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El día que Pedro Infante SUSURRÓ a su hijo antes del accidente aún hace llorar a México

 Muy pocos conocen la historia completa de lo que ocurrió entre ese padre y ese hijo en aquellos últimos días. Quédate hasta el final porque lo que vas a descubrir no está en ningún libro de historia del cine mexicano. Lo que Pedro Infante le susurró a su hijo esa tarde no solo revela el corazón de un hombre que sabía que su tiempo se agotaba, sino también la traición más dolorosa que su familia cometió después de su muerte.

 Todo comenzó cuando [música] Pedro decidió pasar más tiempo con sus hijos. A pesar de su agenda apretada, de las filmaciones, [música] las giras y los compromisos, el actor había tomado la decisión de acercarse más a ese muchacho que llevaba su sangre, pero que había crecido lejos de los reflectores.

 El joven había heredado los ojos penetrantes de su padre, esa misma sonrisa que derretía corazones, pero más que el parecido físico, había heredado algo más profundo, una sensibilidad especial, una forma de ver la vida que a Pedro [música] le recordaba su propia juventud en Sinaloa, cuando todavía no era el ídolo de México, sino solo un muchacho que soñaba con cantar.

 Pedro empezó a visitarlo con más frecuencia. iban juntos al cine no a ver sus propias películas, sino las de otros actores. [música] Pedro le enseñaba a su hijo a apreciar el trabajo detrás de cada escena, la dedicación que requería cada interpretación. Le hablaba de sus propios maestros, de aquellos que lo habían guiado cuando apenas comenzaba.

[música] Se le contaba historias de sus inicios de las veces que tuvo que dormir en cuartos de azotea, de cuando comía solo frijoles para ahorrar dinero y poder pagar clases de canto. El muchacho escuchaba embelezado. Para él, su padre no era solo el Pedro Infante que México adoraba.

 Era un hombre de carne y hueso que había luchado por sus sueños, que había caído y se había levantado, que había conocido el fracaso antes de conocer el éxito. Pero lo que nadie sabía era que Pedro estaba preocupado. Tenía un presentimiento que no podía quitarse de en sí. En las últimas semanas había tenido pesadillas recurrentes.

 Soñaba que volaba y que de pronto perdía el control, que caía en espiral mientras veía la tierra acercarse cada vez más rápido. Se despertaba con el corazón acelerado, empapado en sudor. Má le había contado estos sueños solo a personas muy cercanas. Algunos le decían que dejara de volar, que sus aviones eran peligrosos, [música] que un hombre con su fama y su talento no debería arriesgar su vida de esa manera.

 Pero Pedro amaba volar. Decía que en el aire se sentía libre, lejos de las [música] presiones, de los chismes, de las demandas constantes de su carrera. En el aire solo estaba él, el motor de su avión y el cielo infinito. Una tarde, días antes de ese 15 de abril que marcaría la tragedia, Pedro fue a visitar a su hijo.

 Era un día soleado en la ciudad de México. El muchacho vivía con su madre en una casa modesta, pero digna en la colonia Roma. Pedro llegó sin avisar, como le gustaba hacer, tocó la puerta y cuando el joven abrió, su rostro se iluminó con esa sonrisa que era calcada a la de su padre. [música] Se abrazaron como siempre lo hacían.

 Ah, con ese cariño auténtico que no necesitaba palabras, la madre del muchacho los dejó solos. Ella sabía que Pedro necesitaba estos momentos con su hijo, que estos encuentros significaban todo para ambos. Pedro y su hijo se sentaron en el pequeño patio de la casa. Había un limonero que daba sombra y el canto de los pájaros llenaba el aire.

Pedro encendió un cigarro y se quedó mirando al cielo por un largo rato. El muchacho notó que su padre estaba más callado que de costumbre, más reflexivo. Finalmente, Pedro habló, le preguntó a su hijo qué quería hacer con su vida, cuáles eran sus sueños. El joven le confesó que quería ser como él, que quería actuar, cantar, llevar alegría a la gente como su padre lo hacía.

 Pedro sonrió, pero había tristeza en esa sonrisa. Le dijo a [música] su hijo que la fama era bella, pero también era cruel. Ache que detrás de cada aplauso había envidias, que detrás de cada sonrisa pública había lágrimas privadas. Le habló de la soledad que sentía a veces, de cómo había personas que se acercaban a él solo por interés, de cómo había aprendido a distinguir entre los amigos verdaderos y los que solo querían un pedazo de su gloria.

 Entonces Pedro se acercó más a su hijo, lo miró directo a los ojos con una intensidad que el muchacho nunca olvidaría. Y ahí, en ese patio humilde bajo la sombra del limonero, Pedro Infante le susurró algo a su hijo que lo marcaría para siempre. Le dijo, “Hijo mío, si algo me llegara a pasar, quiero que sepas que eres lo mejor que he hecho en esta vida.

[música] Las películas, las canciones, todo eso se va a olvidar algún día. Pero tú, tú eres mi verdadera obra, maestra. No dejes que nadie te haga sentir [música] menos por ser mi hijo. Oh, no dejes que te use. Y si llegan momentos difíciles, acuérdate de que tu papá te amó con todo el corazón, aunque no haya podido estar contigo [música] todo el tiempo que hubiera querido.

 El muchacho sintió un nudo en la garganta. Le preguntó a su padre por qué le decía esas cosas, por qué hablaba como si se estuviera despidiendo. Pedro sonrió y revolvió el cabello de su hijo como solía hacer. le dijo que no pasaba nada, que solo quería que supiera lo importante que era para él, que en este mundo de locura y apariencias, ese muchacho era su ancla a la realidad, su conexión con lo verdadero.

 Estuvieron ahí sentados en silencio por un largo rato padre e hijo compartiendo ese momento que ninguno de los dos sabía que sería de los últimos. Pero eso no fue todo. Antes de irse, Pedro sacó algo de su bolsillo. Eh, era una medalla pequeña de la Virgen de Guadalupe que él siempre llevaba consigo.

 Se la dio a su hijo y le dijo que la cuidara, que esa medalla lo había acompañado en momentos difíciles y que ahora quería que su hijo la tuviera. El joven tomó la medalla con las manos temblorosas. Sentía que algo grande estaba pasando, algo que no lograba comprender del todo. Pedro lo abrazó fuerte, tan fuerte, que el muchacho podía sentir los latidos del corazón de su padre.

 Y luego Pedro Infante salió de esa casa, subió a su coche y se fue. El muchacho se quedó parado en la puerta viendo alejarse el auto de su padre con la medalla apretada en su mano. No lo sabía entonces, pero esa sería la última vez que vería con vida al hombre que más admiraba en el mundo. [música] Pasaron solo unos días.

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