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Una mujer amnésica le entrega su corazón al hombre que la cuida, sin saber que él solo finge amarla como venganza por un imperdonable error de su pasado.

Una mujer amnésica le entrega su corazón al hombre que la cuida, sin saber que él solo finge amarla como venganza por un imperdonable error de su pasado.

PARTE 1

Elena Robles despertó pensando que el techo del hospital era una sábana mal planchada.

No fue una idea poética ni profunda, sino la primera tontería que le vino a la cabeza. El techo era blanco, sí, pero tenía esas placas cuadradas con puntitos que parecían hechas por alguien que había perdido una apuesta. Además, una de las luces parpadeaba con una insistencia tan irritante que Elena, incluso sin recordar quién era, sintió ganas de pedir el libro de reclamaciones.

Intentó incorporarse, pero el mundo le hizo un quiebro.

—Uy —murmuró.

Aquel “uy” fue lo único que salió de su boca. No un grito. No una pregunta existencial. No “¿quién soy?”. Solo “uy”, como quien se tropieza con el escalón de una panadería.

Una enfermera apareció junto a la cama casi al instante. Era una mujer de unos cincuenta años, con gafas colgadas del cuello, moño apretado y la autoridad natural de quien puede ponerte una vía en menos de diez segundos y, de paso, decirte que bebas más agua.

—Quietecita, reina. No te me vengas arriba, que acabas de despertarte y todavía estás más perdida que un turista buscando el Sacromonte en chanclas.

Elena parpadeó.

—¿Dónde estoy?

—En el hospital San Cecilio. En Granada. Y antes de que preguntes, sí, estás viva. Que ya es bastante para empezar el día.

Elena volvió a mirar el techo. Granada. La palabra le sonó cercana y lejana a la vez, como una canción de feria escuchada desde otra calle.

—¿Yo vivo aquí?

La enfermera bajó un poco la voz.

—Eso parece.

—¿Eso parece?

—Bueno, cariño, una no lleva el padrón municipal en el bolsillo de la bata. Pero tu documentación dice que sí. Elena Robles. Treinta y dos años. Organizadora de eventos. Y, según tu bolso, persona que guarda tickets de hace seis meses, tres pintalabios iguales y un caramelo de menta pegado a un cargador.

Elena intentó reírse, pero le dolió la cabeza.

—¿Elena?

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