Posted in

El Macabro Pacto de Silencio: El Feminicidio de Lisbeth Baquerizo y el Espeluznante Encubrimiento con Pegamento

El amor, en su concepción más pura y romántica, promete protección, lealtad y un refugio seguro frente a las adversidades del mundo. Sin embargo, los anales de la crónica policial están repletos de historias desgarradoras donde el hogar se convierte en el escenario del horror y la persona amada se transforma en el verdugo más letal. En la ciudad de Guayaquil, Ecuador, el nombre de Lisbeth Tatiana Baquerizo Muñoz se ha convertido en un símbolo de dolor, de indignación nacional y de la incansable lucha de una madre contra un sistema que, de no haber sido por su instinto, habría permitido que un atroz feminicidio quedara sepultado bajo la mentira y el dinero. Esta es la crónica de un crimen que no solo destaca por su brutalidad, sino por la escalofriante frialdad con la que toda una familia y diversos profesionales orquestaron un montaje para encubrirlo, llegando al extremo de utilizar pegamento para sellar el cráneo destrozado de la víctima.

El Milagro de Vivir: Los Primeros Pasos de Lisbeth

Para comprender la magnitud de la tragedia que envolvió a la familia Baquerizo Muñoz, es indispensable retroceder al principio, al mismo instante en que Lisbeth llegó a este mundo. Nacida el 2 de diciembre de 1990, su primer aliento fue una batalla contra la muerte. Lisbeth nació cianótica, sin signos vitales evidentes, producto de complicaciones en el parto. Sus padres, Kathy Muñoz y Mario Alfredo Baquerizo, quienes habían enfrentado enormes dificultades para concebir, vivieron minutos de absoluta desesperación.

Los médicos del hospital inicial luchaban frenéticamente por hacerla reaccionar, golpeando su pequeña espalda para liberar los líquidos de sus pulmones. Ante la impotencia médica, Mario tomó una decisión impulsada por el amor más primitivo: arrebató a su hija recién nacida de las manos del personal, corrió a la calle y, sin importarle que el conductor de un taxi estuviera en evidente estado de ebriedad, le ordenó conducir a toda velocidad hacia el Hospital del Niño Roberto Gilbert. Fue en ese frenético trayecto donde la pequeña Lisbeth finalmente reaccionó, respirando por primera vez. Había sobrevivido. Era una niña profundamente amada, el milagro de una pareja que dedicó su vida entera a protegerla y consentirla.

La infancia y adolescencia de Lisbeth transcurrieron en la cálida normalidad de una familia unida. Estudiaba en un prestigioso colegio femenino y se destacaba por su nobleza, su inteligencia y su inquebrantable lealtad hacia sus seres queridos. Fue a la edad de 15 años, durante una verbena en el colegio San José La Salle, donde su camino se cruzó con el de Luis Javier Hermida, un joven de su misma edad. El flechazo fue inmediato. Sin embargo, consciente de las estrictas reglas de su hogar y de la prioridad que sus padres daban a su educación, Lisbeth mantuvo la relación en secreto.

La formalidad llegó el día en que Lisbeth cumplió 18 años. En un acto de aparente romanticismo, Luis Javier se presentó de sorpresa en la casa de los Baquerizo con flores y regalos. Aunque la madre de Lisbeth, Kathy, no ocultó su sorpresa e incomodidad inicial, la familia lo invitó a cenar. Esa noche, el joven pidió formalmente permiso para ser el novio de Lisbeth. Durante los siguientes doce años, Luis Javier se convertiría en una sombra constante en la vida de la joven.

Un Noviazgo Interrumpido por el Amor Familiar

Mientras la relación avanzaba, la familia de Lisbeth enfrentó una durísima prueba. Su hermana menor, nacida años después, fue diagnosticada con leucemia a la tierna edad de seis años. Este evento paralizó el mundo de los Baquerizo. Fue en esta época de profunda angustia familiar cuando Luis Javier le propuso matrimonio a Lisbeth por primera vez. Fiel a sus principios y a su inmenso amor por su hermana, Lisbeth rechazó la propuesta. Sentía que no era el momento de abandonar su hogar, a sus padres y mucho menos a su pequeña hermana enferma; su deber estaba allí, brindando apoyo.

