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Bukele Se Arrodilló Ante un Niño Ciego Tocando Violín – Lo Que Pasó Después Te Hará Llorar

Esperanza se quedó sola con un niño ciego de 2 años y un mundo que no estaba diseñado para ellos. Trabajaba cociendo ropa en un taller de maquila. Ganaba $10 al mes. Con eso pagaba el alquiler de un cuarto en San Miguel. la comida y el transporte al taller. No quedaba nada para tratamientos, terapias ni educación especial.

 Daniel creció en la oscuridad, pero no en el silencio. Desde bebé era sensible a los sonidos de una forma que Esperanza no había visto en ningún otro niño. Giraba la cabeza al escuchar un pájaro a 50 m. se quedaba inmóvil cuando una canción sonaba en la radio. Lloraba con ciertos ruidos y se reía con otros, como si cada sonido tuviera un color emocional que solo él podía percibir.

“Este niño oye cosas que nadie oye”, [música] le dijo una vecina a esperanza. “Es porque no puede ver. Los ciegos desarrollan más los otros sentidos.” No, esperanza. Esto es diferente. Este niño no solo oye, siente los sonidos. El violín llegó cuando Daniel tenía 5 años. Don Aurelio era un vecino de 73 años [música] que vivía solo en la casa de al lado. Había sido músico en su juventud.

tocaba en la orquesta del Teatro Nacional de San Salvador en los años 70, antes de que la guerra civil lo mandara todo al infierno. Cuando la guerra terminó, la orquesta ya no existía. Don Aurelio guardó su violín y se dedicó a vender verduras en el mercado. Don Aurelio escuchaba a Daniel todos los días a través de la pared.

 Escuchaba al niño tararear melodías que no eran de la radio. Melodías propias inventadas. con estructuras que no correspondían a un niño de 5 años. Un día, don Aurelio tocó la puerta de esperanza. Señora, disculpe la intromisión, pero su hijo tiene algo especial. Especial como las melodías que canta. No son melodías de niño.

 Tienen estructura, tienen armonía. Tiene oído absoluto. Oído, ¿qué? Oído absoluto significa que puede identificar y reproducir cualquier nota musical sin referencia. Es algo que uno entre 10,000 personas tiene [música] y su hijo lo tiene. Esperanza no entendió la importancia de lo que don Aurelio decía, pero el viejo músico no se rindió.

Déjeme intentar algo. Tengo un violín viejo. Quiero ver si el niño puede tocarlo. Esperanza dudó. Daniel no puede ver el instrumento. ¿Cómo va a tocarlo? El violín no se toca con los ojos, señora. Se toca con las manos y con el oído, y su hijo tiene los dos. Don Aurelio le dio el violín a Daniel, le puso las manos en la posición correcta, le enseñó cómo sostener el arco, le mostró cómo pasar el arco por las cuerdas. Daniel tocó la primera nota.

After El Salvador Election, Bukele Is on Verge of Near-Total Control - The New York Times

Fue una nota horrible, chirriante, aguda, dolorosa. Pero Daniel sonrió. Fue la primera vez que Esperanza lo vio sonreír así, con todo el cuerpo, con toda el alma, como si hubiera encontrado algo que llevaba toda su vida buscando. Otra vez, dijo Daniel. Don Aurelio le enseñó, no como se enseña en un conservatorio con partituras y teoría.

Le enseñó cómo se enseña a un niño ciego que siente la música en las yemas de los dedos [música] por sonido, por tacto, por repetición. Escucha esta nota, Daniel. Es un la. ¿La sentís? Sí. Vibra diferente. Ahora buscala en el violín. Daniel movía los dedos por las cuerdas hasta encontrar la vibración correcta.

Le tomaba segundos. Lo que a otros estudiantes les costaba semanas. [música] Daniel lo hacía en minutos. En un mes, Daniel podía tocar escalas completas. En tres meses, melodías simples. En 6 meses, piezas que don Aurelio no le había enseñado. ¿De dónde sacaste esa melodía? Le preguntó don Aurelio una tarde asombrado.

 La inventé, don Aurelio. Estaba en mi cabeza y la saqué por el violín. Don Aurelio se sentó en silencio. En 50 años de música había conocido a decenas de buenos músicos, pero nunca había conocido a alguien que compusiera melodías a los 5 años sin haber estudiado un solo día de teoría musical. Esperanza le dijo a la madre esa noche.

 Su hijo no es un niño que toca el violín, es un músico, uno de verdad, de los que nacen una vez en una generación. Don Aurelio le enseñó todo lo que sabía durante dos años. Cuando Daniel tenía siete, el viejo músico enfermó. Cáncer de pulmón. En tres meses se fue. Antes de morir, don Aurelio le dejó su violina a Daniel. Era un instrumento viejo con marcas de uso y un barniz desgastado.

 No valía mucho dinero, pero para Daniel era el objeto más valioso del universo. “Este violín me acompañó toda mi vida”, le dijo don Aurelio en su última semana. “Ahora te va a acompañar a vos. Prométeme que nunca vas a dejar de tocar. Se lo prometo, don Aurelio. Y prométeme algo más. Prométeme que vas a tocar para la gente, no solo para vos.

 La música que se guarda se muere. La que se comparte vive para siempre. Después de la muerte de don Aurelio, Esperanza perdió su trabajo en la maquila. La fábrica cerró. Se mudaron a San Salvador buscando oportunidades. Encontraron un cuarto de alquiler en el centro, más pequeño y más caro que el de San Miguel.

 Esperanza empezó a trabajar lavando ropa ajena. Ganaba entre tr y diarios. No era suficiente. Fue Daniel quien propuso la solución. Mami, ¿y si toco en la calle? Don Aurelio me dijo que tocara para la gente. Y si la gente me da monedas, [música] podemos comprar comida. No, mi amor, sos un niño. No vas a trabajar en la calle.

 No es trabajar, mami, es tocar. Es lo que más me gusta. Esperanza resistió durante semanas, pero cuando el dinero de la renta se atrasó y el dueño amenazó con sacarlos, se dio punto. Compróquitos de plástico por cada uno. [música] Llevó a Daniel a la esquina de la Quinta Avenida con Rubén Darío.

 Le puso el violín de don Aurelio en las manos y lo dejó tocar. Daniel tenía 8 años cuando tocó por primera vez en la calle. Lo que pasó fue algo que Esperanza no esperaba. La música de Daniel no era ruido de fondo, no era el sonido habitual de los músicos callejeros que repiten las mismas canciones populares una y otra vez. Era algo diferente, algo que hacía que la gente redujera la velocidad, aunque no se detuviera completamente, algo que se metía en el pecho de quien pasaba y dejaba una marca invisible.

 En los buenos días, Daniel ganaba entre c y en los malos, dos o tres. Pero cada día, sin excepción había al menos una persona que se detenía de verdad, que cerraba los ojos, que escuchaba. Y a veces esa persona lloraba sin saber por qué. Dos años pasaron así. Daniel tocando en la esquina, Esperanza vigilándolo, las monedas cayendo en el sombrero.

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