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Rocío Dúrcal: Se descubre la Última CARTA Que Juan Gabriel Le Escribió y que Su Familia Escondió…

 Porque hubo distancias, hubo silencios largos, hubo periodos de años en los que no se hablaban y nadie en sus equipos sabía muy bien por qué. Y ahí es donde empieza la parte de la historia que la familia de Rocío preferiría que no se contara. Pero antes de llegar ahí, hay que entender algo sobre el mundo en el que todo esto ocurrió.

 La industria musical latinoamericana de los años 80 era un territorio con sus propias reglas, sus propias lealtades y sus propias formas de hacer daño. Era un mundo donde los contratos se firmaban con personas que tenían más poder que los artistas que firmaban, donde los derechos de las canciones cambiaban de manos de maneras que los compositores no siempre entendían del todo y donde las relaciones personales entre los artistas se mezclaban con los intereses económicos de una manera que hacía muy difícil saber dónde terminaba una cosa y

empezaba la otra. Juan Gabriel lo sabía mejor que nadie. Había llegado a ese mundo desde abajo, desde muy abajo, y había aprendido sus reglas de una manera que a veces implicó pagar un precio muy alto. Era un hombre que desconfiaba de casi todo el mundo y que, sin embargo, necesitaba rodearse de gente constantemente.

 Una contradicción que las personas que lo conocieron bien describen como la clave para entender muchas de sus decisiones. Rocío venía de otro mundo, venía de España, de una industria diferente, de una manera de entender el trabajo artístico que no tenía exactamente las mismas cicatrices, pero se adaptó y en esa adaptación perdió algunas cosas que quizás no tenía que haber perdido.

 La dinámica entre los dos en los años de mayor intensidad de su colaboración era, según personas que la observaron de cerca, más asimétrica de lo que parecía desde fuera. Juan Gabriel llegaba con las canciones terminadas, Rocío las grababa. Juan Gabriel supervisaba las sesiones con una atención al detalle que podía resultar agotadora.

 Rocío lo dejaba hacer y el resultado era brillante. Pero hay una pregunta que subyace a todo ese proceso y que nadie se ha molestado en hacer en voz alta. Cuánto de lo que Rocío aportó a esas grabaciones se le reconoció de la manera que merecía. La voz es un instrumento, pero también es una interpretación. Y la interpretación de Rocío Durcal no era intercambiable con la de ninguna otra persona.

 Lo que ella hacía con esas canciones era tan específico, tan suyo, que decir que Juan Gabriel las escribió y Rocío las cantó es simplificar algo que era mucho más complicado. Era una colaboración real, pero en el relato oficial siempre ha aparecido como una relación entre el genio compositor y la intérprete que tuvo la suerte de acceder a su trabajo. Eso no es justo.

 Y Rocío lo sabía. Los primeros indicios de que algo no estaba bien entre ellos aparecieron a mediados de los 90. Rocío llevaba ya más de una década siendo la intérprete más asociada a las canciones de Juan Gabriel. Su voz era para muchos la forma definitiva de esas melodías. Pero Juan Gabriel empezó a trabajar con otras artistas, empezó a guardar sus mejores composiciones para otras voces y Rocío lo notó.

 No lo dijo públicamente durante mucho tiempo. Tenía demasiada clase para eso y además sabía que cualquier declaración suya sería interpretada como celos profesionales. Pero en entrevistas de esa época, si escuchas con atención, hay algo en la manera en que evita ciertos temas, en la brevedad de algunas respuestas que dice más que cualquier declaración directa.

¿Qué pasó entre ellos en esos años? Hubo una conversación específica en la que algo se rompió o fue una acumulación de cosas pequeñas que nadie se atrevió a nombrar. La respuesta más honesta es que probablemente fue las dos cosas. Juan Gabriel era un hombre que vivía rodeado de gente y que, sin embargo, se sentía profundamente solo.

 Eso no es una metáfora, es algo que las personas que lo conocieron de verdad repiten con una consistencia que impresiona. construía vínculos muy intensos y luego se distanciaba sin explicación, no porque dejara de querer a las personas, sino porque algo en él se asustaba cuando la cercanía llegaba a cierto punto, con Rocío había llegado demasiado lejos, le había dado demasiado y a veces, cuando alguien te ha dado tanto, la única manera de seguir adelante es poner espacio.

 El diagnóstico de cáncer de ovario de Rocío llegó en 2000 y aquí el relato oficial y el relato real empiezan a separarse de una manera que resulta incómoda. Cuando Rocío recibió ese diagnóstico, llevaba ya años viviendo con una carga que la gente de su entorno veía, pero que nadie nombraba directamente. A distancia con Juan Gabriel había dejado una huella.

Rocío Dúrcal - Wikipedia

 Las grabaciones en común se habían reducido. Los proyectos que habían planeado juntos se habían quedado en conversaciones que nunca llegaron a convertirse en álbumes. Y Rocío, que era una mujer con una capacidad de autocontrol que impresionaba a todos los que la conocían, había seguido adelante. Había grabado otros álbumes con otros autores, había dado giras, había mantenido su presencia pública con una consistencia que no dejaba ver las grietas por dentro, pero las grietas estaban y el diagnóstico las hizo visibles de una manera que ya no había forma de ignorar.

Hay algo que la enfermedad grave le hace a las personas que tiene muy poco que ver con lo que las películas y los documentales suelen mostrar. No es solo la confrontación con la muerte, es la confrontación con el tiempo que ya pasó, con las conversaciones que no se tuvieron, con las relaciones que se dejaron enfriar, porque parecía que siempre habría tiempo de calentarlas de nuevo.

 Rocío tuvo esa confrontación y en algún punto de ese proceso la idea de que Juan Gabriel existía en el mundo y que entre los dos había cosas sin resolver se volvió insostenible. Quien dio el primer paso, si fue ella o fue él, es algo que las personas que lo saben no han contado de manera definitiva. Pero lo que sí está documentado en entrevistas de esa época y en testimonios de personas del entorno de los dos es que entre 2001 y 2003 hubo un acercamiento lento al principio, cauteloso, como dos personas que se han lastimado la una a la otra y que saben

que acercarse implica el riesgo de volver a hacerlo. La versión oficial dice que Juan Gabriel se enteró del diagnóstico y que inmediatamente buscó a Rocío para estar a su lado, que la distancia de los años anteriores se disolvió en cuanto supo que ella estaba enferma, que los últimos años de vida de Rocío estuvieron marcados por una reconciliación plena, por la recuperación de todo lo que se había perdido. Hay algo de verdad en eso.

 Juan Gabriel sí volvió. Sí, grabaron juntos de nuevo el álbum Juntos Otra vez, que salió en 2004, fue la prueba pública de esa reconciliación y la gira que hicieron juntos ese mismo año llenó estadios en toda América Latina. Las imágenes de los dos en el escenario, ya mayores, ya marcados por el tiempo y por la enfermedad, tienen una carga emocional que resulta difícil de aguantar.

 Pero hay cosas que esas imágenes no muestran. Hay gente del entorno de Rocío que habla de conversaciones que tuvieron lugar durante esos años y que nunca llegaron a grabarse, a documentarse, a convertirse en parte del archivo oficial. conversaciones donde los dos hablaban de cosas que habían quedado sin resolver, donde Juan Gabriel le pedía perdón por silencios que habían durado demasiado, donde Rocío le decía verdades que él necesitaba escuchar aunque le costara.

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