El escenario político en Estados Unidos ha llegado a un punto de ebullición, y el blanco de su más reciente ataque de paranoia no es una potencia extranjera al otro lado del océano, sino su vecino y principal socio comercial. Washington está entrando en un verdadero pánico, incapaz de procesar la magnitud e influencia de la red de cincuenta y tres consulados mexicanos que operan con total legitimidad en su propio territorio. En su habitual retórica incendiaria, Donald Trump ha salido a gritar a los cuatro vientos una teoría absurda: asegura que México los está “invadiendo” a través de estas oficinas diplomáticas. Y, como era de esperarse, figuras afines a su visión radical, como el nominado secretario de Estado Marco Rubio, han hecho eco de esta barbaridad monumental.
Sin embargo, desde el sur de la frontera, el mensaje ha sido contundente. No se trata de una invasión, sino del peso innegable de una nación soberana y de una fuerza laboral titánica que sostiene sobre sus hombros la economía estadounidense. Frente a estos gritos desesperados que cruzan el Río Bravo, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha respondido con la firmeza y la dignidad que exige la investidura presidencial, dejando en claro que el país no se dejará intimidar por bravuconadas de campaña. Es el momento de cerrar filas, de entender el poder real que tiene México como nación y de desmantelar, pieza por pieza, el discurso de odio que intentan vender como verdad absoluta.
la ignorancia detrás de estas acusaciones, es vital hacer memoria. A la clase política estadounidense parece olvidársele que las representaciones consulares de México en su territorio no son parte de un plan siniestro fraguado ayer. Estas oficinas existen desde el año 1824, es decir, desde el siglo diecinueve, cuando Estados Unidos ni siquiera contaba con la configuración territorial que hoy ostentan con tanto orgullo. Hoy en día, México mantiene entre cincuenta y dos y cincuenta y tres consulados operando a toda máquina, una cifra asombrosa que supera incluso el número de estados que conforman la unión americana, además de una sección consular de altísimo nivel en Washington D.C. Se trata, simple y sencillamente, de la red consular más grande que un país mantiene dentro de otro en toda la historia de la diplomacia mundial.

Lo que realmente aterroriza a los sectores supremacistas no es el fantasma de una invasión imaginaria, sino la contundente realidad demográfica y económica: hay más de treinta millones de personas de origen mexicano pisando fuerte en su suelo. Son ellos la verdadera fuerza motriz que construye, opera y mantiene de pie a regiones enteras del país vecino. Si analizamos la geografía económica, el impacto es innegable. En California, el estado más rico de la unión, los mexicanos son el motor indispensable detrás de la tecnología, la producción de microchips, el glamur de Hollywood y toda la maquinaria de Silicon Valley. En Texas, sin los brazos trabajadores de nuestra gente, su orgulloso imperio de petróleo e hidrocarburos se desmoronaría en cuestión de semanas. En Florida, la inmensa industria del turismo, los hoteles y los servicios colapsarían sin el esfuerzo diario de nuestra raza.
Ante el clima de hostilidad fomentado por las políticas de odio, estamos presenciando un fenómeno histórico que tiene temblando a las autoridades migratorias del norte. Miles de personas de origen mexicano están acudiendo masivamente a nuestros consulados para tramitar el pasaporte mexicano de sus hijos nacidos en Estados Unidos. El motivo es una poderosa declaración de principios: con el pasaporte mexicano se viaja con la frente en alto y sin contratiempos por todo el mundo, mientras que la imagen internacional de Estados Unidos, manchada por la intolerancia, causa cada vez más repudio.

