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La CASA de RAMÓN VALDÉS Y La Vida que Nadie te Contó de Don Ramón

La CASA de RAMÓN VALDÉS Y La Vida que Nadie te Contó de Don Ramón

Hay una casa en la colonia Prado Churubusco en el sur de la Ciudad de México que hoy no tiene placa, no tiene museo, no tiene ninguna señal que le diga al mundo lo que fue. Dos pisos. Ventanas con marcos clásicos que ya muestran el paso del tiempo. Un jardín pequeño al frente, una calle tranquila donde los vecinos salen a caminar con sus perros y los niños andan en bicicleta sin saber, sin imaginar siquiera que en esa casa vivió uno de los hombres que más hizo reír a América Latina en el siglo XX. Si pasas por ahíhoy, no la volteas a ver. No hay razón para hacerlo, pero esa casa tiene una historia que vale la pena conocer, una historia que va mucho más allá de la dirección, una historia que empieza con un niño que creció a la sombra de un hermano extraordinario que pasó 20 años buscando su propio lugar en el mundo, que encontró el personaje de su vida cuando la mayoría ya hubiera dejado de buscar, que se convirtió en un icono que cruzó fronteras e idiomas sin proponérselo, que protagonizó una de las salidas más polémicas de la televisión

latinoamericana. que murió demasiado pronto y con demasiado poco para todo lo que había dado y cuyo legado hoy es más grande que cualquier mansión. En esa casa vivió Ramón Valdés, don Ramón, el hombre de los pantalones imposibles, el eterno deudor del señor barriga, el padre de la Chilindrina, el vecino que le daba coscorrones al Chavo y 2 segundos después lo abrazaba sin que nadie se lo pidiera.

El hombre que con una sola mirada, sin pronunciar una sola palabra, podía arrancarle una carcajada a cualquier persona en cualquier país de América Latina. Pero lo que muy poca gente sabe es lo que había detrás de ese hombre. lo que vivió antes de que las cámaras lo encontraran, lo que sacrificó para mantener su dignidad en una industria que no siempre la respeta, [música] lo que perdió cuando decidió irse del programa más visto en la historia de la televisión en español y lo que dejó cuando murió, que no fue dinero ni propiedades ni contratos, sino

algo que ningún abogado puede tasar y ningún heredero puede reclamar. Esta es la historia de Ramón Valdés. Empecemos por el principio, porque para entender lo que ese hombre logró, primero hay que entender lo que tuvo en contra desde el primer día. Ciudad de México, 2 de septiembre de 1924. En la capital mexicana nace Ramón Esteban Gómez Valdés y Castillo.

Nombre largo, nombre que pesa. Como si desde el papel del acta de nacimiento alguien ya supiera que ese hombre iba a necesitar mucho nombre para cargar todo lo que la vida le tenía preparado. Su padre se llama Rafael Gómez Valdés Angelini, agente de aduanas, un hombre con raíces italianas por el lado de su madre, nacida en Bronzeville, [música] Texas, lo que explica algunos de los rasgos físicos que los hermanos Valdés heredaron y que los hacían distintos a la mayoría de sus contemporáneos en el medio artístico mexicano. Un empleo de

gobierno, modesto, con sueldo fijo, pero sin lujos. El tipo de trabajo que en los años 20 en México significaba que la familia no iba a morirse de hambre, pero tampoco iba a sobrarle nada. Su madre se llama Guadalupe Castillo, originaria de Aguas Calientes, ama de casa, con todo lo que eso significaba en esa época y en ese contexto, que era prácticamente todo.

Y los hijos, [música] nueve hijos, Germán, Manuel, Antonio, Rafael, Guadalupe, Pedro, Armando, Cristóbal y Amanda, que falleció a temprana edad. Más Ramón, que llegó al mundo siendo ya el séptimo u octavo de esa larga fila de niños que compartían espacio, comida, ropa y el apellido de un padre que ganaba lo suficiente para que ninguno se muriera de hambre, pero no mucho más que eso.

En esa familia, todos los hijos tenían su apodo. A Ramón lo llamaban Monchito. Ese detalle, que hoy parece una curiosidad menor, resulta ser mucho más importante de lo que parece, porque Monchito no fue solo el apodo de un niño en Ciudad Juárez. se convirtió décadas después en parte de una de las frases más famosas de la televisión latinoamericana, pero eso vendría mucho más [música] tarde.

