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A los 81, Danny DeVito admite que ella fue el único amor de toda su vida

A los 81, Danny DeVito admite que ella fue el único amor de toda su vida

Hay hombres que entran en Hollywood como si hubieran sido diseñados para pertenecer allí. Altos, impecables, cómodos bajo la luz. Dani de Vito nunca fue ese hombre y quizá por eso terminó siendo mucho más difícil de olvidar. Durante décadas, el público lo vio como una fuerza extraña y magnética. El villano grotesco de Batman Returns, el jefe insoportable de taxi, el hombre diminuto que podía llenar una pantalla entera sin pedir permiso.

 Pero detrás de esa presencia casi imposible de copiar, había una historia que Hollywood rara vez supo contar con honestidad. No era solo talento, no era solo humor, era resistencia. Y en el centro de todo había una mujer que lo vio antes de que el mundo supiera dónde mirar. Dani nació el 17 de noviembre de 1944 en Neptune, Nueva Jersey, un lugar común para una vida que nunca sería común.

 Su madre, Julia ya tenía otros hijos y no esperaba volver a empezar. Años después, ella diría una frase dura, de esas que no se olvidan, aunque uno intente convertirlas en anécdota. No había querido tenerlo, pero estaba orgullosa de él. Dos verdades en la misma boca. una herida y una caricia y un niño obligado a crecer entre ambas.

 Eso no se borra del todo. Se puede tapar con chistes, se puede convertir en carácter, incluso se puede llevar a un escenario y transformarlo en aplausos, pero queda ahí en alguna parte, como una pequeña habitación cerrada dentro de la memoria. En casa la vida tampoco era sencilla. Su padre podía ser amable, trabajador, querido por los vecinos.

 tenía ese tipo de presencia cotidiana que desde fuera parece estable. Pero por las noches, cuando el alcohol cambiaba el aire de la casa, Dani aprendió demasiado pronto a leer señales, pasos, silencios, tonos de voz. Los niños que crecen así no necesitan explicaciones, desarrollan un radar. Saben cuándo esconderse, saben cuándo no preguntar, saben cuándo correr.

 Y mientras su infancia ya venía cargada de sombras, su propio cuerpo también le imponía una batalla silenciosa. Dani nació con una condición genética poco común, conocida como enfermedad de Fairbank, que afectó el desarrollo de sus huesos y articulaciones. Por eso su estatura quedó en apenas 17 m. Pero reducir su historia a la altura sería demasiado simple.

 Lo más duro no era cómo lo miraban los demás. Era el dolor físico, constante, íntimo, difícil de explicar, sin sonar débil en una industria que no perdonaba la fragilidad. En aquellos años, el ambiente cultural no tenía paciencia para cuerpos diferentes, mucho menos Hollywood. La industria vendía fantasías muy concretas. Belleza, proporción, seguridad, deseo.

Todo lo que no encajaba debía exagerarse, esconderse o convertirse en broma. Dani entendió eso antes de ser famoso. Sabía que muchos lo mirarían primero como una rareza y solo después, si tenía suerte, como un actor. Pero ahí empezó algo decisivo. En vez de suavizarse, se afiló. En vez de pedir permiso, aprendió a ocupar espacio de otra manera, no con altura.

 con energía, no con perfección, con presencia. Y quizá por eso su historia no comienza realmente cuando consigue fama. Comienza mucho antes, cuando todavía nadie apostaba por él, cuando era solo un chico marcado por rechazos, dolores y una sensación difícil de nombrar, la de tener que demostrar todos los días que merecía estar en la habitación.

 Si esta historia ya te está atrapando, quédate hasta el final, porque lo que parece una biografía de Hollywood termina convirtiéndose en algo bastante más raro. La historia de un hombre que se negó a cambiar para ser aceptado y de una mujer que lo aceptó antes de que todos los demás fingieran haberlo entendido.

 Pero antes de esa noche que lo cambiaría todo, Danny todavía tendría que enfrentarse a una ciudad que no regala nada. Nueva York no recibió a Dani de Vito con los brazos abiertos. Lo recibió como suele recibir a casi todos los soñadores con indiferencia. A finales de los años 60, miles de jóvenes llegaban cada año convencidos de que el talento sería suficiente.

 La mayoría descubría rápidamente que no lo era. Había actores más atractivos, más altos, más conectados, más fáciles de vender y Dani parecía estar compitiendo en una carrera diseñada para otra persona. Las audiciones se acumulaban, los rechazos también. Algunas veces ni siquiera llegaba a leer una línea completa antes de que alguien decidiera que no encajaba.

 Otras veces escuchaba comentarios disfrazados de consejos que su aspecto era demasiado particular, que los productores buscaban algo diferente, que quizá tendría más suerte detrás de cámaras, frases educadas, frases que al final significaban exactamente lo mismo, ¿no? Sin embargo, abandonar nunca pareció una opción real.

 Durante aquellos años compartió apartamento con otro actor joven que también intentaba abrirse camino. Un hombre llamado Michael Douglas. Mucho antes de convertirse en una estrella internacional, ambos sobrevivían con presupuestos ridículos, trabajos temporales y una incertidumbre que parecía no terminar nunca.

 Había semanas en las que el dinero apenas alcanzaba para cubrir lo básico. Algunas comidas eran simples latas abiertas sobre una mesa. Algunos meses se convertían en una cadena interminable de promesas de que las cosas mejorarían pronto. Pero el pronto tardaba demasiado. Nada de eso ocurría en el vacío. El mundo del espectáculo atravesaba una transformación importante.

 El viejo Hollywood estaba perdiendo fuerza mientras una nueva generación intentaba ocupar su lugar. Parecía un momento lleno de oportunidades, pero también era un periodo brutalmente competitivo. Decenas de carreras desaparecieron antes siquiera de comenzar. Dani observaba todo aquello desde la periferia y seguía insistiendo.

 A veces estacionaba coches para pagar cuentas. A veces aceptaba trabajos extraños que poco tenían que ver con la actuación. Hubo momentos en los que el sueño parecía tan lejano que cualquier persona razonable habría elegido otro camino. Él no, porque algo dentro de él seguía funcionando, incluso cuando los resultados no aparecían. Quizá era orgullo, quizá terquedad, quizá una mezcla de ambas.

 Fue entonces cuando ocurrió uno de los episodios menos conocidos de su vida. Un ejecutivo le presentó una propuesta aparentemente irresistible. Si aceptaba ciertos procedimientos para modificar algunos rasgos físicos, sus oportunidades podrían multiplicarse. La idea era sencilla, convertirlo en una versión más cómoda para el mercado, más aceptable, más vendible, más parecida a lo que Hollywood esperaba.

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