El bloque norteamericano no puede entenderse sin la profunda interdependencia que existe. México, Estados Unidos y Canadá forman un ecosistema económico indivisible, y la realidad es que Washington nos necesita desesperadamente. Somos su socio comercial número uno. A pesar de las constantes amenazas de imponer barreras comerciales y aranceles absurdos, la realidad económica se impone: el arancel promedio aplicado a México es de apenas un pequeño porcentaje, porque cualquier incremento drástico terminaría siendo pagado por los propios consumidores estadounidenses, desatando una inflación incontrolable. En este juego de ajedrez, la posición de México es inquebrantable, apoyada por una economía que, contra los pronósticos catastrofistas, se mantiene estable frente a las fluctuaciones del dólar y sostenida por el valor estratégico del petróleo.
La influencia de México trasciende su frontera norte y toca las puertas de Canadá. El secretario de Economía, Marcelo Ebrard, ya opera alianzas de alto nivel con corporativos canadienses que buscan expandir sus inversiones en territorio mexicano, especialmente en el lucrativo sector minero. La presidenta Sheinbaum mantiene la exigencia innegociable que inició su predecesor: cualquier empresa extranjera que desee operar en México debe respetar la soberanía nacional y, sobre todo, pagar salarios justos a la clase trabajadora. No es casualidad que figuras como el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, reconozcan el peso de México para formar un frente común contra las locuras arancelarias de la Casa Blanca.
Por supuesto, en esta defensa de la patria no puede faltar el contraste con una oposición interna que raya en la irresponsabilidad. Actores políticos como Ricardo Anaya o Alejandro Moreno, representantes del viejo régimen, parecen dispuestos a aplaudir las amenazas externas y celebrar un hipotético cierre de consulados con tal de ver fracasar al gobierno actual. Son, en palabras de sus críticos, “vendepatrias” dispuestos a entregar la dignidad nacional en bandeja de plata. Frente a ellos, el gobierno y voces en el senado reafirman que la soberanía no es un eslogan vacío, sino una trinchera inquebrantable.

En el ámbito geopolítico, Estados Unidos simplemente no puede darse el lujo de abrir un conflicto directo en su propio patio trasero. Con crisis internacionales latentes en Medio Oriente y otras regiones clave, necesitan a un México estable y aliado. Esta es nuestra mayor palanca de negociación. Es el momento de exigir la legalización de millones de migrantes indocumentados que no solo aportan su trabajo, sino que sostienen la economía interna estadounidense. A los supremacistas les duele hablar de los cincuenta y seis mil millones de dólares anuales en remesas, pero olvidan convenientemente que esa cifra representa apenas una fracción de lo que los migrantes producen. Más del ochenta por ciento de la riqueza generada por manos mexicanas se gasta allá, pagando rentas, comprando autos, llenando supermercados y financiando su sistema de pensiones. Las redadas solo están provocando pérdidas millonarias a los empresarios tejanos, que hoy se desesperan ante la escasez de mano de obra.
Finalmente, el cinismo de Washington alcanza niveles indignantes cuando se trata del tema de seguridad. Se atreven a señalar la violencia en diversos estados de México, asumiendo una superioridad moral inexistente. La presidenta Sheinbaum ha trazado una línea roja: si hay acusaciones, deben presentar pruebas contundentes a través de los canales institucionales. Es risible que la nación con la tecnología de espionaje más avanzada del planeta no logre sustentar sus quejas, mientras México cumple con la extradición de criminales de alto perfil. Y cuando México exige reciprocidad para juzgar a quienes saquearon la nación mediante el robo de combustibles, el famoso huachicol, o a los implicados en tragedias profundas, el gobierno estadounidense guarda un silencio cómplice. Se quejan del flujo de estupefacientes, pero ignoran que la inmensa red de distribución interna en sus ciudades requiere forzosamente la complicidad de sus propias autoridades corruptas.
México avanza con orgullo, superando retos y consolidándose como un país de enorme potencial, cultura vibrante y calidad humana que contrasta con la frialdad del norte. Por más que en Washington amenacen con revisar con lupa los cincuenta y tres consulados, la verdad es que están atrapados en su propia retórica. Cerrarlos sería un suicidio económico que paralizaría a su nación y desataría la furia de treinta millones de personas. Estados Unidos depende de México profundamente. Hoy, bajo el liderazgo firme de Claudia Sheinbaum, hay un gobierno y un pueblo de pie, que no bajará la mirada ante nadie y que defenderá su dignidad en todos los frentes.