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El Narco que Financió a Daniel Noboa — El Negro Willy

El 21 de marzo de 2026, un narcotraficante dio una entrevista desde España que paralizó la política ecuatoriana. Su nombre William Joffre alcíbar bautista, alias el negro Willy, líder de los tiguerones. La misma organización que dos años antes había tomado con fusiles de asalto un canal de televisión en pleno directo.

Desde la libertad que le otorgaba un proceso de extradición fallido, dijo algo que ningún narco suele decir en público, que su organización había financiado la campaña presidencial de Daniel Noboa y que Novoa los había traicionado. La acusación era de una potencia narrativa extraordinaria. Un arco que afirma haber puesto a un presidente en el poder y que ahora desde Europa le pasa factura públicamente.

Un líder criminal que convierte su entrevista periodística en un arma política más efectiva que cualquier arma de fuego que su organización hubiera podido usar en las calles de Esmeraldas. Una bomba de fragmentación informativa que generó en Ecuador el tipo de debate que paraliza a las instituciones, divide a la opinión pública y alimenta durante semanas los algoritmos de las redes sociales con una combustión de indignación y desconfianza que ningún estratega de comunicación podría haber diseñado con mayor eficacia. Pero hay

algo más en la historia del negro Willy que la acusación contra el presidente y su impacto mediático. Hay la pregunta más importante de todas, la que los datos responden de una manera que la narrativa del propio negro Willy no puede sostener. ¿Es verdad lo que dice? ¿Financió realmente Los Tiguerones la campaña de Daniel Noboa? ¿Existió ese pacto que él describe y que según su versión fue traicionado? Las respuestas dicen algo que resulta más perturbador que cualquier cosa que el narco haya podido afirmar en esa

entrevista. Dicen que la verdad y la narrativa son dos cosas completamente diferentes y que en el Ecuador de 2026 y en la política latinoamericana en general, la narrativa gana casi siempre. Para entender quién es el negro Willy y por qué su palabra tiene el peso que tiene en el debate político ecuatoriano, hay que entender primero desde  dónde llegó.

Y lo primero que sorprende cuando se estudia su historia es que no llegó desde donde llegan la mayoría de los líderes criminales de su generación. William Joffre Alzíbar Bautista fue guía penitenciario, un funcionario del sistema carcelario ecuatoriano, parte del aparato del Estado, alguien que conocía desde adentro la anatomía de las prisiones ecuatorianas, sus debilidades estructurales, sus puntos de entrada y de salida,  los mecanismos mediante los cuales los líderes criminales recluidos mantenían el control de sus organizaciones desde las

celdas. Ese capital de conocimiento institucional lo convirtió en un operador criminal de una sofisticación  que otros líderes, sin su experiencia no podían igualar. La diferencia entre un criminal que asalta  desde fuera el sistema y uno que lo conoce desde dentro es la misma diferencia  que hay entre un ladrón que intenta forzar una caja fuerte a golpes y un exempleado del banco que sabe de memoria la combinación.

Su ascenso dentro del ecosistema criminal ecuatoriano comenzó en los choneros. Stra, la organización que durante años dominó el narcotráfico en el país y que mantenía alianzas estratégicas con el cartel de Sinaloa para el tráfico de cocaína desde Ecuador hacia los mercados europeos y norteamericanos. Los choneros fueron durante mucho tiempo la organización hegemónica, la que establecía las reglas del juego en las cárceles y en las calles, la que negociaba con los carteles internacionales desde una posición de suficiente poder para imponer

condiciones en lugar de simplemente aceptarlas. Alciíbar Bautista aprendió en esa escuela cómo funciona la estructura de poder de una organización criminal  transnacional, cómo se coordina la operativa entre el interior de las cárceles y el exterior, cómo se gestionan las lealtades y los castigos, hecho cómo se construye la autoridad en  un entorno donde la única legitimidad que vale es la que se sostiene con el miedo y con los resultados.

y luego decidió que había algo mejor que ser un operador dentro de una organización dominante. Decidió que era mejor fundar la suya propia y competir  por el control del territorio que los choneros consideraban su dominio exclusivo. La fundación de los tiguerones fue ese acto de traición y de ambición que en el mundo del narcotráfico equivale a una declaración de guerra.

Alíbar bautista se separó de los choneros, llevándose consigo parte de la estructura operativa que conocía, parte de los contactos que había cultivado durante su tiempo en la organización madre y toda la experiencia acumulada como guía penitenciario que le permitía entender mejor que casi nadie cómo operar dentro de las cárceles ecuatorianas,  donde el control del espacio físico equivale al control del negocio criminal.

Los tiguerones nacieron con una doctrina militarizada que los diferenciaba de las bandas criminales más convencionales del país. Una estructura jerárquica rígida, disciplina interna implacable, disposición a la violencia extrema como herramienta de consolidación territorial y una capacidad para coordinar ataques simultáneos en múltiples puntos que demostraba un nivel de planificación operativa que las autoridades ecuatorianas no habían visto antes, con esa intensidad en una organización de esa escala y de esa juventud

institucional. En pocos años pasaron de ser una disidencia de los choneros a convertirse en la tercera organización criminal más peligrosa de Ecuador, solo por detrás de los choneros y los lobos. La provincia de Esmeraldas, en la costa norte del país, cerca de la frontera con Colombia, con sus rutas de tráfico de cocaína y sus comunidades empobrecidas  con escasa presencia efectiva del Estado, se convirtió en su bastión territorial.

Los enfrentamientos con los choneros por el control de rutas y territorios en la provincia dejaron docenas de muertos en pocos años y convirtieron a esmeraldas  en una de las más peligrosas del país, con tasas de homicidio que duplicaban y triplicaban el promedio nacional en sus peores momentos. Ese fue el escenario sobre el que Alcíar Bautista construyó el poder que le permitía años después y desde un apartamento europeo hablar de tú a tú con un periódico de alcance internacional y hacer afirmaciones que ponían en jaque la legitimidad del

gobierno que lo buscaba. Pero el momento que definió definitivamente a los Tiguerones como una organización de otra escala fue el 9 de enero de 2024. Ese día, mientras Ecuador procesaba el shock de la fuga de Fito, el líder de los choneros, de la cárcel de máxima seguridad donde estaba recluido, los tiguerones ejecutaron la operación más mediáticamente impactante de la historia del crimen organizado latinoamericano reciente.

El asalto a TC televisión no fue simplemente  un acto de violencia, fue una producción, una operación diseñada con la comprensión de que en el siglo XXI el terror no se mide solo en muertos y en heridos, sino en audiencia, en impacto mediático, en la capacidad de paralizar a una sociedad a través de sus propias pantallas.

Hombres encapuchados con fusiles  de asalto irrumpiendo en un estudio de televisión en plena emisión en directo. Presentadores y técnicos sometidos a punta de pistola mientras las cámaras seguían transmitiendo  porque nadie tuvo tiempo de apagarlas. El video se viralizó con una velocidad que ningún comunicado oficial podría haber igualado.

La crisis de seguridad ecuatoriana pasó de ser un problema regional a ser tema de portada en medios de toda Europa  y Norteamérica. El gobierno de Noboa, que llevaba apenas dos meses en el cargo, se vio forzado a tomar  decisiones de gravedad excepcional en cuestión de horas. La declaración del conflicto armado interno la catalogación de los tiguerones y de otras 21 organizaciones criminales como grupos terroristas  o beligerantes, el despliegue de las fuerzas armadas en calles y cárceles fueron la respuesta a ese asalto

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