con el 53% en primera vuelta en Estados Unidos.
Cuando Donald Trump se presentó a su segunda campaña después de años de ataques coordinados de prácticamente todos los medios del país, las encuestas lo mostraban en empate técnico o por debajo de su rival. Ganó el Colegio Electoral con Olgura. La historia de los outsiders que enfrentan operaciones mediáticas organizadas y bien financiadas tiene un patrón que se repite y ese patrón dice que las encuestas subrepresentan sistemáticamente el apoyo real de los candidatos que el establishment quiere destruir, porque los votantes que apoyan
a esos candidatos aprenden muy pronto que no es socialmente conveniente decirlo en público. que si uno dice que va a votar por el tigre en Colombia, hay personas del entorno que lo miran raro, que dicen que está siendo manipulado o que está del lado de los malos. Y entonces ese votante aprende a callar su intención frente al encuestador, pero a guardarla intacta para cuando esté solo en el cuarto oscuro.
Ese fenómeno tiene nombre en la ciencia política. Se llama el bodo oculto y es la razón por la que las encuestas fallaron en Argentina, fallaron en El Salvador y fallaron en Estados Unidos. porque medían lo que la gente estaba dispuesta a decir en público, pero no lo que en realidad pensaba hacer en privado.
Y en Colombia, donde el miedo a expresar ciertas opiniones políticas no es un miedo imaginario, sino un miedo con razones concretas, donde apoyar a un candidato que el gobierno y sus aliados consideran el enemigo puede tener consecuencias reales en el trabajo, en los contratos, en las relaciones sociales. Ese voto oculto probablemente existe y probablemente es más grande de lo que cualquier encuestadora puede detectar.
Omar Bula lo dijo con la claridad de quien ha seguido de cerca esas campañas. Abelardo de la Espriella está en el punto en que se convierte en un cohete, en el momento en que la candidatura adquiere velocidad de escape, en que ya no necesita el mismo tipo de empuje porque empieza a sostenerse sola, impulsada por el apoyo real que tiene y por la fuerza de una propuesta que responde a los problemas reales de gente real que ya no quiere seguir esperando que los políticos de siempre le resuelvano, que los políticos de siempre nunca le van a resolver.
Pero esa velocidad de escape no llega sola, no llega sin información, no llega si los colombianos que podrían votar por ese cambio no saben lo que saben los que leen los documentos, los que buscan entre los archivos de las fundaciones internacionales, los que conectan los puntos entre la financiación de los medios y el tipo de cobertura que esos medios producen, los que entienden la diferencia entre un caso archivado hace 15 años y una acusación nueva que merezca ser tomada en serio.
Y es ahí donde cada colombiano que ve este vídeo tiene una responsabilidad que va más allá de lo individual, una responsabilidad con su familia, con sus vecinos, con su comunidad, con ese conjunto de personas que confían en él o en ella para entender lo que los grandes canales no explican, para ver lo que los periódicos financiados por Soros no publican, para tener la perspectiva completa que una democracia sana necesita que sus ciudadanos tengan.
Volvamos a Miguel, porque al final de todo, al final de los números y de los análisis y de las propuestas y de las conexiones entre medios y fundaciones y candidatos y procesos judiciales, hay un hombre que ya no está. Un hombre que fue a un parque un sábado de junio con la convicción de que Colombia podía ser diferente, con la fe de quien cree de verdad que vale la pena luchar por este país y que pagó esa fe con su vida.
Miguel Uribe Turbay tenía 44 años cuando murió el 11 de agosto de 2025. Era senador de la República, era candidato presidencial, era padre, era hijo, era hermano, era el tipo de persona que en Colombia sale a una plaza, no porque tenga que hacerlo, sino porque quiere hacerlo, porque cree que la diferencia entre hablar y no hablar, entre pararse frente a la gente y quedarse en casa, entre arriesgarse y protegerse, esa diferencia determina el tipo de país que Colombia va a ser.
