Posted in

TÍO Y SOBRINA DESAPARECEN EN UN VIAJE — 5 años después, su esposa descubre la verdade

TÍO Y SOBRINA DESAPARECEN EN UN VIAJE — 5 años después, su esposa descubre la verdade

Salió un domingo por la mañana con una mochila grande, las llaves del coche y su sobrina tomada de la mano. Le dijo a su esposa que iban a la feria, que regresaban en la tarde. Nunca regresaron. Y lo que su esposa descubrió 5co años después era peor que cualquier cosa que hubiera podido imaginar. Nadie en Morelia imaginó que ese domingo de abril cambiaría todo.

 El sol caía tibio sobre las calles empedradas del centro histórico. Los niños corrían entre los puestos de fritangas y algodones de azúcar, y el olor a carnitas flotaba desde las fondas como cualquier otro día de fiesta patronal. Era 14 de abril de 2018, un día común, un día que no parecía tener nada de diferente al anterior, pero para Natalia Ibarra, ese día marcó el inicio del infierno.

Su esposo, Héctor salió de casa a las 8 de la mañana con una mochila grande, las llaves del Tsuru gris y su sobrina Renata tomada de la mano. La niña tenía 7 años, el cabello negro y rizado recogido en dos coletas, una sonrisa que desarmaba a cualquiera y unos ojos oscuros que brillaban cada vez que su tío Héctor la miraba.

 Llevaba puestos unos tenis rosas que le había regalado él mismo en su último cumpleaños. Vamos a la feria del pueblo, mi amor. Regresamos en la tarde, le dijo Héctor a Natalia antes de salir. Le dio un beso en la mejilla, un beso breve, casi descuidado, como el beso de alguien que sabe que no va a volver. Natalia ni siquiera salió a despedirlos.

 Estaba lavando los trastes del desayuno, pensando en los exámenes que tenía que calificar esa semana. Si hubiera sabido lo que iba a pasar, habría salido corriendo, los habría abrazado. Le habría preguntado a Héctor por qué llevaba esa mochila tan grande para una simple tarde en la feria, por qué Renata parecía nerviosa, porque él no la miró a los ojos al despedirse, pero no lo hizo.

Y esa pequeña decisión le costaría 5 años de su vida. Cuando el reloj marcó las 6 de la tarde y Héctor no había llegado, Natalia no se preocupó demasiado. Quizás se les hizo tarde. Quizás Renata quiso quedarse más tiempo en los juegos mecánicos. Era normal. Sin embargo, a las 8 de la noche, el celular de Héctor seguía sin contestar.

 A las 10 fue directamente al buzón de voz. A las 12 de la madrugada, Natalia ya no podía respirar bien. Llamó a Claudia. La hermana de Héctor y mamá de Renata. ¿Ya regresaron?, preguntó Claudia con la voz tensa. No, respondió Natalia. ¿Tú sabes dónde fueron exactamente? Hubo un silencio largo, demasiado largo. Héctor me llamó esta mañana temprano.

 Me dijo que iba a llevar a Renata a una feria. Yo le dije que sí, que estaba bien porque su papá Felipe andaba trabajando. Natalia. Yo le dije que sí y pero nunca me dijo a cuál feria. Esa noche Morelia dejó de ser una ciudad tranquila, al menos para dos familias que no volverían a dormir igual. Antes de continuar, si esta historia ya te tiene con el corazón acelerado y quieres saber qué pasó realmente con Héctor y la pequeña Renata, suscríbete al canal ahorita.

 Activa la campanita para no perderte ningún video. Dale like a este video para que más gente pueda escuchar esta historia y cuéntanos en los comentarios desde dónde nos estás viendo hoy. Tu apoyo hace posible que sigamos trayéndote historias como esta. Esa fue la primera noche, pero no sería la peor. Para entender lo que pasó, hay que entender a Héctor Ibarra, a un hombre que en apariencia lo tenía todo, un buen trabajo como maestro de secundaria en la escuela Melchoro Campo, una casa propia en la colonia Vista hermosa, con un jardín chico pero bien cuidado, una

esposa que lo amaba con una lealtad que él nunca supo merecer del todo. Era un hombre apuesto de 42 años que sabía escuchar, que hacía reír a sus alumnos, que ayudaba a los vecinos con lo que necesitaban. Todo el mundo hablaba bien de Héctor y Barra, pero había algo en ese hombre que muy poca gente conocía, algo que él mismo había guardado con cuidado durante años, como una llaga que uno aprende a tapar, pero que nunca termina de sanar.

Héctor quería ser padre más que nada en el mundo. No solo quería un hijo, quería una hija, una niña. Desde joven, Héctor hablaba de eso con una intensidad que a veces incomodaba a quienes lo escuchaban. Le decía a Natalia que soñaba con tener una hija a quien enseñarle a leer, a quien llevarle flores el día de las madres, a quien caminarle por el pasillo el día de su boda.

 Lo decía con los ojos brillantes, con una emoción tan genuina que Natalia nunca pudo verlo como algo preocupante. Lo veía como ternura, como amor, como el sueño de un hombre bueno que quería construir algo hermoso. Pero ese sueño con los años se fue convirtiendo en otra cosa. El problema era que Natalia no podía embarazarse. Los médicos lo habían dicho con toda claridad 5 años después de casarse.

 Un problema congénito en su útero hacía casi imposible un embarazo natural. No era definitivo, pero las probabilidades eran mínimas. Intentaron tratamientos durante 4 años, dos intentos de fertilización invitro que terminaron en fracaso, viajes a la Ciudad de México para consultas con especialistas. Miles de pesos gastados, miles de lágrimas derramadas, miles de noches en que ninguno de los dos sabía qué decirle al otro.

 En medio de esa lucha, en el invierno de 2011 fue cuando Renata nació. Claudia, la hermana menor de Héctor, trajo al mundo una niña hermosa en la sala de maternidad del hospital civil de Morelia. Desde el primer momento que Héctor la vio, envuelta en una cobijita azul celeste, con los ojos cerrados y los puños apretados contra el pecho, algo cambió en él.

Natalia lo notó, pero no lo entendió del todo en ese momento. Lo vio cargar a la bebé con una ternura que nunca le había visto con nadie. Lo vio llorar, no de alegría simple, sino de algo más complicado, más oscuro, algo mezclado con amor y con envidia y con un dolor que no tenía nombre exacto. Los años pasaron y Héctor se volvió el tío más querido de Renata.

La llevaba al parque los fines de semana, le compraba libros de cuentos ilustrados, le enseñaba canciones de la radio, la cargaba en los hombros cuando se cansaba de caminar en el mercado. Claudia nunca vio nada malo en eso. Para ella era simplemente un tío que adoraba a su sobrina, pero era solo eso.

 Natalia tampoco sospechó nada al principio. estaba demasiado ocupada tratando de sobrevivir su propio dolor, el de no poder ser madre. Sin embargo, hubo momentos que después, mucho después, recordaría con una claridad que la helaría por dentro. Una tarde de noviembre, unos 5co meses antes de la desaparición, encontró a Héctor sentado en el cuarto que habían preparado hace años para el bebé que nunca llegó.

Read More