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Mi esposo encontró otra mujer en EE UU… y me quedé sola con mis hijos

Me llamo Paulina, tengo 39 años y durante 8 años creí que mi esposo Miguel estaba en Estados Unidos trabajando día y noche para darnos una vida mejor a mí y a nuestros tres hijos aquí en Oaxaca. Nunca imaginé que mientras yo esperaba sus llamadas cada domingo y administraba cada dólar que nos enviaba, él estaba construyendo una nueva vida con otra mujer.

Soy de Santiago Yukslah, un pueblo pequeño en Oaxaca, donde todos nos conocemos. Hasta hace poco más de un año, mi vida giraba completamente en torno a la espera. Esperaba las llamadas de Miguel, esperaba sus envíos de dinero, esperaba que regresara a casa, esperaba que nuestra familia volviera a estar completa. Todo comenzó en 2016, cuando nuestro hijo mayor, Joaquín tenía apenas 3 años y yo estaba embarazada de Fernanda.Miguel trabajaba en la construcción aquí en el pueblo, pero los trabajos eran escasos y mal pagados. ganaba 200 pesos en un día bueno y los días buenos no eran muchos. Vivíamos en la casa de mis suegros, en un cuarto pequeño donde apenas cabíamos todos, y cada mes era una lucha constante para poder comprar lo más básico.

Una tarde de abril, Miguel llegó a casa más callado que de costumbre. Se sentó en la única silla que teníamos y se quedó mirando sus manos llenas de callos. Joaquín estaba jugando con unos carritos de madera que mi papá le había hecho y yo estaba preparando tortillas en el comal. Paulina, me dijo finalmente, “tengo que hablar contigo sobre algo importante.

Dejé las tortillas a un lado y me senté en la cama con mi panza de 6 meses haciendo que todo fuera más difícil. Sabía por su tono que algo grande venía. El compadre Esteban me contó que hay trabajo en Estados Unidos. mucho trabajo. Dice que allá se puede ganar en una semana lo que aquí ganamos en un mes. Mi corazón se aceleró. Habíamos hablado de esto antes, siempre como algo lejano, como un sueño imposible.

Pero ahora, con otro bebé en camino y las deudas acumulándose, ya no parecía tan imposible. ¿Y qué significa eso para nosotros?, le pregunté, aunque ya sabía la respuesta. Miguel se acercó y puso sus manos sobre mi panza. Significa que tengo que irme por un tiempo, 2 años, tal vez tres, lo suficiente para juntar dinero para nuestra casa propia, para que los niños puedan estudiar, para que tengamos algo mejor.

Las lágrimas llegaron antes de que pudiera detenerlas. Sabía que tenía razón. Conocía familias en el pueblo que habían salido adelante gracias a que el papá se había ido al norte. Tenían casas bonitas, camionetas, mandaban a sus hijos a escuelas privadas en la ciudad, pero también conocía familias donde el papá se había ido y nunca había regresado.

“¿Y si algo te pasa en el camino?”, le dije entre lágrimas, “no me va a pasar nada. Voy a ser cuidadoso. El compadre Esteban conoce gente que me puede ayudar a cruzar. Esa noche no dormimos. Hablamos de todo, de cuánto dinero podría mandar, de cómo nos comunicaríamos, de qué les diríamos a los niños. Miguel calculó que si trabajaba duro podría mandar $800 al mes.

Más de 15,000 pesos era más de lo que ganaba aquí en 3 meses. La decisión estaba tomada, aunque ninguno de los dos la dijera en voz alta. Las siguientes semanas fueron una mezcla de preparativos y despedidas silenciosas. Miguel habló con Esteban, quien le dio el contacto de un coyote que cobraba $,000 por cruzar a alguien hasta Carolina del Norte, donde había trabajo en las granjas y en la construcción.

Tuvimos que pedir dinero prestado a mis papás, a sus papás, a mi hermana que trabajaba en Ciudad de México. Fue humillante, pero necesario. Miguel me prometió que sería la primera deuda que pagaríamos cuando empezara a mandar dinero. El día que se fue, 15 de junio de 2016, amaneció nublado y frío para ser verano.