Y los que lo mataron sabían eso. Sabían que matar a ese hombre era matar un símbolo, que el impacto de su muerte no era solo el de una vida quitada, sino el del miedo sembrado en todos los que después de verlo, quisieran pararse en una plaza a decir lo que piensan, que el mensaje que sus asesinos mandaron ese día no era solo para sus familiares, sino para Colombia entera.
que pararse frente al poder criminal tiene un precio, que ese precio puede ser la vida y que más vale pensarlo dos veces antes de ser el siguiente. Ese mensaje no puede funcionar. No puede funcionar porque si funciona, si el miedo que sembraron logra que los candidatos que amenazan al crimen organizado se queden en casa, que los ciudadanos que quieren un cambio real se callen, que los colombianos que tienen razones para votar diferente decidan que no vale la pena el esfuerzo.
Entonces, los que ordenaron ese crimen habrán ganado sin necesidad de disparar una segunda vez. ¿Habrán logrado con una sola bala lo que querían, paralizar a Colombia con el miedo suficiente para que el candidato que necesitan que gane llegue al poder sin resistencia real? Y la única manera de que ese mensaje no funcione, la única manera de que la muerte de Miguel Uribe Turbay no haya sido en vano, la única manera de que los colombianos de bien le respondan a los que ordenaron ese crimen con la dignidad que la situación exige, es hacer
exactamente lo contrario de lo que ellos esperan, informarse, compartir la información, hablar de lo que los medios no dicen y el 31 de mayo entrar al cuarto oscuro con los ojos abiertos y votar con la conciencia de quién sabo. que está en juego y no tiene miedo de decidir. Hay una imagen que los colombianos de más edad llevan en el corazón desde hace décadas.
Una imagen que ningún medio les enseñó, pero que la vida les grabó con la precisión que solo da la experiencia propia. Y es la imagen de lo que ocurre cuando Colombia elige mal, cuando el miedo o la ignorancia o la manipulación mediática logran que los colombianos entren a las urnas sin la información completa y voten por una promesa que parece nueva, pero que esconde los mismos intereses de siempre.
Esa imagen tiene los colores del desplazamiento, del campo abandonado, de las familias que dejan todo lo que tienen y caminan hacia las ciudades sin saber dónde van a dormir esa noche. Del campesino que sembraba y que ya no puede sembrar, porque los grupos armados le dijeron que esa tierra ya no es suya. Del joven que no encontró trabajo y al que alguien le ofreció dinero a cambio de cosas que no debería hacer.
Esa imagen tiene el sonido de las amenazas y de las extorsiones y de los tiros que se escuchan de noche en los barrios donde el estado no llega, de las madres que despiertan a sus hijos a las 4 de la mañana para que lleguen al colegio antes de que empiecen. Los problemas en la calle de los comerciantes que pagan vacunas mes a mes para poder abrir su negocio y que saben que si un día no pagan, no van a tener negocio que abrir.
Y esa imagen tiene el sabor amargo de la resignación de la gente que lleva décadas diciendo que aquí nada cambia, que todos son iguales, que para que votar si al final los mismos vuelven a ganar, que la diferencia entre un candidato y otro es apenas de nombre, porque el sistema siempre termina comiendo a los que entran con buenas intenciones y que mejor quedarse en casa el día de las elecciones que gastar energía en algo que de todas formas no va a cambiar nada.
Esa resignación, ese cansancio que los colombianos de bien acumulan después de tantas promesas rotas y tantas esperanzas defraudadas es el recurso más valioso que tienen los que no quieren que Colombia cambie. Porque un pueblo resignado es un pueblo que no vota, un pueblo que no vota es un pueblo que deja que otros decidan por él.
Y los que deciden por él cuando él no está son siempre los mismos. Los que tienen maquinaria y recursos y medios y candidatos para cada escenario, los que ganan. Tanto si su candidato llega al poder como si logran que la gente que podría votar contra ellos se quede en casa. Por eso la resignación no es neutralidad. Por eso quedarse en casa el 31 de mayo no es una posición independiente, es un regalo envuelto en papel de indiferencia que los colombianos de bien le hacen sin saberlo a los que siempre han manejado este país. Es la colaboración más
conveniente que el ciudadano astiado puede ofrecerle al establecimiento que dice temer. Los colombianos de más edad saben esto mejor que nadie porque lo han visto demasiadas veces. Porque recuerdan los años en que la abstención en Colombia era tan alta que los presidentes ganaban con el apoyo de una fracción pequeñísima del total de ciudadanos habilitados para votar, porque saben que ese fue precisamente el mecanismo que durante décadas permitió que los mismos grupos de poder se turnaran el gobierno sin que el grueso
de la población tuviera real incidencia sobre el resultado. Y saben también que las veces en que Colombia se movilizó, en que la gente salió a votar en números que sorprendieron a los analistas y a los estrategas del establecimiento, las cosas cambiaron, no siempre para bien y no siempre de la manera esperada, pero cambiaron porque la voluntad de muchos tiene una fuerza que ninguna maquinaria puede contrarrestar del todo cuando se expresa con la determinación suficiente.
