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El ASQUEROSO Secreto que el Marido de Elsa Aguirre le Hizo en su Propia Casa

 El nombre de esa mujer es Elsa Aguirre. Y para entender por qué su esposo fue capaz de apuntarle al vientre embarazado con una pistola, hay que volver muchos años atrás a una casa de Chihuahua, donde 30 años antes una niña aprendió que ser hermosa en México era una condena que pagas tú sola. Elsa Irma Aguirre Juárez nació el 25 de septiembre de 1930, Chihuahua.

 La quinta de seis hermanos en una familia católica, modesta, lejos de los reflectores del cine. Su padre era un hombre serio y trabajador. Su madre, una mujer de iglesia que rezaba todas las noches por sus hijas y cada vez que pasaba detrás de Elsa frente al espejo, le repetía siempre la misma frase. Cuidado con esa cara, mija, cuidado.

La niña no entendía que tenía que cuidar hasta los 12 años, cuando los hombres adultos del barrio empezaron a frenar el paso para mirarla, hombres del doble de su edad, amigos de su padre, compadres de la familia, vecinos que la habían visto crecer y que de un día para otro ya no la miraban como una niña.

 Elsa aprendió a esquivar, a caminar con la cabeza agachada. se acostumbró a cambiar de banqueta cuando veía un bulto esperando en la esquina y a los 12 años ya se escondía el cuello bajo el suéter, aunque pegara el sol del desierto. A los 14 le metieron por debajo de la puerta de su casa una carta anónima escrita con letra de adulto.

 Su madre la quemó frente a ella sin decir una palabra. Esa noche Elsa lloró en silencio, entendiendo por primera vez que su belleza les pertenecía a los demás, que ella era apenas el cuerpo donde vivía. y aprendió ese año de la mano de su propia madre, una lección que iba a repetir 40 años después con su propio hijo, que cuando una mujer mexicana quiere proteger a alguien que ama, lo protege con silencio.

 Pero guarda esa imagen en tu mente, porque esa misma sensación que tuvo Elsa esa noche de los 14 años, la de saber que su cuerpo no le pertenecía, va a volver a aparecerle 30 años después. dentro de su propia cocina, la noche que su marido sacó la pistola. 6 meses después de aquella carta anónima, una productora cinematográfica llamada Claes abrió un casting en Chihuahua para buscar caras nuevas.

 Elsa se inscribió a Escondidas con su hermana Alma Rosa. Ganó. Tres semanas más tarde estaba subiéndose a un tren rumbo a la Ciudad de México con una maleta de cartón y 15 años recién cumplidos. A los 16 ya filmaba con Pedro Infante. Antes de cumplir 20 había compartido cuadro con Jorge Negrete y con Cantinflas.

 Había recibido una declaración de amor en pleno set por parte de Agustín Lara y la prensa nacional la había bautizado como la nueva diva del cine mexicano. La comparaban con María Félix, le ponían vestidos de seda y le exigían sonrisas que no sentía. 10 años así. 10 años aprendiendo el amor frente a una cámara con hombres que la miraban como si la amaran, le susurraban palabras escritas por un guionista y al grito de corte se daban media vuelta y se iban a su camerino.

 10 años haciéndole creer al país entero que sabía amar y ser amada, mientras por dentro nunca había vivido nada parecido fuera del set. Tres adoradores reales se le acercaron en esos años. Pedro Infante quiso besarla a la fuerza dentro de un camerino y se llevó una bofetada en la cara. Jorge Negrete intentó educarla con libros que él mismo le elegía hasta que ella escapó harta a los 5 meses.

 Y un tercer hombre, su gran amor verdadero, Ignacio López Tarso, le hacía latir el pecho cada vez que entraba al set. Pero ese amor no podía ser por razones que ella tampoco terminaba de entender. Pero ninguno de esos tres hombres iba a ser quien la marcara. El hombre que iba a marcarla todavía no había aparecido y cuando apareciera la iba a destruir desde el primer mes de casados.

 37 películas filmadas antes de cumplir 29 años. La portada de cinema reporter más veces que ninguna otra actriz mexicana de su generación. Y por dentro, una mujer que nunca había sentido el peso real de la mano de un hombre sobre la mejilla, ni el sabor de un beso que no fuera escrito por alguien más.

 Por lo tanto, cuando un hombre real apareció en su vida y le dijo, “En serio te quiero.” Elsa no supo si era amor o era una trampa. Y para cuando lo entendió, ya estaba dentro de la casa equivocada. con el anillo equivocado en el dedo, esperando un hijo del hombre equivocado. Ese hombre se llamaba Armando Rodríguez Morado.

 Pero antes de meterte en esa casa, hay algo que tienes que saber, porque la primera vez que Elsa vio a Armando, ese hombre no le pareció peligroso. Le pareció el galán más correcto que había visto en años. Y esa fue su primera equivocación. Era el verano de 1958. Elsa tenía 27 años recién cumplidos y acababa de tomar la decisión más rara de su carrera.

retirarse del cine. Junto a su hermana, Alma Rosa, había convocado a la prensa mexicana en una conferencia improvisada frente a una mesa de manteles blancos y café aguado. Las dos hermanas dijeron una sola frase que los periódicos repitieron durante semanas. Queremos ser unas muchachas como todas las muchachas.

Nadie entendía. Las dos divas más hermosas de la nueva generación del cine de oro. en pleno éxito se bajaban del tren del estrellato sin dar mayor explicación. Algunos dijeron que era cansancio, otros que era un enojo con los productores. Pero la verdad que Elsa no contaría hasta 60 años después en una entrevista grabada en Cuernavaca es que las dos hermanas habían tenido una conversación que duró toda la noche y habían descubierto algo que les daba miedo.

 Llevaban toda su vida adulta actuando emociones que jamás habían sentido y no sabían quiénes eran fuera de cámara. Elsa quería un esposo, un hombre que la quisiera por dentro y no por la portada, un hijo, una casa con cortinas que ella misma eligiera, una vida que pudiera tocar con las manos. Por lo tanto, cuando Armando Rodríguez Morado entró a su vida unos meses después, Elsa lo recibió como quien recibe la respuesta a una oración.

 lo conoció, según ella misma contó, en una entrevista de 1997 en una reunión social de gente decente en una casa de familia, un té de la tarde organizado por una amiga común. Armando era unos años mayor que ella. Iba bien vestido, callado, con las manos finas de un hombre que no había trabajado nunca con ellas.

 Le besó la mano cuando se la presentaron. le pidió permiso para llamarla por teléfono al día siguiente y eso para una mujer que había pasado 15 años escapando de las manos de productores borrachos que le buscaban el cuello en las cenas, de directores casados que aprovechaban una toma para tocarle la cintura, de fotógrafos que le pedían que se acomodara la blusa hasta que se le viera el escote.

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