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🥀 Limpié la MANSIÓN de ISABEL PREYSLER la noche que BOYER murió y vi algo que no puedo olvidar

Hubo una tarde, no sé si fue el segundo o el tercer mes de conocerle, en que se quedó solo en la cocina mientras yo terminaba de limpiar los fogones. Los niños estaban en el colegio. Isabel había salido y él estaba sentado en la silla del rincón con el café en la mano, mirando por la ventana sin decir nada.

Y de repente me dijo sin girar la cabeza, “¿Usted es feliz con suelo?” Me quedé parada con el estropajo en la mano. Nadie en aquella casa me había preguntado eso nunca. Nadie me preguntaba nada personal. Yo era el mobiliario que se movía. No supe qué contestar. Dije algo como que sí, que no me podía quejar, que tenía salud y trabajo.

 Y él asintió despacio y dijo, “Eso es más de lo que tienen muchos.” Y se quedó callado otra vez. No sé por qué ese momento se me quedó tan grabado. Supongo que porque fue la única vez en años que alguien en aquella casa me trató como si yo también tuviera una vida dentro. ¿Usted qué habría hecho en mi lugar? ¿Habría dicho algo más? O también habría vuelto a fregar los fogones en silencio.

Yo volví a fregar. Claro que sí. Los meses fueron pasando. La casa fue cambiando. Hay casas que cambian cuando entra alguien nuevo, igual que cambia el aire cuando abres una ventana. A veces para mejor. A veces entra corriente y se te cuela el frío hasta los huesos. Yo no sé si aquella casa cambió para bien o para mal.

 Lo que sé es que cambió. Las flores eran distintas. Las cenas eran distintas. Había más silencio en algunos sitios y más ruido en otros. Y había miradas, muchas miradas entre ellos que yo fingía no ver, pero lo veía todo. Hubo una noche de invierno, de esas noches en que el frío de Madrid te cala los huesos, aunque estés dentro de casa, en que me llamaron para una cena.

 No era algo habitual que yo me quedara por las noches, pero aquella vez me pidieron que me quedara para ayudar a recoger después. Habría 10 o 12 personas, gente importante de esa que llega con coche y abrigo de pelo y no te da las gracias cuando les sirves la copa. Yo estaba en la cocina yendo y viniendo con los platos y en uno de esos viajes escuché una conversación en el pasillo que no debí escuchar.

Isabel Preysler - Wikipedia

No voy a decir quiénes eran, solo diré que eran dos mujeres. Y una le decía a la otra en voz muy baja, pero no tan baja como creía. Esto no va a durar. Los hombres como él nunca se quedan. Y la otra contestó, “Tú no la conoces. Ella siempre consigue que se queden.” Se quedaron calladas cuando escucharon mis pasos.

 Yo pasé con la bandeja y no levanté los ojos, pero me quedé pensando en eso mucho tiempo, mucho. Porque hay frases que se te meten dentro aunque no quieras. Frases que luego entiendes años después, cuando ya todo ha pasado y ya no hay nada que hacer. Y esta historia que voy a contarles ahora es justo eso, algo que entendí años después, porque lo que vi aquella noche, aquella noche en que todo cambió, no lo entendí en el momento.

 Lo entendí después, cuando ya era demasiado tarde para algunos y justo a tiempo para mí. Pero antes de llegar a esa noche, necesito contarles algo más. Algo que pasó unos meses antes y que entonces me pareció pequeño. Una tontería, un detalle sin importancia. Resulta que Miguel Boer empezó a te enfermar, no de golpe.

 Así no enferma la gente importante, enferma despacio. Primero es el cansancio, luego son los médicos que vienen a la casa con maletín y cara seria, luego son las voces más bajas en los pasillos. Luego es el silencio, ese silencio de nuevo, ese silencio que yo ya conocía y que no me gustaba nada. Yo seguía yendo, seguía fregando, planchando, ordenando.

Una tiene su trabajo y su trabajo es sagrado. Pero notaba las cosas. Notaba que él tardaba más en bajar por las mañanas, que el café me lo pedían para arriba en la habitación, que había días que no se le veía en todo el día. Y notaba, a ella, notaba como Isabel Prisler cambiaba también. Y esto es lo que me cuesta más explicar, porque hay personas que cuando sufren se encogen, se hacen pequeñas, se rompen a la vista de todos.

Ella no. Ella cuando sufría se hacía más grande, más entera, más firme, como si el dolor fuera una cosa que ella sabía dónde guardar para que no le estorbara en el camino. Yo la miraba y no sabía si admirarla o tenerle miedo. De verdad, ¿puede una persona controlar así sus sentimientos? ¿O es que por dentro estaba hecha pedazos y yo no lo veía? Eso me lo pregunté muchas veces y la respuesta llegó aquella noche.

La noche que ya nunca voy a poder olvidar aunque quiera. Era Julio. Hacía un calor que agobiaba de esos calores de Madrid que se quedan pegados a las paredes aunque cierres las persianas. Yo había ido aquella tarde porque había que preparar algunas cosas. No había visitas. La casa estaba tranquila, demasiado tranquila.

Los niños no estaban, creo que estaban con familiares, no recuerdo bien. El caso es que la casa ese día tenía algo raro, un peso diferente, como cuando el aire cambia antes de que llegue la tormenta y tú lo notas en la piel, aunque el cielo esté despejado. Yo estaba en la cocina, como siempre. Tenía las manos metidas en agua con un poco de lejía, limpiando no sé qué, y estaba pensando en mis cosas.

En si me llegaba el dinero a final de mes, en sí mi hija había llamado, en esas cosas pequeñas que llenan la cabeza de la gente normal cuando no pasa nada. Y entonces sonó el teléfono, no el de la cocina, el del pasillo, ese teléfono grande, oscuro, que sonaba con un timbre que a mí siempre me pareció demasiado serio para ser solo un teléfono.

Escuché los pasos de Isabel por el pasillo. Rápidos, más rápidos de lo normal. Y luego silencio. Un silencio que duró demasiado. Y luego un sonido que no era un llanto. No exactamente, era algo anterior al llanto, algo que sale de dentro antes de que el cuerpo sepa todavía cómo reaccionar. Algo que yo había escuchado antes, cuando murió mi madre, cuando llamaron para decírmelo por teléfono y yo solté el auricular sin querer porque las piernas se me fueron. ese sonido.

Me quedé paralizada en la cocina. No sabía si ir, no sabía si quedarme. No era mi sitio, no era mi dolor, no era mi vida. Pero entonces escuché que llamaba mi nombre flojo, casi sin voz, como si le costara un esfuerzo enorme pronunciar esas dos sílabas. Consuelo y fui. La encontré en el pasillo con el teléfono todavía en la mano, apoyada en la pared como si la pared fuera lo único que la estaba sosteniendo en pie.

 Tenía los ojos secos. Eso fue lo primero que noté. Los ojos completamente secos y me miró y me dijo con esa voz rota que no era su voz. Ha muerto. Solo eso. Dos palabras. Yo supe en ese momento de quién hablaba. No hizo falta que dijera el nombre. Me acerqué a ella sin saber muy bien qué hacer. Yo no era su amiga.

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