Ese es el momento que Colombia está viviendo ahora. Las elecciones del 31 de mayo de 2026 son las más importantes que Colombia ha vivido en muchos años, no porque los candidatos sean extraordinarios o porque las propuestas sean perfectas, sino porque el contexto en que se realizan hace que lo que está en juego sea más que el nombre del próximo presidente.
Lo que está en juego es si Colombia va a seguir siendo el tipo de país donde el crimen organizado creció un 23,5% en el último año mientras el gobierno le extendía la mano y le pedía que siguiera hablando o si va a convertirse en el tipo de país que enfrenta ese problema con la seriedad que merece. Lo que está en juego es si Colombia va a elegir a un candidato que llegó donde llegó sobre los hombros de un proceso judicial con pruebas que su propio abogado defensor describió como incompletas y alteradas. o si va a
elegir a alguien que no tiene esas preguntas pendientes sobre su historia. Lo que está en juego es si los medios financiados por fundaciones extranjeras van a poder determinar el resultado de una elección colombiana con la operación coordinada de ataques que han construido durante meses.
O si el pueblo colombiano va a demostrar que es más inteligente que esa operación, que puede ver detrás de los titulares, que puede hacer preguntas, que puede exigir respuestas, que puede distinguir entre el periodismo y la manipulación disfrazada de periodismo. Lo que está en juego es si la muerte de Miguel Uribe Turbay va a ser el tipo de crimen que en Colombia pasa y se olvida, que genera llanto por unos días y luego queda enterrado bajo la avalancha de las noticias siguientes.
o si va a ser el tipo de crimen que despierta a un pueblo, que lo lleva a hacerse preguntas que no se había hecho, que lo empuja a votar con la determinación de quien entiende que lo que está decidiendo no es solo una elección, sino la respuesta que Colombia le da a los que creen que con balas o con titulares pueden controlar el futuro de 48 millones de personas.
Colombia ha estado en momentos asiantes. Los colombianos de más edad lo recuerdan con la claridad que dan las cosas que marcan el cuerpo y el alma. Lo recuerdan como se recuerdan los momentos en que uno sintió que el tiempo se detenía, que lo que ocurría en ese instante iba a definir lo que venía después. Recuerdan el 18 de agosto de 1989 cuando Luis Carlos Galán cayó en Soacha con cuatro balas en el cuerpo mientras daba un discurso de campaña.
Recuerden el silencio que cayó sobre Colombia esa noche, la mezcla de miedo y de rabia y de tristeza que una nación entera sintió al mismo tiempo. Y recuerdan también lo que vino después. Como ese crimen encendió algo en Colombia que los que lo ordenaron no esperaban encender, como la muerte de Galán terminó costándole al cartel de Medellín más que su vida entera había costado porque Colombia respondió a esa muerte con una determinación que no había tenido antes.
Recuerdan los años 90, los años de las bombas y los tiros y los secuestros y las extorsiones y el miedo constante de vivir en un país donde nadie estaba seguro. Y recuerdan también como ese miedo llegó un punto en que en lugar de paralizarlos los movilizó. Como el hartazgo se convirtió en algo más fuerte que la resignación, como millones de colombianos decidieron que era suficiente y que valía la pena hacer algo diferente, aunque diferente tuviera riesgos.
Y recuerdan que Colombia en esos momentos, en esos instantes en que todo parecía perdido y el futuro parecía imposible, encontró la fuerza para seguir, para resistir, para construir sobre las ruinas de lo que el crimen y la guerra habían destruido. No perfectamente, no sin errores, no sin pagar precios enormes, pero encontrándola.