Una segunda propuesta de matrimonio llegó tiempo después, y nuevamente, Lisbeth priorizó a su familia, sintiendo que aún no estaba preparada para dar el paso hacia la independencia total. Estas negativas provocaron separaciones temporales entre la pareja, grietas invisibles en una relación que desde afuera parecía perfecta. Finalmente, tras la milagrosa recuperación de su hermana menor, Luis Javier propuso matrimonio por tercera vez. En esta ocasión, Lisbeth aceptó.

El 8 de octubre de 2019, la pareja contrajo matrimonio en una ceremonia que parecía sacada de un cuento de hadas. Viajaron a México para disfrutar de su luna de miel, compartiendo fotografías radiantes en las redes sociales. Al regresar a Ecuador, se establecieron en una hermosa casa en Puerto Azul, una ubicación estratégicamente elegida para estar cerca tanto de los padres de ella como de los de él. Lisbeth, graduada como ingeniera comercial, combinaba su éxito en el departamento de importaciones de una empresa de electrodomésticos con su pasión por el modelaje y el maquillaje profesional. Luis Javier, por su parte, trabajaba en el próspero negocio de repuestos de su familia. Tenían el mundo a sus pies, pero el desenlace fatal ya comenzaba a gestarse en las sombras de la convivencia.

La Última Cena y la Tensión Oculta

Diciembre de 2020. Había transcurrido poco más de un año desde la boda. La pandemia mundial obligaba a Lisbeth a realizar trabajo híbrido, pasando largas jornadas en su casa en Puerto Azul, mientras su esposo acudía diariamente al negocio familiar. A pesar de su nueva vida de casada, Lisbeth mantenía un vínculo irrompible con sus padres, visitándolos con asiduidad.

El domingo 20 de diciembre, Kathy y Mario invitaron a la joven pareja a cenar en un restaurante. La velada, que debía ser un encuentro ameno previo a las festividades navideñas, estuvo marcada por una atmósfera pesada y hostil. Lisbeth y Luis Javier llegaron tarde y en medio de una visible discusión. Él la acusaba, con tono reprochatorio, de haber perdido las llaves de su automóvil, mientras ella se defendía firmemente asegurando no tener ninguna responsabilidad en el asunto. La tensión cortaba el aire. A pesar de la incomodidad, cenaron. Al despedirse, Lisbeth abrazó a su madre y le prometió que al día siguiente iría a visitarla para que le pintara el cabello, una tradición madre e hija, ya que Kathy era estilista y siempre se encargaba de los cambios de imagen de su adorada hija. Esa sería la última vez que Kathy vería a Lisbeth con vida.

El lunes 21 de diciembre, Lisbeth trabajó desde su casa, participando en múltiples reuniones virtuales con sus colegas. Todo parecía transcurrir dentro de la tediosa normalidad del encierro pandémico. Durante la tarde, Kathy intercambió breves mensajes con su hija, quien le confirmó que iría más tarde para el tinte de cabello. Sin embargo, las horas pasaron y Lisbeth no llegó. El silencio se apoderó de las comunicaciones.

El Descubrimiento del Horror y la Escena Maquillada

Fue entonces cuando el teléfono de Kathy sonó. No era Lisbeth. Era el padre de Luis Javier, con una voz cargada de una frialdad inexplicable, informándole que su hija había sufrido un accidente en casa y que debían dirigirse allí de inmediato. El pánico se apoderó de los padres de Lisbeth. Recordando aquella carrera frenética en taxi treinta años atrás para salvarle la vida al nacer, corrieron hacia Puerto Azul con la esperanza de poder auxiliarla nuevamente. Pero al llegar a la residencia, se encontraron con un escenario que helaba la sangre.

A diferencia de ellos, que acababan de ser notificados, la casa ya estaba llena. La familia completa de Luis Javier se encontraba allí, moviéndose con una extraña tranquilidad. El cuerpo de Lisbeth yacía inerte al pie de las escaleras. No había paramédicos, no había ambulancias, no había presencia policial. Solo la familia de su esposo y un extraño ambiente de resignación.

Luis Javier, argumentando un inmenso dolor, les comunicó a sus suegros que Lisbeth había sufrido un infarto, o tal vez un aneurisma, que le había provocado una caída fatal por las escaleras. Para añadir más extrañeza a la dantesca situación, ya había un médico en el lugar. Este supuesto profesional de la salud aseguró rápidamente a los devastados padres que se trataba de una muerte por causas naturales y que no era necesaria la intervención de la policía ni la realización de una autopsia.

Read More