Joaquín no entendía por qué su papá se iba y yo no sabía cómo explicarle que no sabíamos cuándo lo volvería a ver. Miguel me abrazó por última vez en la puerta de la casa con mi panza entre nosotros y Joaquín aferrado a su pierna. “Cuídate mucho”, me susurró al oído. “cuida a nuestros hijos. En 6 meses ya voy a poder empezar a mandarles dinero y en 2 años regreso con todo lo necesario para comprar nuestro terreno.

Lo vi subirse a la camioneta del compadre Esteban, quien lo llevaría hasta altar, Sonora, donde se encontraría con el coyote. Joaquín y yo nos quedamos paradas en la puerta hasta que la camioneta desapareció entre las curvas del camino que baja del pueblo. Fernanda nació tres meses después, el 18 de septiembre.

Miguel pudo hablarme por teléfono desde Tijuana, donde estaba esperando el momento indicado para cruzar. Su voz se quebró cuando le dije que la niña se parecía a él, que tenía sus mismos ojos grandes y su carácter tranquilo. “Daile un beso de mi parte”, me dijo. “Dile que su papá la ama aunque no esté ahí.” Cruzó la frontera una semana después.

No supe de él por 15 días completos, los más largos de mi vida. Cada mañana me levantaba esperando que sonara el teléfono de la tienda de doña Carmen, la única del pueblo que tenía larga distancia internacional. Finalmente llamó desde un teléfono público en Charlotte, Carolina del Norte. Había llegado bien, aunque el viaje había sido terrible.

Me contó muy poco, solo que había caminado tres días por el desierto, que había tenido mucha sed, pero que ya estaba seguro. “Ya encontré trabajo”, me dijo con una alegría que no había escuchado en su voz. desde hacía mucho tiempo en una empresa de construcción. El patrón es mexicano de Michoacán y dice que si trabajo duro me va a dar trabajo permanente.

Así comenzaron nuestros 8 años de vida a distancia. Miguel trabajaba de lunes a sábado, a veces incluso los domingos. Vivía en una casa con otros cinco hombres, todos mexicanos, todos enviando dinero a sus familias. dormía en un colchón en el suelo y comía arroz con frijoles casi todos los días para ahorrar cada centavo y cumplió su promesa.

Cada mes llegaba el giro telegráfico con $800, exactamente como había dicho, a veces un poco más cuando trabajaba tiempo extra, a veces un poco menos cuando no había trabajo por el clima, pero siempre llegaba. Con ese dinero pude pagar las deudas, comprar ropa para los niños, mejorar el cuarto donde vivíamos. Después de un año, pudimos rentar una casita pequeña solo para nosotros.

Después de 2 años compramos nuestro terreno y después de 4 años empezamos a construir nuestra casa propia. Miguel llamaba todos los domingos a las 5 de la tarde, hora de México. Era sagrado. Los niños corrían a la tienda de doña Carmen cuando escuchaban que el teléfono sonaba a esa hora. Hablábamos por media hora.

Él nos contaba del trabajo, del frío en el invierno, del calor en el verano. Les preguntaba a los niños sobre la escuela, sobre sus amigos. Joaquín creció esperando esas llamadas. Fernanda también. Y cuando nació nuestro tercer hijo, Santiago en 2018, Miguel lloró por teléfono al escuchar su primera llorada de fondo.

Los años pasaron más rápido de lo que esperaba. Miguel ya no hablaba de regresar en dos años, luego tampoco en tres. La casa estaba creciendo, los niños necesitaban más cosas. La economía en México seguía difícil. “Un año más”, decía siempre, “nada más un año más y ya tendremos suficiente.” Yo me acostumbré a ser mamá y papá al mismo tiempo, a llevar a los niños al doctor sola, a ir a las juntas de la escuela sola, a tomar todas las decisiones sola.

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