Esa fuerza no viene de los candidatos, ni de los partidos, ni de las maquinarias electorales. Esa fuerza viene de cada colombiano de a pie que decide que su voto importa. que su voz importa, que lo que decide hacer o no hacer el día de las elecciones tiene consecuencias reales sobre la vida real de personas reales.
Que la democracia no es un ritual vacío, sino el único mecanismo que una sociedad civil tiene para decirle a los que quieren gobernarla, quien manda y bajo qué condiciones. Esa fuerza, esa convicción de que el voto tiene peso, de que la participación tiene sentido, de que Colombia merece mejor de lo que ha tenido, es lo que esta historia vino a alimentar.
Porque sin información esa convicción no puede sostenerse. Porque sin la historia completa el voto puede terminar siendo un regalo para los que se benefician de que la gente no sepa todo lo que necesita saber. Entonces, ¿qué hace un colombiano de bien con todo lo que hemos contado en esta historia? Lo primero es no callarse.
Lo primero es hablar, es compartir, es contar a los que no vieron esto. Lo que hay que ver es ser el puente entre la información que los grandes medios esconden y las personas del círculo propio que merecen tenerla antes de votar. Un abuelo que ve este vídeo y lo entiende, que reconoce en esta historia los patrones que su experiencia le enseñó a identificar, que siente que algo de lo que aquí se cuenta corresponde a lo que su instinto le ha estado diciendo.
Ese abuelo tiene el poder de cambiar el voto de su hijo y de su nuera y de sus nietos si les cuenta lo que supo, si les explica lo que vio, si les comparte con la autoridad que da la experiencia vivida, porque esta elección es diferente a otras que él ha vivido antes. una madre que comparte este vídeo con sus vecinas, que habla en el grupo de WhatsApp del edificio, que dice con palabras sencillas lo que entendió, que conecta las cifras de los grupos armados con el miedo que sus hijos sienten en la calle, con la espera que ella misma
vivió para conseguir una cita médica, con el precio que pagó en el mercado la última vez que fue a hacer el mercado. Esa madre es tan importante para lo que va a ocurrir el 31 de mayo como cualquier analista político o cualquier estratega de campaña. y un ciudadano que entra al cuarto oscuro el 31 de mayo, habiendo escuchado todo lo que esta historia tiene que decir, habiendo revisado las preguntas que se hicieron, habiendo buscado las respuestas que los grandes medios no dan, ese ciudadano va a votar con la
dignidad de quien decidió libremente y con información completa, no con la de quien eligió la opción que le servían ya preparada en el plato de los titulares pagados. Eso es la democracia cuando funciona de verdad. Eso es lo que Colombia merece el 31 de mayo. Esta historia no termina aquí. Esta historia termina en las urnas.
Termina en ese momento privado e íntimo en que cada colombiano decide con qué cara quiere que su país despierte. El 1 de junio de 2026, ¿qué tipo de respuesta quiere darle a los que mataron a Miguel Uribe Turbay creyendo que con eso podían atemorizar a una nación entera? ¿Qué tipo de señal quiere enviarle a los medios financiados desde afuera que creyeron que con titulares coordinados podían comprar el resultado de una elección colombiana? ¿Y qué tipo de futuro quiere construir para sus hijos y para los hijos de sus hijos en un país

que lleva demasiado tiempo pagando el precio de sus malas decisiones, Colombia tiene 90 días. 90 días para recordar, para informarse, para hablar, para compartir, para movilizarse, para decidir. Y lo que decida en esos 90 días va a definir el tipo de país que Colombia va a ser durante los próximos 4 años, los próximos 20 años, quizás los próximos 40, porque las elecciones que se ganan con información y con participación real producen presidentes que le deben el triunfo al pueblo y no al establecimiento. Y los presidentes que
le deben el triunfo al pueblo tienden a gobernar para el pueblo, en lugar de gobernar para los que pusieron el dinero de la campaña y esperan el cobro de las cuentas. Ese es el diferencial, esa es la apuesta, ese es lo que está en juego. ¿Cree usted que Colombia tiene lo que necesita para cambiar de verdad el 31 de mayo? ¿O cree que el miedo y la desinformación son más fuertes que la memoria de un pueblo que ha sobrevivido demasiado? Para rendirse ahora, hasta la próxima. M.