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UNA TORTILLERA atendió a El Mayo sin cobrar sin saber quién era… Lo que recibió DESPUÉS dejó a todo Sinaloa en silencio

UNA TORTILLERA atendió a El Mayo sin cobrar sin saber quién era… Lo que recibió DESPUÉS dejó a todo Sinaloa en silencio

La lluvia caía con fuerza sobre las láminas viejas del pequeño local. No era una lluvia elegante ni romántica. Era de esas que golpean duro, que embarran las calles, que hacen que los perros busquen refugio debajo de los coches y que obligan a la gente pobre a decidir entre mojarse o no cenar.

Dentro de la tortillería “La Bendición”, el calor era insoportable.

El humo.
La masa.
El olor a maíz recién hecho.
El cansancio pegado a las paredes.

—Ya cierra, Rosa… ya nadie va a venir —dijo Lupita mientras se limpiaba las manos en el delantal.

Rosa ni siquiera levantó la mirada.

Seguía contando monedas.

Una.
Dos.
Tres.
Cuatro.

No alcanzaba.

Otra vez no alcanzaba.

—¿Cuánto falta para pagarle al del gas? —preguntó Lupita.

—Ochocientos.

—¿Y cuánto traemos?

Rosa soltó una risa amarga.

—Trescientos veinte… y gracias a Dios.

El silencio cayó pesado.

Afuera pasó una camioneta negra lentamente. Muy lentamente. Tanto que las luces atravesaron la ventana del negocio y se quedaron quietas sobre el rostro de Rosa.

Las dos mujeres dejaron de moverse.

En Sinaloa uno aprende rápido algo:
cuando una camioneta así se detiene frente a tu local, no preguntas nada.

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