Por ahora, Monchito era simplemente el séptimo hijo de Rafael y Guadalupe, uno más en una fila larga de niños tratando de encontrar su lugar en una familia donde el espacio era escaso y la atención tenía que repartirse entre muchos. Cuando Ramón tiene apenas 2 años de edad, la familia toma una decisión que cambiará el rumbo de todos.

El padre consigue una oportunidad en el norte del país y la familia entera hace las maletas. Nueve hijos, dos adultos, todo lo que caben en lo que pueden cargar y se van de la Ciudad de México hacia el norte. Se instalan en Ciudad Juárez, Chihuahua. Ciudad Juárez en los años 20 no es lo que muchos imaginan cuando escuchan ese nombre hoy.

Es una ciudad de frontera en el sentido más vivo de la palabra, un lugar donde se cruzan culturas, idiomas, formas de vida, donde el norte de México y el sur de Estados Unidos se rozan y se mezclan y crean algo que no pertenece completamente a ninguno de los dos lados. donde el inglés y el español conviven en la misma oración, donde la música de un lado cruza sin visa hacia el otro, donde la gente desarrolla un sentido del humor específico, más ácido, más directo, más fronterizo en todos los sentidos de esa palabra.

Es en ese ambiente donde Ramón Valdés da sus primeros pasos, donde aprende a hablar, donde empieza a entender cómo funciona el mundo, donde observa a la gente con esa atención particular que después, décadas más tarde convertiría en el material de un personaje que duraría para siempre. Pero hay algo en estos años de infancia que marca a Ramón más profundamente que la ciudad donde creció, más profundamente que la escasez del hogar, más profundamente que cualquier otra circunstancia de su formación. Hay alguien en su propia casa

que lo cambia todo. Su hermano mayor, Germán Valdés. El mundo lo conocería después como Tin Tan. Y Tin Tan no era cualquier hermano mayor, era el tipo de persona que cuando entra a un cuarto, el cuarto cambia. Carismático desde niño con una naturalidad que no se puede fingir ni aprender en ninguna escuela. Talento para la música, para el baile, para imitar, para hacer reír, para convertir cualquier momento ordinario en algo que la gente querría recordar.

Los vecinos lo recordaban, los maestros de la escuela lo recordaban, la gente en la calle lo recordaba, aunque solo lo hubiera visto pasar una vez. Todo el mundo que conoció a Germán Valdés en esos años supo desde el principio que ese muchacho iba a llegar lejos y Ramón lo sabía también. Crecer al lado de alguien así tiene [música] dos caras que no siempre se cuentan juntas.

La primera cara es el privilegio. Tienes cerca a alguien extraordinario. Ves de primera mano cómo funciona el talento de verdad. Aprendes observando, absorbes sin darte cuenta de que estás absorbiendo. Germán fue el primero de los hermanos en entrar al mundo del espectáculo, y ese camino que él abrió sería después el camino que Ramón y otros hermanos usarían para entrar al medio.

La segunda cara es más difícil de hablar. Crecer al lado de alguien extraordinario significa crecer sabiendo que hay alguien en tu propia casa que brilla más que tú. No porque tú no tengas luz, no porque tú no tengas talento, sino porque él tiene ese tipo de luz específica que no admite comparación, que llena el espacio antes de que la persona entre, que hace que los demás te pregunten siempre las mismas cosas.

Oye, ¿cómo está Germán? ¿Ya viste lo que hizo Germán? ¿Sabías que Germán? Ramón vivió dentro de esa luz durante toda su infancia y gran parte de su juventud. Cuando alguien preguntaba por los valdés, preguntaba por Germán. Cuando había algo que celebrar, los ojos iban hacia Germán. Cuando el mundo artístico mexicano empezó a notar a la familia, notó primero a Germán.

Ramón era el hermano de Germán. todavía no era nadie por sí mismo. Y eso que podría haber aplastado a una persona menos decidida en Ramón Valdés sembró algo diferente. Sembró una hambre específica y silenciosa de encontrar su propio lugar, de descubrir que tenía el que nadie más tuviera, de llegar un día a ser reconocido, no como extensión de otra persona, sino como él mismo.

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