Posted in

Miroslava Stern: Contra Ese Hombre Nadie Podía Hacer Nada

 La  actriz cubana se acerca a la cama antes que Rosario. Se inclina, mira la foto, algo en su cara cambia. Se da la vuelta hacia el teléfono del pasillo, marca un número que Rosario no reconoce y durante los siguientes 2 minutos habla en voz baja con un hombre al otro lado de la línea, un amigo íntimo de la muerta, uno de los pocos que sabía lo que nadie más sabía.

Él le dice qué hacer y en los minutos siguientes, antes de que llegue un solo policía, antes siquiera de que los vecinos sepan lo que ha pasado en esa casa, la escena cambia. La foto que había en esa mano desaparece. En su lugar, la actriz cubana saca de un cajón del tocador otra fotografía y la coloca entre los dedos de la muerta con mucho cuidado, como quien arregla una imagen.

De la cima del éxito a la tragedia: la historia de la actriz Miroslava Stern

 

Es la foto de un hombre distinto, un hombre que no tiene nada que ver con lo que ha pasado esa noche.  Al día siguiente, los periódicos de toda la República publican la noticia en primera plana con titulares enormes que van a recorrer las redacciones de América Latina entera en cuestión de horas. Y una foto, la falsa.

 Durante los siguientes 70 años, todo un país va a llorar a una mujer muerta por el hombre equivocado, por un hombre que ni siquiera estaba en esa habitación, que ni siquiera probablemente sabía todavía que ella ya no estaba. Eso no debía verlo nadie. Y sin embargo, dos mujeres lo vieron. Una se llevó el secreto a la tumba.

 La otra empezó a romperlo  muy despacio, 50 años después. Esta es la historia de Miroslava Stern, la checoslovlobaca que huyó de los nazis a los 13 años, que vivió tres semanas escondida en un campo de concentración antes de cruzar el océano con una familia que ya había perdido casi todo, que conquistó el cine mexicano de la época de oro con una belleza que el poeta Efraín Huerta  llamó en El Universal, legítima perla de un mar en que pocas navegan y  que a los 29 años fue encontrada muerta en su cama con una fotografía sobre el pecho.

Pero sobre todo es la historia de lo que ella sabía, algo que empezó a saber a los 13  años cuando se llevaron a su abuela y nunca más volvió a verla. Algo que aprendió a no decir en voz alta,  algo que durante toda su vida intentó hacer encajar con los hombres equivocados,  esperando siempre que esta vez sí fuera distinto, esperando siempre que el próximo fuera el que cumpliera lo que le prometía.

Nunca lo fue y esa última noche, por fin lo dejó escrito en cuatro cartas.  Una de esas cartas desapareció esa misma mañana en el bolso de la actriz cubana. Con ella también desapareció la verdad. Quédate porque lo que vas a ver no se parece a lo que te han contado. Antes de seguir con lo más importante de esta historia, me permito interrumpir un momento con mi propia voz.

 Quería darte las gracias por estar ahí al otro lado de la pantalla. Como ves, en este canal nos tomamos muy en serio estas investigaciones porque  creemos que estos grandes artistas merecen ser recordados con respeto. Si tú también lo crees, me ayudaría muchísimo que te suscribieras ahora mismo.  Es un gesto pequeño para ti, pero es lo que permite que yo pueda eh seguir dedicando días enteros a rescatar estos recuerdos.

Es y ahora sí volvamos a lo que estábamos contando. Para entender que sabía Miroslava, hay que volver al principio. Al primer hombre uniformado que entró a una casa donde ella vivía. 26 de febrero de 1926,  Moravia, en lo que entonces era Checoslovaquia, nace una niña. Le ponen el mismo nombre que su madre, Miroslava.

El padre biológico, Vladimir Stankl murió cuando ella era muy pequeña. Ella no se acordaba de él.  La madre se casó por segunda vez con un médico judío. Se llamaba Óscar Leo Stern, cardiólogo, psicoanalista.  Le dio a la niña su apellido. Un detalle importante. Durante 70 años casi todas las biografías de Miroslava han dicho que era hija adoptiva de los Stern.

 No era verdad. Era hija biológica de la madre. Lo explicó el diario El Universal este  año en el centenario de su nacimiento y explicó por qué durante décadas todo el mundo creyó lo contrario. Porque el Padre, para salvarle la vida a la familia tuvo que decir que lo era. En 1939, los alemanes entraron en Checoslovaquia.

Miroslava tenía 13 años. Los Stern eran judíos y la persecución llegó a su casa en pocas semanas. Al Dr. Stern le prohibieron ejercer la medicina. a la madre. Los vecinos con los que había intercambiado recetas durante años empezaron a evitarla en la escalera. Los soldados empezaron a registrar edificios enteros buscando familias como la suya.

 Un día llegaron al edificio donde vivía la familia. Miroslava tuvo que quedarse escondida durante 36 horas sin moverse, sin hacer ruido, sin llorar. No le pasó nada a ella  esa vez. Pero ese mismo año se llevaron a su abuela, la persona femenina más importante de su infancia,  la mujer a la que, según los biógrafos había estado apegada como a nadie.

 No volvió a verla, no volvió. A los 13 años, Miroslava  ya sabía una cosa, que el amor te podían arrancar de las manos en una tarde. La familia empezó a huir primero por Bélgica, después Finlandia, después  Suecia. En algún punto de esa ruta, al padre lo detuvieron y toda la familia acabó en un campo de concentración.

 Estuvieron tres semanas ahí dentro. El Dr. Stern entendió que si decía la verdad morían. Su mujer era judía por sangre, pero él inventó que no. Dijo que su esposa no era judía y que Miroslava, la adolescente, no era hija biológica de la familia. Dijo que era adoptada. Esa mentira le salvó la vida a los cuatro. Lo soltaron. La familia cruzó el océano.

 Entraron a México por el puerto de Mazatlán en 1941. La mentira que el padre dijo bajo interrogatorio en un campo nazi se quedó grabada en los papeles oficiales y durante 70 años las biografías de Miroslava Stern  dijeron que era hija adoptiva. Ya a los 13 años lo intuía que para sobrevivir había que mentir.

 Los Stern se establecieron en la ciudad de México. Miroslava tenía 15 años. No hablaba una palabra de español, hablaba chco, aprendía alemán, empezaba a leer inglés. Su padrastro psicoanalista la observó durante los primeros meses. No dormía bien, hablaba  sola, tenía pesadillas con los uniformados. El doctor Stern consultó con otros médicos amigos.

Read More