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YO PUEDO HACER QUE VUELVAS A CAMINAR — LA MILLONARIA SE RÍO, HASTA QUE ALGO INCREÍBLE SUCEDIÓ

 Desde 19  accidente o lo que ellos llamaban accidente. “Te traigo un café”, le dijo Julián señalando el carrito que vendía bebidas al fondo. Claudia solo movió la cabeza con flojera, como diciendo, “Está bien.” Julián se fue caminando sin apuro. Ella se quedó mirando las palomas que caminaban por la banqueta. pensaba en nada y en todo, en lo que era su vida antes y en cómo todo cambió de golpe.

Entonces, sin que lo esperara, una niña se le plantó enfrente. No tenía más de 11 años.  Iba con unos pantalones sucios, una camiseta vieja y el cabello amarrado en una coleta mal hecha. Se notaba que vivía en la calle,  o al menos que no tenía a nadie que se preocupara por ella. Claudia la miró de arriba a abajo, confundida.

La niña no decía nada, solo la veía con unos ojos que no se movían, como si ya supiera lo que iba a pasar. ¿Necesitas algo?, preguntó  Claudia tratando de sonar amable. Yo puedo hacer que vuelvas a caminar, dijo la niña sin dudar. Claudia se quedó helada. Lo primero que pensó fue que era una broma,  una de esas frases raras que a veces los niños dicen sin saber lo que significan, pero la forma en que lo dijo no era un juego.

 Había algo extraño en esa mirada, como si de verdad supiera algo. Así, dijo Claudia soltando una risa sin ganas. ¿Y tú cómo vas a hacer eso? La niña no respondió, solo se acercó un paso más y le habló al oído muy bajito, una sola frase. Claudia sintió un escalofrío en la espalda, no por lo que dijo, sino por cómo lo dijo, como si estuviera repitiendo algo que había vivido, algo real.

 En ese momento, Julián apareció con el café en la mano. La niña se alejó rápido, sin correr, pero sin mirar atrás. desapareció entre la gente como si supiera exactamente por dónde ir. ¿Quién era  esa? Preguntó Julián dándole el vaso a Claudia. Una niña  respondió ella sin dejar de mirar hacia donde se fue.

 Solo una niña, pero su cara lo decía todo. Algo le había cambiado por dentro.  Julián no lo notó. O si lo notó, no dijo nada. se sentó a su lado en la banca y empezó a hablarle de una serie que quería ver en la noche como si nada hubiera pasado. Pero para Claudia sí había pasado algo. Esa frase que la niña le dijo no se le iba de la cabeza.

 Sentía que acababa de escuchar algo que no debía, algo que no entendía por completo, pero que era importante. Pasaron varios minutos  y Claudia ya no podía concentrarse en nada. Ni en las palomas, ni en el café, ni en las palabras de Julián. Todo su cuerpo estaba tenso, aunque no pudiera mover las piernas. Era una mezcla rara de miedo, curiosidad y enojo.

 ¿Por qué una niña le diría algo así? ¿De dónde sacó esa información? Y si era cierto, volteó a ver a Julián. Él hablaba y hablaba como siempre. Claudia lo miró diferente, como si de repente algo no encajara.  Recordó cada vez que él le dio esas pastillas, cada vez que le decía que era por su bien, cada vez que le aseguraba que no había esperanza de volver a caminar.

 Y ahora, con solo una frase, una niña le había sembrado una duda que nunca había tenido. Ese día, por primera vez en mucho tiempo, Claudia quiso saber más. Claudia no pudo dormir esa noche. Dio vueltas en la cama durante horas, mirando el techo sin ver nada. Tenía la cabeza hecha un relajo. La frase de la niña seguía repitiéndose en su mente como disco rayado. Era simple.

 directa, pero tenía algo que no la dejaba en paz. Ese medicamento no te deja caminar. Es el mismo que usaba mi papá con mi mamá. Él se lo daba para tenerla controlada. Así de crudo, así de directo, intentó ignorarlo,  decirse a sí misma que era una coincidencia. Pero, ¿cómo podía ser una coincidencia que una niña sin casa reconociera el mismo frasco que ella tomaba todos los días desde hacía años? No tenía sentido y lo peor era que no podía hablar de eso con nadie.

 ¿Qué iba a decirle a Julián? Que una niña de la calle dijo que el medicamento que él mismo le daba era el culpable de que no pudiera caminar. Al día siguiente, mientras desayunaban en el comedor amplio de la casa, Claudia observaba cada movimiento de Julián. Él estaba como siempre, tranquilo, sonriente, hablándole de cosas que ella apenas escuchaba.

Le servía café, le pasaba la fruta cortada en cubitos, le daba la pastilla sin decir nada, como quien lava los trastes por costumbre. Ella la tomó, pero no se la tragó. Fingió que sí. Se metió la pastilla en la boca y  luego, mientras él iba por su celular,  la escupió en una servilleta.

 La guardó en el bolsillo de su pantalón de pijama sin que él lo notara. Era la primera vez en 6 años que no tomaba esa pastilla. Ese fue el momento en que empezó a desconfiar, no con pruebas, no con seguridad, pero sí con una incomodidad que no la dejaba tranquila. Y si era cierto, y si algo estaba mal desde el principio. Después del desayuno, Julián se fue a trabajar como siempre.

 Claudia se quedó sola en la casa enorme con su silla, su soledad y sus pensamientos. Tenía cámaras por todos lados, enfermeras de planta que la cuidaban, pero en ese momento lo único que quería era salir de ahí, respirar algo distinto. No sabía por dónde empezar, pero algo en su cabeza le decía que debía averiguar más.

 Fue a su recámara, buscó en el cajón del buró y encontró varios frascos con etiquetas que no entendía. Todos eran iguales, frascos blancos, etiquetas verdes, nombres raros. Se sentía como si estuviera mirando una serie de objetos que nunca le importaron, pero que ahora tenían un significado nuevo. Agarró uno, el mismo que Julián usaba en el parque, lo giró, leyó la etiqueta y anotó el nombre en su celular.

  Neurodexar. No tenía idea de qué era eso. Abrió el navegador y lo buscó. No encontró mucho, pero sí algunas cosas que le llamaron la atención. Bloqueador de receptores,  inhibidor del sistema nervioso, usado en casos extremos de convulsiones severas, nada que tuviera que ver con su diagnóstico  de movilidad.

Eso le encendió una alarma interna. No quería exagerar, no quería entrar en pánico, pero esa medicina no era para lo que siempre le dijeron. Cerró la laptop y se quedó viendo el frasco. Le temblaban las manos. Por primera vez en años sintió miedo. No miedo de caerse, no miedo de su condición, miedo de estar viviendo una mentira.

  En la tarde, cuando Julián volvió, ella lo saludó como siempre. No dijo nada. Él tampoco notó nada raro.  La llevó a dar una vuelta por el jardín. Platicaron de tonterías, pero Claudia ya no escuchaba igual. Lo veía distinto, lo analizaba. Cada palabra, cada gesto, cada mirada, empezaba a notar cosas que antes no le parecían importantes.

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