El mundo del periodismo deportivo y la televisión mexicana atraviesan momentos de profunda tristeza. La noticia del fallecimiento de Eduardo Lamazón, una de las figuras más emblemáticas, respetadas y queridas de la industria, ha dejado consternados tanto a sus colegas de TV Azteca y Televisa como a la vasta audiencia que, durante décadas, siguió sus transmisiones. A los 69 años, el reconocido periodista, escritor y comentarista nos dice adiós, dejando un legado imborrable en el deporte y una huella profunda en quienes tuvieron el privilegio de compartir pantalla o micrófonos con él.
La partida de Lamazón no solo representa la pérdida de un profesional de la comunicación, sino la de un hombre que dedicó su vida a lo que amaba con una pasión inquebrantable. Nacido en Argentina pero mexicano por adopción y convicción, Eduardo se ganó el corazón del público gracias a su
estilo único, su conocimiento enciclopédico y, sobre todo, su calidez humana. Figuras de la talla de Pati Chapoy, Andrea Legarreta, Galilea Montijo y Javier Alatorre, entre muchos otros, han manifestado su consternación ante la noticia, recordando no solo al periodista brillante, sino al ser humano generoso que siempre estuvo dispuesto a tender una mano o a ofrecer una palabra amable a sus compañeros.
La trayectoria de Lamazón es la historia de una vida dedicada al aprendizaje y la perseverancia. Su relación con el mundo del deporte comenzó a muy temprana edad. Con tan solo 10 años, acompañaba a su padre en un club deportivo en su natal Argentina, realizando tareas sencillas como acomodar sillas alrededor del ring. Ese contacto cercano con la atmósfera del boxeo despertó en él una vocación que lo llevaría lejos. A los 16 años, debutó como narrador de boxeo, demostrando desde muy joven que tenía un talento natural para la comunicación.

A pesar de los duros golpes que la vida le propinó, como la pérdida prematura de su padre debido a problemas cardíacos, Eduardo nunca perdió el rumbo. Concluyó sus estudios de periodismo en la Universidad de Rosario y, a los 23 años, tomó la valiente decisión de migrar a México, buscando nuevas oportunidades profesionales. En el país, exploró facetas tan diversas como la actuación, participando en cerca de 150 producciones de fotonovelas y formándose con figuras de renombre como Miguel Córcega. Sin embargo, su verdadera pasión siempre fue el periodismo y el boxeo.
Fue su inmensa capacidad y dedicación lo que le permitió acercarse a José Sulaimán, el legendario presidente del Consejo Mundial de Boxeo. Al reconocer el profundo conocimiento y la experiencia de Lamazón, Sulaimán lo nombró secretario general del organismo, cargo que desempeñó con éxito durante 24 años. Durante su gestión, Eduardo fue pieza clave en transformaciones históricas para el boxeo profesional, como la reducción de las peleas de campeonato de 15 a 12 asaltos y la implementación de que el pesaje oficial se realizara 24 horas antes de cada combate, cambios que elevaron la seguridad y la profesionalización del deporte.
Con el paso del tiempo, su voz se convirtió en sinónimo de boxeo en México tras integrarse a las filas de TV Azteca. Como comentarista estrella, Eduardo Lamazón no solo narraba combates, sino que narraba historias. Su estilo inconfundible, capaz de combinar el rigor del análisis técnico con la emotividad de un narrador experimentado, lo convirtió en una de las voces más respetadas de la televisión deportiva mexicana. Recientemente, el gremio y su casa televisora le rindieron un homenaje muy especial al cumplirse 50 años de su impecable trayectoria profesional, un reconocimiento que reflejó el inmenso respeto que sus pares sentían por él.

Lamentablemente, en los últimos meses, el estado de salud de Eduardo se vio deteriorado por complicaciones derivadas del Parkinson. A pesar de su lucha constante, la semana pasada sufrió una descompensación severa que, finalmente, le quitó la vida a causa de un paro cardíaco, cerrando así un capítulo brillante de la televisión. Curiosamente, su partida recuerda la de su padre, quien también enfrentó complicaciones cardíacas, marcando un desenlace que, para muchos, cierra un círculo vital.
La reacción ante su muerte ha sido un testimonio del impacto que tuvo en su entorno. Colegas que compartieron con él proyectos han destacado su generosidad, su capacidad de escucha y el respeto que siempre mostró hacia el trabajo de los demás, independientemente de la jerarquía o el área en la que se desempeñaran. “El cielo ha ganado a una gran persona”, comentaron algunos de sus allegados entre lágrimas al recordar los momentos compartidos en eventos y foros.

El vacío que deja Eduardo Lamazón es grande, pero su legado permanece intacto. A través de sus escritos, sus comentarios y las lecciones que dejó a las nuevas generaciones de periodistas deportivos, su voz seguirá resonando en cada rincón del mundo del boxeo. Hoy, el país entero se une en un respetuoso silencio para despedir a quien fuera, sin lugar a dudas, una de las mentes más brillantes y queridas que hayan pasado por la televisión mexicana. Descanse en paz, Eduardo Lamazón, un hombre que vivió, narró y amó el deporte con toda su alma. Su historia queda grabada en el corazón de quienes crecieron escuchando sus narraciones, convirtiéndolo en un ícono que, aunque ya no esté físicamente, vivirá siempre en la memoria colectiva del deporte nacional.