Posted in

La Caída del Ecuatoriano: El Narco de los Choneros que Desafió a dos Países

El 29 de septiembre de 2025, en una finca del sector alto del perro, cerca de Rí Negro, Antioquia, agentes de la dijín de la policía de Colombia llegaron a la propiedad antes del amanecer. Habían pasado meses siguiendo a un hombre que había cruzado ilegalmente desde Ecuador hacia Colombia, que se había fabricado una identidad de empresario en Barbosa, con documentos que no correspondían a su verdadera identidad y que vivía en una mansión con esculturas de perros de metro y medio talladas en materiales preciosos. El

hombre que vivía en esa mansión era Georm Robinson Suárez Molina, alias el ecuatoriano. El enlace estratégico de los choneros con el clan del Golfo colombiano para el tráfico de cocaína hacia Estados Unidos y hacia los mercados europeos. Cuando los agentes llegaron esa mañana al alto del perro Oh, el ecuatoriano los recibió con disparos de fusil.

El intercambio de fuego fue breve. Suárez Molina cayó abatido. Tres de sus escoltas fueron capturados. El arsenal incautado incluía un fusil de asalto calibre 5.56, tres pistolas 9 mm y una cantidad significativa de munición. En el inventario de la operación también figuraron 17 millones de pesos colombianos, 000 en efectivo y seis piezas de joyería de alto costo.

Fue el final de una trayectoria que había comenzado en los barrios periféricos de Guayaquil, que había pasado por una narcofiesta en la vía Guayaquil Salinas en mayo de 2024, donde fue detenido junto a otros cabecillas y luego liberado en circunstancias que nadie en Ecuador explicó de manera satisfactoria y que terminó en la Colombia, de la que había intentado usar como base de operaciones para seguir moviendo la cocaína que los choneros exportaban a escala industrial, desde los puertos ecuatorianos hacia el mercado global.

Pero la historia del ecuatoriano no se entiende sin entender primero quiénes son los choneros, qué papel jugaban en el mapa del narcotráfico latinoamericano y como una organización que nació a finales de los años 90 en el cantón Chon de la provincia de Manabí llegó a ser uno de los actores más relevantes del tráfico de cocaína hacia Europa y Estados Unidos en el primer cuarto del siglo XXI.

Los choneros nacieron a finales de los años 90 como una de esas organizaciones que el crimen organizado latinoamericano produce de manera consistente en los territorios donde la ausencia del Estado, por la pobreza estructural y la proximidad a las rutas del narcotráfico, crean las condiciones perfectas para que la violencia se convierta en un negocio.

Su fundador, Jorge  Bismarck Velis España, alias el Teniente España, estableció la banda originalmente como un brazo armado prestador de servicios para organizaciones colombianas, enfocándose en el sicariato, la extorsión y la protección de rutas en el norte de Ecuador. El asesinato del teniente España  en 2007 no desmanteló la organización, la transformó.

El liderazgo pasó a Jorge Luis Zambrano, alias  Rasquiña, que fue el hombre que profesionalizó los choneros y los convirtió en la organización dominante del crimen organizado ecuatoriano. Bajo el mando de Rasquiña, los choneros  dejaron de ser una banda regional para convertirse en la confederación criminal que controlaba más del 70% de las rutas de narcotráfico del país.

Administraba el sistema penitenciario ecuatoriano de manera paralela al Estado. Tenía presencia en todas las provincias, cobraba tributos a otras organizaciones que querían operar en territorio que los choneros consideraban propio. Y tenía relaciones directas con el cartel de Sinaloa Mexicano, para el que funcionaban como el operador local en Ecuador de las rutas de cocaína que desde los puertos ecuatorianos llegaban a Europa y a Estados Unidos.

Ecuador en ese periodo era lo que los analistas de seguridad describían con la frase que se repetiría en todos los informes posteriores. Era la isla de paz de América Latina. Sp tenía una tasa de homicidios de 11 por cada 100,000 habitantes, cuando Colombia estaba en sus peores años de violencia y México comenzaba la espiral que lo llevaría a convertirse en el escenario de la guerra entre carteles más sangrienta del continente.

Esa estabilidad era frágil, como todas las estabilidades que dependen de equilibrios  no escritos y de la capacidad de un actor dominante para mantener la paz entre los actores menores. Y cuando ese equilibrio se rompió, se rompió de manera abrupta y total. El asesinato de Rasquiña en un centro comercial de Manta en diciembre de 2020 fue el detonante.

Zambrano fue asesinado en uno de los espacios comerciales más concurridos de la ciudad en un ataque que demostró que quien lo mandó a matar tenía la capacidad y la disposición de ejecutar el objetivo en cualquier lugar. Shom independientemente de los testigos o de las cámaras de seguridad. La muerte de Rasquiña eliminó el liderazgo que mantenía unida la Confederación de los Choneros y que imponía las reglas del equilibrio que había mantenido relativamente contenida la violencia del crimen organizado ecuatoriano durante los años anteriores.

Los subgrupos que habían estado subordinados a los choneros  se revelaron. Los lobos, los tiguerones, los chonillers y otras organizaciones menores comenzaron a disputar el territorio y las rutas que la muerte de Rasquiña había puesto en juego. Y esa disputa  tomó la forma de las masacres carcelarias que en 2021 pusieron las imágenes de Ecuador en los medios de comunicación de todo el mundo, como el ejemplo más brutal de lo que puede ocurrir cuando un sistema penitenciario ha sido tan completamente capturado por

el crimen organizado que el Estado ya no tiene control real sobre lo que ocurre en el interior  de sus propias instalaciones. las masacres carcelarias de 2021 que se iniciaron en la penitenciaría del litoral de Guayaquil con 119 personas muertas en un solo día, no fueron el episodio más sorprendente de ese proceso.

Lo más sorprendente fue que ocurrieron en instituciones  que estaban supuestamente bajo control del Estado y que habían sido capturadas de manera tan completa por las organizaciones criminales que el Estado tenía que negociar con los líderes recluidos para poder acceder físicamente a sus propias instalaciones. En ese contexto de colapso del sistema penitenciario y de guerra entre organizaciones que disputaban la herencia de Rasquiña, fue donde la figura de Adolfo Masías Villamar, alias Fito, adquirió la relevancia que lo convertiría en el narco más buscado de

Ecuador y en el símbolo más perturbador de hasta donde había llegado la pérdida de control  del Estado ecuatoriano sobre sus propias instituciones. Fito no fue un líder accidental, fue el producto de años de construcción de poder dentro del sistema penitenciario ecuatoriano, donde había aprendido que la celda no tenía que ser el fin de la carrera criminal, sino una plataforma desde la que podía dirigir sus operaciones con una visibilidad que en las calles habría resultado demasiado  peligrosa para quien tenía

sobre sí el tipo de atención institucional que Fito tenía. Adolfo Masías Villamar cumplía condena en la cárcel regional de Guayaquil cuando  comenzó a construir lo que los investigadores describirían después como un búnker de lujo. No en sentido metafórico, en sentido literal. Su celda estaba equipada con acceso a internet, con comunicaciones constantes con el exterior, parte con servicios que habrían resultado imposibles en un sistema penitenciario con controles efectivos,  pero que en el sistema penitenciario ecuatoriano eran

el resultado predecible de años de corrupción institucional que había convertido a los custodios en empleados de facto de las organizaciones criminales que se suponía que debían custodiar. Desde esa celda, Fito gestionaba las operaciones de los choneros con una eficiencia que resultaba perturbadora para los analistas de seguridad que estudiaban el caso.

Read More